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Una parroquia modelo

In document El Padre Damián, apóstol de los leprosos (página 127-145)

“No sólo de pan vive el hombre”, dijo Jesús. Para que no tenga hambre necesita creer y esperar. Mientras se encuentra bien, se distrae de las preocupaciones eternas, pero la enfermedad le obliga a adentrarse en sí y preocuparse del más allá.

Damián, que se había hecho misionero para salvar las almas, halló con qué colmar sus deseos en Molokai. Allí vivían de setecientos a ochocientos desgraciados, con un pie en el sepulcro, frente a frente con la muerte y la eternidad. Cada año sucumbían el 20 por 100. Sin temor a ser importuno e incomprendido, podía hablarles el apóstol de los juicios de Dios, de Cristo redentor y de la Virgen misericordiosa. Sin cesar tenía la ocasión de bautizar, convertir, absolver in extremis, devolver la esperanza a los afligidos, y conducir a los náufragos al puerto de salvación.

El balance de su acción religiosa no cede en nada al de su actuación caritativa. De aquel lugar detestable que era el lazareto consiguió hacer una feligresía floreciente.

¿Se debe a él exclusivamente su mérito?

No puede dudarse, si se piensa en los colaboradores que se le dieron y en el poco tiempo que permanecieron con él.

El hecho es que estuvo solo durante nueve años.

De 1873 a febrero de 1874, su jurisdicción se extendió a la isla entera de Molokai.

De febrero de 1874 a julio de 1878, se redujo al lazareto, ya que la parte sur de la isla, con sus doscientos cristianos diseminados entre los dos mil indígenas, se confió al Padre A... B...

Desde julio de 1878 a julio de 1880, volvió este Padre a vivir en Kalaupapa, y el cuidado del distrito que había abandonado incumbió de nuevo al P. Damián.

En junio de 1880 el Padre A... B... desapareció, y durante quince meses Damián recogió otra vez la carga de la isla entera.

El 8 de septiembre de 1881, otro enfermo, el P. Alberto, desembarcaba en el lazareto. Se estableció en Kalaupapa, y allí permaneció hasta el 2 de febrero de 1885.

Después volvió el P. Damián a su soledad, hasta que en mayo de 1888 vino el abate Conrardy para ayudarle y no abandonarle nunca.

COLABORADORES

En cuanto a la ayuda que recibió de los colaboradores intermitentes, basta conocerla para juzgarla.

A su tiempo hablaremos del abate Conrardy. Los otros tres fueron picpucianos muy decaídos a causa de la enfermedad.

El Padre A... B..., cierto es que tuvo en su vida los méritos que el caritativo P. Jourdan le reconoce, pero también grandes defectos, que no es este el lugar adecuado para profundizar.

Era un holandés de cuarenta y siete años, que había atrapado la elefantiasis en Tahití. Apasionado por la medicina, y habiendo tenido éxitos, se le había puesto en la cabeza el llegar a ser subintendente de la leprosería. Atravesó crisis que causaron muchos enojos a sus Superiores. Fue sólo un ministerio médico el que ejerció en el lazareto.

Damián ha dado de él algunos juicios benévolos, y le tomó durante algún tiempo por confesor. Más tarde escribía al General: “No contéis con él como un hijo vuestro. Enviadme un buen hijo de la Congregación, y no un señor testarudo.” Y rehusó, con la aprobación de sus Superiores, el confesarse con él. Sufrió enormemente al tenerle dos años por compañero.

Al final de su estancia en Kalaupapa, el Padre A... B... no saludaba a su hermano en religión. Cuando Damián murió y se quisieron recoger los materiales de su biografía, rehusó responder a los que le interrogaron. Terminó, sin embargo, su vida en buena disposición, lo que le valió un artículo necrológico satisfactorio en los Anales de su Congregación.

* * * El P. Alberto era un personaje distinto.

