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Amados – Parte 03
El secreto de ser hijo.
Pastor Erich Engler
Te invito a ir conmigo al libro de Romanos cap. 8 vers. 19 donde leemos:
“Porque el anhelo ardiente de la creación es el aguardar la manifestación de los hijos de Dios”.
En la enseñanza anterior habíamos dicho que la tierra es como una gran sala de partos donde nacen los hijos de Dios.
El tema que estamos tratando en esta serie es que somos amados por Dios. Habíamos visto que el apóstol Juan cambió su nombre para denominarse a sí mismo: el discípulo a quien Jesús ama, y nos habíamos referido extensamente a lo que significa ser amado por Dios. Juan no era el discípulo preferido de Jesús sino que él tenía una mayor revelación del amor de Dios. Ese amor divino es para todos sus hijos por igual, pero ¿cómo podemos estar seguros de que somos amados por Dios?
Vamos a considerar primero algunos aspectos que tienen que ver con la posición de hijo. Para esto vamos a ver lo que dice Gálatas cap. 4 vers. 6:
“Y por cuanto sois hijos, Dios envió a vuestros corazones el Espíritu de su Hijo, el cual clama: ¡Abba, Padre!”
Aquí el apóstol Pablo parte de la seguridad de que somos hijos y no que vamos a llegar a serlo. El Espíritu santo quien mora en nuestros corazones da testimonio de que somos hijos de Dios.
El término hijo en la Biblia es un término espiritual y no indica género, sino que se refiere a hombres y mujeres por igual. Para nuestro Padre celestial, no hay ninguna diferencia entre hijos varones o hijas mujeres, pues Él nos ve a todos como sus hijos.
Si bien la Biblia hace mención de hijos e hijas, en lo que a posición se refiere dice también claramente que en Cristo no hay diferencia entre hombre o mujer.
2 Dado a que, después de aceptar a Cristo como su salvador personal, el Espíritu santo viene a morar al corazón de cada creyente, ese mismo Espíritu pone el deseo de conocer a su Padre celestial.
Lamentablemente muchos de esos creyentes no conocen el amor de Dios y, a pesar de ser hijos, tienen un cierto vacío en su corazón pues nunca han comprendido, tal vez porque no se les ha explicado, lo que significa realmente ese amor del Padre. Lo más importante para un creyente es saber que es amado incondicionalmente por el Padre, y experimentar ese amor en su vida cotidiana.
Cada ser humano lleva en su interior un deseo innato de ser amado y aceptado, el cual lo lleva a fortalecer los lazos con sus progenitores. Ese deseo se hace aún más intenso cuando llegamos a la familia de Dios.
Lo más terrible que se le puede hacer a un recién nacido, espiritualmente hablando, es mostrarle la imagen de Dios sin enseñarle sobre su paternidad. Para un nuevo convertido, Dios es en primer lugar su Padre y no meramente su Dios.
Cuando Jesús, luego de su resurrección, se le aparece a María y ella piensa que es el hortelano, le dice:
“Jesús le dijo: No me toques, porque aún no he subido a mi Padre; mas ve a mis hermanos, y diles: Subo a mi Padre y a vuestro Padre, a mi Dios y a vuestro Dios”. (Juan 20:17)
¿Qué es lo que Jesús menciona primero? El Padre celestial.
De allí que es importante llevar a las personas desde una relación con Dios, la cual ya tienen, hacia una relación familiar de padre e hijo.
Imaginémonos cuan ridícula sería la situación que tú te presentaras con nombre y apellido a tu hijo recién nacido, en vez de hacerlo simplemente como su padre ¿qué tipo de relación podrías entablar con él? Sería imposible que existiera una relación personal entre ambos ¿verdad?
Sin embargo, si tú le dices que tú eres su papá le estás mostrando cercanía.
Bajo el antiguo pacto, solo conocían a Dios como Dios porque el Espíritu santo todavía no había sido derramado en sus corazones como para que pudiesen exclamar: ¡Abba Padre! Sin embargo, el nuevo pacto hizo posible por medio de Jesucristo la revelación de un Padre amante.
Veamos lo que dice en Juan cap. 8 vers. 54 y 55:
“Respondió Jesús: Si yo me glorifico a mí mismo, mi gloria nada es; mi Padre es el que me glorifica, el que vosotros decís que es vuestro Dios”.
¿A qué se refiere Jesús aquí? A la relación que la gente tenía con Dios. Y lo que Él dice a continuación es decisivo:
(55) Pero vosotros no le conocéis; mas yo le conozco, y si dijere que no le conozco, sería mentiroso como vosotros; pero le conozco, y guardo su palabra.
¿A qué se refiere Jesús ahora? A la relación personal con su Padre celestial.
Si lo parafraseáramos podríamos decirlo así: “vosotros decís que Él es vuestro Dios, pero no le conocéis realmente, en cambio yo le conozco porque es mi Padre”
3 Por esa razón, cuando una persona es nacida de nuevo en la familia de Dios, lo primero que debería conocer es acerca de su Padre celestial y de su intenso amor por ella.
