Molokai
La isla de Molokai se encuentra en el centro del archipiélago de las Sandwich, al sureste de Oahu y al noroeste de Maui. Tiene 320 kilómetros cuadrados de superficie. Sobre el mapa, se alarga en sentido horizontal, afectando un poco la forma de una hoja de sauce o de un pescado tumbado. Los canacos la llaman “la tierra de los precipicios”, de tanto como la removieron las convulsiones volcánicas. Su desolado aspecto contrasta con la belleza risueña de las islas vecinas. En 1873, su población no llegaba a las 2.000 almas.
Sobre la costa septentrional de Molokai, el promontorio de Kalawao avanza en el océano. Es una lengua de tierra de 17 kilómetros de super- ficie, soldada al resto de la isla por las “Pali”, rocas gigantescas de setecientos a ochocientos metros de altura. En el centro de este promonto- rio existe un cráter de treinta metros de altura y sesenta y cinco de ancho. En todo su alrededor, se extiende la llanura estéril sembrada de bloques rocosos, y, diseminados aquí y allá, matojos de hierbas altas y algunos ramos de viejos pandanus o cañas de hojas largas. Encerrado por tres lados entre acantilados que caen a pico en el mar y defendido en el Sur por la cadena casi inaccesible de las “Pali”, parece hecho este lugar para relegar en él a los forzados a quienes se quisiera impedir la huida.
Las autoridades hawaianas lo eligieron para secuestrar en él a los leprosos del archipiélago, y allí fue donde el Padre Damián pasó los diez y seis últimos años de su vida.
LA LEPRA
Cuenta Joinville que un día le preguntó San Luis “qué le gustaría más: si ser leproso o haber cometido un pecado mortal. Y yo, que jamás le he mentido —continúa el Senescal—, le respondí que preferiría haber cometido treinta a ser leproso”.
La lepra ha pasado siempre por ser el más horrible de todos los males.
Es tan vieja como la humanidad, apareciendo tan pronto aquí como allá, desapareciendo sin que se sepa por qué y no cesando de devastar al- gún rincón del mundo.
Según un papiro conservado en Berlín, existía ya hace seis mil años. Otros documentos señalan su presencia en China en el año 2000, y en el Japón en el 1500 antes de Jesucristo. La legislación del Levítico prueba que desde los tiempos de Moisés existía, y mucho, la enfermedad de la lepra entre los judíos. Estos, según se dice, habían sido contaminados por los egipcios, que a su vez contaminaron a los asirios y a los demás pueblos. Lucrecio escribía con seguridad que la lepra había nacido en Egipto y que no existía en ningún otro sitio. En Roma se creía que eran los peces del Nilo los que la propagaban.
Est elephas morbus qui propter flumina Nili Gignitur Aegypto in medio, nec praeterea unquam.
Los sabios contemporáneos piensan más bien que partió de China y que fue a continuación de las guerras de Darío, de Alejandro y de los ro- manos cuando llegó a Occidente.
Aun cuando se la señale en Europa a partir del siglo IV, se está de acuerdo en decir que los judíos, los árabes y las Cruzadas contribuyeron en mucho a propagarla después. En los siglos XII y XIII es cuando se encuentra más extendida. Hacia 1150 hacía estragos en Inglaterra, en Es- cocia, en Francia, en España, en los Países Bajos, en Escandinavia y en Prusia. En el siglo XII Londres poseía doce leproserías. (La palabra “ladre”, leproso, procede de Lázaro, el leproso del Evangelio, al que lamían los pies los perros en la puerta del rico malo.) Cada ciudad francesa pronto tuvo su leprosería. Sólo Normandía contaba con 219. En 1226, Luis VIII hizo un legado que destinó a fundar 2.000. Según dice el cronista Matías Paris, benedictino de la época, debió haber en Europa, en 1244, 19.000 leproserías. Esta cifra tal vez sea exagerada, pero se admite generalmente que en tiempos de San Luis había en Francia, por lo menos, 100.000 gafos, de los cuales el mayor número vivía fuera de las le- proserías. Diversas órdenes religiosas se fundaron para socorrerles.
La lepra era considerada como contagiosa, y fueron tomadas medidas para aislar a sus víctima».
Con el título Modo de poner a los leprosos fuera del siglo, los antiguos ritos describen la ceremonia denominada Separatio leprosorum.
El sospechoso era citado ante el juez eclesiástico y, reconocido como leproso, se le obligaba a alejarse de la comunidad humana. Oía primero la misa, de rodillas ante el altar y cubierto con un velo negro, y después el oficiante derramaba sobre su cabeza tres paletadas de tierra mientras decía:
Sis mortus mundo, vivus iterum Deo (Sé muerto para el mundo, y vive de
ahora en adelante en Dios). En ciertas diócesis, este rito se realizaba en el cementerio, donde el enfermo descendía a una fosa simbólica. Después se le entregaba copia de las “Prohibiciones” siguientes, de las que se daba lectura pública:
“Os prohíbo que entréis nunca en la iglesia, mercado, molino, hornos públicos, y en cualquier reunión o asamblea de gentes.
