Su nueva parroquia medía 130 kilómetros de largo por 50 de ancho, y contaba alrededor de 3.000 almas. “Tardo un mes en dar la vuelta”, escribía.
Desde hacía cinco años estaba sin pastor.
Después de una inspección de seis semanas, pudo constatar Damián que por todos lados “las zarzas y las espinas levantaban su cabeza por encima del grano. Y sin embargo, aún quedaban, perdidas entre los herejes e idólatras, algunas almas buenas”. Subsistían también “una iglesia de madera con tres altares, una campana y tres arañas adornadas con flores artificiales, así como la casa del cura, de hojas de pala, bastante acep- table”.
Pronto se trazó el programa del recién llegado: se dedicaría a las almas hasta el límite de sus fuerzas, y en cuanto al resto, dejaría a la vo- luntad divina el recoger la cosecha o que sus esfuerzos quedasen aparentemente estériles. “Al dueño de la viña corresponde el acrecentarla. El misionero no es más que un simple obrero que planta y riega, Algunas planta y riega. Algunas veces brota, y otras no. Pero lo que sí sé, es que, si no se planta, nada puede brotar, salvo las espinas.”
En cuanto a su método de apostolado, procedería con los mismos sentimientos que su divino maestro tuvo para los hombres. Lo expresaba a menudo: “Quiero mucho a mis canacos, y hago por ellos todo cuanto puedo. Por su lado, ellos me aman como los hijos a sus padres. Y de este mutuo cariño espero que ha de salir su conversión. ¡Ah!, ¡querida hermana!; ¡cuánto amo a mis indígenas!”
* * *
Casi siempre se hallaba de camino, lo que le permitía ejercitar su celo y gastar sus fuerzas. A un canaco que le preguntaba: “—¿Dónde está tu casa?” —“¡Mírala!”, respondía mostrándole la silla de su caballo.
“Para nuestros viajes —escribe— teníamos mulas y caballos. Acabo ahora de comprar uno por cien francos y un mulo por setenta y cinco. Pero a veces tengo que ir en canoa.”
Dos años más tarde debían haber bajado la mitad los precios en Kohala, o tal vez él había abierto más el ojo, pues escribía: “Siempre tengo mis mulos y caballos. Cuestan de veinticinco a cincuenta francos.”
Por muy excelentes que fueran las cabalgaduras, no siempre conseguían llevarle a su destino. Felizmente, era un buen escalador y capaz de dar lecciones de alpinismo a los herejes: “Tengo en mi misión un pueblo que es tal vez el más inaccesible de todo el archipiélago. El camino
que conduce a él es de tal manera peligroso, que no puede uno arriesgarse con una mula. Ni el animal ni el jinete regresarían. Figuraos, en una distancia de veinte kilómetros, una decena de profundos barrancos y otras tantas cordilleras rocosas que atravesar. Uno de los picos tiene 2.000 pies de altura. ¡Pues bien!; ¡no tardo más de cuarenta minutos en escalarle, cuando el mejor trepador de los pastores protestantes necesita dos horas por lo menos! Naturalmente que cuando llego arriba estoy sin aliento.
“Tengo otra cristiandad cuyo acceso casi es tan difícil como ése. No se puede llegar sino por mar. Por desgracia, en tales parajes suele ser bastante alborotado. Quise ir allí el primer domingo de octubre, pero os diré que por esta vez, queridos padres, vuestro Jef (1) ha estado a punto de
ahogarse. El sábado por la mañana el mar parecía muy tranquilo, y bajó a la playa y se embarcó en una piragua canaca: es un barquichuelo hecho con un árbol vaciado, que tiene cuatro metros de largo y cincuenta centímetros de ancho. Jef tuvo cuidado de recitar su acto de contrición antes de subir allí. Marchaba muy de prisa. De repente, uno de los remeros grita: “¡Pitikia! ¡Perecemos!” La piragua se vuelca, y he ahí a Jef en el agua con sus compañeros. Felizmente, vuestro hijo había aprendido a nadar en los estanques de Tremeloo. Y gracias a esto, y ayudado por una tabla, pude ganar la orilla, con el breviario mojado, como único daño.”
Sus traslados no eran muy costosos: “Estar seis semanas de viaje no es para asustarme, pues por dondequiera que voy, estoy en mi casa. No tengo que temer a los ladrones, puesto que no llevo dinero. La primera casa adonde llego me sirve de hotel. Allí encuentro todo lo que necesito, y
nadie me deja pagar. En cuanto a los caballos y mulos, tampoco me cuesta mucho el alimentarlos. Por la tarde, al hacer alto, les ato a una cuerda larga para que por la noche pazcan la hierba que se encuentra a su alcance.”
