Lejos de disminuir su ardor, la enfermedad pareció acrecentarle. Se diría que el tiempo le urgía, que antes de abandonar este mundo quería ter- minar lo que le quedaba por hacer, para bien de los leprosos.
Ahora que andaba con trabajo, iba a caballo o en coche, guiado o conducido por el viejo “Guillermo”.
“Estoy un poco desfigurado —escribe—, pero la lepra no me ha atacado aún las manos.”
Trabajaba manualmente, como en los días pasados.
A decir verdad, había llegado a ser el director efectivo de la leprosería. Que estuviera presidido por el señor Gibson, o, a partir de junio de 1887, por el señor Trousseau, el Comité seguía sus inspiraciones.
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En enero de 1886 se logró consignara en una Memoria las lecciones de su larga experiencia. Este trabajo le costó gran esfuerzo: “Estoy enfermo y abrumado de menesteres —le dice al Secretario del General—; deshago mi vista escribiendo cartas absolutamente necesarias y recitando mi breviario durante la noche.” Y lo hacia del mejor modo: “Por el honor de la Misión, he puesto en ello todo mi poco talento.”
Este informe es un documento de unas cincuenta páginas, redactado en inglés, que abarca los ocho capítulos siguientes: I. “De las ventajas de una buena nutrición. — II. “De la necesidad del agua potable”. — III. “Que los leprosos deben estar bien alojados”. — IV. “Que deben tener ves- tidos limpios y de abrigo”. — V. “De la utilidad de los ejercicios corporales”. — VI. “Que es justo y útil el dejar a los esposos encontrarse en el lazareto”. — VII. “De los buenos efectos de la moralidad y de las consecuencias funestas del libertinaje”. — VIII. “Del juicioso empleo de los medicamentos”.
Tiene, además, un apéndice que trata “de la propagación de la lepra”. El autor indica que, de diez de sus enfermos, nueve han presentado sín- tomas de sífilis antes de contraer la lepra. En cuanto a los demás —dice—, “afirmo que se han vuelto leprosos sin ser sifilíticos. Su mal se debe al contagio que han conseguido por inhalación o por inoculación”.
Esta Memoria está llena de sentido común, de humildad y de caridad. Su tono es perfecto. El autor es un hombre honrado que dice la verdad sin atenuarla ni exagerarla; es un espíritu ponderado que trata de probar lo que afirma, procede con orden, y sólo se propone hacer cosas factibles; es también un ser heroico que no tiene en cuenta para nada sus esfuerzos y se muestra dispuesto a sacrificar cien veces su vida para que en el porvenir los leprosos no sean tratados como parias.
El Comité siguió la línea de conducta que trazaba la Memoria. Desde que el mundo entero tenía los ojos fijos en Molokai, el Gobierno de Hawai cada vez estaba más obligado a realizar su deber en favor de los leprosos. Damián acabó por obtener aproximadamente todo cuanto reclamaba.
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En 1887 el Comité le proporcionó con qué construir dos grandes dormitorios de madera para sus huérfanos. “Son —dice él— los edificios más grandes y más limpios de toda la leprosería.” Cada uno de ellos podía abrigar un centenar de niños. En seguida construyó comedores de idéntica proporción.
Si los leprosos de Kalawao no carecían de agua potable, gracias al depósito y al canal que Damián había construido en tiempos, los de Kalau- papa no la tenían. Les era forzoso ir a buscarla a una legua de distancia. En 1886 el Padre descubrió dos manantiales cuyo caudal podía alimentar toda la leprosería. Uno estaba en Paihamau y el otro en Wailuku. Realizó estudios, planos, sugestiones, instancias. El comité concedió un crédito de 35.000 dólares. El 6 de mayo de 1887 el señor Meyer anunció que se podía comenzar la instalación: “El agua vendrá de Wailuku, y así nunca faltará. Dentro de poco las tuberías llegarán de San Francisco. He pedido ya seis pares de bueyes para que realicen las obras.” Damián arrastró a los más fuertes para la obra, y en poco tiempo todo quedó acabado.
Entretanto, se introdujo un nuevo tratamiento de la lepra en el hospital de Kakaako, cerca de Honolulú. Era una invención de un médico japonés, el doctor Goto. Tal remedio prometía ser más eficaz que las
píldoras Hoang-Nan. De hecho, aliviaba, pero no curaba. Damián le estudio de cerca:
“Consiste —escribió— en tomar cada día diez baños calientes en los que se ha vertido una cierta solución, y en tragar, en cada comida, un gra- mo de unas determinadas píldoras, y, una hora después, una onza de cierta tisana. El Comité me ha provisto de una bañera y un calienta-aguas, y he ensayado este procedimiento desde hace algunas semanas, con unos cincuenta de mis hijos, y todos sentimos un gran alivio.” Efectivamente, le volvieron el apetito y el sueño, y cesaron sus dolores.
Con la prisa de que se aprovecharan de este medicamento los leprosos, proyectó el plan de un establecimiento que pudiera acoger a cien enfermos, e hizo llegar su proyecto al Comité. Preveía una sala para las calderas de vapor, quince bañeras, dos salas de baño de once metros por tres, un comedor de veinte metros por seis, una cocina de siete metros por cinco, seis dormitorios de trece metros por seis, sin contar con otra gran sala de baño a disposición de los leprosos de fuera. Todo ello ocuparía un recinto de ciento treinta metros por ciento diez, al este de su presbiterio.
