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El distrito de Puna

Damián había desembarcado en Honolulú el 19 de marzo, por la mañana.

A los dos días, escribía a los suyos: “La llegada de los misioneros y de las diez Hermanas, vestidos de blanco, impresionó mucho al pueblo, que acudió de todas partes. Se nos condujo a la catedral, repleta de público. El Reverendo Padre Chrétien celebró allí la santa Misa, seguida de un Te Deum. Mi asombro fue grande al encontrar en las islas Sandwich una iglesia tan hermosa; tiene 175 pies de largo por 50 de ancho. El resto del día y el siguiente se pasaron en estrechar manos, Creo habérsela dado a más de mil. Monseñor Maigret, que está aquí desde hace treinta años, cantó la misa mayor y predicó en Canaco. Monseñor y el Padre Modesto, Provincial, son la misma bondad y sencillez.”

Para inteligencia del relato, y sin entrar en explicaciones, que serían infinitas, anotemos que la misión tenía entonces como cabezas visibles a dos personajes con papeles teóricamente distintos: el obispo, Monseñor Maigret, y el Provincial, Padre Modesto, residentes los dos en Honolulú y ambos picpucianos. El primero tenía sus poderes directamente de la autoridad romana, poseía jurisdicción sobre los religiosos, en tanto en cuanto eran misioneros; dimanaban los poderes del segundo, de Picpus, y tenía jurisdicción sobre los misioneros, en cuanto eran religiosos. Es evidente que estas atribuciones entrechocaban algo y daban lugar, naturalmente, a conflictos.

* * *

El 26 de marzo, víspera de Pascua, el Hermano Damián se ordenó de subdiácono, y fue enviado inmediatamente al colegio de Ahuimanu, donde permaneció dos meses para la preparación del sacerdocio. Allí, en un admirable paisaje de gigantescas rocas y gargantas profundas, tenía su retiro y terminaba sus estudios eclesiásticos. Los realizó muy de prisa, pues hizo en cuatro años lo que otros consiguen en diez. Verdad es que su

facultad de asimilación era grande y que Monseñor había de utilizar muy pronto la recluta que había traído el R. W. Wood.

El 21 de mayo Damián recibió en Honolulú las órdenes sacerdotales, al mismo tiempo que el Padre Clemente, su compañero de viaje. A la cere- monia, dice él, habían “acudido los cristianos de todas las islas para ver a sus jóvenes padres espirituales, tan deseados... Por eso temía que mi duro corazón se fundiera como cera cuando distribuí por vez primera el pan de vida”.

Y añade muy humildemente y con cierta solemnidad:

“¡Heme aquí, queridos padres, misionero en un país corrompido, herético e idólatra! ¡Cuán grandes son mis obligaciones! ¡Qué grande debe ser mi celo apostólico! ¡Qué pureza de costumbres, qué rectitud de juicio, qué prudencia me son necesarios desde ahora! ¡Ay de mí!, yo que tanto os he contristado en otros tiempos con mis caprichos, ¿cómo podré estar a la altura de tales deberes? ¡Ah!, no olvidéis, os lo ruego, al pobre sacerdote que ahora va a correr noche y día, sobre el volcán de las Sandwich, en busca de las ovejas perdidas. Rogad día y noche por mí, y que rueguen los que están a vuestro alrededor, pues si Dios me retira su gracia, pronto estaré hundido en el mismo fango de vicio del que quiero retirar a los otros.

“¡Adiós, padres queridos!” Y por vez primera firma:

“J. DAMIÁN DE VEUSTER,

Sacerdotes misionero “ Desde entonces habría de ser ya el Padre Damián.

* * *

Como campo de apostolado, Monseñor Maigret le asigna, así como al Padre Clemente, un distrito de la isla de Hawai, y él mismo quiso conducir sus nuevos misioneros al pie de la obra.