Algunos viajes traían cosas imprevistas:
“Una noche, en la cima de una montaña, rompió mi mula el freno, escapó al galope y me condujo en medio de un rebaño de bueyes salvajes, a cinco leguas de mi casa. Estaba muy oscuro; yo me hallaba empapado y tenía hambre. Felizmente un perro ladró en la lejanía. Marché por ese lado y descubrí una choza canaca, donde se me recibió con gran cordialidad.”
* * *
Después de los incidentes del camino, vedle que llega a su destino. La comunidad que hoy visita cuenta un centenar de miembros. “Posee una casa escuela, especie de cabaña de paja, cuya puerta de entrada tiene cuatro pies de alto y por donde el viento penetra libremente y tan aireada, que al momento se apagaron a la vez todos los cirios durante la misa. Al llegar, he levantado el altar: cuatro estacas hundidas en tierra, con una tabla por encima. Desde la mañana mis gentes han venido para confesarse. Claro es que les he confesado sin confesionario. A las nueve, al son de una trompeta, se convoca a los fieles a la misa. Esta trompeta es una enorme caracola por la que se sopla. A este propósito, queridos padres, si me enviaseis una campana, pronto dejaría de lado esta horrible trompeta. Durante el Santo Sacrificio, todos recitan en voz alta las oraciones de la misa, que saben de memoria. Mi sermón se refiere al Evangelio y a la gran bondad de Jesús para con nosotros. Algunos canacos comulgan. Terminado el oficio, vuelven todos a la choza en que pasé la noche, y me esperan para hablar. El huésped ha preparado un buen pescado y una especia de torta. Listo mi desayuno, vuelve a sonar de nuevo la trompeta, y los fieles tornan a la iglesia para el rosario, seguido del catecismo y de la oración de la tarde. Vienen después a estrecharme la mano y se vuelven contentos a sus chozas.”
Ya se da uno cuenta de que el Padre Damián no llenaba sus pláticas con cosas superfinas ni refinamientos. Iba a lo que más prisa corría, tro- nando contra el error y el vicio, exhortando a sus gentes al arrepentimiento y a la oración, reclamando de ellos que pusieran de acuerdo sus costumbres con sus creencias. Tenía una voz sonora y cálida, hablaba de una manera viva y familiar, de modo que ningún oyente saliera del sermón sin haber comprendido. A veces, la incontinencia y las prácticas mágicas, a
las que no querían renunciar los fieles, le sacaban de quicio; pero, por lo general, el tono era animador y misericordioso:
“Hoy tenía bastante gente en misa. Después de la lectura del Evangelio, me he animado, como San Juan Bautista, contra los pecadores. Me parece que he fustigado un poco fuerte.”
Tenía que esforzarse mucho para lograr que sus cristianos vivieran puros en el seno de un pueblo tan relajado, y obtener que considerasen el matrimonio como indisoluble:
“Suponed que este año casáis a dos personas. Viven dos o tres meses en paz y después surge una pequeña disputa, y ved a los cónyuges separa- dos para siempre. Cada uno por su lado crea un nuevo matrimonio. Ahora bien; la ley civil prohíbe el adulterio. Citados ante el juez, se ven con- denados a ciento cincuenta francos de multa, lo que les reduce a la esclavitud por espacio de muchos años. Obtendrán finalmente el libelo de divorcio, y entonces contraerá cada uno un nuevo matrimonio. Pero, en ese caso, ¿cómo puede absolverlos un sacerdote?
* * *
Los hechiceros también le proporcionaban muchos sinsabores. No debía tratarlos muy bien en sus sermones, si hacía igual que en sus cartas:
“¿Cae enfermo un cristiano? Sus vecinos le indican el médico capaz de curarle. Corren a buscar al especialista. Pero no se molesta por nada. Primeramente se recoge en sí, ora al dios del que es sacerdote, hunde la mano en un saquito lleno de piedras negras y blancas. Si saca una piedra negra, es inútil que se mueva del lugar, porque su dios nada hará por el cliente. Si, por el contrario, es una piedra blanca, la divinidad será favorable y el caso bien vale el viaje.
“Una vez llegado, el hechicero saca del enfermo una especie de confesión, de la que deduce que todo procede de un voto no cumplido. Como represalia, el dios perjudicado habita en el cuerpo de este desgraciado y le hará sufrir hasta que la reparación se haya obtenido. Hay que realizar cuanto antes un sacrificio propiciatorio. Consiste en tostoncillos al horno y en embriagadores licores, que se ofrecen primero a 1a divinidad interesada y que después comparten el sacerdote, el enfermo y los vecinos. Una vez terminados estos ritos, el charlatán, que entiende tanto de medicina como mi caballo, marcha a coger hierbas en el desierto. El enfermo las toma, y con frecuencia muere al día siguiente, pero el hechicero no pierde su prestigio.
