• No se han encontrado resultados

El Padre Damián, apóstol de los leprosos

N/A
N/A
Protected

Academic year: 2021

Share "El Padre Damián, apóstol de los leprosos"

Copied!
242
0
0

Texto completo

(1)
(2)

OMER ENGLEBERT

EL PADRE DAMIÁN

APÓSTOL DE LOS LEPROSOS

Traducción y prólogo de

Santiago Magariños

Madrid 1944

(3)

NOTA DEL EDITOR:

Damián de Veuster fue beatificado el 3 de junio de 1995 por Juan Pablo II, y canonizado el 11 de octubre de 2009 por Benedicto XVI.

(4)

Í N D I C E

PRÓLOGO...5

INTRODUCCIÓN...7

PRIMERAPARTE...11

PADRE DAMIÁN ENTRE LOS CANACOS...11

Capítulo primero...12 Orígenes...12 Capítulo II...21 Picpuciano...21 Capítulo III...31 Hacia la Polinesia...31 Capítulo IV...41 Las Hawai...41 Capítulo V...51 El distrito de Puna...51 Capítulo VI...58 El distrito de Kohala...58 SEGUNDAPARTE...76

EL PADRE DAMIÁN ENTRE LOS LEPROSOS...76

Capítulo primero...77

Molokai...77

Capítulo II...92

“¡Ofrezcamos la vida!”...92

Capítulo III...103

El padre de los leprosos...103

Capítulo IV...121

Una parroquia modelo...121

Capítulo V...138

Célebre en el Universo, y condecorado en Honolulú...138

TERCERA PARTE...149

EL PADRE DAMIÁN, LEPROSO...149

Capítulo primero...150

Atacado a su vez...150

(5)

Últimos trabajos...156 Capítulo III...161 Los amigos...161 Capítulo IV...179 Pruebas...179 Capítulo V...192

El testimonio de Roberto Stevenson...192

Capítulo VI...204

Un siervo de Dios...204

Capítulo VII...211

Muerte y celebridad...211

(6)

PRÓLOGO

Una buena biografía no es una noticia, sino una definición; no un relato, sino la clave de un símbolo, ha dicho d’Ors, y nada mejor puede confirmar esa idea que la vida y la obra de este santo Padre Damián.

La oportunidad de su publicación radica en el deseo de mostrar el claro ejemplo de este humilde religioso en medio de la bárbara ceguera del mundo actual. Sus páginas aspiran a llevar a los hombres el amor al prójimo, el sentir de la verdadera caridad, tan olvidada y falsa en estos tiempos. Porque si es verdad que casi todos los pueblos poseen la fe que Dios prescribe para vivir dignamente, la mayor parte carecen de la caridad necesaria para que esa vida sea útil.

La vida del P. Damián es la clave de un símbolo, de la máxima oportunidad hoy, porque se perdió entre la tierra de los muertos. Con su amor a los leprosos, esos apestados del mundo, odiados y separados de la gente feliz, parecía tener presentes aquellas palabras de la primera Epístola de San Juan: «Cualquiera que aborrece a su hermano, es homicida; y sabéis que ningún homicida tiene vida eterna permaneciente en sí. En esto hemos conocido el amor, porque Él puso su vida por nosotros; también nosotros debemos poner nuestras vidas por los hermanos. Mas el que tuviese bienes de este mundo y viere a su hermano sufrir necesidad y le cerrare sus entrañas, ¿cómo estará el amor de Dios en él? Hijitos míos, no amemos de palabra ni de boca, sino con obras y con sinceridad.»

Fiel a la «atadura de la caridad», que decía San Agustín, desenvuelve su vida realizando esas incomparables hazañas que son y serán siempre de todos los tiempos, porque cada día y cada afán proporcionan un ser débil, un apestado, un pobre o un leproso en quien ejercitar la caridad. En la forma social del débil ante el fuerte; en la opresión del poderoso al mísero; en la injusticia que se inflige al enemigo, o la injuria que se vierte; en el obrar del rico contra el pobre, y el grande frente al pequeño; en todo ello, el hilo que les mueve es el egoísmo, el feroz egoísmo, envidioso y artero, que se disfraza de altruismo y nobleza y que les impide ver que, así como a los pies de los dioses el débil era un esclavo, a los píes de Cristo el débil es un hermano.

(7)

Damián, con su ejemplo, nos dice que entremos en nuestro corazón y nos preguntemos si somos cristianos para amar a los débiles y perseguidos, para amarlos como los amaba Damián y Cristo, no sólo con la caridad de su limosna, sino con la caridad de su corazón; que, si a veces se da el pan del sustento, jamás ha de negarse un corazón que ame.

Porque así pensaba, sentía y actuaba Damián, fue atacado, más que por la lepra devastadora, por el egoísmo, envidia e incomprensión de los propios. Que tal había de llegar, lo sabía de cierto. Muchas veces leería aquel salmo 68, que le prevenía: «Esperó mi corazón el insulto y la mise-ria; aguardé que alguien se condoliese de mí, y no le hubo, y que alguno me consolase, y no lo hallé.»

Fueron los tiempos en que le apartaron del trato de las gentes por leproso del espíritu; tiempos de maledicencia y calumnia, entre las gentes buenas, que no podían permitir que otros hicieran lo que no les dejaba realizar la roña de sus vicios, tapada con cal de oraciones falsas y piedras de hipocresías; gentes que, al decir de Swift, tienen bastante religión para odiarse e insuficiente para amarse unos a otros. Gentes que escupían su misericordia porque no les cabía en el alma; almas que deshacían las de sus semejantes cuando ello les valía un puesto más elevado o el respeto en el escalafón humano, o vivían con las espaldas como mesas, en adulación servil. Gentes inútiles para Dios y los hombres, porque no hacen, y en sus ideas, porque no piensan, sino que sólo crean musgo en lo fértil y arena en la flor, y calumnia y recelo en las buenas obras y en el corazón del justo, al que mustian y agostan como aletazo del diablo.

A la falta de caridad del mundo presente da réplica esta biografía, repleta de ella, y al ruin espíritu que carcome a los hombres, este altísimo del Padre Damián, que abrazaba y besaba lo podrido y lo indigno.

¡Y si todavía le escucharan!...

(8)

INTRODUCCIÓN

Innumerables son las publicaciones que se barí consagrado al Padre Damián, por su celebridad universal.

Para establecer una bibliografía completa, sería menester, primero, citar miles de artículos de revistas y periódicos, que podernos dejar sin mencionar, pues son erróneos o no hacen más que repetir lo que en otro lado se dijo.

Habríamos de redactar en seguida la lista de las biografías existentes. De ellas han aparecido en inglés unas treinta, veinte en francés, quince en holandés, diez, en alemán y varias en italiano, español, ruso, danés, latín, en lengua del país de Gales, en Sindhi, en caracteres Baille, etc. Men-cionamos en el apéndice las cuarenta más principales. La mejor es la del Padre Vital Jourdan, Picpuciano (Le Père Damien, un vol. 524 páginas. París, 1931), que se escribió sobre las más mismas fuentes.

* * *

Se encuentran éstas en los archivos de la Casa Matriz de Picpus y están compuestas por los siguientes documentos:

A. Manuscritas

1. Cartas del Padre Damián a su familia, a su hermano Pánfilo, a sus superiores y a otros varios. De ellas hay doscientas doce escritas en

francés, inglés, flamenco o en canaco. Se han publicado numerosos ex-tractos por el P. Jourdan, O. C.

2. Informe del P. Damián sobre la leprosería de Molokai preparado a instancia del presidente del Comité de Salud, Sr. Walter Gibson, Kalawao, el 17 de manso de 1886. Este informe está redactado en inglés y se halla

compuesto de un millar de renglones. Se publicó en parte por el P. Jourdan, O. C.

3. Informe del P. Damián sobre su enfermedad, destinado al Doctor

Morrow, calle Este, 66. Nueva York. Ciudad. Texto inglés de unas 200

(9)

JOSÉ DUTTON, el 10 de marzo de 1880, añadiendo a su firma la palabra

“Exacto”. Inédito.

4. Guía espiritual del P, Damián. Cuaderno, de más de 400 págs., que contiene mezclados planes de sermones, extractos de lecturas, reflexiones íntimas, resoluciones de los retiros espirituales, y aun de exámenes de con-ciencia. El P. Jourdan, O. C., ha publicado algunos pasajes.

5. Cartas escritas a Damián por sus superiores, por sus hermanos de

religión y otros. Inéditas, a excepción de algunos extractos en JOURDAN,

O. C.

6. Cartas que sobre Damián escribieron sus superiores, durante su vida

y después de su muerte. Inéditas.

7. Relación de Dutton a Monseñor Koeckmann, escrita el 12 de febrero

de 1890, que consta de unas treinta páginas.

Suplemento de igual extensión, escrito por el mismo, el primero de

noviembre de 1905 y el 22 de febrero de 1906.