“Item, os prohíbo que nunca lavéis vuestras manos y otras cosas
necesarias dentro de las fuentes y arroyos; y si queréis beber, tomad agua con vuestro barril o con cualquier otro vaso.
“Item, os prohíbo de ahora en adelante ir sin hábito de leproso, a fin
de ser conocido de los demás, y no estar descalzo ni con pies desnudos nada más que dentro de vuestra casa.
“Item, os prohíbo que toquéis las cosas que queráis comprar si no es con una vara o bastón, a fin de que se conozca lo que pedís.
“Item, os prohíbo de ahora en adelante que entréis en tabernas u otras
casas si queréis comprar vino o tomar o recibir lo que os den; pero haced que lo pongan en vuestro barril o en otro recipiente.
“Item, os prohíbo tengáis otra compañía de mujer que no sea la
vuestra.
“Item, os prohíbo, al andar por loa campos, que respondáis al que os
interrogue, que no estéis fuera de camino y en contra del viento, temiendo que infestéis a alguien, y también que, de ahora en adelante, no vayáis por caminos estrechos, por temor a que podáis encontraros con alguien.
“Item, os prohíbo, si la necesidad no os obliga, a que paséis por
senderos, por los prados, y tocar árboles y matorrales, sin que antes no os hayáis puesto los guantes.
“Item, os prohíbo el tocar a los niños y a los muchachos, sean
quienes sean, ni tampoco darles, ni a los demás, cosa alguna.
“Item, os prohíbo de ahora en adelante comer o beber en compañía,
si no es de leprosos.”
“No obstante, no os molestaréis porque os separen de los demás, puesto que esta separación no es más que corporal; en cuanto al espíritu, que es lo principal, estáis siempre con nosotros y tendréis parte y porción en todas las plegarias de nuestra Santa Madre iglesia, como si personal- mente asistierais todos los días al servicio divino con los demás.”
Al proscrito se le conducía en procesión a su cabaña, en medio de los campos. Y al llegar, decía: “Este retiro es mío y habitaré en él por siempre, porque yo lo he elegido.” El sacerdote prohibía a todos que le hicieran el menor mal, recomendaba a sus parientes que quedaran con él todavía treinta y dos horas a su lado para impedirle caer en la desesperación; después le tendían, tras haberlo bendecido, el hábito negro con que debía vestirse, las castañuelas que señalarían su proximidad, los guantes, el barrilito, la cesta del pan y otros objetos de su uso.
A partir del siglo XIV, la lepra declinó con rapidez en Europa, y hacia la mitad del siglo XVI emigra a América.
El doctor Burnet, del Instituto Pasteur, afirma que en nuestros días hay cerca de 5.000.000 de leprosos en el mundo: 30.000 en Suecia, 100.000 en Noruega, 200.000 en Francia, 2.000 en España, 10.000 en Argentina, 20.000 en Colombia, 40.000 en el Brasil, un millón en las Indias inglesas, y de uno a dos millones en China y unos 100.000 en las colonias inglesas.
* * *
Ereteo, médico que vivía en Roma en tiempos de Nerón, ha hecho de la lepra esta descripción, que el doctor Heise, miembro de la fundación Rockfeller, aún encuentra exacta:
“Se forman sobre el rostro, las orejas y las extremidades, tubérculos lustrosos de diferentes dimensiones, lo mismo de un rojo oscuro que de un matiz lívido; la piel se espesa, engorda, y se hace rugosa, casi o completamente insensible; el cabello se cae, a excepción de los del cráneo. Las aletas de la nariz se inflan, sus ventanas se dilatan; los labios se hinchan; la superficie exterior de los oídos, en particular de los lóbulos, se vuelve ancha, espesa, y se cubre de tubérculos; la piel de las mejillas y de la frente se torna gruesa, se infla y forma grandes arrugas prominentes, especialmente por debajo de los ojos. Los pelos de las cejas, de la barba, de las axilas, caen; la voz se hace ronca y sorda y la sensibilidad de las partes afectadas se embota o desaparece por completo; se puede pellizcar o pinchar al sujeto sin que lo sienta. La desfiguración hace pensar en un
sátiro o en un animal salvaje, por lo que algunos llaman a esta enfermedad satiriasis y otros leontiasis. En un estado más avanzado, los tubérculos revientan, y al final se ulceran. Úlceras también aparecen en la garganta y en la nariz, que destruyen el paladar y el tabique nasal; la nariz se hunde, el aliento es intolerable; la gangrena se mete entre los dedos de la mano y de los pies y descoyunta las articulaciones.”