Una noche de junio, se embarcaron los tres en Honolulú. A la mañana siguiente, su barco hizo escala en la isla Maui, donde aprovecharon para descender a tierra y decir misa. Allí residían tres de sus cofrades, los Padres Auberto, Gregorio y Leonor, que, por fortuna, se encontraban en la casa. Damián hubiera querido quedarse un poco más con ellos. Desgraciadamente, apenas había terminado la misa cuando sonó la sirena

del barco: “Me costaba mucho abandonar tan pronto a mis hermanos de religión sin saber si volvería a verlos después. Me quejé al buen Dios, pidiéndole que nos dejara algunos días más con ellos para aprovecharnos de su experiencia. Los consejos de los viejos son útiles al joven misionero. Aun cuando hubiera aprendido de memoria los libros de los teólogos, nunca sabría cómo obrar.”

Mas sucedió que, apenas embarcados nuestros pasajeros, hubieron de descender a tierra. En el momento de la partida se descubrió que se había declarado fuego a bordo, y ya ardía el casco; el navío no pudo continuar su viaje, y fue forzoso a los misioneros el esperar otro.

Monseñor tenía prisa, pues había de bendecir una capilla en la isla Hawai el día de San Pedro y San Pablo. En cuanto a Damián, que tenía menos, dio gracias a Dios, y aprendía el canaco con el Padre Auberto. Ardía en deseos de probar sus fuerzas, y pidió ir a evangelizar a los cristianos de seis leguas más allá. Temiendo que partiera un navío en ese intervalo, dudaba el obispo en autorizarle, pero finalmente cedió a sus instancias.

No asombrará que los principios oratorios del nuevo apóstol hayan sido laboriosos. Concebía bien lo que quería expresar, pero las palabras para poderlo decir en canaco llegaban malamente. A veces se quedaba a

quia. Entonces, sacando un gran pañuelo de su bolsillo, se sonaba hasta

que acudiera algo del vocabulario. Compasivos con las turbaciones de su garganta, los canacos no estaban por eso menos contentos con el sermón.

Pero, al regreso, nuestro predicador no encontró ni a su obispo ni al Padre Clemente, a quienes, en el intervalo, un navío había conducido a su destino. Aprovechándose de este nuevo plazo, volvió corriendo, dio varias veces la vuelta a la isla Maui bajo un sol de junio, y cuando el barco que le había conducido estaba reparado, se embarcó para reunirse con sus compañeros.

Contaba con hallar a su obispo cerca de la capilla nuevamente bendecida, pero Monseñor no le había esperado. Se encontraba ya en su visita pastoral, a sesenta leguas del lugar, justamente en el otro extremo de la isla. Por montes y vados, unas veces a pie, otras a caballo, Damián marchó en su busca, y el 24 de julio acabó por unírsele. Cuatro días después, provisto de las últimas instrucciones del pastor, se dirigía al lugar de su destino: el distrito de Puna.

Hawai, donde nuestro héroe pasará la tercera parte de los veinticinco años de su carrera apostólica, cuenta con seis distritos: Kohala, Kona, Hau, Puna, Hamakua e Hilo. Es la mayor de las islas Sandwich. Su superficie, aproximadamente de unos 10.000 kilómetros cuadrados, constituye los dos tercios de la superficie del archipiélago entero. Su litoral mide 600 kilómetros. Montes nevados, de los cuales algunos tienen 4.000 metros de altura, alternan con los fértiles valles y las selvas vírgenes. Aquí y allá, negras fajas de lava enfriada, de una anchura de muchos kilómetros, parten de las aristas centrales de la isla para ir a perderse al mar.

Hawai es por excelencia la tierra de los volcanes. En ninguna parte del mundo se encuentran en mayor número, ni son tan temibles. El más ex- traordinario es el Kilauea, que tiene más de mil cráteres. Se encuentra precisamente al borde del distrito de Puna. Imaginaos un circo de 15 kiló- metros de pista, cercado de murallas a pico de una altura aproximada de 200 metros. Este circo encierra el Halemaumau, residencia de Pelé, la diosa del fuego eterno.

