clasificación Sobredotación Intelectual
2. Los Trastornos graves de conducta en el ámbito educativo
Las personas que presentan trastornos graves de conducta se inclu- yen dentro del concepto de necesidades educativas especiales en el actual marco normativo, lo que supone que deben recibir determinados apoyos y atenciones educativas específicas, que deben abordarse desde un enfoque interdisciplinar y sistémico en el cuál intervengan diferentes servicios, instituciones u organismos e implicando a la comunidad edu- cativa, especialmente a la familia, la cuál también necesita de apoyo per- sonal y social para superar las situaciones de estrés y disponer de orien-
como principal característica. Sin embargo, también existen disparidad de criterios a este respecto, ya que para autores como Safer y Allen (1979) aplicar el término “síndrome” es incorrecto. Un síndrome impli- ca un conjunto de características coexistentes, sin embargo, los signos clínicos de la hiperactividad no forman una unidad intrínseca suficiente como para merecer este término. Consideran la hiperactividad evolutiva como la única característica obligada del cuadro, y la definen como una pauta de actividad excesiva en aquellas situaciones que requieren inhi- bición motora, y que es consistente o continuada año tras año.
Las características esenciales íntimamente asociadas a la hiperactivi- dad serían:
- La falta de atención.
- Las dificultades de aprendizaje perceptivo-cognitivo. - Los problemas de conducta.
- La falta de madurez.
Asimismo, señalan unas características menores, de tipo emocional, que pueden aparecer, tales como la impulsividad, las dificultades con los compañeros y la ansiedad.
Vallet (1986) sí considera la hiperactividad como un síndrome que engloba las siguientes alteraciones:
- Movimiento corporal excesivo. - Impulsividad.
- Atención dispersa.
- Variedad en las respuestas. - Emotividad.
- Coordinación visomotora pobre.
- Dificultades de aprendizaje (aritmética, lectura, escasa memoria). - Baja autoestima.
Los TGC, tal y como señalan diversos autores, se pueden definir o perfilar a través de distintos rasgos característicos:
Requieren ser evaluados en relación con una norma de edad o evolu- tiva, dicha norma deberá tener en cuenta las características del medio plo, no podemos considerar como un Trastorno del Comportamiento a
todo adolescente que presenta una conducta de oposición o negativis- mo frente su padre, madre o al profesorado. De hecho, la oposición es una actitud frecuente en este periodo de la vida, donde el adolescente está buscando su propia identidad. Lo que lleva al diagnóstico de un Trastorno del Comportamiento, será la frecuencia y la intensidad de esa conducta negativista, oposicionista u hostil, y el deterioro en las relacio- nes escolares, familiares y sociales que esa persistencia e intensidad le acabarán provocando.
Por tanto, es importante distinguir entre el alumnado con una con- ducta apropiada a la edad de su desarrollo, o inapropiada pero puntual (por ejemplo una agresión aislada), de los que muestran un patrón per- sistente de descontrol conductual que provoca alteraciones familiares, escolares y/o sociales. Es la gravedad, la intensidad, la frecuencia y el patrón de conducta que aparece como negativa, desafiante, disruptiva, destructiva o agresiva, lo que servirá para distinguirlas, así como el dete- rioro de las relaciones escolares y sociales que esté patrón de conductas acaba produciendo.
La aparición precoz de los problemas de conducta, la persistencia en el tiempo, la resistencia al cambio con las medidas educativas habitua- les, y la consistencia entre contextos es decir, que la persona manifiesta problemas conductuales en distintos contextos (familia, amigos y ami- gas, escuela, barrio...) aunque no en todos ellos los presente con igual intensidad, son también indicadores o signos de alerta que nos pueden poner sobre aviso sobre la existencia de un posible Trastorno del Comportamiento.
Aunque existe evidencia empírica de niños hiperactivos desde princi- pios del S. XX, es en 1947 cuando Strauss y sus colaboradores realizan lo que se consideró la primera descripción clínica de este cuadro, en el que se ve afectada principalmente el área de la conducta, destacando la inquietud y el nivel de actividad como síntomas de lesión cerebral.
