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Tipologías de percepción de lo extranjero

10. EVOLUCIÓN E INCIDENCIA DEL COLECTIVO DE EXTRANJEROS

10.2. Posiciones autóctonas ante los extranjeros

10.2.1. Tipologías de percepción de lo extranjero

Nacionalismo progresista

Este discurso corresponde a sectores sociales que no se sienten especialmente afectados por la inmigración extranjera y no incluyen la cuestión entre sus preocupaciones principales. Las posturas van desde planteamientos permisivos a propuestas de intervención solidarias pasando por cierto control fronterizo.. Por tanto se afirma una actitud nacionalista y de forma subordinada, una actitud progresista frente a los inmigrantes.

Se busca unas condiciones mínimas que garanticen la paz social, las condiciones de rentabilidad empresarial así como las expectativas de los trabajadores autóctonos .La nacionalidad introduce una quiebra en la lógica del razonamiento liberal; se admite la presencia de trabajadores extranjeros en la medida en que ésta no deteriore de forma sensible las oportunidades de los autóctonos.

Este discurso puede originar actitudes diferentes en función de las dificultades del empresario de contratar mano de obra: será más receptivo a la inmigración cuanto más posibilidades tenga de emplear a dichos trabajadores, o bien de captarlos como consumidores solventes.

Una variable de esta postura es la posición “familista” fundada en la analogía entre hogar y estado-nación: es plenamente lógico que se atienda primero a los de casa sin que ello suponga ninguna contradicción moral . Para ellos la población inmigrante aparece en primer lugar como un colectivo marginado, necesitado de atención protectora, pero también como extraño por lo que no puede aspirar más que a una posición subordinada. En este contexto no se trata de racismo, sino de privilegiar a los de casa, actitud natural de en toda madre-estado-instancia protectora.

Nacionalismo proteccionista

Esta posición aparece con fuerza en algunos sectores más débiles afectados negativamente por el proceso modernizador. En muchos casos la posición de subordinación genera un reclamo urgente de protección que excluya a los emigrantes extranjeros y acaba reduciendo considerablemente los discursos solidarios o tolerantes. Para algunos pequeños empresarios lo extranjero no aparece como inmigración laboral sino como competencia capitalista en una economía internacionalizada. Por las características de la presente investigación y su muestra, este tipo de discurso queda escasamente recogido aunque se detecta una tendencia expansiva en los sectores más vulnerables susceptibles de abusos y competencias desleales . El máximo temor sería ser destruido por la dinámica de la competencia y perder el propio trabajo en manos de extranjeros que se desenvuelven en la irregularidad. De consumarse este proceso estaríamos ante una doble injusticia, dado que se privilegia al sumergido sobre el legal y al extranjero sobre el nacional.

En este contexto, los extranjeros pobres atentan contra los intereses de los autóctonos en dos ámbitos fundamentales. Por un lado deterioran las condiciones laborales, al trabajar por debajo de los mínimos establecidos; por otro, se apropian de parte del salario diferido a través de un mayor acceso a prestaciones sociales (estatales o de ONGs). Se establece así una vivencia de agravio comparativo, basado en el supuesto de que la vida del marginal es jauja, debido a la sobreprotección que recibe de las instituciones, mientras el “honesto” trabajador ha de defenderse por si mismo, trabajando duramente para conseguir un salario insuficiente.

Esta posición es complementaria de la nacional-progresista, con la que comparte el principio de que el derecho de los extranjeros es siempre menor que el del nacional. La principal diferencia radica en su distinta posición social: quien siente amenazado su estatus defiende una actitud de cierre ante los extranjeros pobres y recibe cierta comprensión de sectores progresistas que califican como “lógica” esa reacción.

Proteccionismo ambivalente

Esta tipología no plantea de manera tan rígida la prioridad del trabajador autóctono sobre el inmigrante. Los extranjeros aparecen al mismo tiempo como iguales y competidores. Este perfil se desarrolla particularmente n los sectores rurales y urbanos en situación de precariedad. Probablemente la vivencia de condiciones de vida caracterizadas por el paro, el desempleo, la economía sumergida y los problemas de vivienda fomenta cierta identificación con una parte de los inmigrantes.

Las restricciones de nuestra muestra nos dificultan recoger verbating o testimonios directos de esta tipología que hemos añadido en pro de un completo panorama de las distintas actitudes.

Cabe señalar que la presencia masiva de extranjeros en las zonas más desfavorecidas tiende a incrementar la desprotección del trabajador autóctono, que se ve obligado a aceptar condiciones laborales cada vez más abusivas. Así, se establece la competencia entre pobres por recursos escasos. El conflicto se extiende más allá del empleo . El estado y las organizaciones asistenciales no son capaces de regular adecuadamente la oferta de mano de obra ni de distribuir equitativamente las ayudas sociales. En esta tipología hay elementos de posición solidaria, pero ésta no encuentra sustento material ni apoyo social. La fragmentación conduce a la dependencia, desde esta perspectiva se plantea una lucha de todos contra todos por sobrevivir.