El aspecto del Halemaumau es variable: su anchura, su profundidad, la forma de las lavas sólidas que le rodean, se transforman sin cesar. “En este momento cuenta un viajero que lo visitó en 1892—es un pozo circular, con una profundidad de 95 metros y una anchura de 400, que contiene un lago de lavas incandescentes, siempre hirvientes y siempre burbujeantes, de donde salen chorros inflamados de 10 metros de altura y olas de fuego que van a romperse en sus bordes. Hay allí una vida y una intensidad imposibles do describir. El calor y la reverberación de ese hogar infernal obligan a separarse al instante, pero se vuelve fascinado, y se desea seguir el esfuerzo de una llama más alta, inmediatamente perdida en ese crepitar de materias en fusión que nacen de las profundidades del Globo, suben, descargan y desaparecen. Lo maravilloso obra sobre los nervios; no puede uno defenderse de un momento de espanto; se siente un vértigo, un peligro más atrayente que el que causa el vacío... Algunas lavas están completamente líquidas y viscosas como ligeras gavillas, y las más altas se alargan con la acción del viento, flotan en los aires, para volver a caer en largos filamentos delgados, sedosos, color de oro oscuro,

semejantes al cristal hilado: son los cabellos de la diosa Pelé, según dicen los canacos,”

Muchos escritores han celebrado la variedad del paisaje hawaiano, y no podían acumular se más epítetos admirativos y exclamativos, que no llegan a traducir su admiración, Pero no es en las cartas del Padre Damián donde buscaremos testimonios de un entusiasmo semejante. Él no era artista, ni tenía ese matiz del alma franciscana que encuentra en los espectáculos de la naturaleza la ocasión continua de exaltarse y cantar 1a bondad divina.

Como vecino suyo, va a visitar al Kilauea, y dice sencillamente: “¡Nada más curioso por ver que la acción de este fuego de un calor intenso, ante el cual se funden las más altas montañas!” Y después pasa a lo que es su única preocupación. “Cuando entra en actividad, nuestros po- bres insulares tienen un miedo horrible, y muchos de ellos corren a ofrecerles sacrificios a fin de apaciguarle. Yo mismo he sido testigo de esta idolatría un día que descendí al interior del volcán. Una canaco estaba en situación de sacrificar a la diosa. Aproveché la ocasión para hacerle un pequeño sermón sobre el infierno.”

* * *

Queriendo quitar toda ilusión a su colaborador, Monseñor Maigret le repitió las palabras del Salvador sobre los que recogen sin haber sembrado y sobre los que siembran sin la esperanza de recoger nunca.

Es verdad que no había que cosechar nada en Puna cuando Damián se puso a trabajar. Este amplio territorio, que se necesitaban tres días para atravesarlo, contaba con 350 católicos diseminados entre los protestantes y paganos. No poseían ni escuelas ni iglesias y desde hacía siete años ningún sacerdote residía entre ellos. Piénsese que, abandonados de este modo, apenas si podían defender su fe. En cuanto a sus costumbres, se habían vuelto tan relajadas como la de los otros canacos. “Las leyes del país no favorecen nada la estabilidad del vínculo conyugal”, se decía Damián. Pero la inmoralidad es de todos los países y de todos los tiempos y no impide a un apóstol el anunciar a los pobres el reino de Dios.

Como hombre de acción que descubre siempre, para obrar, la razón de esperar, defiende las circunstancias atenuantes y añade con optimismo: “Con energía y buenas costumbres, este pueblo sería excelente.”

Y entona pronto el panegírico de los que ama ya como a hijos suyos: “Este pueblo es dulce, afable, de gran corazón. No tiene sed de riquezas ni amor al lujo. Se privaría de lo necesario para recibir a sus huéspedes. Aun los herejes acogen bien al sacerdote cuando se presenta en su casa, Jamás me han injuriado todavía.”

¿Y quién hubiera injuriado a un hombre tan simpático? Tenía un hermoso y varonil rostro, una fuerza hercúlea, una voz dulce y sonora, he- cha a maravilla para la lengua canaca, donde abundan las vocales, ademanes atractivos, ímpetu, buen humor, un desinterés y una abnegación sin límites. Todos se acercaban a él.