Dutton conoció a Damián en 1888, en los momentos de su muerte. Atestiguó bajo juramento la veracidad de cuanto dijo. El superintendente Meyer, que conoció a Damián durante diez y seis años, declaró al autor, después de haber leído su Relación: “Habéis descrito al Padre tal como era.” Extractos de esa Relación y del Suplemento aparecieron en JOURDAN,

O. C.

8. Declaraciones hechas, a menudo bajo juramento, por personas que

conocieron a Damián. Estos testimonios forman cientos de páginas, y la mayor parte de ellos están inéditos.

9. Vida, del P. Damián, compuesta por el P. MAURICIO RAEPSAET en

1889. El autor se documentó en el P. Pánfilo, hermano del apóstol, y por otros testigos de su vida.

Esta obra, aún en manuscrito, inspiró las biografías que aparecieron a continuación.

B. Impresas

1. CHARLES WARREN STODDARD, The Lepers of Molokai. Indiana,

1885.

Stoddart, profesor en la Universidad de Indiana, visitó dos veces la leprosería, donde fue huésped del Padre Damián.

(10)

El autor pasó diez días con el P. Damián y mantuvo correspondencia con él hasta su muerte.

3. ROBERTO-LUIS STEVENSON, Father Damien, An open letter to the

Reverend Dr. Hyde of Honolulú. Londres. Edición Insitala. Vol. XXI, 1924.

ARTHUR JOHNSTONE, Recollections of Robert-Louis Stevenson in the

Pacific. Londres, 1905.

R.-L. Stevenson estuvo en Molokai para informarse sobre Damián al mes siguiente de su muerte.

4. DR. M. MOURITZ, The Pat of the Destroyer, a history of leprosery in

the Hawaiian Islands. Honolulú, 1918.

El autor vivió tres años al lado del P. Damián, como médico residente de la leprosería.

5. CARLOS J. DUTTON, The Samaritans of Molokai, the lives of Father

Damien and Brother Dutton among the lepers, Londres, 1934.

Obra compuesta según las memorias de J. DUTTON, de las que cita

numerosos extractos.

6. Artículos publicados en los Anales de los Sagrados Corazones,

Las Misiones Católicas, Anales de la Propagación de la Fe, Anales de la Santa Infancia, y en diversos periódicos hawaianos, ingleses y americanos,

entre 1872 y 1897, por varios visitantes de Molokai. * * *

Con estas fuentes hemos realizado nuestro trabajo. Su valor procede de que emanan del mismo Damián o de testigos que le vieron en su labor.

¿Son verídicos tales testigos? El lector podrá decidirlo por sí propio, pues, al aparecer en el transcurso de nuestro relato, ellos revelarán su ca-rácter y el grado de crédito que merecen. Las referencias que se encontrarán en el apéndice probarán que nada hemos avanzado en nuestro libro que no se encuentre fundamentado ya en sus declaraciones.

Gran número de los testimonios invocados se hallan en lengua extranjera. Los hemos traducido lo más fielmente posible. Los otros están en francés, pero en un francés de tal modo incorrecto o mediocre, que pocas gentes soportarían su lectura sin fastidio. Aquellos que, no obstante, tengan el valor de enfrentarse con el original, podrán ver que, al corregirle y mejorarle, no lo hemos enriquecido con matices y adornos de nuestra cosecha.

(11)

Cuando se cita un texto, la costumbre es hacerlo entre comillas y sustituir las palabras de que se prescinde por medio de puntos suspensivos. Hemos empleado las comillas, pero hemos suprimido los puntos suspensivos cuando nuestros testigos se perdían en repeticiones o detalles insignificantes. De no ser así, muchas páginas de nuestro libro se hubieran cubierto con más puntos que letras, y ello hubiera presentado una tipografía muy extraña. El lector está advertido de antemano que estas supresiones no tienen importancia alguna y no sirven jamás para falsear las citas acortadas. Aun así, podrá asegurarse de ello consultando los originales que se incluyen en el apéndice.

(12)

Primera parte

(13)

CAPÍTULO PRIMERO

Orígenes

Basta con trazar sobre el mapa de Europa una línea horizontal desde Roubaix a Aquisgrán, pasando por Waterloo, para dividir Bélgica en dos partes iguales y delinear al mismo tiempo la frontera lingüística que separa a los valones de los flamencos. Al norte de esta línea se extiende la región flamenca o germánica; al sur, la walona, país de lengua francesa.

Aun cuando ocupe un territorio pequeñísimo (al rededor de 15.000 kilómetros cuadrados) y cuente tan sólo con cuatro millones de habitantes, el pueblo flamenco es uno de aquellos que más honran a la civilización cristiana y a la humanidad.

No se descubren en su historia manchas ni insensateces memorables. Las guerras que emprendió siempre fueron justas y se ganaron a menudo. Nadie consiguió nunca sojuzgarle, ni privarle de su lengua y creencias. Trabajador, inteligente y de una facultad de adaptación sorprendente, brilló en el comercio y en la industria tanto como en las ciencias y en las artes.

(14)

Sus viejas ciudades ocultan maravillas arquitectónicas; su escuela de pintura es única en el mundo; sus escritores, sus músicos, sus autores místicos, son numerosos y de los más famosos. La raza ha conservado, al propio tiempo, todo su vigor. No hay un orden de la actividad en el que los flamencos del día no puedan rivalizar con los pueblos mejor dotados, y, digámoslo de pasada, ellos son quienes, a partir de un siglo, han proporcionado el mayor número de misioneros a la Iglesia.

En esta tierra flamenca, en Ninde-lez-Tremeloo, a cuarenta kilómetros del nordeste de Waterloo y treinta al sureste de Amberes, nació, el 3 de enero de 1840, José de Veuster, el futuro Padre Damián.

Este país, que riega el Dyle, es llano, arenoso, poco fértil, cortado de un lado a otro por campos de malezas y abetos. Nada ha cambiado desde hace un siglo. La población siempre es ruda, trabajadora y cristiana. En Tremeloo, todo el mundo es cristiano prácticamente; las costumbres son sanas; las familias, numerosas; las vocaciones religiosas, abundantes.

En 1840, el pueblo, que acababa de ser disgregado del municipio de Werchter, contaba, en sus diez aldeas y aledaños, con 1.600 habitantes. Más tarde se estableció una gendarmería, bien porque las riñas entre bebedores de cerveza se hicieran muy frecuentes, bien porque, siendo

(15)

ne-cesarios los gendarmes en el cantón, se les alojara allí para facilitar sus desplazamientos.

* * *

Francisco de Veuster, nacido en Tremeloo en 1800, y Ana-Catalina Wauters, nacida en Haecht, pueblo vecino, en 1803, tuvieron ocho hijos. Murieron dos de tierna edad; dos, Leoncio y Gerardo, se casaron; dos se hicieron sacerdotes: Augusto y José; y dos hijas, Eugenia y Paulina, entraron en las Ursulinas. José, nuestro héroe, vino al mundo el penúltimo.

Explotaban sus padres una tierrecilla, a lo que se unía el comercio de granos que, cada dos días, llevaba el padre al mercado de Lovaina, Malinas, Amberes o Bruselas. Ocupaban una casita modesta, de ladrillos rojos, separada de las cuadras y cocheras por un corral, donde gruñían los cerdos y picoteaban las gallinas. Eran flamencos robustos y valientes, ni pobres ni ricos, de fervorosa fe y costumbres ejemplares.

Para aquéllos a quienes inquieta el problema de la herencia, diremos que Damián debió, sin duda alguna, a sus padres su bien equilibrado espíritu y su excelente salud, el gusto al trabajo, un vivo sentimiento de lo sobrenatural y un optimismo indefectible. Tal vez procedía de su padre la afición a las lejanas aventuras. Se marchaba éste, cada año, al Tirol, para hacer provisión de sanguijuelas, que después revendía a los médicos de la región. Se necesitaba ser imaginativo e industrioso para emprender, en tal época, semejantes viajes. En cuanto a la madre, era particularmente ferviente. A menudo, en un enorme infolio gótico, que sólo ella sabía descifrar, leía a sus hijos la vida de los santos. Se entusiasmaban, sobre todo, con los Padres del desierto, y ardían por marchar tras de sus huellas.

Cuenta uno de ellos que: “Una mañana salimos para la escuela, José, de ocho años de edad, mi hermana Paulina, mi primo Francken y yo, llevando nuestro desayuno en una cesta. Por el camino resolvimos ser ermitaños y fuimos a ocultarnos en un bosquecillo. Permanecimos de rodi-llas», aislados, rezando y suspirando lo mejor que podíamos. Al mediodía partimos el contenido de la cesta sin hablar y sin reír. Serían las nueve de la noches cuando un viandante nos vio y fue a darle cuenta a nuestros padres. Pronto enviaron a alguien para poner fin a nuestra existencia eremítica y traernos a casa.”

