Habrá que conocer el país donde ha de deslizarse la vida que vamos contando.
El grupo de las islas Hawai se encuentra en el Océano Pacífico a 5.000 kilómetros aproximadamente de las costas orientales de la China y 2.000 de las occidentales de México. Está situado entre los 18 y 23 grados de latitud Norte y los 15 y 16 grados de longitud Oeste.
Este archipiélago de la Polinesia se extiende en una longitud de 9.000 kilómetros y comprende doce islas, de las cuales las principales son, de Norte a Sur: Nuhau, Kauai, Molokai, Maui y Hawai. Esta última ha dado su nombre al grupo, siendo, como es, el más considerable de todos esos territorios. Honolulú, la capital, se encuentra en la isla Oahu.
Las Hawai suelen llamarse también islas Sandwich, siendo bautizadas de tal modo por Cook, cuando, en 1778, las descubrió. Se dice que este descubrimiento había sido ya hecho por los españoles, siglo y medio antes. Pero el navegante inglés, que tal vez lo ignoraba, decidió sustituir su nombre por el de su amo, el conde de Sandwich, primer Lord del Almirantazgo británico en esta época.
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Las islas Hawai son de lava basáltica y están encerradas en un cinturón de coral. Son antiguos volcanes de cimas escarpadas y estériles, pero los siglos han ido colocando sobre sus laderas y en los valles una espesa capa de tierra maravillosamente fértil, donde crecen, con todo vi- gor, la palmera gigante, el eucalipto, el naranjo, el banano, el cocotero, el laurel rosado, árboles de ramas color de sangre, helechos y plantas trepadoras con toda clase de flores y de hojas. El clima es seco, la temperatura siempre igual, el termómetro rara vez sube por encima de los treinta grados y aun el calor está atenuado por una brisa que sopla sin cesar entre aquellos lugares embalsamados. Allí estamos, como dicen los
americanos, en “el paraíso del Pacífico”. Y por eso se lo anexionaron cuando se les presentó la ocasión.
Y es asombroso que un país tan dulce estuviera poblado por seres crueles y sanguinarios. Sin embargo, tal es la reputación de que gozaban desde que el domingo 14 de febrero de 1779 asesinaron a Cook y a sus compañeros, que habían arribado el año anterior en dos navíos: el
Resolution y el Discovery. Las víctimas, según un notable historiador
inglés, no merecían un trato semejante.
A su llegada fueron recibidos maravillosamente. Los sacerdotes proclamaron que Cook era un viejo dios que regresaba al país tras un largo viaje. Los jefes vinieron con gran pompa a ofrecerles sus servicios. La población se prosternaba ante él, llevándole ofrendas y frutos. En ninguna parte del Pacífico habían recibido nuestros navegantes tantos honores.
¿Se dejaron ir hasta abusar de la situación? Muchos escritores lo creen así. Cuentan que Cook y su tripulación no testimoniaron la suficiente consideración a los jefes y a los sacerdotes; que impusieron impuestos demasiado pesados en el país, y, sobre todo, que faltaron al respeto de las mujeres indígenas. Así propagaron ciertas enfermedades perniciosas que jamás se habían padecido allí. La cosas se echaron a perder aún más cuando Cook, para procurarse madera con que poder calentarse, tuvo la idea de demoler un templo y de transportar a bordo los ídolos y los materiales. Bien pronto estallaron querellas entre los indígenas y los marineros, y cuando el domingo 14 de febrero Cook y sus hombres descendieron a tierra para apoderarse de un jefe recalcitrante, fueron tan mal acogidos y acribillados a golpes, que sucumbieron hasta el último de ellos.
Desde entonces, los hawaianos gozaron en Europa de la fama de salvajes. Se olvidó que no fueron ellos los que habían comenzado y que en Hawai los europeos tenían una reputación aún más detestable. Durante algunos años, los navegantes y los mercaderes de Occidente temieron acercarse a las islas Sandwich.
