Los progresos de la lepra son lentos, y con dificultad se revelaban por entonces.
Se ignora cuándo recibió Damián las primeras embestidas del mal de que murió.
Tal vez haya que remontarse a los tiempos en que estaba en Kohala. Ya por entonces el contacto con los leprosos le causaba “una especie de comezón o de quemadura” en la cara y en las piernas.
En los primeros años de su estancia en Molokai los mismos fenómenos se renovaron con más frecuencia e intensidad. Reflexionando más tarde sobre ello, Damián creía que la aparición del mal se remontaba a esta época.
En 1874 sintió un dolor sordo en los pies. De tal manera le quemaban, que el Padre, agitado y febril, no podía dormir sino después de haberlos metido en agua fría, dejándoles al descubierto durante la noche.
A partir de 1876, sus brazos y espalda se cubrieron de manchas secas y amarillentas, que se atenuaban cuando el Padre bebía zarzaparrilla y reaparecían cuando dejaba de beberla.
En junio de 1878, sus superiores le tuvieron como atacado ya por la lepra. “La leprosería está confiada a la abnegación del P. Damián, también leproso”, escribe el P. Modesto al General.
En enero de 1879, Damián se considera perfectamente curado: “Mi salud es muy buena —escribe al General—, y todo mal síntoma ha des- aparecido.”
En este año tuvo una recaída alarmante, pues quince meses más tarde, el 6 de abril de 1880, el P. Regis, Viceprovincial, se siente feliz enviando al P. Superior de París: “Una buena noticia: el P. Damián no está leproso. Su enfermedad, según dice un médico inteligente, que le conoce bien, no era más que una erupción de la sangre. Y ha desaparecido por completo.”
Era esto tan poco cierto, que, en el otoño de 1881, le volvieron los dolores violentos en el pie izquierdo. Se extendieron, al año siguiente, por toda la pierna, y el Padre sufría horriblemente del nervio ciático hasta 1885. Mientras tanto, la insensibilidad alcanzó al lado interior del pie iz- quierdo.
En diciembre de 1884, Damián realizó una experiencia que le sacó de la incertidumbre. Metió los pies en agua, que no sabía que estaba hirvien- do, y no sintió dolor alguno. Tan sólo cuando los retiró aparecieron en ellos grandes ampollas y la piel se caía a tiras.
¡No había duda! Tenía la lepra.
El célebre doctor Arning, de paso en Molokai, hubo de ser consultado. Con ayuda del microscopio y con los medios entonces en uso, el médico reconoció la presencia del bacilo de Hansen en los tejidos sospechosos. Titubeaba en dar a conocer su diagnóstico, pero el Padre le animó.
—Lo que suponéis es cierto —dijo el doctor—. También estáis atacado.
—Siempre lo había estado esperando --respondió Damián—. Y desde hace algún tiempo estaba seguro de ello.
El mal progresó rápidamente. Los tubérculos iban invadiendo la oreja izquierda, hinchándola y alargándola desmesuradamente. Se le cayeron las cejas. Sus manos valientes y su hermoso rostro iban a cubrirse de hinchazones y llagas.
“Muy pronto he de estar desfigurado por completo —escribía a su obispo-. Pero estoy tranquilo, resignado y muy dichoso en medio de mi pueblo.”
Y a su nuevo Provincial, el Padre L...:
“No hay duda por lo que a mí concierne; estoy leproso. ¡Bendito sea Dios! No me compadezcáis demasiado. Sólo os pido una gracia: la de enviarme alguien a esta tumba que pueda ser mi confesor.”
Estaba, efectivamente, como emparedado en una tumba, ya que el P. Alberto había partido sin que le hubieran reemplazado, y un reglamento inflexible prohibía a cualquier leproso el salir de la isla, aunque fuera por unas horas.