En 1873 el médico noruego Hansen descubre el bacilo de la lepra, y en 1881 Neisser, de Breslau, encontró el medio de reconocerla y estudiarla. “Este bacilo, semejante al de la tuberculosis, se haya diseminado en los tejidos, sobre todo en el interior de las células leprosas, que se hinchan como almohadillas.” Nunca se ha conseguido reproducir la lepra ni en el hombre ni en los animales. Se ignora cómo se transmite, pero se sabe que no ataca a los animales y que el hombre sano no puede contraerla si no está en contacto prolongado con un leproso.
Los especialistas describen la evolución de la enfermedad del modo siguiente:
“Señales preliminares.—Lo más frecuente es que la entrada del virus
pase desapercibida y no deje huella ninguna. Son ligeros brotes de fiebre, trastornos digestivos, fatiga corporal y mental, una necesidad de dormir, sangrías de nariz, excesiva abundancia (o por el contrario, insuficiencia) del sudor en regiones limitadas del cuerpo; hinchazón de los ganglios y trastornos nerviosos; picazón y hormigueo en los dedos y en los pies, dolores de apariencia reumática, sensación de caminar sobre vidrio molido, sensibilidad extrema en ciertos contactos: la sábana de la cama
hace daño; el sujeto se cuida de no tropezar con un cuerpo duro y grita si le pellizcan débilmente. Después se establecen las zonas de anestesia. Re- velase ésta a menudo por quemaduras profundas que el leproso no siente.
”He visto con frecuencia a un leproso —dice Heiser— sostener un cigarrillo que le quemaba los dedos sin que se diera cuenta. El olor mismo de la carne en combustión no le molestaba, y su olfato no existía.”
”Primeros síntomas en la superficie del cuerpo.—Aparecen unas
manchicas, redondas u ovaladas, a menudo rosa, sobre la piel blanca; sobre las pieles morenas, más pálidas que la piel, y pueden ser también más oscuras, morenas. Se extienden, adoptan formas más o menos irregulares. Tan pronto es por el centro como por el borde, que es rosa, ligeramente inflamado. Al comienzo de la enfermedad, puede desaparecer es- pontáneamente, y reaparecer en otros puntos; si se pincha la mancha con un alfiler, el individuo no lo siente. A menudo, en la misma época, la mucosa del tapiz nasal, intacta todavía en apariencia, está irritada y se encuentra en ella el bacilo. En las manchas de la piel, son extremadamente raras.
”Dos formas de lepra.—Se distinguen, según que predominen las
lesiones cutáneas o las lesiones nerviosas, dos clases de lepra: la lepra cutánea, llamada también tuberculosa o nodulosa, y la lepra anestésica o nerviosa. Distinción que sólo se hace por comodidad de lenguaje, pues estas dos formas de lepra no están separadas, ya que todas las lepras son mixtas.
”Lepra cutánea.—Se extiende sobre la piel y las mucosas. Es la que
reviste aspecto más repugnante. Según el espesor de la capa de piel in- fectada de bacilos, la piel es lisa o estriada con finísimos pliegues; después cae el pelo, comenzando por las cejas. Se forman a continuación nódulos y tuberosidades, que pueden convertirse en abscesos y úlceras. Sobre las mucosas de la nariz y de la boca se forman nódulos y úlceras, al igual que sobre la piel. Si la enfermedad no se detiene espontáneamente o por la acción de un tratamiento, la nariz se ahonda, los párpados son atacados y se ponen sanguinolentos; el globo del ojo puede convertirse en un globo de pus; el rostro puede ser destruido como en las formas más graves de la sífilis no cuidada; la boca y la nariz no son más que un hoyo o dos con fungosidades de carne saniosa. El rostro humano queda bestializado, mancillado, deshonrado.
“Dos aspectos de la lepra sobre la faz humana, dos máscaras leprosas, han recibido nombres imaginarios: la faz leonina y la faz antonina.
“En la faz leonina, la piel se espesa, se hace superabundante y jugosa, las partes levantadas se separan por surcos estrechos y profundos; se diría que la cabeza ha sido atada con cuerdas de un modo irregular y que las cuerdas han hundido los pliegues. Con más o menos irregularidades, es el rostro del león.
“En la faz antonina, por el contrario, la piel y los músculos se atrofian, el rostro adelgaza, se seca; los músculos de los ojos y los labios se paralizan; los ojos están siempre abiertos, la mirada atónita y fija; la boca, con el rictus caído, está inerte, lúgubre; la faz es triste, rígida, como la de un cadáver viviente.