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Por lo demás, no se trata de pintar al canaco en el estado de legítima defensa o en el estado en que le dejó la colonización. Le representaremos mejor al modo que era antes y cómo se conservaba aproximadamente cuando Damián hubo de relacionarse con él.
La raza es hermosa y fuerte. El hombre se asemeja a una noble estatua de bronce; la mujer posee ojos magníficos, y su cuerpo, cuando es joven, es armonioso y delicado.
Si sabe ser, cuando llega la ocasión, valiente, combativo y cruel, de ordinario el canaco es apacible, dulce, inteligente y hospitalario, poeta por instinto y holgazán, debido a la espléndida y generosa naturaleza que le rodea. Desarrolla ante sus ojos los más hermosos espectáculos, y sin que haya de fatigarse, le procura todo cuanto necesita.
Su choza, hecha de hierbas y hojas entrelazadas, está apoyada en un árbol, cuyas ramas forman las vigas, que están unidas entre sí por cuerdas vegetales. No entra un solo clavo en la construcción. En el interior, al fondo, hay un lecho de esteras superpuestas que ocupa todo el ancho de la pieza; en uno de sus rincones se coloca la batería de cocina, que consiste en una hermosa calabaza con otras más pequeñas; de los muros se suspenden las redes, los anzuelos de hueso, la lanza, el arco, las flechas y la maza. En el exterior, el cobertizo de hojas de palmera abriga la piragua de balancín con sus zaguales y el mortero donde se machacan las raíces de
14taro”.
El taro, del que se saca una especie de engrudo, llamado poi, constituye el fondo de la alimentación del canaco. Le añade batatas, camarones vivos, tostones cocidos o asados en hoyos cubiertos con piedras ardiendo, toda especie de pescados y las frutas que se encuentran en el trópico. Como sentado en tierra, sin cuchillo ni tenedor, bebe el agua y el “awa”, alcohol que le enloquece. Después de la comida, el hombre fuma su pipa, contando historias que jamás terminan; en los días de fiesta, las mujeres y muchachas cantan poemas de amor acompañándose con la guitarra, y bailan hasta perder el aliento, coronadas de flores. Hay que notar que en este país es fiesta muy a menudo, y que hasta los días laborables les gusta mucho estar parados. Su mayor preocupación es el placer. Las costumbres, tranquilas y muy disolutas.
Se alaba el hawaiano de no haber sido nunca antropófago. Existían en Hawai lugares asilos donde los culpables, acosados por un jefe encole- rizado, podían refugiarse. A veces, para agradar a la divinidad o para apaciguarla, se celebraban sacrificios humanos. Pero las víctimas siempre eran elegidas entre los prisioneros de guerra o los condenados a muerte. Jamás fueron inmoladas las mujeres. Verdad es que la mujer no es igual al hombre. No come con él, y no ocupa un lugar en la piragua. Se permite, sin embargo, el que la mujer noble pueda sentarse en un trono y ejercer su
autoridad suprema en la tribu. Pero ella es, además, quien transmite la nobleza, y no el hombre.
Los canacos poseen cualidades morales que las gentes civilizadas, que imitaron sus danzas y sus músicas, no siempre copiaron. Aman cuanto es noble, bello y grande, tienen el gusto por la justicia y manifiestan de modo refinado su fidelidad y cariño. Los jefes, en particular, poseen el sentido del honor, respetando la fe jurada, y son devotos de sus amigos hasta la muerte.
Los jefes (Alii) gobiernan, los hechiceros (Kahunas) son sacerdotes y médicos, y el pueblo (Makaainana) no tiene más derecho que el de obedecer.
Los jefes se entienden entre sí, se combaten, se suplantan, se exterminan, se engrandecen anexionándose el valle del vecino y a su vez son despojados y destronados: y estas peripecias, recogidas en las canciones y en la música, constituyen la antigua historia de Hawai. Cuando la fortuna le es propicia, el jefe es rey de toda una isla y aun del archipiélago entero. Posee un ejército. Los hombres del terruño son su propiedad. Imparte justicia, establece impuestos, se hace traer legumbres, frutas, pescados, telas de corteza, redes, así como plumas amarillas y rojas, con las que adornan su manto real. Castiga a los trasgresores de la ley.