En cuanto a saberse condenado a una muerte cercana, Damián no se afligía mucho. Se dedicaba a consolar a los demás del mal que le atacaba:
“Mi Reverendísimo Padre —escribe a su General—: No os apenéis porque uno de vuestros hijos esté condecorado, no sólo con la Real Cruz de Kalakaua, sino aun con la cruz más pesada y menos honrosa de la lepra. Es una consecuencia prevista de mi larga estancia en ésta. Mi constitución robusta ha resistido durante mucho tiempo. Va minándose ahora que los bacilos han invadido mis miembros. Pero aún estoy en pie, y, cuidándome algo, continuaré trabajando como de costumbre.”
* * *
Extendida muy pronto esta noticia por ambos continentes, consternó a sus amigos, que redoblaron el afecto y generosidad hacia él. Apesadum- bró también a sus enemigos, para quienes su gloria era un tormento. Declararon que su enfermedad era el resultado de su imprudencia y de su falta de higiene.
En parte, tenían razón, pues Damián había cometido una seria imprudencia con ir y quedarse en Molokai.
En cuanto a la falta de higiene, es posible que, por falta de tiempo, el Padre abandonara, poco a poco, las precauciones que primeramente se había prescrito. En los comienzos, prohibía el acceso a su casa de los leprosos, y tomaba grandes cuidados de limpieza. Después, el temor de contristar a sus hijos mostrándose con muchas precauciones, y un poco de escepticismo también, en cuanto a las posibilidades que tenía de escapar al contagio, le harían más negligente.
En su Memoria de 1886, decía que, a su parecer, “la lepra se contrae por la inoculación y la respiración”.
¿Cómo iba a preservarse él, que todo el día cuidaba a los leprosos, los confesaba, los administraba, vivía y trabajaba con ellos? Respiraba su aliento, tocaba sus llagas, manejaba sus útiles, y ellos los suyo». Sin cesar se cortaba y pinchaba, se desollaba las manos al aserrar, acepillar, escuadrar, clavar, como lo exigía el oficio de carpintero y de constructor que ejercía a la par con sus demás trabajos.
“Tenía la costumbre de fumar —cuenta un testigo— y de cuando en cuando dejaba su pipa sobre el banco de carpintero. Los leprosos que tra- bajaban con él, o los niños que le rodeaban, aprovechaban la ocasión para dar unas cuantas chupadas.” ¿Podía impedírselo con decirles que podían inocularle?
A su hermano Pánfilo, también enfermo, le comunicó Damián la verdad con palabras encubiertas.
“Me ha conmovido mucho el saber vuestra enfermedad. Me decís que parece degenerar en consunción. ¡Quiera Dios que no ocurra tal! En cuanto a mí, no puedo ocultaros por más tiempo que estoy amenazado con un mal aún más terrible. La lepra, según sabéis, es contagiosa. En realidad, estoy tan robusto como me conocisteis. Pero, desde hace tres años, mi pie izquierdo ha perdido toda sensibilidad. Tengo en el cuerpo como un veneno que amenaza contaminar todo el organismo. No lo digamos muy alto (el verdadero texto, dice: “No mintamos sobre esto”), y roguemos uno por el otro.”
A su anciana madre se limita a decirle que no es más que algo de “inflamación”.
Su carta está en francés.
“Queridísima madre: Perdonadme que no os escriba en flamenco. No he olvidado nuestra hermosa lengua materna, pero las palabras no me vienen tan fácilmente, y es ésta la razón por la que he tardado tanto en daros noticias mías.”
El año anterior, había tenido que hacer un trabajoso borrador antes de redactar, para su madre, una carta en flamenco.
“Perdonadme el que os escriba muy rara vez. A medida que avanzo en años, estoy cada vez más ocupado con los deberes de mi ministerio y el cuidado de mis enfermedades. A Dios gracias, mi salud es pasable; soy aproximadamente el mismo, salvo la barba, que tiene un dedo de larga y comienza a blanquear.
”Estoy siempre en medio de setecientos u ochocientos leprosos. He llenado ya un cementerio de muertos; muy pronto, por falta de sitio, debe- remos cavar más hacia adelante y poner los féretros unos sobre otros...