Fervoroso sacerdote, carácter noble y firme, misionero brillante, había obtenido grandes éxitos entre los canacos de Tahití. Se le atribuían, por una parte, a su talento musical que se manifestaba claramente en el clarinete y el armonio. Era consciente de su valor, que sobrepasaba la línea media, pero las enfermedades lo habían probado mucho. El también había

contraído la elefantiasis de las islas oceánicas. Se creyó que era la lepra, y se le puso en cuarentena en Molokai, con la prohibición de abandonarla.

Con el prestigio de una hermosa carrera, y con quince años más que Damián, llegaba de Roma, donde había sido recibido por León XIII, des- pués de haber pronunciado una serie de conferencias en Francia. Le habían dicho que el sacerdote de los leprosos no tenía buen juicio, y que era necesario ponerle un tutor. Hasta le habían comunicado los infames rumores concernientes a su virtud, calumnias que comunicó al interesado y que afectaron sus primeras relaciones. Por su parte, Damián le perdonó inmediatamente.

Los dos hombres, de carácter tan tajante, no se entendieron. Pero hay que decir que la falta fue, sobre todo, del recién llegado, si es que se puede hablar de falta a propósito de un viejo luchador, minado y agriado por la enfermedad. “No es bueno más que para confesar”, escribía el Viceprovincial al P. General sobre el P. Damián. Pero él, que se acordaba de lo que había sido, no le escuchaba. Intervenía en todo, no cedía en nada, y pretendía jugar su papel y mandar.

“Es insoportable”, escribe el P. Damián desde el momento de su llegada. Tal juicio ha sido ratificado por todos. Es el del Viceprovincial, que escribe al P. General: “Desde hace un mes tenernos aquí, en Honolulú, al P. Alberto, que corre tras de todo el mundo, y todos le evitan. Es un pobre enredador que no puede vivir con nadie. El doctor, según creo, va a desembarazarnos de él en la semana próxima y enviarle a Molokai.” El obispo de Honolulú es del mismo parecer: “El P. Alberto tiene talento, celo y muchas virtudes, pero es colérico y quiere demasiado lo que desea. Jamás ha podido estar en paz con sus Superiores, ni con sus hermanos, ni con los fieles, ni con los extraños.”

Puede imaginarse lo que el P. Damián sufriría durante más de los tres años que vivió con él. En 1882 la situación se hizo completamente insoste- nible, hasta el punto de que consintió separarse casi a la fuerza de sus leprosos: “Visto que el P. Alberto no me quiere —escribe a su obispo—, y que tiene un carácter imposible, remito a V. I. el que decida lo que debo hacer. Abandonaré voluntariamente Molokai si tal es la voluntad de Dios.”

“Voluntariamente”..., tal era con seguridad el modo de hablar y de decir del que sufriría el martirio.

Damián, sin embargo, hacía mucho por él. Rindió a su compañero todos los servicios posibles, le construyó una iglesia, tuvo cuidado de sus enfermos y aun de sus legumbres, como lo muestra la carta siguiente, a la que, ciertamente, falta un poco de unción:

“Honolulú, 24 de marzo de 1884

”Al lado del canaco al que cortasteis el pie, habita un catecúmeno llamado Nailili. Bautizadle por Pascua, así como a Makulu y los demás. Los rábanos de mi jardín están a punto; comedlos o dádselos a quien queráis. Las zanahorias no corren prisa y pueden aguardar hasta mi regreso, así como los nabos y las coles. Haced que les dé el aire y el sol a estos últimos. También haréis que castren a mi potro y que le domen vuestros muchachos.

Totus tuus in Cordibus SS. J. M.,

ALBERTO M...”

Un mes más tarde, el P. Alberto se dirige de nuevo a su vecino en una breve misiva para sopapearle bien. ¿No se ha olvidado Damián de enviarle los informes sobre un cocinero chino que quería tomar? “Vuestras ocupaciones y preocupaciones —dice de una manera muy seca— os hacen olvidar o descuidar las necesidades de los demás, y muy particularmente las de vuestro hermano de religión.”

El 28 de abril de 1885, el Viceprovincial resumía de este modo la actividad del P. Alberto en Molokai: “Excepto los niños que ha bautizado y los enfermos a quienes ha administrado in extremis (¡y aun así!), este pobre Padre no hace más que tonterías.”