“A propósito de estas comidas, vos, que sois teólogo, hermano querido, ¿qué haríais si tuvierais que confesar a estos canacos que se acusan de haber participado en él? Tened en cuenta que sólo van por lo que comen...”
* * *.
Entre aquéllos de los que “el infierno se sirve para hacer caer a los mejores”, el misionero señala, finalmente, a los ministros presbiterianos. Sabe de cuánto poder gozan en el archipiélago. Ellos eran los primeros que habían ocupado el terruño. Damián, que venía a disputárselo, es natural que se los encontrara en su camino. Los combatía de buena fe y hablaba de ellos entonces sin consideración. Ya veremos cómo más tarde habrán de vengarse de él.
“Además de su fanático sistema —escribe— tienen todo cuanto puede influir en los canacos: establecimientos florecientes, donde lo más escogido de la juventud absorbe el veneno de la herejía, y las grandes refinerías de azúcar, donde van a trabajar los pobres.”
Y, sin embargo, no es siempre bueno que un apóstol esté demasiado a gusto. Los que predican un Dios pobre y crucificado harán bien para que los crean en no allegar tesoros. Si ciertos canacos veían en las riquezas de los calvinistas una señal de la verdad revelada, otros preferían confiar sus almas a hombres más desinteresados:
“Al llegar a una aldea donde hace tiempos habían rehusado darnos de comer, me entero de que la víspera había venido el ministro para recoger las tasas que estas especies de fariseos imponen cada mes a sus fieles. Ahora bien; éstos les habían significado que abandonarían su partido para hacerse católicos. Me informé más de cerca, y, en efecto, unas quince personas se han inscrito como catecúmenos nuestros. Decido que por la mañana y la tarde se reúnan en la casa del jefe del lugar y les prometo, si saben sus oraciones y han asistido cada domingo a las reuniones, bau- tizarlos a mi regreso... Así lo hice hará ocho días. ¡Y qué felices eran!”
En una Memoria a su Superior general, ensalza el apóstol los progresos del catolicismo y atribuye el retroceso del protestantismo a la codicia de los ministros:
“Cuando llegué a este país, me gritaban a la espalda: “¡Embustero! ¡Idólatra!” Ahora todos me respetan y el calvinismo va debilitándose. Los pastores americanos se retiran, la mayor parte, después de haber hecho una buena fortuna, y sus sustitutos canacos se hacen pagar, como ellos, buenas
sumas. Exigen dinero de aquellos que quieren asistir a sus ceremonias, y por esto les abandonan sus fieles, protestando de ello.”
* * *
Aun cuando su tren de vida fuera el de un pobre, también el Padre Damián necesitaba dinero. El hijo del comerciante de granos de Tremeloo no estaba desprovisto del sentido de los negocios: “Monseñor —escribe— me ha comprado un gran terreno. He de plantar allí más tarde cafetales. Mientras tanto, lo he alquilado en 400 francos, con lo cual podré pagar mis deudas.”
El tabaco se vendía caro en Hawai y daba cada año muchas cosechas. Habla Damián con admiración de un compatriota belga, recién llegado, que saca de ello grandes recursos. Le imitó, en más pequeña escala, pues poseemos una carta de él en la que anuncia el envío de tabaco a Honolulú.
Allí residía la superiora de las Hermanas Picpucianas, con la que se entiende muy bien: “Le envío patatas —escríbele al Provincial— de mis feligreses. Siempre se necesitan patatas. Que las guarde... y las pague. El precio servirá para saldar una factura que han de enviarme.”
Tenía cerdos, gallinas, abejas y también corderos. Habla de ello a Pánfilo: “Después de cuidar a las ovejas del Señor, Jef ha tenido que ocuparse de sus corderos. Ha comprado cincuenta y cinco, al precio de dos francos cincuenta céntimos la pieza. De vez en cuando llevo uno a la cocina.” Pero, ¿y los demás? No hay duda que eran vendidos con provecho.
Se conservan muchas cartas en las que Damián hace el pedido a Honolulú de tablas, listones, cristales, cerraduras, kilos de clavos, de todo cuanto necesita para sus construcciones. Todo se tiene en cuenta, y los recursos para hacer frente a los gastos están minuciosamente previstos. Procedían éstos a menudo de sus fieles, con los que se distinguía en sacudir su pereza.
Defiende el equilibrio de su caja y no olvida lo que le deben: “Tengo una deuda con un mercader de Hilo —escribe al Provincial— por colores que le he comprado. ¿No podríais obtener del Padre Carlos que tome sobre sí el pagarla? Me parece que sería justo, pues cuando su mula murió de hambre esperando que regresara de Honolulu, se la reemplacé por el más hermoso de mis mulos, sin contar con muchas marranas que aun me debe.”
Para construir sus iglesias era para lo que el Padre Damián buscaba el dinero: “Una capilla me cuesta mil quinientos francos”, escribía.