Otra vez, fue la repetición de la escena de Jesús perdido en el templo. Habiéndose dirigido los De Veuster a una verbena de los alrededores, alguien se dio cuenta de que José había desaparecido. Dijeron que se había

(16)

reunido con otro grupo de la familia. Pero al llegar la noche y no encontrarle, los padres se inquietaron. Hasta que el abuelo propuso ir a ver en la iglesia de Werchter, donde, en efecto, se encontraba el desaparecido, pero no en medio de los doctores, sino solo, bajo el púlpito, sumido en oración.

* * *

Cuando José cumplió siete años, comenzó a aprender los rudimentos en la escuela de Werchter, a sus buenos dos kilómetros de Ninde. Cualquiera que fuese el tiempo, caminaba a pie, y en la iglesia parroquial de Tremeloo fue donde, el domingo de Ramos de 1850, recibió su primera comunión,

No hay mucho que espigar en esta parte de su existencia. Para su maestro, el pequeño era “muy inteligente”; para el cura, muy piadoso; y todos le encontraban aplicadísimo en sus deberes.

A falta de sucesos señalados, se cuenta que patinaba muy bien y que estuvo a punto de ahogarse un día en el Dyle; que medía sus fuerzas con los corderos, aun cuando éstos le enviasen varias veces rodando por tierra; que una carreta le pasó sobre el cuerpo: vinieron a decirle a su madre que le había aplastado, pero sólo salió de aquello con algunas heridas y chichones. También se cuenta que le hubiera gustado tener una urraca amaestrada. Un mendigo lo sabía: “Precisamente —dijo al estudiante, que, al dar el mediodía, sacaba de su cesta excelentes pasteles—, os he llevado una muy bonita y os aguarda en casa.” Reconocido, el amante de las urracas entregó inmediatamente todo el contenido de su cesta a este hombre generoso y se pasó sin almorzar. Pero, por la noche, al regresar a su casa, quedó decepcionado; el mendigo que se había comido los pasteles, no había llevado el pájaro.

En 1858, José de Veuster tiene trece años. Sabe todo cuanto puede aprender en la escuela de Werchter, y lo bastante para cultivar la tierra en Tremeloo; cierra sus libros y entra en la casa. Poco a poco va estrechándose el círculo de familia. Eugenia, la mayor de las hijas, reli-giosa desde 1842, ha muerto en el convento. Pronto Paulina se hará, a su vez, ursulina. Y un nuevo éxodo se prepara: Augusto recibe lecciones de latín, preparando su próxima entrada en el seminario.

No quedan en el hogar más que tres niños: tres muchachos fuertes, de los cuales José es el más joven, pero también el más robusto, el más experto, según parece, en todo género de trabajos campestres. Durante

(17)

cuatro años trabaja la tierra, siembra, siega, cuida de los animales, conduce los caballos, planta y corta árboles, presta servicios a sus vecinos y se ejercita en los diversos oficios que ha de saber un agricultor obligado a bastarse a sí propio.

Una viejuca ha contado que llegaba hasta a curar las vacas: “Yo tenía una —dijo—, que el veterinario miraba como perdida y que el carnicero quería matar. Esta vaca era mi única fortuna. El bueno del muchacho tuvo piedad de mí; despidió al carnicero y trató de triunfar en aquello que había fracasado el veterinario. Se instaló en el establo y allí pasó toda la noche, y cuidó tan bien a mi animalito, que al día siguiente se había salvado y pocos días después se encontraba en perfecta salud.”

Vemos que el aprendiz de labrador era tan caritativo como ingenioso. Gozaba de cierto prestigio en el pueblo, pues era de un vigor poco co-rriente y “levantaba como si no fueran nada, sacos de cien kilos”. Sus costumbres continuaban siendo puras y su piedad profunda.

No hemos de decir que la virtud le costaba menos que a los demás, y que no debía de luchar para mortificar su cuerpo. Dormía sobre una tabla, que ocultaba por la mañana bajo su cama. Pero un día se olvidó de tomar esta precaución y su madre supo por este modo que su hijo emulaba a los Padres del desierto.

* * *

El patrimonio familiar no era tan importante que permitiera a todos los hijos de De Veuster encontrar ocupación en la casa. Se decidió que José sería comerciante en granos, como en Tremeloo lo era su padre, y su padrino Govaerts lo era en Amberes. Se pensó primero en que hiciera como una especie de prueba en la casa de este último, mas después se estimó que debía aprender antes el francés, y esta fue la razón que determinó a los suyos para enviarle a tierra valona.

Después de las vacaciones de Pascua de 1858, entró José como pensionista en la escuela media de Braine-le-Comte, en Hainaut.

A la cabeza de este establecimiento estaba el señor Derue-L’Hoir, hombre honradísimo y muy cristiano, que no exigía de los padres del mu-chacho una retribución muy exagerada. He aquí, como ejemplo, la nota que envió a Tremeloo el 4 de octubre de 1858:

Trimestre de pensión desde el 4 de octubre

(18)

Ropa de cama y lavandera …………..………….. 13,50 “ Servicio de mesa …………..……….... 0,40 “ Tinta y silla en la iglesia …………..……… 0,90 “ Retribuciones escolares …………..………. 6,00 “ Nota anterior …………..………. 35,56 “

Total 143,86 frs.

Por un franco diario se estaba muy bien cuidado en 1858 por el señor Derue-L’Hoir, en Braine-le-Comte. En la primera carta que José dirige a sus padres da testimonio de ello y se felicita del régimen.

“Todo está limpio aquí y lleno de comodidades —escribe—. Cada día tenemos una comida como si fuera fiesta y la cerveza que nos sirven es excelente.”

Su carta está escrita en francés, pero en un estilo tan defectuoso, que sin cesar hay que corregirle y aun traducirle para que sea soportable.

El Padre Damián era poliglota, pero escritor incorrecto. Jamás se aplicó a ello, y no consiguió escribir bien. Su gloria era de otro orden.

* * *

Con esa facilidad de adaptación que siempre veremos en él, este joven de diez y ocho años pronto se habitúa al país y a su nueva vida.

Citémosle, por una vez, textualmente, a reserva de añadir que otra vez lo hará mejor:

“El primer día estaba un poco avergonzado (molesto). No tenía libros, pluma o papel o algo que fuera bueno (necesario). Lo pedí al señor Derue, nuestro superior. Mi maestro es un valón que es muy cuerdo (bueno) y muy sabio, y me da lecciones aparte. Solamente somos cuatro flamencos. Todos los valones que ríen conmigo (que se burlan de mí) les pego con una regla... Ya comienzo a hablar con los valones... Os ruego que me enviéis cuatro camisas, un pantalón de tela de cutí... añadid noticias de Paulina, etc.”

Aprender el francés es para él la principal cuestión, que ha de realizar lo más pronto. En el año nuevo, después de felicitar a sus queridos padres “por todo el bienestar con que le han colmado desde sus más tiernos años,

(19)

y en particular por la educación que ahora recibe y que le será útil en todos los momentos de su vida”, añade:

“Os ruego que me perdonéis por haber tardado tanto en escribiros, pero ya sabéis que no se tiene mucho tiempo para consagrarlo a la corres-pondencia cuando se está en la escuela para aprender una nueva lengua.”

El 17 de julio de 1858, deplora que la distribución de premios venga a interrumpir sus estudios.

“Estoy contrariado por lo que se avecina; olvidaré el francés que he aprendido, durante las siete semanas que han de durar las vacaciones.”

¿Por qué tiene tanta prisa en saber el francés? Es que lo necesitará para ser sacerdote. Por esta época, si no fue, acaso, al partir de Tremeloo, es cuando ha escuchado el llamamiento de Dios y ha resuelto seguirle. Todavía no ha dicho una sola palabra. Confidencias prematuras hubieran podido comprometerlo todo. Y él, que se distinguía por apartar los obstáculos a viva fuerza, también sabía soslayarlos. Ahora bien, en su vocación había muchos. Los más grandes eran su retraso en los estudios y la probable oposición de sus padres. Su padre, por lo menos, creía haber contribuido ya en gran medida, al dar a Dios tres hijos. Y es que, después de Augusto, Paulina acababa de abrazar también la vida religiosa.

“¡Qué felicidad la suya!”, suspira el firmante de la carta del 17 de julio. Y prosigue, indicando a dónde piensa llegar: “Espero que llegará mi

vez de escoger el camino por el cual debo entrar. ¿Es que no hay

posibilidad de que yo siga a mi hermano Pánfilo?” * * *

Pánfilo era el nombre de religión de Augusto, novicio entonces en el convento de los Sagrados Corazones de Lovaina.

Al recibir esta noticia, piensa la familia que algo ha debido ocurrir en Braine-le-Comte. En efecto, acababa de predicarse una misión por los Padres Redentoristas.

Desde aquí, vemos al señor Derue-L’Hoir llevando por la noche a sus discípulos a la iglesia y agrupándolos al pie del pulpito, para escuchar el sermón. El templo está lleno del grave rumor de los cánticos que el pueblo salmodia en el coro:

Sólo un alma tengo, que debo salvar, de la eterna llama he de preservar,

(20)

de la llama eterna he de preservar.