Y, sin embargo, era un buen hombre el P. Alberto. En cuanto se creyó casi curado, solicitó abandonar Molokai y marchar a gastar sus últimas fuerzas en Tahití. Al despedirse de su vecino, le escribía: “¡Adiós! No os guardo ningún rencor por el mal que os he hecho.”

Damián, que le estimaba y amaba y que, a fuerza de virtud, había acabado por acostumbrarse, lloró mucho su partida. Se había puesto malo, temiendo no salir de la isla y quedar, de ahora en adelante, sin confesor. “Os pido que no me saquéis al P. Alberto”, escribía el 2 de febrero de 1885 a Monseñor. Y enumeraba sus razones:

1.º Estoy lisiado, pues camino arrastrando la pierna. Cuando voy al hospital, que está a cinco minutos de aquí, me da una fatiga que me hace estar gritando de dolor casi toda la noche.

2.º Si realmente me he vuelto leproso, mi muerte se acerca. Sin querer preocuparme mucho de mi cuerpo, he de ocuparme de mi alma, que exige la presencia de un buen confesor. La dirección del P. Alberto me ha

hecho mucho bien, y estaría muy contento con poder tenerla en mi lecho de muerte…”

Por su lado, el P. Alberto había frecuentado demasiado a su compañero para no conocerle. Habló de él siempre con la mayor admiración, y siempre le defendió contra sus calumniadores.

Anotemos, finalmente, para completar, que, en noviembre de 1887, otro picpuciano, el P. Gregorio, se instaló en el lazareto. El Comité de Sanidad le había trasladado allí de oficio. Llegado casi en el último período de la lepra, este Padre no realizó más servicio a su Hermano que el de confesarle; y después de tres meses, fue a morir en el hospital de Kakaako.

* * *

La transformación religiosa de la leprosería es la gran obra del P. Damián.

El infatigable constructor de iglesias se puso en seguida a la obra. De los setecientos cincuenta leprosos, sólo una tercera parte eran católicos. Contando con los que no estaban enfermos y forzando un poco la nota, “estimo que nos acercamos a los cuatrocientos cristianos o catecúmenos”, escribe a su llegada. “Se impone ensanchar Santa Filomena... Aun cuando no existiera más que el olor infecto que exhalan las llagas de los leprosos, ya era suficiente. A veces, casi no puedo resistirlo durante la misa. Sed, pues, generoso, Monseñor; Molokai ha esperado ya bastante para merecer que ahora le ayudéis. En cuanto al trabajo, yo me encargo de ello; ya sabéis cuánto me agrada hacer de carpintero.”

Ayudado por sus cojos, transforma la capilla del Hermano Bertrán, añadiéndole un crucero, y más tarde un campanario.

Era pedir demasiado a los fieles de Kalaupapa el que recorrieran cinco kilómetros para llegar a Kalawao. En 1875, Damián construyó para ellos una graciosa capillita de tablas que medía diez metros de largo, cinco y medio de ancho y siete de alto. Y fue después el P. Alberto el que, pintándola con colores chillones, le dio su sello definitivo. Su abigarramiento volvía locos de ilusión a los canacos. “Se diría que era la capillita de una comunidad religiosa”, decía el pintor, contento de sí mismo. Y Stoddard escribía: “Con sus numerosas imágenes y suaves y rientes rostros, el altar recuerda, en verdad, los brillantes escaparates del barrio de San Sulpicio.”

En 1883, Kalaupapa necesitaba un cementerio. Damián se encargó de ello, a instancias del Padre Alberto, pero su obra no fue apreciada: “El P. Alberto es un poco difícil —escribe—. He hecho el cementerio lo mejor que he podido. La puerta de entrada la quería grandiosa. Ahora bien; ¡pensad que el herrero pedía sólo por la pintura cuatro piastras! El Padre no ha querido mi puerta cuando ya estaba casi terminada. Y como no he querido hacer otra, vedle ahora muy enfadado y amenazándome con no sustituirme los domingos en Kalawao, en los que he de marchar al Sur.”