Apenas instalado en Kohala, pide a su Obispo, que era muy pobre, y a su Provincial, que no lo era menos. Cuando éste habla de él al General, le llama “el buen Padre Damián”, y está contento con hacer su elogio: “¡El Padre Damián, tan intrépido como siempre, no tiene miedo de nada y doma los mulos más intratables!” El Provincial, sin embargo, no puede concederle todo:
“El Padre Damián ha venido a vernos, o mejor, ha venido para obtener que se le construyan dos capillas. Apenas hemos tenido tiempo de contemplar su noble rostro, siempre orondo y radiante de salud. Es más fácil concebir proyectos que realizarlos... Ya se lo he dicho. Es evidente que hace bien en desear estos auxilios materiales, que pueden ayudar a la edificación de los templos espirituales, pero hay que tener paciencia, porque las capillas no brotan como las setas.”
Dejados de lado los términos escolásticos, el Padre Damián pensaba como el Padre Modesto sobre las capillas y sobre la ayuda que “éstos au- xiliares materiales” aportan a la conversión de las almas; sabía que nada atraía más a los canacos a la fe que las hermosas y brillantes ceremonias celebradas en un templo donde se siente la presencia de Dios. “La pompa de nuestras solemnidades escribe impresiona vivamente a los herejes e idólatras, y empuja a muchos a inscribirse en el número de los catecúmenos.”
Pensaba también, con su Superior, que, puesto que las capillas no salen solas como las setas, había que preocuparse de hacerlas brotar de la tierra. Construyó ocho en su distrito.
Pero hemos de explicarlo aquí.
Cuando una Semana Religiosa, en su Necrología, felicita a un cura por haber sido “un gran constructor”, extiende su alabanza a la habilidad para reunir fondos, gracias a los cuales los albañiles y maestros de obras pudieron construirlas.
Más considerable era el papel del Padre Damián. No sólo se convertía en su propio arquitecto y director de los trabajos, sino que ponía mano en la tarea, trabajando como un obrero. Ya hemos visto cómo se distinguía en suplir toda clase de oficios. Sabemos que su fuerza hercúlea valía como un tratado de apologética para los canacos. Su obispo escribía: “Los indígenas dicen que es milagro cuando le ven trayendo de la
montaña, y a hombros, las vigas que ellos mismos, poniéndose cuatro, apenas podrían levantarlas.”
Cuento, Damián cómo procedía:
“¿Quieres seguirme a treinta y cinco leguas de aquí? Jamás había habido iglesias en este lugar. Desde mi primera visita, bauticé allí gran número de catecúmenos y les pedí me ayudaran a construir una capillita como acción de gracias. Lo prometieron. Comenzaron entonces a ir a la montaña y derribar árboles hermosos. Los cortaban según los planes que había trazado. Quedaban por levantar los andamios, y aquí los carpinteros cuestan muy caros. Yo realicé tal menester, ayudado de dos canacos, y no me ha salido del todo mal. Cuando vuelva a pasar, terminaré el interior y levantaré en la fachada una gran cruz, de la que ya han serrado las tablas nuestros canacos. Si algún rico americano de ahí quisiera proporcionarme las ventanas, tendríamos una hermosa capillita.”
Al año siguiente se pone al trabajo: “La nueva iglesia debiera elevarse a tres leguas del mar, en lo alto de una cuesta tan empinada, que tres pares de bueyes apenas si podían arrastrar nuestra carreta vacía. No existía ni la más pequeña señal de camino: había que saltar de una piedra a otra, y el ardor del sol era verdaderamente insoportable en esa ladera.
”Hacía bajar, por la noche, a la playa a todos mis cristianos. Hombres, mujeres y niños dormían al raso, la cabeza en una piedra. Al amanecer, después de la oración en común, todos se ponían en camino, y, trepando por la montaña, unos con tablas, otros con maderos, cada cual llevaba su carga según sus fuerzas. El Hermano Calixto fue el que levantó el andamiaje. Iba construyéndole a medida que le llevábamos la madera, lo que daba ánimos a todo el mundo. La iglesia está ahora terminada y Monseñor la bendecirá el mes de mayo. Si Dios quiere, comenzaré otra, el próximo año, a diez leguas de aquí.”
No esperó al mes de mayo para festejar la terminación de la empresa, y a partir de la Epifanía se organizó un banquete, cuya importancia estuvo “en relación con las grandes fatigas que se habían impuesto”.
“Desde la víspera todo el mundo se encontraba allí y todo estaba dispuesto. Se dirigieron a la iglesita, demasiado pequeña en aquel día por la enorme afluencia. Yo dije un sermón, donde, después de las felicitaciones y exhortaciones de circunstancias, invité a mis gentes que acogieran bien a sus correligionarios llegados desde tan lejos para la fiesta. No me faltaron. Los cristianos del lugar habían sido sometidos a un