Estos cánticos colocan a la multitud en un excelente estado de receptividad espiritual. Aparece el misionero. Es un hombre de Dios, elocuente y convencido, que ama profundamente a sus hermanos, a quienes habla para hacerlos mejores. Con patéticos gestos, que muestran las sangrientas llagas de Cristo, truena contra los insensatos pecadores que hacen vanos tantos dolores y ellos mismos se exponen, por un instante de placer, a una eternidad de penas. Desenvuelve los grandes temas evangélicos que encuentran una resonancia tan extraña en el alma humana: el árbol herido por el rayo, que queda en el sitio donde había caído, la muerte que viene como un ladrón en el instante en que menos se le espe-ra... “Un infierno en el que los condenados son zambullidos.”

Los espíritus creyentes se rinden a tales argumentos sin replicar, y muchos corazones quedan trastornados. ¿Cuánto durará esta emoción? Pura muchos, los cuidados y preocupaciones materiales pronto la habrán disipado. Pero en otros sobrevivirá. Los hay que saldrán transformados del sermón, habiendo tornado determinaciones que les ligarán para toda la vida.

* * *

Tal fue el caso de José, que desde entonces decidió, de un modo absoluto, ser religioso. Primeramente pensó entrar en la Trapa, y se com-prende que, con su mezcolanza de trabajos agrícolas y austeridades, le atrajese la vida del trapease. Se lo escribió al Hermano Pánfilo, que estaba gozando las mieles de su vocación.

Aquel, que ha encontrado el camino de la felicidad espiritual le gusta arrastrar a ella a los otros. Nadie hay tan dichoso como un religioso joven, ni que ponga mayor ardor en hacer prosélitos. Pánfilo respondió, sin duda, que, puesto que la Comunidad de Picpus estaba allí, no había por qué ir a buscar más lejos; que allí podía santificarse como en la Trapa, y hasta llegar a ser misionero; que ayudaría cuanto pudiera a su hermano para que le admitieran, y otras cosas semejantes, propias para inclinar la balanza ha-cia el buen lado.

José decidió unirse lo más pronto posible con su hermano mayor. ¿Había resistencias por el lado de la familia? La siguiente carta, llena de grandes y terribles lecciones, debía disiparlas. Está escrita en la Navidad, el día en que el cielo no puede enviar a los hombres más que buenas

(21)

inspiraciones; es Dios el que habla, y sería desobedecerle no comprender que José debía comenzar su noviciado inmediatamente; y, además, ¡que no lo olviden!, el Padre Redentorista lo ha repetido bastante; ahí está al fuego eterno para castigar a los padres que se oponen a la vocación religiosa de sus hijos:

“Braine-le-Comte, 25 de diciembre de 1858. “Mis queridos padres:

“Necesito escribiros en este hermoso día de Navidad, en el que he adquirido la certeza de que Dios quiere que yo abandone el mundo para abrazar la vida religiosa. Como los niños, también los adolescentes deben obediencia a sus padres. Así, vengo a pedir la autorización para seguir mi vocación, viendo que no puedo comprometerme a entrar por ese camino sin vuestro asentimiento.

“Guardaos de creer que la idea de entrar en el santo estado religioso procede de mí; os certifico que es la Providencia quien me la ha inspirado. No queráis ponerle obstáculos; si Dios me llama, debo obedecer; al no responder al llamamiento divino, me expondría a perderme para toda la eternidad; en cuanto a vosotros, el buen Dios podría castigaros terriblemente oponiéndoos a que yo realizase su voluntad.

“Sabéis que la elección de un estado decide de nuestra eterna felicidad. Mi vocación nada tiene que pueda entristeceros.

“Augusto (Pánfilo) me escribe que me admitirán en su convento, pero que no hay que dejar para después del primero de enero el tratar este asunto con el Superior, a fin de comenzar mi noviciado lo antes posible.

“Mientras espero tan gran felicidad, soy siempre vuestro obediente hijo,

J. DE VEUSTER”

Para lograr que aceptaran sus padres, tan buenos cristianos como eran, ¿precisaba amenazarles con la condenación eterna? La carta, en todo caso, consiguió el resultado apetecido. José abandonó pronto Braine-le-Comte, y algunos días después, acompañado de su padre, marchó a ver, en Lovaina, al hermano Pánfilo. En el pensamiento de los padres, aquello no era más que una visita de inspección. Pero los hijos no habían perdido el tiempo; la realización de los proyectos del pequeño estaba más avanzada

(22)

de lo que podían imaginarse en Tremeloo, pues se decidió, acto continuo, que José quedaría en el convento y el padre regresaría solo a su casa.

(23)

CAPÍTULO II

Picpuciano

El 2 de febrero de 1859 tomó José el hábito religioso y cambió su nombre por el de Damián.

El Instituto de Picpus, del que iba a ser miembro, se llama en términos canónicos “Congregación de los Sagrados Corazones de Jesús y María”, pero se le designa, generalmente, por el nombre de la calle parisina donde el Padre Coudrín la fundó en tiempos del Imperio.

Natural de Poitou, el santo hombre había pasado la revolución ejerciendo su ministerio en medio de los mayores peligros. Cuando llegaron los días mejores, reunió en Poitiers a algunos sacerdotes y mujeres piadosas, que formaron la simiente de una nueva y doble congregación. Más tarde se instaló en la calle de Picpus, y tanto prosperó, que a la muerte del fundador, en 1837, contaba con varios centenares de miembros.

Hoy los religiosos del Padre Coudrín ascienden a un número aproximado de mil trescientos, extendidos por el mundo entero. Los sacerdotes, vestidos de blanco, se entregan a la enseñanza y a la predicación; los legos, vestidos de negro, se aplican a los trabajos manuales; y todos llevan sobre su pecho la imagen de los Sagrados Cora-zones. Entre otras prácticas devotas, los Picpucianos pasan cada día media hora delante del Santísimo Sacramento y hacen cada semana una hora de adoración nocturna.

En 1840 se establecieron en Lovaina, el mismo año en que, a diez y seis kilómetros de aquélla, nacía el futuro Padre Damián. Crearon allí un noviciado y una casa de estudios para los que recogían de Bélgica, Holanda y Alemania.

* * *

Una gran decepción esperaba a Damián. Llegaba contando con ser sacerdote. Pero se le advirtió que, no habiendo estudiado el latín, no se hallaba en condiciones de emprender los estudios necesarios para el

(24)

sacerdocio. Se le recibió, pues, en calidad de hermano de coro. Éstos, cuya clase se ha perdido después, estaban dedicados al servicio de las capillas o trabajos semejantes, más notorios que los de los demás legos.

Desilusionado y sumiso, nuestro novicio no renunció por ello a sus proyectos. Eran frecuentes para él las ocasiones de conversar con Pánfilo, que vivía bajo el mismo techo. A menudo sus conversaciones evocaban las dificultades que un joven de diez y nueve años puede tener al ponerse a estudiar el latín. De ahí el que quisiera ver si esto era cierto, y el que intentara retener algunas migajas de tan espinosa lengua. Lo consiguió, y suplicó después a su hermano que obtuviera la autorización para que le dieran lecciones de un modo más regular. Un superior general de la Congregación había prescrito “el que se proveyera a cada uno la ocasión de hacer valer su talento”. Puesto que Damián se mostraba tan capacitado para ganar el tiempo perdido, se permitió a Panfilo acceder a su deseo. Ya se vería lo que daba de sí la tentativa.

Y se reveló fructuosa, puesto que después de seis meses, el Padre Damián traducía el Cornelius Nepos de corrido, y al año siguiente se le juzgaba digno de seguir los cursos de filosofía

* * *

No descuidaba, sin embargo, su formación religiosa. Los que le conocieron en el noviciado dan testimonio de su gran fervor y del dulzor que encontraba en el servicio de Dios.

“Se distinguía por un celo incomparable en la adoración de la noche —cuenta un condiscípulo—. Gracias a su robusta constitución, durante mucho tiempo realizó esta vela nocturna a las tres de la madrugada, o más tarde quizá, sin tomarse el trabajo de volver al lecho. ¡Cuántas veces me han edificado su recogimiento y fervor! Como San Pablo, el primer ermitaño, tenía costumbre de lanzar, mientras rezaba, ligeros suspiros, que herían suavemente el oído y excitaban la devoción en el alma.”

Estos suspiros, por ligeros que fuesen, no estaban prescritos por la regla ni fomentados por el maestro de novicios. Rogó éste a su discípulo, que no era ermitaño, respetara la oración de sus compañeros y saboreara en silencio las dulzuras que gustaba en la suya.