Esta parte sur de la isla no poseía capilla alguna, y Damián proveyó a ello en el transcurso do 1874. Para el Padre A... B..., que presidía entonces los destinos de esta feligresía., construyó, en cuatro meses, cuatro capillas de madera, una casa para el cura y una escuela. Durante este tiempo, el Padre A... B... le había sustituido en Kalawao.

Nunca volvió Damián a ausentarse después por tanto tiempo del lazareto. Obligado a ir dos veces o una por año a Honolulú, marchaba corriendo, y sólo pasaba allí tres o cuatro días. Se ha calculado que en dieciséis años, reunidas todas sus ausencias, no duraron seis meses.

VIDA PARROQUIAL

El Padre predicaba mucho. Predicaba en sus iglesias, en los oratorios, en los orfanatos, en el recinto de su presbiterio y en las cabañas de los leprosos. Se llamaba eso, según los casos y lugares, sermones, discursos, homilías, instrucciones, catecismo, o simples conversaciones. Los domingos y días de fiesta hablaba en la misa mayor y en la salutación; cada mañana daba una instrucción catequística después de su misa; durante el día visitaba los enfermos de los hospitales y marchaba después de cabaña en cabaña, derramando la doctrina, las exhortaciones y reprimendas a domicilio.

“Al entrar comienzo siempre por ofrecer el remedio que cura las almas. Los que lo rechazan no están, por tanto, privados de socorro y cui-

dados materiales, que a todos doy sin distinción. Me he vuelto leproso con los leprosos, para ganarlos a todos para Jesucristo. Cuando predico, tengo la costumbre de decir: “Nosotros, los leprosos...” Salvo algunos heréticos obstinados, todos me miran como a su padre. De ordinario, me escuchan con atención. Mi tono varía según las circunstancias. Unas veces son consuelos y dulces palabras; otras mezclo un poco de acritud y vinagre para despertar las conciencias pecadoras; y otras he de hacer estallar la tormenta, y amenazar a los impenitentes con los castigos eternos.”

Se conserva el cuaderno donde anotaba el plan de sus sermones. Están compuestos con pasajes de la Escritura, que comentaba adaptándolos a la mentalidad canaca, y añadiéndoles aplicaciones prácticas. Venía a decir esto:

“La tierra no es más que un lugar de tránsito o destierro. El cielo es nuestra verdadera patria, donde nosotros, los leprosos, estamos seguros de entrar muy pronto. Allí seremos indemnizados de nuestras miserias. ¡Allí no habrá la horrible lepra ni los sufrimientos! Seremos transfigurados, tanto más hermosos y felices cuanto hayamos soportado con mayor paciencia nuestras pruebas de aquí.”

Recordaremos que en Kohala había instituido los “jefes de oración”. Los multiplicó en Molokai para permitir a los enfermos tener cerca de ellos la ocasión de rezar en común:

“El domingo, por la tarde, tenernos reuniones para los imposibilitados, que las presiden mis jefes de oración. Cuatro o cinco casas de Kalawao se llenan hasta desbordar. En cuanto a mí, después de la misa, administramos los bautismos, y, terminado el desayuno rápidamente, salgo para Kalaupapa, donde me esperan tres reuniones: una con los indígenas no enfermos, otra con los leprosos de los alrededores del puerto, y la tercera en la punta extrema del promontorio.”

Obraba numerosas conversiones, y administraba más de cincuenta bautismos al año. Ningún católico válido faltaba a la misa del domingo. Buen número de ellos iban allí todos los días y cada noche, y tomaban parte en el rezo del rosario en la capilla. Los leprosos tenían una devoción particular por el Vía Crucis y por Nuestra Señora de los Afligidos. Con frecuencia se les veía subir las catorce estaciones de la Vía Dolorosa que va desde el Pretorio al Calvario, y cuando llegaba el Mes de María, adornaban con flores el altar de la Santísima Virgen. Casi todos llevaban al cuello el rosario. Trescientos de ellos, por lo menos, comulgaban cada semana.