Esta ley es el tabú. El tabú tiene prescripciones minuciosas, que hay que respetar bajo pena de muerte o de mutilación. Prohíbe a cualquiera el proyectar sombra sobre el rey, pronunciar su nombre en una canción, producir el menor ruido en las ceremonias del culto. Prohíbe a las mujeres el comer bananas, cocos, puerco y aves, por ser alimentos reservados a la divinidad y a los hombres. Al encontrar a una mozuela tuerta, Mrs. Thurston, mujer de un misionero americano, le preguntó: “—¿Por qué no tienes más que un ojo?” “—Porque he comido una banana”, respondió la muchacha. Y hasta se mataba por el simple crimen de toser o estornudar durante las ceremonias religiosas.
Correspondía a los hechiceros el interpretar oficialmente el tabú. Son hombres instruidos que saben lo que ignora el común de las gentes y mantienen al pueblo en la obediencia al rey. Leen los movimientos de los astros y del mar, escrutan los secretos de la divinidad y gozan del poder de hacerla propicia, estudian las virtudes de los humildes, curan los cuerpos, apaciguan las almas, predican el respeto de los poderes establecidos y se transmiten de padres a hijos sus conocimientos, sus funciones y provechos. Los hechiceros son muy poderosos, pues el canaco es religioso y aun crédulo. Cree confusamente en un Dios creador que hizo al primer hombre
y que ha de tratar a cada uno conforme a sus obras: los buenos han de ser transportados a una isla maravillosa llena de cocoteros, de sombra y frescor, y los malos arrojados a un gigantesco hoyo en las frías y negras regiones donde reinan los genios del mal.
Pero el hawaiano cree, sobre todo, en los dioses maléficos que pueblan la tierra, el mar y el aire. Les atribuye todas sus desgracias. Para él, el volcán, la tempestad, el trueno, los terremotos, los tornados, las enfermedades, todas las fuerzas naturales que no puede encadenar, son obra de seres sobrenaturales cuya cólera hay que apaciguar. Los más terribles son Pelé y Maui, que, hacia 1820, aún exigían sacrificios humanos. La diosa Pelé preside la actividad de los volcanes; y en cuanto al dios Maui, hace surgir las islas del fondo del mar, procura el fuego a los humanos y retiene al sol con un cordón para impedir que se pierda y camine muy de prisa.
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Lo que se conoce de la historia civil y religiosa de Hawai se refiere a los cinco reyes posteriores, de los cuales los tres últimos fueron con- temporáneos del Padre Damián,
Kamehameha I reinó desde 1784 a 1819. Sus súbditos y admiradores le llamaron el “Napoleón del Pacífico”.
Su poder se limitaba, en un principio, a la isla de Hawai propiamente dicha, pero rápidamente se extendió a todo el archipiélago, donde se ase- guraron el orden y la prosperidad. Tenía este rey gran capacidad política, y se dedicó a utilizar los recursos de los extranjeros. Habiendo hecho pri- sioneros a dos marineros americanos, Isaac Davis y John Young, les nombró sus lugartenientes y sacó de ellos el mejor partido. Supo también obtener la colaboración del navegante Vancouver, que le trajo corderos y animales con cuernos, le enseñó los principios de la política exterior y de la construcción de navíos. Cuando cumplió noventa y dos años, rechazó los sacrificios humanos que querían ofrecerle para prolongar sus días y designó a su hijo Liholiko para sucederle, prescribiendo que Kaahumahu, la más inteligente de sus favoritas, compartiera con el muchacho la autoridad real.