Se conservaba en el museo de Tremeloo la cubierta de un pupitre con tres palabras grabadas con una navaja: “Silencio. Recogimiento. Oración.” Es un trabajo de Damián; tal inscripción le había sido inspirada por una conferencia espiritual en tres puntos. De nuevo se le advirtió que grabara

(25)

en su corazón, mejor que en el mobiliario del convento, las buenas resoluciones que tomaba después del sermón.

Su gusto por la austeridad le empujaba a sobrepujarse en las prácticas conventuales. “Una noche que dormíamos en la misma habitación — cuenta Pánfilo—, me desperté y percibí un gran bulto ante su cama. Fui a ver lo que podía ser. Era mi hermano, que dormía en tierra, a falta de una tabla como la que empleaba en Tremeloo.”

Entre las criaturas de Dios, las hay que son originales y se apartan voluntariamente de los caminos trillados, y las hay como hechas en serie, que están más bien destinadas a seguir el camino corriente. La originalidad consiste en sacar de sí, más que de los otros, sus modos de pensar, sentir y obrar. Permite esto abordar las dificultades con un frescor de espíritu y una riqueza de imaginación que bastan a menudo para reducirlas. ¿Se deberá a su entrada tardía en el convento y al poco tiempo que en él pasó el que el héroe de Molokai conservara esta originalidad, que, aun trayéndole ciertos enojos, hizo de su vida un éxito tan prodigioso?

Hilarem datorem diligit Deus. Dios ama a quien le sirve alegremente.

Nuestro novicio tenía un humor excelente. Sus condiscípulos le llamaban “el buen Damianote” y su hermano Pánfilo le invitaba “a reír menos”, pues de tal modo era exuberante su alegría, como es la de los corazones puros. El Padre Caprais ha declarado que, “en su calidad de maestro de novicios, jamás había encontrado, en su larga experiencia, un carácter más sociable y más amable”.

Añade que, desde los primeros tiempos de su vida religiosa, el futuro leproso había formado el propósito de ser misionero en un país lejano: “En la tribuna de la capilla había un visillo que tenía la imagen de San Francisco Javier. Un día le sorprendí en oración ante esta imagen y le pregunté qué hacía allí. “¡Pido al buen Dios —dijo—, por intercesión de San Francisco Javier, que me conceda la gracia de ser enviado a las misiones!” Durante su noviciado, venía cada día, a la misma hora, a arrodillarse ante la misma imagen.”

* * *

A fines de junio de 1860, Damián abandonó Lovaina por Issy, el noviciado de Francia, donde la costumbre quería que los clérigos extran-jeros fueran a pasar el último trimestre de su prueba.

Desde Issy se dirigió a la casa madre de París, dónde el 7 de octubre de 1860 pronunció sus votos religiosos. Allí, en el aire natal de su Instituto,

(26)

estudió durante un año la filosofía, mientras continuaba el latín y algo de griego.

Uno de sus condiscípulos le describe como un “hombre de contextura huesuda, de anchos hombros, frente alta y mejillas rollizas”. También su profesor le llamaba “mi Damianote”. Unos ojos miopes deslucían un poco su fisonomía, por otra parte feliz y simpática.

Otros testigos añaden que, en comunidad, estaba como el pez en el agua, pasando del estudio a la oración y al recreo con una facilidad perfecta, llevando su ardor al trabajo hasta el encarnizamiento. Quería ganar lo perdido, y su salud le permitía prolongar impunemente las estudiosas vigilias.

En Lovaina no había gastado mucho en correspondencia. Tremeloo no estaba lejos y sus parientes venían con facilidad a verle; era Pánfilo, menos ocupado, el que manejaba la pluma cuando había que escribir a casa. De esta época no se conserva de él más que un billete en el que ruega a sus padres le “traigan algunos pares de medias, una navaja y un calzador”.

Una vez ya en Francia, les escribió más.

En el nuevo año deplora que “la distancia se oponga a que pueda ir a arrojarse en sus brazos para testimoniarle su gratitud y su amor”, y añade: “Somos tan activos como las liebres. En nuestra comunidad todo marcha lo mejor del mundo; nos entendemos a maravilla a pesar de la diferencia de los caracteres y nacionalidades.”

Para las gentes de Tremeloo, París es la capital del mundo, y lo que pasa allí les interesa tanto más, cuanto que en él tienen un corresponsal.

Reinaba por entonces Napoleón III, que estaba en el apogeo de su gloria y suerte. Los elegantes copian su bigote; los hombres de negocios ganan mucho dinero; Hausmann echa por tierra los viejos barrios, crea bulevares, cava alcantarillas, construye teatros, cambia la fisonomía de la ciudad. Por ese año el gobierno publica un manifiesto en favor de la unidad italiana; la opinión pública se turba por la entrevista celebrada en Varsovia entre el Zar, el Regente de Prusia y el Emperador de Austria; los periódicos describen el “carruaje de vapor que acaban de probar en el bulevar del Príncipe Eugenio, y que ha funcionado con la mayor facilidad, sin ruido ni humo”. Gounod asiste al triunfo de Fausto; Flaubert, que acaba de ser procesado por su Madama Bovary, trabaja ahora en su

Salambó; el genio de Feuillet, Labiche, Augier, Meilhac, es celebrado por

(27)

como cada año, 30.000 kilos de pan a los pobres, y que el señor Philoxene Boyer ha pronunciado una conferencia en las Sociedades de Sabios.

Abandonando a los grandes hombres en sus agitaciones de la estación, Damián no sueña más que en terminar sus estudios con el fin de poder “marchar con los salvajes”. Mientras espera, vive feliz con Dios, en la observancia de sus reglas conventuales: cada día, tres horas de oración, seis a siete horas de estudio, tres comidas, dos recreos; y cada semana, un paseo por la ciudad o por los alrededores.

Las cosas de fuera no le interesan. Como ha de hacer siempre, abre su propio surco, esperando que los otros hagan lo mismo, convencido de que no le pertenece el arreglar las cosas de este mundo.

Aun los grandes acontecimientos religiosos, deja a los más competentes el cuidado de comentarlos. Silencia la invasión de los Estados Pontificios y el discurso ruidoso que Monseñor Dupanloup ha pronunciado con este motivo, y no se preocupa ni del Padre Lacordaire ni de la Academia Francesa, que le ha recibido en su seno:

“Naturalmente —escribía—que quisierais estar al corriente de lo que ocurre en París. Pero yo no leo los periódicos e ignoro todo lo de la polí-tica y los negocios. El miércoles vamos de paseo por el bosque de Vincennes. Os podría hablar de durante mucho tiempo, porque me conozco todas sus avenidas. Hay siempre allá un millar de hombres trabajando. Construyen nuevos caminos, cavan zanjas para que el agua se extienda en todas direcciones. Desgraciadamente, no estamos muy tranquilos por allí; no se ve por todas partes más que señores y damas, jinetes y carretelas, y esto nos distrae y nos aburre.

“Los paseos por la ciudad no tienen para mí la atracción que tenían antes de su comienzo; en mi espíritu engendran algo de melancolía. Por eso, cuando se trata de escoger los sitios por donde ha de irse, dejo las calles a los que son más curiosos que yo.”

Se comprende esta melancolía del adolescente puro a quien turba e impacienta el espectáculo de la calle parisina.

Tal es la dureza del combate espiritual, que a los más valientes les parece la muerte a veces como una liberación. Los temas del fin último surgen con frecuencia en las cartas del Padre Damián. Con ocasión de la muerte súbita de un compañero, escribe: “Para el pecador, comprendo que el temor del día de mañana sea una tortura moral; pero para nosotros, que estamos desterrados en la tierra y suspiramos después por la disolución de

(28)

nuestro cuerpo, sólo hay alegría al pensar que avanzamos en busca de la hora en que Jesús ha de decirnos: “¡Venid, benditos de mi Padre!”

Después de la muerte de su abuela, ese mismo sentimiento lo expresa en idénticos términos: “¡Oh padres queridos!; la esperanza de encontrar en la gloria a aquellos a quienes he hecho el sacrificio de dejar, me da valor en mis trabajos, me estimula en los momentos de depresión, me hace suspirar por el día en que mi alma, separada del cuerpo, se reúna al coro de los santos para entonar con ellos los celestes cánticos.”

* * *

Sin embargo, nuestro estudiante, que tiene veintiún años, no piensa sólo en morir. Piensa, sobre todo, en lo que ha de hacer aquí. Él ya lo sabe, pero desea que sus padres se preparen a conocerlo. La misma carta sienta los jalones:

“La llegada de uno de nuestros obispos misioneros nos ha proporcionado la ocasión de celebrar el domingo de Pascua una misa de pontifical... Monseñor regresará pronto a su misión de Oceanía y se llevará con él, según pienso, alguno de nosotros. ¿No seríais dichosos con que fuera yo?...”

Este obispo era Monseñor Tepano Jaussen, vicario apostólico de Tahití. Momentáneamente en Francia para publicar un léxico tahitiano, residió durante algún tiempo en Picpus y tuvo frecuentes conversaciones con los estudiantes. Imagínese con qué atención el Hermano Damián le oiría contar sus trabajos apostólicos en la lejana Polinesia.