* * *

No hay visitante que no se haya asombrado del fervor que reinaba el domingo en Molokai.

El acontecimiento central de la jornada era la misa mayor en Santa Filomena.

Adornada brillantemente la iglesia, rutilante de luces el altar, los numerosos monaguillos con sotana roja y sobrepelliz de encaje, la música, los cánticos, las oraciones rezadas por todos en voz alta; el oficiante, solemne y dulce, verdadero padre de su tribu leprosa, implorando a Dios por ella; todo ello formaba, sobre este islote perdido del océano, un espectáculo que fascinaba a los canacos y arrancaba lágrimas a los extranjeros de paso.

Clifford habla de los cánticos religiosos que escuchó:

“Estos leprosos sienten la música en su alma —escribe—. Uno de ellos, excelente barítono, formaba dúo con un niño cuya voz aguda y cristalina sobresalía agradablemente sobre la suya. Una antigua artista de Honolulú sacaba hermosos acordes del armonio, por donde se deslizaban sus rojas manos de leprosa. El Adeste fidelis fue espléndidamente ejecutado por los niños. Pero mi emoción llegó al colmo cuando un coro de voces femeninas cantó esa admirable queja de un poeta hawaiano, el

Super flumina Babylonis de los leprosos:

“¿Cuándo me será dado ver, al fin, a mi Dios?

donde día y noche sólo comparto lágrimas? ¿Cuándo saldré de este valle de miserias, donde no tengo más pan que mis lágrimas?

¡Ah!, ¿cuándo veré a mi Amado en la santa Sión?” Damián escribía a Panfilo:

“El domingo, en la misa mayor, cantan mis hijos como músicos consumados. Desgraciadamente, la muerte y la tuberculosis acaban de arrebatarme las voces más bellas de mi coro.”

Stoddard, que había conocido el lazareto de 1867, volvió a él en 1884, asistiendo a la misa de Kulawao:

“El Padre me había colocado a la izquierda del altar, en su sitio, rodeado de una pequeña balaustrada.

”No perdí nada del espectáculo. Los cálices son de oro, admirablemente cincelados. Es un regalo del cura de San Roque, en París; no se les utiliza sino en la misa mayor. Todos los monaguillos están desfigurados por la lepra. Algunos da pena verlos. La mayor parte no tienen dedos ni en las manos ni en los pies.

”Con una dulce gravedad, comenzó el sacerdote. La capilla estaba llena de fieles, cantando todos con fervor y compunción. ¡Qué contraste! En el altar, resplandeciente de luces y adornos, un sacerdote, lleno de santidad, cantaba con voz clara y sonora el Prefacio y el Pater. A sus pies, acólitos de rasgos infantiles marcados por la muerte. En la nave, una asamblea donde ni un sólo rostro puede mirarse sin que dé horror. El aire estaba corrompido; un olor fétido se desprendía de estos desgraciados que rezaban tan bien. Y yo me decía que tales plegarias, subiendo al cielo por mediación de tal siervo de Dios, no podían dejar de ser oídas.”

Stoddard pasó otro día entero en compañía del P. Damián:

“Su atuendo no es nada elegante —escribe—; su sotana es de un color incierto, sus cabellos desgreñados como los de un estudiante, sus ma- nos sucias y callosas a fuerza de trabajo, pero de su persona emanaba un magnetismo contagioso. Ríe alegremente, es ágil como un jovencito, des- prende una simpatía extraordinaria. Queramos o no, nos obliga a compartir su almuerzo, por la noche, él mismo nos prepara una excelente cena: huevos, carne, arroz y un tazón de café.

”Mientras tanto, le hemos acompañado en su visita a los enfermos de Kalawao.

”Conoce íntimamente a todos los leprosos, así como el estado de su enfermedad. Desde que se acerca a ellos, les coge la mano para tomarles el pulso. Sea cualquiera su religión, todos participan de sus favores. Habla mucho de cada uno de ellos, pero en cuanto a hablar de sí mismo, es difícil

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