Incompatibilidad esencial (más allá de lo económico)

Existe otra gama de posiciones o perfiles frente a lo extranjero que no se articula frente al argumento nacional sino más bien por la diferencia “cultural”.

El discurso se construye a partir de dos supuestos básicos. En primer lugar las culturas son universos cerrados, inmodificables es sus rasgos fundamentales. En segundo lugar, existen culturas mutuamente incompatibles que no pueden coexistir pacificamente. Estas incompatibilidades catalogan a algunas culturas de “cerradas” lo que las convierte en inferiores o atrasadas (supuesto jerarquizador).

La representación por antonomasia de este parecer lo vemos en la minoría gitana. La persistencia de sus particularidades culturales, percibidas como resistencia a la integración en un marco universalista, no aportan riqueza sino conflictividad social. Si después de siglos los gitanos españoles continúan sin “normalizarse” estamos ante la prueba de que la llegada de extranjeros provinientes de culturas “extrañas” pueden aportar problemas irresolubles a la sociedad autóctona.

Cosmopolitismo etnocéntrico

Plenamente identificado con el paradigma modernizador, se autodefine como abierto, racional y moderado. Las pautas burguesas de normalidad crean una comunidad entre grupos sociales más allá de las fronteras nacionales. El cosmopolitismo establece que las diferencias fundamentales no se establecen entre ciudadanos de uno u otro país, sino entre grupos con distintos grados de civilización. El discurso cosmopolita se identifica con las clases cultas de cualquier procedencia y desprecia a las clases inferiores (autóctonas o inmigrantes) estableciendo un “racismo de clase” basado en argumentos culturalistas. En este sentido la presencia de extranjeros no supone a priori ningún problema, no cabe argumentar privilegios por nacionalidad para excluirlos. Las fronteras no tienen porque cerrase a aquellos colectivos que sepan acatar las normas de convivencia. Para estas elites cosmopolitas, el racismo sería una manifestación de clases subordinadas, cuyo nivel cultural es insuficente para adaptarse a los cambios de una sociedad abierta, basada en la competencia meritocrática y el individualismo.

En muchas ocasiones la defensa de la modernidad puede desembocar en posturas etnocéntricas: las culturas presentadas como irracionales, fanáticas, no igualitarias, peligrosas para la modernidad, han de ser controladas y/o segregadas, su discriminación es un acto de defensa plenamente justificado. Los inmigrantes del mundo pobre aparecen, en el límite, como representantes de una invasión bárbara, si son pocos pueden aportar un rasgo exótico pero cuando se agrupan o constituyen una comunidad organizada pueden resultar peligrosos e indeseables.

Racismo Obrero

Este discurso es desplegado principalmente por una parte de las clases subordinadas que construyen su identidad en torno a la normalidad. Las distancias de clase tienen menos importancia que las existentes entre la mayoría normalizada y los grupos “asociales”. En este contexto la etnia gitana aparece como paradigma de la desviación y ofrece el molde sobre el que articular el discurso referido a extranjeros de otras culturas. La minoría es un peligro sobre el que hay que estar al acecho ya que intentará imponerse a poco que encuentre circunstancias favorables para ello. De ahí que la convivencia resulte inestable y lo que debe de procurarse es la disolución del elemento “anómalo”, dispersándolo entre la gente normal (preferentemente las clases prosperas) o su aislamiento, para proteger a la mayoría.

Etnocentrismo localista

El comunitarismo tradicionalista desarrolla un discurso identitario cerrado: el estatus de miembro pleno de la comunidad corresponde a los que tienen fuertes vínculos con la tierra y/o lazos de sangre entre si. Este tipo de comunitarismo ve amenazadas sus bases con la modernización. Sólo los forasteros que compartan esos valores serán aceptados por la comunidad. En las comunidades pequeñas existen unos roles bien definidos, los inmigrantes no pueden pretender ser aceptados como iguales, han de aceptar su papel de subordinado y, demostrando agradecimiento y buena conducta por los beneficios que reciben (empleo, sanidad, asesoramiento…) y no tienen derecho a criticar en modo alguno a los autóctonos. Un claro ejemplo de esta tipología frente a lo extranjero/inmigrante lo constituyen el caso de magrebíes trabajando en zonas rurales por temporadas.

La presencia de estos inmigrantes sólo se justifica por la necesidad de trabajadores en campañas de recogida temporales, más allá de este límite, la población local no tiene ningún tipo de responsabilidad sobre estos inmigrantes. Si su situación es precaria es responsabilidad del estado o de ellos mismos. Se trata, pues, de un mal necesario: la modernización impone el uso de mano de obra asalariada foránea. La viabilidad económica del pequeño agricultor depende del trabajo de los inmigrantes pero la viabilidad de la comunidad local ve amenazada su permanencia.

La postura asimilacionista es un corolario necesario de la concepción que existe respecto a las culturas: éstas no cambian en lo esencial, por lo tanto su coexistencia no puede basarse en un intercambio enriquecedor sino en la imposición de unas sobre otras. El ideal asimilacionista se basa en la permanente sospecha respecto a los diferentes, dado que estos aparecen como un bloque homogeneo y hostil.