Mientras espera que llegue la hora tan deseada de ir a convertir a los paganos, intenta sacudir a su padre, que, en Tremeloo, cuidadoso únicamente de empanar su trigo, tal vez no sueña lo bastante en entrojar los méritos para la vida eterna. Y sin embargo, el tío De Veuster es un gran hombre y un cristiano muy edificante. Pasa hasta por devoto, puesto que comulga cuatro veces al año, cifra respetable para la época. Pero nuestro aspirante a misionero sale él mismo de su retiro, debe compartir las luces recibidas, y, sobre todo, gastar el celo que aún no ha empleado:

“París. Agosto de 1861. ''Queridos padres:

“He sabido con felicidad que toda la familia se encuentra en buena salud y que vuestros negocios siguen prosperando. Veo que mamá sigue

(29)

ocupándose de las vacas; que el caballo y el potro marchan bien, pero no me decís si aún es Gerardo el que guía el tronco.

“Por lo que he observado desde aquí, la cosecha en ésa debe estar muy avanzada. Si es tan abundante como en los alrededores de París, temo que vuestra granja sea demasiado pequeña y que os veáis obligados a hacer almiares. A menudo creo veros trabajar bajo el ardiente sol. El mismo padre, a lo que parece, no se priva de ello. Tened cuidado, mi querido padre, de no hacer demasiado: podríais constiparos.

“Además, para bien de vuestro cuerpo, como para el de vuestra alma, convendría que dejaseis un poco los cuidados materiales para aplicaros mejor al negocio de vuestra salud. Cumplo un deber sagrado dándoos este consejo.

“Con el fin de trabajar eficazmente en vuestra salud, queridísimo padre, conviene que os acerquéis a menudo a los sacramentos, absteneros de la menor falta, recitar fielmente vuestras oraciones de la mañana y de la noche, no emprender ninguna acción sin elevar vuestro corazón a Dios, diciendo: “Señor, hago esto a vuestra mayor gloria.”

“Os exhorto a meditar todos los días sobre el amor de Dios, sobre la muerte, el juicio final, la eternidad, la gravedad del pecado o sobre otra cualquier gran verdad. Esta práctica se os facilitaría con la lectura de un libro de piedad, como la Imitación de Cristo, o la Vida de los Santos.

“Perdonadme, padre mío, el que os recomiende cosas que podrán pareceros difíciles y aun imposibles. Pero la experiencia que tengo de la misericordia divina me autoriza a creer que, con la gracia de Dios, podréis llegar a ello. Pero, además, no sólo es a vos a quien quisiera persuadir para abrazar este régimen de vida, sino que lo aconsejo, en calidad de religioso a toda la familia. Para mí sería el colmo de la felicidad saber que habéis recibido mis recomendaciones con benevolencia y, sobre todo, que las habéis puesto en práctica...

“Vuestro hijo cariñosísimo.

FR. DAMIÁN”

Era un nuevo programa de vida el que allí se veía trazado para los Veuster, y aun por precaución se les pedía que dieran cuenta de cómo lo habían realizado. Sin duda, se limitó a pensar que su hijo había hallado su vocación, y en cuanto a él, que debía continuar la suya, algo menos sublime.

(30)

A continuación fue inscrito, sin haberlo solicitado, en la Congregación del Santo Escapulario, así como el resto de su parentela.

Ese día, el Padre Pánfilo cantaba su primera misa, y un banquete reunió a toda la familia De Veuster en torno al nuevo sacerdote. Al final de la comida, se levantó de repente el Hermano Damián y, sacando de su bolsillo un paquete de escapularios, se aprovechó de las piadosas dispo-siciones de la asistencia para exhortar a todo el mundo a que vistiera al momento la librea de la Santísima Virgen: “Es el mejor recuerdo —dijo— que podéis llevar de esta hermosa fiesta. Justamente, el Padre Superior, aquí presente, tiene todos los poderes necesarios. Estoy seguro que no rehusaréis el aprovechar un favor semejante.” Nadie, en efecto, lo rechazó.

* * *

Damián había vuelto a Lovaina el 25 de septiembre de 1861. La casa en la que iban a transcurrir sus dos últimos años en Europa, tenía entonces al frente al Padre Wenceslao, sacerdote famoso, tan ardiente en promover el estudio entre los suyos como en repartir su celo apostólico en el exterior. Ha testimoniado que el futuro misionero se había entregado a la teología con ardor y éxito.

Los estudiantes de Picpus seguían los cursos en la Universidad de la ciudad. Al ver su facilidad de asimilación, ciertos colegas pensaron que Damián podría ser más tarde un buen profesor. Pero no era éste su deseo. No estudiaba por estudiar, ni aun para enseñar a su vez. Estudiaba para llegar a ser misionero.

Entre sus reliquias, se han conservado dos manuscritos donde están resumidos los tratados teológicos De la verdadera Religión, De la Iglesia,

De la Tradición} De la Encarnación y De la Santísima Virgen. Pero la

escritura parece indicar que no son suyos y que tal vez los recibió de algún condiscípulo. Ofrecen poco interés. Sin menoscabo de su memoria, puede afirmarse que nuestro héroe jamás aportó ninguna originalidad ni atrevimiento a la inteligencia de las doctrinas católicas. Nadie fue más conformista que él en el orden especulativo. Únicamente en la acción es donde desplegaba sus recursos imaginativos y cierto gusto por la novedad.

Al contrario de muchos autodidactas que se embriagan fácilmente, era de una rara humildad: “Cuando me veo entre todos estos muchachos que tanto saben, me siento verdaderamente avergonzado de estar ahí.”

(31)

Al mediodía, los escolares almorzaban en la segunda mesa, donde tomaban asiento cuando los otros habían ya acabado. Solía suceder entonces que faltaba la carne o que las restantes porciones fueran muy pequeñas. Jamás hubo de decir Damián nada. Entregaba muchas veces su parte a su vecino, que, por tener gran apetito, la aceptaba con reconocimiento. Inquieto por su salud, Pánfilo le reprendía. Pero reincidía, desquitándose con la sopa y las patatas, con las cuales tenía bastante.

¿Con qué motivo surgió un día entre esos jóvenes una discusión en la que se llegó a las palabras fuertes? No se sabe. Lo cierto es que el Hermano Damián no se contuvo en expresar en voz alta su indignación: “¡Esto no es digno —gritó— por parte de los Hijos de los Sagrados Corazones!”, y abandonó bruscamente su compañía. El apostrofe había salido antes de que pudiera volverse atrás. Su natural impetuoso le jugaba a veces partidas como ésta, aun cuando él se vigilase mucho para no herir a nadie. Pero inmediatamente, asegura el Padre Wenceslao, trataba de reparar sus menores daños; y el Padre Jourdan observa, a tal propósito, que Dios deja frecuentemente estas imperfecciones a los santos para mantenerlos en la humildad y darles motivo para adquirir más méritos.

Se dice también que había conservado el gusto por los trabajos manuales y rivalizaba en destreza con aquellos que mejor competían en ello.

Junto al convento había una capilla dedicada a San Antonio ermitaño. Había pasado, en el transcurso de los siglos, por diversas fortunas. Después de la revolución servía de almacén, cuando, en 1847, la adquirieron los protestantes para convocar en ella sus asambleas. Se concibe que esta vecindad impaciéntase a los picpucenses y que estuvieran muy contentos con poder comprar el inmueble para volverlo a su primer destino. El 28 de septiembre de 1862, Monseñor Tepano Jaussen, reconcilió la capilla. A buen seguro que Damián, que asistió a la ceremonia, no podría imaginar que allí habría de descansar más tarde su pobre cuerpo de leproso voluntario, rodeado de la veneración de las multitudes.

Tomó una buena parte en los trabajos de restauración, y hasta sorprendió una vez con ellos a todos sus compañeros y obreros que allí estaban empleados.

Se había decidido que una chimenea que flanqueaba el aguilón del tejado era embarazosa y superflua. Estaba colocada en lo alto y era de muy difícil acceso. Todos se hallaban allí, con la boca abierta, declarando que había que abatirla, pero nadie se atrevía a hacerlo. Alguien fue a buscar

(32)

entonces una escalera alta, subió hasta su extremo y, con toda la tranquilidad del mundo, demolió, ladrillo tras ladrillo, la indeseable chime-nea. Era Damián, al que en ese día los albañiles, gentes poco propicias al vértigo, aplaudieron con admiración y de quien proclamaron “que era en verdad un hombre extraordinario”.

(33)

CAPÍTULO III

Hacia la Polinesia

Existía penuria de misioneros en las islas Sandwich, y Monseñor Maigret, vicario apostólico, los reclamaba a gritos.