“Nuestros pobres insulares son muy dichosos cuando ven venir a

Kamiano (traducción canaca de Damián), y yo, por mi lado, los quiero mu-

cho; de buena gana daría mi vida por ellos. Así, pues, no me inquieta cuando es menester ver enfermos que están a siete u ocho leguas de dis- tancia. Ordinariamente voy a caballo, y realizo estos viajes sin gran fatiga. En cuanto al canaca, ya sé lo bastante para, predicar, confesar y discutir con los herejes. En fin, que soy muy feliz, pues a despecho de las privaciones y miserias, Dios me da a menudo consuelos que jamás hubiera esperado.”

Su ministerio consistía en recorrer en todos sentidos su parroquia, grande como una provincia, predicando, confesando, bautizando, visitando los enfermos, reclutando neófitos y administrando los auxilios a los moribundos. “Su celo no le permite permanecer un día en su puesto”, decía de él su cofrade vecino.

En verdad que todo había que hacerlo en su misión. No existía capilla, pues las antiguas se habían derrumbado. Comenzó por decir la

misa en las cabañas de los indígenas. Construyó después “casas de oración”, según los recursos y materiales de que disponía. Edificó, por lo menos, seis en ocho meses. No eran sino modestas barracas, que bastaban, no obstante, en espera de algo mejor, para las necesidades religiosas del pequeño rebaño que podía reunir.

Todo esto le cambiaba su régimen conventual: “Aquí, en vez de la vida recluida, son continuos los viajes por tierra y mar, a pie o a caballo; en vez de la observancia del silencio, se habla siempre con toda clase de gentes; en lugar de ser dirigido, hay que dirigir a los otros. Lo más difícil es guardar, en medio de tantas idas y venidas, el espíritu de recogimiento y oración.”

El Superior general, a quien Damián escribía esto, no tenía por qué inquietarse con respecto a un hombre que de tal modo se preocupaba por él. Lejos de relajarse, el joven misionero progresaba y solicitaba humildemente de sus corresponsales que pidieran para él las gracias de que se creía indigno: “Si la Providencia hubiera enviado aquí un cura como el de Ars, las ovejas perdidas hubieran pronto vuelto al redil... Oh querido hermano, os lo suplico: rogad y haced que rueguen mucho para que vuestro pobre hermano no sucumba a las tentaciones y para que su palabra se penetre con la unción del Espíritu Santo.”

Si comenzaba a obtener algunos éxitos apostólicos, era a Dios y a los rezos de los demás a quien se debían: “Yo me considero como un ins- trumento en las manos de Dios. ¡Cuántas veces, durante estos últimos meses, he sido conducido providencialmente a cabañitas, fuera de mi ca- mino, para regenerar a los ancianos y a los enfermos que iban a partir para la eternidad!”

* * *

Aprendida la lengua canaca, construidas seis capillas, conquistada la simpatía general, administrados los bautismos, convertidos en su último momento los pecadores, tales eran los resultados obtenidos cuando, después de ocho meses, Damián abandonó su primera misión. Su partida se debió a la mala salud del Padre Clemente, que administraba Kohala y Hamakua, dos distritos vecinos del suyo.

A condición de tener que ir uno hacia el otro unos cuantos centenares de kilómetros, los dos religiosos podían encontrarse de vez en cuando. En el curso de una entrevista que tuvieron en enero de 1865, el Padre Clemente se explayó y manifestó su desaliento. El hecho es que los vastos

territorios que se le habían encargado excedían a sus fuerzas. Grandes como un departamento francés, llenos de rocas, de picos, de gargantas y precipicios, desprovistos de caminos, y a menudo de senderos, pedían un hombre robusto que fuera un excelente jinete y poseyera una moral a toda prueba. El Padre Clemente observó que su colega estaba más indicado que él para ser ese misionero en Kohala, y le propuso, si Monseñor lo consentía, hacer el cambio de su distrito. Damián aceptó. Por su lado, Monseñor también lo admitió con buenas razones. Así fue como el 19 de marzo de 1865, tomó el Padre el camino de Kohala, donde iba a permanecer ocho años.

Al prevenir a Pánfilo de su cambio, le escribía: “La separación de mis queridos cristianos me ha parecido más dolorosa que la de nuestros queridos padres, pues era mucho el cariño que les “había tomado.”

CAPÍTULO VI