”¡Ah!, ¡si vierais qué música tan bonita se toca en mi iglesia! ¡Venid a oírla, queridísima mamá, y venid a pasar vuestros últimos días cerca de mi! Me ayudaréis en la cocina. Aquí no falta de nada. Hay buen café, huevos, aceite de Contamor...
”La noche última, una terrible tempestad ha sacudido mi casa. Incapaz de dormir, he querido escribiros primero. Pero el viento se llevó la mitad del techo y hube de dejarlo para hoy.
”Desde hace dos meses estoy un poco malucho. Se debe a que, al volver al lazareto en una barquichuela que no podía abordar, tan fuerte es- taba el mar, que el capitán me dejó, no lejos del puerto, sobre una peña, y
hube de ganar la orilla a nado. Volví calado, y desde entonces tengo un fuerte reuma.
”Más daos cuenta que aún he tenido otro accidente. Al querer tomar un baño de pies, cometí la imprudencia de meterlos en agua casi hirviendo, y se me quitó la piel. Pero ya se está curando, comienza a desaparecer la inflamación y pronto estaré sano. Mientras así ocurre, me cuesta trabajo decir misa, debo sentarme para predicar, y a falta de poder andar, voy en coche. Así que, en medio de mis enfermos, juego yo también un poco al enfermo.
”Y vos, queridísima madre, ¿qué tal estáis? ¿Todavía marchan bien esas piernas?... Parece ser que Leoncio ha hecho preparar, en el segundo piso, una bonita habitación para alojar al Padre Pánfilo cuando va a veros. Tal vez ha pensado también en Jef...
”Un médico me ha aconsejado que vaya a respirar un poco el aire de mi tierra. ¿Pero qué iba a ser de mis pobres hijos? ¡No! Puesto que estoy siempre en situación de poder hacer bien, me quedaré en mi puesto hasta que muera. No nos volveremos a ver nunca aquí abajo, sino que nos encontraremos en el cielo, donde no habrá jamás separación.’'
* * *
La señora De Veuster murió al saber que su hijo estaba leproso.
Viuda desde hacía trece años, había cumplido noventa y tres. Su salud declinaba. La familia consiguió al principio ocultarle la terrible noti- cia. Pero los periódicos la habían extendido, y una comadre —si no fue un charlatán— se la reveló. Lloró por largo tiempo, y dijo:
—¡Bien! Pues yo partiré con él al cielo.
Ella no leía, pero se hacía leer lo que escribían los periodistas. ¿No hubo uno que decía: “que las carnes del sacerdote leproso de Molokai se le caen a trozos del cuerpo”?
Este sacerdote, a quien se le representaba desfigurado y podrido, era carne de su carne, aquel guapo muchachote tan cariñoso, su hijo más amado. Porque ella le adoraba; guardaba en un cajón las cartas más pequeñas, como si fuera un tesoro. Ahora se le imaginaba abandonado sobre una roca en el océano, muriendo de las torturas, sin un beso, sin una palabra de ternura, privado de toda ayuda.
Su viejo corazón no pudo resistir golpe semejante. Se abandonó, y se dispuso a partir para la celestial cita que le daba su hijo. El 6 de abril de 1886, por la mañana, sintió que iba a morir, y pidió que no la dejaran sola.
Continuó murmurando plegarias, y repetía las oraciones y jaculatorias que le sugerían. Hacia las cuatro de la tarde, volviendo por última vez los ojos a una imagen de la Virgen, y después hacia el retrato de San José, colgado de la pared, inclinó de este lado la cabeza y rindió suavemente el último suspiro.
Dutton estaba presente cuando recibió Damián la triste nueva.
—José, ¡rogad por mi madre viejecita! —dijo sencillamente el Padre. “Su dolor no fue muy expansivo —añade Dutton—. Creía que su madre, después de haber cumplido todos sus deberes, había ido al cielo.” Y sabía que no tardaría mucho en reunírsele.