”Lepra nerviosa.—Las primeras señales (anestesia, trastornos de la
secreción sudoral, cambios de color en la piel) son ya síntomas causados por la presencia de bacilos en los mismos nervios; con frecuencia, los troncos nerviosos se convierten en dos, cuatro, o seis veces mayores que antes; siéntese el nervio cubital como una cuerda que pasa tras el codo; se ve por encima de la oreja al gran nervio auricular levantar la piel. Los nervios están enfermos, los músculos y los huesos desnutridos; de ahí las deformaciones, de las cuales la más sorprendente es la mano como una ga- rra y las mutilaciones; las falanges de los dedos se destruyen y se reabsorben; con frecuencia, la uña, más o menos atrofiada, queda plantada de través, sobre el extremo del muñón. Cuando los dedos no existen, el antebrazo descarnado se parece a una maza de madera. Iguales destruccio- nes se realizan en los pies, que son aún más graves, puesto que éstos sostienen la carga de todo el cuerpo; la anestesia, la destrucción de la piel, los músculos y los huesos, las infecciones contra las cuales los tejidos son incapaces de defenderse, abocan al mal de perforación, una de las peores miserias de los leprosos. Las palabras más terribles no pueden describir ni sugerir estos horrores. Hay que verlos.”
Los que los presencian no llegan a vencer el malestar que les inspira. San Francisco consideraba como el acto más meritorio de su vida el haber abrazado al leproso de Asís. San Gregorio Nacianceno se estremecía ante “el desgarrador espectáculo de esos seres vivos que no hacen uso ya de la vida, de esos infortunados a quienes sus amigos rehúsan conocer y que inspiran más desagrado que piedad”.
“He visitado un centenar de leprosos —dice el doctor Burnet—. Al final de cada visita, aún más que a la llegada, y a pesar de toda mi simpatía de hombre y mi curiosidad de médico, experimentaba el horror específico. Algo había que me hacía rechazarlos, y sentía calor y frío en la espalda.”
“Hace más de treinta años que estoy viendo leprosos todos los días —escribe otro—, y es el único espectáculo médico al que no me habitúo. Cada día soy más sensible a él.”
El doctor Heiser cuenta que descubrió unos leprosos agrupados en un depósito: “Algunos se pudrían literalmente. Me acompañaban muchos médicos. Y aun cuando tenían una larga experiencia de estos casos, el olor infecto que emanaba de las úlceras gangrenosas les dio tales náuseas que no pudieron decidirse a cuidar a estos infortunados. Particularmente, una vieja no era más que una masa de carne podrida, semejante a un cadáver expuesto durante mucho tiempo, que fuera a deshacerse. Reuní todo mi valor y conseguí colocarla en una cesta para transportarla a bordo.”
* * *
De todos los enfermos, el leproso es aquel cuya condición es la más cruel. Al decir de los médicos, sufre mucho más moralmente que físicamente. Es algo fuera de la ley, que se sabe desterrado de la humanidad, un ser envilecido y manchado que se da cuenta de la insuperable repugnancia que inspira. Os homini sublime dedit. Todos hemos recibido de Dios un rostro que podemos mostrar y levantar al cielo. Sólo el leproso se avergüenza de los rasgos que le ha dado su madre, y cuando os encuentra, baja la cabeza. Imaginaos el odio y la rebelión que pueden fermentar en su corazón.
* * *
La lepra es una enfermedad crónica. Una vez que son atacados, algunos enfermos viven aún uno o dos años; otros, veinte y más, y la mayor parte unos diez años. Hace cincuenta, de cien leprosos cuidados en un lazareto, moría anualmente una tercera parte. En nuestros días, gracias a los progresos de la higiene y de la medicina, no mueren más que un diez por ciento. La mortalidad es diez veces más en los niños que en los adultos. No es raro, además, que los leprosos no sucumban de la lepra; la tuberculosis de los pulmones, las enfermedades de los riñones, las su- puraciones, el agotamiento y otras complicaciones, dan, a menudo, razón de ellos antes de que la lepra haya acabado su obra. Las estadísticas es- tablecen que hay dos leprosos por cada leprosa.
La lista de los remedios preconizados contra la lepra es infinita. Moisés prescribe el aceite; Luis XI, que se creyó leproso, tomaba baños de sangre de tortuga; en algunos países se encierra al enfermo, completamente desnudo, en el cuerpo aún caliente de un buey al que se vaciaron las entrañas; en otros tiempos, el veneno de tal o cual serpiente pasaba por beneficioso, anticipándose en muchos siglos a los descubrimientos de la ciencia moderna; los chinos y los persas ponían su confianza en el árbol kalaw, al que los primeros llaman ta-fung-chi y los segundos el chawul moogri; los médicos recomendaban, ya bien el ácido carbónico solidificado, ya el yodo, el bismuto, el arsénico, el cobre, el plomo, el oro, los rayos X y ultravioletas, el radium y otros innumerables