En 1863, los Superiores de la Congregación decidieron enviarle importantes refuerzos. Se convino que seis religiosos y diez Hermanitas partirían para Hawai a fines de octubre. El Padre Pánfilo debía ser de los que partieran, pues él también sentía la vocación misionera, y por ello había abandonado en otros tiempos el pequeño seminario de Malinas para entrar en los Sagrados Corazones.

Desgraciadamente, estalló en Lovaina una epidemia de tifus, y Pánfilo, que se había prodigado en la cabecera de los enfermos, fue atacado a su vez. Ya estaba mejor. Pero cuanto más se acercaba la marcha de la tropa apostólica, más temía que no pudiera reunirse con ella. Llegó el momento en que, siguiendo el parecer del médico, el Padre Wenceslao, superior local, envió su obediencia a la casa madre. Nuestro convaleciente sufrió mucho con el hundimiento de su sueño, y en este día, una vez más, expresó a su hermano la decepción que aquello le causaba.

Tuvo éste una idea: “¿Y si yo solicitara la autorización para partir en lugar vuestro?” Con un gesto, el enfermo dio su aprobación. Sin preguntar más, y evitando, sobre todo, que su carta pasara por el Padre Wenceslao, que se hubiera opuesto, tomó Damián su pluma y escribió al Padre General.

Su carta se ha perdido, pero se conoce el contenido: puesto que la plaza de Pánfilo estaba ya tomada y pagada, la santa pobreza quería que se la utilizase; nada había de consolar mejor al enfermo y activar su curación como el saber que había sido reemplazado por su hermano; finalmente, el firmante poseía también una salud tan excelente y una vocación tan manifiesta, que no podía dudarse de la voluntad de Dios a tal respecto, ni dudar en dejarle partir. Lo cierto es que el Padre General no supo alegar nada y contestó sin tardar.

(34)

Dos días después, el Hermano Damián estaba sentado a la mesa, cuando el Padre Wenceslao arrojó ante él la respuesta de París, diciendo: “¡Tenéis la presunción de querer ir ya de misiones!” ¡Oh dicha! El General concedía la autorización pedida. Por una vez, Damián olvidó las reglas de la modestia conventual. Ante sus absortos compañeros, dejó allí su comida y, blandiendo la orden de obediencia, abandonó el refectorio, subió la escalera de cuatro en cuatro y corrió a anunciar la triunfal noticia a Pánfilo, que se hallaba en cama.

* * *

El Padre General le decía que se apresurara, pues iba a comenzar en París el retiro de los que partían. Sin acabar de almorzar, Damián partió para Tremeloo.

El golpe era rudo e imprevisto para los suyos. Se decían adiós para siempre. Este hijo afectuoso y jovial, el más pequeño, el preferido, no vol-verían a verle más sus padres en este mundo. No había de regresar para sentarse en la mesa familiar y no estaría allí para ayudarles a bien morir y cerrarles los ojos.

¿Qué palabras sobrenaturales y tiernas empleó él para suavizar su dolor y obtener su sumisión a la voluntad divina? Uno se imagina que sacó de su corazón y de su fe las palabras capaces de producir a estos perfectos cristianos el desgarramiento menos horrible.

Abrazó a sus dos hermanos y a sus dos cuñadas, estrechó por última vez entre sus brazos a su anciano padre, y, en cuanto a su madre, no tuvo el valor de separarse aún de ella. “Pero, mamá, si hemos de volvernos a ver pronto —dijo, esforzándose en bromear—; ¡volveremos a vernos mañana, si queréis!... Mañana por la mañana voy a Montaigu para decir “adiós” a Nuestra Señora. ¡Id allí! Aún no fuisteis a dar las gracias a la Virgen por haber curado a Pánfilo... Cuento con vos, ¡Vamos, no estéis triste! ¡Hasta mañana, mamá!” Y arrojando una última mirada a la amada casa que no volvería a ver más, partió rápidamente, con aire alegre, ahogando sus so-llozos.

Pasó su última noche cerca del lecho de Pánfilo, y, hacia las once, se hundió en la noche, camino de Montaigu.

* * *

Montaigu, cerca de Diest, oh uno de loa lugares más altos del país flamenco, donde, desde hace siglos, van las multitudes a implorar a la

(35)

Madre de Dios. Se veneraba primeramente su imagen en una encina. A partir de 1627, una hermosa y amplia iglesia del renacimiento abriga la an-tigua imagen milagrosa, que rutila entre cirios gigantescos, las muletas abandonadas y los millares de exvotos de los peregrinos reconocidos. Allí iba a arrodillarse con frecuencia San Juan Berchmans cuando era joven. Cada año, los estudiantes de Picpus marchaban en peregrinación al lugar. No había entonces ni tren ni tranvía. Emprendían la marcha hacia las doce de la noche y cubrían a pie las seis leguas de camino, y al alba se llegaba al santuario para oír la misa y comulgar.

Aquella noche el Hermano Damián hizo solo su viaje. Al amanecer estaba a los pies de Nuestra Señora, esperando a su madre. Pronto llego la valiente sexagenaria, acompañada de María, su nuera. Uno junto al otro, como en los días de antaño, la madre y el hijo se arrodillaron ante la Señora de grave y gracioso rostro. No hay duda que ella rogaba por él, y él, a su lado, por ella. La madre suplicaba a la Reina de los Apóstoles que velara por su querido hijo que el llamamiento de Dios arrancaba a su ternura. El hijo confiaba en manos de aquella a quien se llama Consuelo de los afligidos, a su anciana madre, rota de dolor.

María, la nuera, ha contado más tarde;

“Cuando acabamos nuestras devociones, hubo que ponerse otra vez en camino. Salimos de la iglesia. Su madre y yo fuimos delante; él mar-chaba detrás y se volvía sin cesar.

”—No te des mucha prisa, ¡hijo mío! decía la madre.

”—¡Ay de mí!, es la última vez que contemplo el amado santuario. Dejad que me llene los ojos de él. Lo que he pedido a la Virgen es poder trabajar doce años en las misiones.

”Vi que tenía su pañuelo en la mano y se servía de él para enjugar sus lágrimas. Se oyó después un ruido de chatarra sobre el empedrado. Llegaba la diligencia de Lovaina. Viendo que un eclesiástico se volvía, el postillón pensó que quería subir y detuvo sus caballos.

”—¡Ea, adiós, entonces! ¡Digámonos adiós!— dijo la madre.

”Nos abrazó Damián, montó en el coche, y mientras los caballos partían al trote nos hizo con la mano una última seña. Después todo había desaparecido.

”Nuestros corazones estaban oprimidos por la pena, pues la separación había sido muy brusca. Se serenaron poco a poco en el camino de vuelta, a medida que avanzábamos en el rezo del rosario. Sólo pensábamos en pedir a María por el apóstol querido que se nos iba. ¡Cuán

(36)

lejos estábamos entonces de prever lo que había de sucederle después en Molokai!...”

* * *

Al día siguiente el Hermano Damián estaba en París participando de los ejercicios de un retiro de tres días que el Padre General predicó a los misioneros.

Antes de embarcarse, envió a Tremeloo una carta, donde aún se percibe su inexperiencia y rudeza, ¿Era útil acaso, en un momento tal, sermonear y evocar a los ojos de los suyos ese “mar” tempestuoso dispuesto a tragarle” en el que iba a lanzarse? Más tarde, cuando las lecciones de la vida le hayan instruido, cuando haya visto sufrir mucho y haya sufrido, mostrará más naturalidad y benignidad. Decía, entre otras cosas: “Henos, pues, mis queridos padres, a punto de abandonar todo cuanto hay de más querido en este mundo, para lanzarnos a un mar tempestuoso dispuesto a tragarnos... El sacrificio es grande, pero es la voz de Dios la que nos llama para realizarlo. Jesucristo está desde el primer momento con sus misioneros; Él es quien dirige nuestros pasos, el que nos preserva de todo peligro, el que manda calmarse a los vientos, huir a los animales feroces, y a los enemigos espirituales: el demonio, el mundo y la carne, que nos dejen en paz. Ya se hace sentir su gracia, puesto que en vísperas de un viaje tan peligroso, no solamente no tenemos miedo, sino que estamos con una alegría inconcebible. Hasta el punto de que, a fuerza de decir cosas graciosas, estamos cansados de reír.”

Sigue a continuación un sermoncillo bastante redundante:

“¡Adiós, queridos padres; adiós! Llevad siempre una vida muy cristiana, guardaos de manchar vuestra alma con cualquier falta voluntaria, caminad por la vía estrecha, que es todo cuanto os pido como último favor...

”¡Adiós! No nos volveremos a abrazar más aquí en el mundo, pero nuestro mutuo y tierno cariño será siempre lo que nos una... Una vez más, ¡adiós! ¡Que el cielo bendiga vuestros últimos días! ¡y que la Virgen os dé una muerte santa!...”

El mar “tempestuoso y agitado de que hablaba, le fue esta vez propicio, pero ya veremos que “el mundo y el demonio”, sobre los que estaba seguro entonces, no le ahorraron trabajos después, y aun le persiguieron ferozmente hasta la tumba.