El señor Gibson le escribió el 10 de agosto de 1880 que sería muy feliz con ayudarle en su proyecto, y que bastantes médicos japoneses acababan de llegar. Pero, el 6 de diciembre, le comunicó que el Comité retrocedía de momento ante los gastos. “Si encontráis —añadía— el medio de utilizar los edificios existentes, estamos dispuestos a ayudaros.”
Ni que decir tiene que el Padre consiguió sacar partido “de los edificios existentes”. Allí instaló “una hermosa sala de baño, donde él mismo y un centenar de leprosos” siguieron el tratamiento del doctor Goto.
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Damián acabó como había comenzado. Antes de que sus manos estuvieran fuera de servicio, construyó una última iglesia.
Desde hacía mucho tiempo meditaba el sustituir la capilla del Hermano Bertrán por un edificio menos mezquino. Todo concurrió para que, en 1888, realizara su sueño.
Este año, el huracán del que ya hemos hablado echó abajo el campanario de Santa Filomena. Por otra parte, le llegaron de América dos tabernáculos monumentales, uno para Kalawao y otro para Kalaupapa, que pedían ser encuadrados convenientemente:
“Acabamos —escribe a uno de sus bienhechores— de colocar el tabernáculo de Kalawao sobre una fábrica de albañilería de tres pisos
cuadrados. Era muy pesado para nuestras fuerzas, y nos ha costado mucho trabajo asentarlo allí. El retablo llega hasta el techo. Si consigo terminar el altar que ha de encuadrarlo, tendremos una cosa soberbia. Nuestros leprosos están admirados y se maravillan, al ver la delicadeza de ejecución que han llegado a conseguir vuestros obreros americanos. Como el altar ocupará mucho sitio, y el número de mis fieles aumenta sin cesar, debería agrandar considerablemente mi iglesia. Felizmente, aunque cubiertas de llagas, mis manos todavía pueden servir.”
Los americanos habían proporcionado el tabernáculo. Los ingleses construirían la iglesia.
Damián no se atrevía a pedir al Reverendo Chapman que interesara a sus correligionarios en una obra tan católica. Le rogaba únicamente... que interesara al Cardenal Manning.
El Cardenal dio su bendición, y, una vez más, fue Chapman quien reunió la suma necesaria. Los donativos de los protestantes se mezclaban ampliamente con los de los católicos. Pero el cura de San Lucas tenía que tranquilizar a Damián sobre las intenciones de sus correligionarios herejes: “Este dinero —le escribía— está destinado a la erección de una capilla para vuestros leprosos católicos y la emplearéis como queráis. Los que os lo dieron están muy contentos con testimoniaros así su respetuoso cariño.”
El P. Jourdan se pregunta si los ángeles no vinieron esta vez a ayudar al P. Damián a construir su iglesia, pues la iglesia se edificó rapidísimamente.
La había querido de piedra, estilo ojival, con una torre cuadrada, coronada con una balaustrada y un techo de hierro. No había más que un obrero especializado en albañilería, que también era leproso, como lo eran todos aquellos que arrancaban las piedras, los que las acarreaban, los que amasaban el mortero y aquellos que, finalmente, le ayudaban en la carpintería.
Ocurrió una desgracia cuando se trató de trasbordar las piezas metálicas que venían de Inglaterra. Zozobró la embarcación y todo cayó al mar. El P. Damián hubo de sustituir el techo de hierro por uno hecho a la ventura. Uno de sus colegas le sorprendió en este trabajo:
“Con la mayor estupefacción le vi sobre la nueva iglesia, que está próxima a techar, dando órdenes a los albañiles, a los obreros y a los car- pinteros. Y, sin embargo, tiene el aspecto de un verdadero leproso, con su rostro hinchado, sus orejas alargadas, sus ojos enrojecidos y su voz ronca. Pero trabaja como si no estuviera enfermo, y no se parará hasta que caiga.”
Esa fue su última construcción. La terminó poco antes de su muerte, y aún sigue en pie en Molokai. Las transformaciones de los cincuenta últimos años la han respetado.
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Dutton, su auxiliar de los últimos años, escribe:
“Sintiendo que su fin se acercaba, y viendo tantos trabajos comenzados sin terminar aún, el Padre tensó todos sus músculos para conseguirlo. No es dudoso que los inauditos esfuerzos de los últimos meses aceleraran los estragos de la lepra y apresuraran el fatal desenlace.”
No descansaba de ninguno de los deberes de su ministerio sacerdotal. La siguiente carta muestra lo que fue para él la fiesta de Navidad de 1886:
“La víspera, a las cinco de la madrugada, tomé mi baño terapéutico. ”A las seis, parto para Kalaupapa. Digo la misa, predico, después escucho las confesiones hasta las once y media, siempre en ayunas.
”Vuelvo entonces a Kalawao, desayuno, entro en seguida en el confesionario y allí estoy hasta las siete.
”Rezo mi breviario. Tomo una taza de café, y, a las nueve, vuelvo a la iglesia, donde me esperan los niños y los jóvenes para el examen general del catecismo, que dura hasta las once y media.
”A las doce comienza la misa mayor, en la que predico un sermón de media hora.
”A las cuatro de la mañana estoy de vuelta en Kalaupapa para cantar allí la segunda misa y predicar un nuevo sermón. Después de lo cual, administro el bautismo solemne a algunos catecúmenos.
”A las nueve celebro mi tercera misa en Kalawao, pero esta vez ya no podía más y fue uno de mis buenos catequistas quien me reemplazó para el sermón.
”Después de lo cual, hube de pensar en preparar la comida de Navidad.”