Esta precaución era necesaria, pues desde que subió al trono, con el nombre de Kamehameha II, Liholiko demostró su falta de habilidad. Rechazando a los antiguos amigos de su padre, se rodeó de consejeros poco recomendables, abrió ampliamente las puertas a los extranjeros, se
entregó a los placeres y al libertinaje, arruinó el tesoro y proporcionó a los jefes subalternos ejemplos detestables, que se apresuraron a imitar. Tenía no menos de cinco esposas legítimas a la vez y organizaba festines de corte en los que se servían hasta doscientos perros asados. Bajo su reinado se abolió el tabú, y apresurado el pueblo en demoler los templos, los hechiceros huyeron a las montañas y se dejó el campo libre para la im- plantación de una nueva religión.
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El protestantismo se presentó bajo la forma de unos misioneros americanos que en 1820 desembarcaron en Honolulú con sus familias. Eran siete: dos ministros, un granjero, un médico, un mecánico, un catequista y un impresor. El rey les dio carta blanca y pronto tuvieron mano alta en el reino. Cuenta Clifford que Kamehameha II se presentó completamente desnudo cuando vino a desearles la bienvenida. Le suplicaron que se cubriera más en las visitas que habría de hacerles a continuación. Al día siguiente volvió, por todo vestido, con unos calcetines en los pies y un sombrero viejo en la cabeza, y se asombró mucho al no juzgar su atuendo como demasiado completo aún.
Los ministros protestantes tuvieron la suerte de comenzar con un golpe brillante, bautizando a una guerrera indígena que medía un metro noventa centímetros y cuyo ascendiente era grande. Presa de un ardiente proselitismo, esta amazona marchó a provocar e insultar a la diosa Pelé en su propia mansión. Atravesó solemnemente la llanura de lava que separaba el volcán de la asombrada multitud, y arrojó en el cráter ramas y frutos, desafiando a la diosa a que se vengara. El pueblo pensaba que pronto había de ser exterminada la sacrílega. Pero no sucedió nada. Volviéndose, entonces, al pueblo: “Ya veis —les dijo— que esta Pelé no tiene ningún poder. No se ha atrevido ni aun a recorrer mi desafío. Creedme: no hay más que un solo Dios, que es Jehová, y un solo salvador, que es Nuestro Señor Jesucristo.” Ante tales palabras los canacos presentes se convirtieron, y cuando los ausentes supieron lo que había pasado, gran número de ellos se hicieron bautizar a su vez.
De este modo se establecieron los presbiteranos sólidamente en Hawai, aun cuando su rigorismo cuadrase mal con la complexión libre y gozosa de las tribus indígenas. Su religión se convirtió casi en religión de Estado, y aprovecharon hasta el máximum las ventajas que esta situación les proporcionaba. ¿Abusaron? La revista protestante Quaterly Review afirmaba:
“Estos misioneros no muestran un gran sentido en su manera de obrar, y es de temer que realicen mucho mal entre los insulares. Tienen tan poco juicio, tan poco conocimiento del corazón humano, que llevan su celo más allá de todo límite. Ya se tenía dudas sobre ello, pero no se pensaba que tratarían de imponer las prácticas más extremas de la secta puritana. Nadie, en verdad, hubiera imaginado una monstruosidad tan absurda.”
Ahondando más, el Padre Jourdan pone en su cuenta el haber introducido entre los canacos “la falta de gusto por el trabajo, que engendró la pereza y la disolución, las bebidas fuertes, los desórdenes, las enfermedades y la despoblación”.
Es evidente que el Padre Jourdan tendría razón si hubiera probado que los canacos aguardaron a los presbiterianos para aprender de ellos la pereza y el libertinaje.
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Kamehameha II, que quiso ver mundo, murió en Londres en 1824, víctima de la viruela, después de cinco años de reinado.
En tiempos de su sucesor Kamehameha III es cuando los católicos intentan un primer ensayo de apostolado. El 7 de julio de 1827 desembar- caron en Hawai seis picpucianos franceses, que fueron recibidos bastante bien por las autoridades y obraron rápidamente varias conversiones. Sin contar con el ejemplo de sus virtudes, enseñaban una religión que estaba más de acuerdo con el temperamento canaco y respetaba, en la medida posible, las costumbres locales.