(37)

* * *

El jueves 29 de octubre, a las nueve de la mañana, la caravana picpuciana tomó el tren en la estación del Este para trasladarse a Bremen, donde habría de embarcar. Estaba compuesta por un sacerdote: el Padre Chrétien, tres clérigos, dos legos y diez religiosas.

Antes de partir, el Padre Damián se había hecho retratar con un gran crucifijo en la mano, en la postura del San Francisco Javier de la cortina de Lovaina. Mandó este retrato apostólico a sus padres, con las consideraciones y exhortaciones ya dichas.

El 2 de noviembre, tomaron pasaje los misioneros en el R. W. Wood, hermoso velero de tres palos, que lucía el pabellón hawaiano.

Además de los diez y seis hombres de la tripulación, iban a bordo el capitán Geerken, su mujer y su primo. Todos eran alemanes y protestantes. Desde el primer día, el capitán invitó a su mesa a los picpucianos, estableciéndose excelentes relaciones entre marineros y religiosos. Era la primera vez que Damián se encontraba con herejes. Se asombrará al no encontrarlos situados en el capítulo “de la verdadera religión” y no se vio forzado a convertirlos rápidamente. Sus esfuerzos no tuvieron éxito alguno, y no hay duda que comenzó a comprender que los argumentos de sus manuales no iban a serle siempre de gran eficacia para la conquista de las almas.

Hoy se va de París a Honolulú en cinco o en quince días, según se tome el avión o el barco. Entonces se necesitaban cuatro o cinco meses, y a veces más, según el estado del mar o la dirección de los vientos. Salvo lo imprevisto, el viaje se haría sin escalas. Desde el puerto alemán, el R. W.

Wood alcanzaría el mar del Norte, después el Atlántico, que surcaría de

Noroeste a Sudoeste, doblaría el Cabo de Hornos en la punta de la América del Sur y subiría en seguida por el Pacífico hasta Hawai.

El capitán declaró a sus pasajeros que cada año, desde hacía ocho, realizaba el mismo trayecto, sin incidencia alguna, o por lo menos sin naufragio. Segura la comunidad, pensó en organizarse religiosamente para la travesía. Se alojaron en estrechas cabinas de literas superpuestas, y se dejaron dos piezas convenientes, una para los religiosos y otra para las Hermanas, para utilizarlas en las prácticas del día. Se estableció un horario minucioso, que preveía la misa, la oración, el estudio, el trabajo manual y los recreos. De derecho, la autoridad recaía en el Padre Chrétien, a quien había que pedir los permisos. Pero no se había contado con el mareo, al

(38)

que pagó su tributo, y en mayor medida que los demás, el Padre Superior; nunca un reglamento conventual sufrió mayores desgarrones.

DIARIO DE VIAJE

Las principales peripecias del viaje nos son conocidas por el “Diario” del Padre Chrétien y algunas cartas de Damián. Hélas aquí resumidas cronológicamente:

2 de noviembre de 1863

Embarque. Apenas un vapor ha remolcado al velero fuera del puerto, cuando se levanta un fuerte viento, obligándole a detenerse. A la borrasca sucede la bonanza y, con ella, la imposibilidad para el navío de abandonar la rada. Sujeto a sus anclas queda durante siete días, en los cuales la comunidad puede observar su reglamento conventual.

9 de noviembre

El velero de tres palos pierde de vista las costas y singla hacia el Mar del Norte. “Experimentábamos —escribe el Padre Damián— un malestar horrible. Nuestros estómagos sentían extraños dolores. El diminuto Padre Chrétien devolvía todo cuanto comía; no cesaba de vomitar y de hipar como si fuera a romperse su pecho. Le duró esto más de un mes, igual que al Hermano Aymard.”

12 de noviembre

“Hacia el mediodía nos acercamos al Canal de la Mancha... Un viento violento nos empuja durante algunas horas frente a Dover. Si hubiera continuado, en menos de tres días se hubiera alcanzado el Atlántico. Desgraciadamente, hasta fines de noviembre, tuvimos casi siempre vientos contrarios. El barco voltejeaba, avanzando en realidad unos diez kilómetros por día. Nos vimos privados de la Santa Misa durante todo un mes.”

Sin embargo, menos sujeto que los otros al mareo, Damián había asumido todas las cargas vacantes por la defección de los enfermos. Según las horas, era sacristán, ecónomo, enfermero; sin dejar por ello de proseguir sus estudios teológicos, que, como se sabe, no había terminado.

A menudo, también, echaba una mano a los marineros, que preferían su ayuda material a su apologética.

(39)

Como sacristán, inventó un sistema que para los temporales fuertes aseguraba la estabilidad del cáliz durante la misa, y con las cajas de betún consiguió fabricar unas hostias bastante aceptables.

Como ecónomo, encuentra que las Hermanas picpucianas podrían ser útiles. Su guardarropa deja mucho que desear, dado lo precipitado de su partida. La de ciertos compañeros ganaría mucho también con ser revisada. Las entrega a las religiosas, que se ponen a trabajar en ellas. Sotanas, camisas, medias, pañuelos, pasaron por sus manos diligentes, y al final de la travesía los equipos de los picpucianos estaban en buen estado.

Mano sobre mano, los religiosos devolvían en cuidados espirituales los servicios materiales que habían recibido. El 27 de noviembre se celebró la renovación de los votos. Las Hermanas quisieron prepararse para ellos mediante un retiro de tres días. El Padre Chrétien consintió en indicarles el programa, pero esto no fue suficiente para la avidez de las retiradas, que reclamaron de él varias instrucciones cotidianas. Presa siempre del mareo, el valeroso misionero se las dio hipando.

En semejantes circunstancias era cuando nuestro enfermero revelaba su ingenio. El Padre Chrétien cayó en un estado tal de agotamiento, que llegó a alarmarles. En particular, sus ojos rehuían cualquier servicio: “Creedme—dijo Damián—, eso es culpa de los humores. Hay que hacer que salgan. Padre mío, ¡tomad un poco de tabaco, y él provocará el despejo necesario y os aclarará la vista!”

Obedeció el enfermo, obró el remedio, salieron los humores y el Padre pudo volver a leer su breviario.

1.º de diciembre

“A partir de este momento —escribe Damián— las cosas cambian por entero, y los vientos alisios llevan al navio a toda velocidad.”

22 de diciembre

Alcanzamos el Ecuador, y el acontecimiento se celebra con los tradicionales ritos. Los religiosos han pagado su tributo a los marineros para escapar de las bromas. Evitan así el que les hundan en un tonel y los lancen por encima de la cuerda simbólica; asisten, pues, como simples es-pectadores al bautismo de la línea.

2.º de diciembre

La vigilia de Navidad se ha solemnizado con las vísperas de la Fiesta, que religiosos y religiosas salmodian en dos coros.

(40)

25 de diciembre

Misa de medianoche, encuadrada de maitines y laudes. A las siete se celebran las otras dos misas. Durante el día se cantan villancicos, pero las Hermanas, intimidadas por la vecindad de los marineros protestantes, no se atreven a alzar la voz.

“Llegamos al primer día del año con sol... La tripulación capturó en estos lugares soberbios albatros, que fueron disecados, tiburones como los que se ven en la enseña de Jef van Rivieren, delfines y marsoplas, que llegan a pesar hasta trescientas libras.

“Cinco días seguidos de buen tiempo, y después dos semanas de malo.”

19 de enero

El navío va por los parajes peligrosos del Cabo de Hornos. Pasa por los mismos lugares por donde, veinte años antes, naufragó la

María-Josefa, arrastrando a la muerte veinticinco misioneros de Picpus (8 Padres,

7 Hermanos y 10 Hermanas) que Monseñor Rouchouze conducía a Hawai. Los que van a ocupar su puesto recitan por ellos el Oficio de Difuntos y dos rosarios,

21 de enero

Estrecho de La Mare. Todo el mundo esta asombrado de la calma

que reina en el Cabo de Hornos. Algunos se atreven a decir que estos pa-rajes no merecen su funesta reputación. Y verdad es que dos días de buen tiempo nos hubieran conducido al Océano Pacífico, fuera de peligro. Pero, a partir del día siguiente, se levantó un viento terrible y nos arrastra doscientas leguas hacia el Sur. Durante diez interminables días nuestro barco fue juguete de las furiosas olas. Hubimos de sufrir un verdadero purgatorio.”

2 de febrero

“El día de la Purificación, al final de una novena, la Virgen nos ha socorrido. Tornó el viento y sopló con violencia en la dirección opuesta, lanzándonos a toda velocidad hacia las islas Sandwich. Nos quedan aún 110 grados (11.000 kilómetros) que cubrir.”

6 de febrero

“En este día aguantamos una espantosa tempestad. El navio fue proyectado al aire, en medio de la noche, por una ola terrible, que, a pesar

Referencias

Documento similar