A partir de ahí se sucedieron numerosas investigaciones que fueron desplazando paulativamente el énfasis en la lesión orgánica hacia un punto de vista más funcional que intentaba concebir la hiperactividad como síndrome conductual, destacando la actividad motora excesiva
El término “Trastorno” se usa para señalar la presencia de un com- portamiento o de un grupo de síntomas identificables en la práctica clí- nica, que en la mayoría de los casos se acompañan de malestar o inter- fieren en la actividad de la persona.
Los trastornos mentales definidos no incluyen disfunciones o conflic- tos sociales por sí mismos, en ausencia de trastornos individuales.
A la hora de hacer una clasificación de los diferentes Trastornos Graves de Conducta, nos encontramos con serias dificultades para lle- varla a cabo, dado el elevado número de síntomas que aparecen y que ha quedado perfectamente reflejado en las clasificaciones ofrecidas por el DSM-IV, DSM-IV-TR o por el CIE-10, tales como agresividad, robos, incendios, fugas, mentiras, y que con harta frecuencia van asociadas con hiperactividad, impulsividad, dificultades cognitivas y de aprendizaje y habilidades sociales pobres.
La mayor parte de estos trastornos se presentan ya desde la infancia, aunque hay notables diferencias entre ellos, y que intentaremos analizar en varios apartados.
Para diseñar una clasificación útil en el contexto educativo, distingui- mos en este apartado tres bloques:
• Trastornos por déficit de Atención y Comportamiento Perturbador. Son los considerados como tal por la clasificación internacional de Trastornos mentales DSM- IV-TR:
- Trastorno Negativista Desafiante. - Trastorno Disocial.
- Trastorno por Déficit de Atención con o sin Hiperactividad.
• Alteraciones conductuales secundarias a otros trastornos mentales. • Patrones conductuales que pueden confundirse con los Trastornos Graves de Conducta.
Trastornos por déficit de Atención y Comportamiento perturbador. Los Trastornos de Conducta más frecuentes, según la APA (Asociación Americana de Psiquiatría), y que vamos a seguir a lo largo de nuestra exposición, son los “Trastornos de Inicio en la Infancia, la educativo, social y cultural al que pertenece el individuo evaluado, ya
que la conducta es altamente dependiente del entorno. Sin embargo, estos criterios son de carácter general, por lo que también se exigirá que el comportamiento en cuestión sea relativamente estable y que implique la violación o no adquisición de cierta norma reguladora del intercambio social, afectando significativamente la relación del individuo en su medio social y que su proceso de desarrollo se vea afectado.
En base a estos rasgos característicos, podemos establecer una posi- ble aproximación definitoria de estos TGC: siendo “ciertas conductas que afectan a la relación del sujeto con su entorno e interfieren negati- vamente en su desarrollo, que se constituyen en síntomas pero no se organizan en forma de síndrome sino que se presentan de forma aisla- da con combinaciones muy limitadas; que no son patológicas en sí mis- mas, sino que el carácter patológico viene dado por su exageración, déficit o persistencia más allá de las edades en la que suelen cumplir un papel adaptativo; que son estables tanto, más resistentes a la interven- ción que los trastornos situacionales transitorios, pero menos que la psi- cosis, la neurosis y otros trastornos profundos”.
Una definición como la anterior, se funda sobre todo en la descrip- ción de las distintas características, paga el precio de una excesiva gene- ralidad, ya que los criterios de identificación dan cabida a multitud de manifestaciones conductuales que poco tienen que ver entre sí, salvo el hecho de constituir pautas de comportamiento desadaptativo.
Así, las clasificaciones de las alteraciones comportamentales han sido muchas y muy diferentes, desde las que optan por agruparlas en fun- ción del ámbito preferente en que se manifiestan, como la CIE-10, a las que prefieren una clasificación basada en descripciones de los “sínto- mas” más relevantes, como el DSM.
Junto a los anteriores trastornos, existen en el DSM-IV otras catego- rías diagnósticas que suelen considerarse englobadas en la etiqueta general de las alteraciones comportamentales.