Desgraciadamente, pronto fue interrumpido su proselitismo. El reinado de Kamehameha III, que duró veintinueve años, pasa por haber sido el de los misioneros americanos, y éstos no querían ser suplantados por concurrentes católicos y franceses. En 1831 obtuvieron una ordenanza real que acusaba al catolicismo de ser la regresión a la idolatría, prohibiendo al pueblo el adherirse a él, bajo pena de trabajos forzados. En cuanto a los picpucianos, fueron arrojados a una embarcación y depositados en una playa desierta de California con dos botellas de agua por todo viático. Con el fin de calmar la emoción del rebaño abandonado, se dijo que los pastores se habían alejado por su propio gusto.
En 1835, un catequista irlandés se arriesgó a regresar entre la pequeña tropa fiel. Ante la iniciativa de un súbdito del rey de Inglaterra, las autoridades cerraron los ojos. En 1836, un segundo picpuciano
irlandés, sacerdote éste, el Padre Walsch, se atrevió a su vez. Por idéntica razón, se le dejó tranquilo.
Esta tolerancia llevó a los deportados de California a reaparecer en Honolulú al año siguiente; pero se les detuvo y fue necesaria una demos- tración de la flota franco-británica pura obtener su libertad. Sin embargo, apenan habían desaparecido las corbetas francesas e inglesas, se persiguió de nuevo a los misioneros y tuvieron que abandonar la isla, para refugiarse esta vez en Chile.
Transcurrieron dos años, durante los cuales los canacos católicos practicaron solos su fe y su religión, alcanzando algunos de ellos el heroísmo por su fidelidad.
Hasta el día en que, tomando Francia el asunto en sus manos, llegó la fragata Artemisa con sus sesenta cañones y echó el ancla en el puerto de Honolulú. Era el 9 de julio de 1839. Bastó esto para que Kamehameha llegara a un arreglo y se decidiera a entregar 100.000 francos como reparación debida al gobierno francés. Se obtuvo además un buen tratado aduanero y el respeto de los derechos religiosos de sus nacionales. Al año siguiente, obligado a acabar con todo ello, proclamó el rey la libertad de cultos y estableció un parlamento. Así se encontraran salvaguardados, de una misma plumada, los intereses del comercio extranjero y de la religión católica.
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En tal momento es cuando los picpucianos pueden establecerse legalmente en el país.
El 14 de mayo de 1840 llegó Monseñor Rouchouze con algunos cofrades. Los cristianos eran entonces unos 2.000; Monseñor juzgó que la viña exigía más obreros, y se embarcó para Francia con el fin de encontrarlos. Lleno de alegría volvía de su misión, cuando ocurrió el terrible naufragio, ya mencionado, en el que desaparecieron el obispo y los veinticuatro misioneros que le acompañaban.
Ocurre con los apóstoles del Evangelio lo que con los soldados en el campo de batalla. Cuando uno cae, otros acuden a ocupar su puesto para continuar el glorioso combate. Las pruebas no disminuyeron el celo de los picpucianos ni el progreso de su misión. Después de la muerte de Monseñor Rouchouze, el Papa, a partir de 1845, erigió el archipiélago en vicariato apostólico y colocó a la cabeza a Monseñor Maigret. Sólo había entonces 13.000 cristianos en Hawai, pero ese número se triplicó en el
reinado de Kamehameha IV (1855-1863), que veneraba a Monseñor Maigret y le indicó que vinieran las religiosas picpucianas con el fin de ocuparse de la educación de las niñas. Llegaron diez en 1859, que, en unión de los dieciocho sacerdotes y de los doce catequistas, ascendía a cuarenta el número de misioneros ocupados en la misión a la llegada del Padre Damián.
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A Kamehameha IV sucedió Kamehameha V, que reinó desde 1863 a 1872, favoreciendo la llegada de los extranjeros y modernizando cada vez