Universalismo individualista

Este discurso propugna que el éxito o fracaso en la vida depende de los propios esfuerzos y méritos, siempre que exista igualdad de oportunidades entre todos. Por tanto el control de las fronteras no es justificable puesto que limita el juego de la competencia. Estamos en un mundo económicamente unificado y cada persona tienen que hacer valer sus capacidades. Los inmigrantes son individuos que merecen una oportunidad, independientemente de la tasa de paro que exista en el país de destino.

El discurso se hace portador de valores centrales de la modernidad (individualismo y universalismo) transcendiendo algunas de las configuraciones institucionales dominantes. Normalmente este tipo de discurso no hace demasiada referencia a las dimensiones culturales entre extranjero y autóctonos.

La libertad de oportunidades para el extranjero pobre no es incompatible con cierto sostén estatal a las capas autóctonas en situación precaria, en este caso, la solidaridad con los de fuera no implica insoliraridad para con los pobres del propio país.

Dada su congruencia con buena parte de los postulados ideológicos dominantes habría que esperar que este discurso “liberal” respecto a los extranjeros tuviese un peso importante. Sin embargo la fractura que introducen los planteamientos basados en consideraciones culturalistas o nacionalistas limitan enormemente la extensión de estos principios.

Igualitarismo paternalista

Este perfil parte de unos valores que no se ajustan a los límites circunscritos por el orden modernizador. Antes que a las leyes, las fronteras o la competencia debe de haber solidaridad entre humanos, miembros de una fraternidad universal. Por lo tanto la relación con los extranjeros es de igualdad, superando los particularismos egoístas. El discurso parte de una actitud solidaria no exenta de paternalismo, en la medida en que se privilegia el planteamiento de solidaridad con los pobres y oprimidos desde sectores que no son pobres ni se sienten oprimidos. Este perfil incluye al emigrante en un campo más amplio, el de la marginación, que ha de ser objeto de protección y ayuda pero que no aparece como ciudadano con plena capacidad para ser titular de derechos y autoorganizar su vida. Lo ideal es potenciar la cooperación y el desarrollo para que la gente no se vea obligada a emigrar.

El límite del discurso se establece en las propias características de la relación de ayuda que postula: “ellos” están posicionados en el campo de la necesidad, ”nosotros” en el de la plenitud solidaria; por tanto se trata de facilitarles su acceso a “lo nuestro”. A pesar de las proclamas respecto a la diversidad, no existe cuestionamiento ni relativización del marco de valores desde el que se despliega el discurso, preso de las contradicciones del paternalismo.

Solidaridad anticapitalista

Esta tipología retoma planteamientos “alternativos” que proclaman la existencia de un sistema mundial hegemonizado por los intereses de las empresas y gobiernos del Norte. Son estos los que impulsan los nacionalismos, los choques entre culturas, así como los gobiernos más retrógrados en el sur para garantizar sus privilegios y el mantenimiento de un orden injusto. Este conjunto de factores genera pobreza y, consecuentemente, movimientos migratorios masivos. Por lo tanto si el sistema funciona a escala mundial, el análisis en términos nacionales no es válido. Sólo debe haber ciudadanos del mundo, sujetos a derechos por el sólo hecho de haber nacido. En esta lógica, el argumento del paro español no es válido para rechazar a los extranjeros de cualquier procedencia pues las desigualdades mundiales son mucho más importantes. Se trata de universalizar los derechos de ciudadanía a todos los individuos.

Esta perspectiva denuncia mecanismos estructurales mundiales de exclusión y opresión. Los flujos migratorios se inscriben en dicho contexto pues acompañan la expansión capitalista más allá de las fronteras nacionales.

Por lo tanto, la actitud ante los inmigrantes no puede limitarse a un liberalismo tolerante o a un paternalismo solidario.

Se trata de aceptarlos como potenciales compañeros de una acción transformadora, en pos de un modelo social que es definido como igualitario, ecológicamente sustentable y con estructuras políticas basadas en la democracia participativa y el respeto a la diversidad. Sin embargo no hay muchos motivos para ser optimista.

Aunque el pluralismo es uno de los ejes de la ideología hegemónica, el desarrollo histórico del proceso modernizador ha tendido con mayor fuerza hacia el un uniformismo normalizador. La imposición de ciertos valores, postulados como universales, es para las culturas minoritarias sinónimo de opresión. Es esta negación de hecho a la plena legitimidad de la diversidad cultural lo que genera actitudes de resistencia que se manifiestan generalmente en forma de comportamientos reactivos, calificados por la ideología dominante como desviados.

En todo caso la crítica a las normas dominantes no se resuelve simplemente planteando otra normativa. La relación entre grupos sociales, y especialmente con las comunidades inmigradas debe basarse en la elaboración de “nuevos códigos de convivencia”. Este es un proceso difícil y caracterizado por el conflicto. Sin embargo es la solución a seguir si se busca una sociedad plenamente democrática. En definitiva se trataría de remover las bases materiales que colocan en posición subordinada a ciertos colectivos, además de desarrollar un diálogo entre culturas en pie de igualdad, tal vez empezando desde abajo, por la educación primaria.