Bajo el antiguo pacto de la ley, teníamos que amar a Dios con todo nuestro ser y con todas nuestras fuerzas, pero bajo el nuevo pacto de la gracia es Él quien nos ama a nosotros con todo su corazón y con todo su ser.
La ley nos fue dada por medio de Moisés, pero la gracia vino a través de Jesucristo.
¿Cuál es la razón por la cual tú debes estar seguro que eres amado por Dios aún a pesar de que hayas cometido errores?
Dios nos ama de la misma manera tanto cuando cometemos errores, como cuando hacemos las cosas correctamente. Si no fuera así, estaríamos ganándonos su amor por medio del comportamiento. Por el contrario, en el pacto de la gracia, recibimos todo, debido
únicamente a su favor inmerecido. Cuando cometemos errores, Él nos sigue amando como el primer día cuando llegamos a Él para salvación.
Hace un tiempo atrás, mi hijo pequeño me preguntó si Dios lo amaba menos cuando se portaba mal. El ser humano en general tiende a pensar que si se comporta mal Dios lo va a amar menos. Esa forma de pensar está profundamente arraigada en la naturaleza humana. Una de las más maravillosas tareas que tenemos como padres, es poder decirles a nuestros hijos cuando vengan con una pregunta de este tipo, que Dios les ama siempre
incondicionalmente y mostrándoles al mismo tiempo el regalo de la gracia divina. Eso quedará plasmado en sus corazones por el resto de sus vidas.
Sería terrible, que si tu hijo o tu hija vinieran a ti con una pregunta así, tú les comenzaras a hablar de los juicios del apocalipsis y de la ira de Dios. La ira divina a causa del pecado humano, fue aplacada de una vez y para siempre en la cruz de Cristo.
La única cosa que podemos, y debemos hacer de nuestra parte en el pacto de la gracia, es creer lo que nos dice la Palabra al respecto. Nuestra es efectiva recién cuando sabemos que somos amados por Dios.
Vamos a ir otra vez a Romanos cap. 8 desde el vers. 29 donde leemos lo siguiente:
“Porque a los que antes conoció, también los predestinó para que fuesen hechos conformes a la imagen de su Hijo, para que Él sea el primogénito entre muchos hermanos.
En nuestra enseñanza anterior habíamos visto que el Padre celestial planeó tener hijos e hijas, Él tenía ese deseo en su corazón aún antes de que existiéramos. Eso es lo que significa predestinación.
En otra traducción, un poco más explícita, este versículo es expresado de la siguiente manera:
“Ya en la eternidad, hace mucho tiempo atrás, en el principio de todo, Dios tomó la decisión que íbamos a ser sus hijos e hijas transformados completamente a la misma imagen de su Hijo Jesucristo”.
Nosotros sabemos que esa transformación se efectúa cuando tiene lugar el nuevo nacimiento.
Este versículo encierra un gran secreto y es que, todo creyente, como hijo o hija de Dios, ha sido transformado para que pueda ocupar exactamente la misma posición que su Hijo
4 Jesucristo. Lo maravilloso de esto es que, cada palabra que el Padre dice con respecto a su Hijo Jesucristo, es dirigida también a nosotros.
Toda palabra que el Padre celestial haya hablado de su Hijo Jesucristo, es dirigida ahora a nosotros también dado a que ocupamos la misma posición que Él. Jesucristo es el Hijo de Dios, nosotros somos también sus hijos. Él fue el Cristo, nosotros somos cristianos. Él fue el ungido del Padre, nosotros somos ungidos también.
Todo lo que el Padre dice sobre su Hijo lo dice también sobre nosotros. Es como si Él nos hablara personalmente. Delante del Padre nosotros, los creyentes, ocupamos la misma posición que su Hijo Jesucristo con la única diferencia que Él es el primogénito o el que nació primero.
Dios es nuestro Padre y Jesucristo es nuestro hermano mayor.
Te invito a ir conmigo a Lucas cap. 3 para ver algo muy importante. Habíamos dicho que, dado a nuestra posición de hijos, todo lo que el Padre dice de su Hijo Jesucristo, lo dice de nosotros también. Eso es lo que hace que la Biblia, especialmente el nuevo testamento el cual nos habla del nuevo pacto, sea una carta de amor del Padre para nosotros.
En los versículos 21 y 22 de este capítulo leemos:
“Aconteció que cuando todo el pueblo se bautizaba, también Jesús fue bautizado; y orando, el cielo se abrió,
(22) y descendió el Espíritu Santo sobre Él en forma corporal, como paloma, y vino una voz del cielo que decía: “Tú eres mi Hijo amado; en ti tengo complacencia”.
Aquí es el Padre celestial quien está hablando y las palabras son dirigidas a su Hijo
Jesucristo, pero dado a que nosotros, por medio del nuevo nacimiento, fuimos elevados a la misma categoría o posición que Él, estas palabras son válidas también para nosotros. Esta es la herencia de los hijos a la cual se refiere la Biblia. Los hijos de una familia siempre tienen derecho a recibir la herencia de los padres y/o a poseer los mismos títulos que estos tengan.
En la BLS (Biblia lenguaje sencillo) estas palabras son expresadas de la siguiente manera:
“Tú eres mi Hijo a quien quiero mucho. Estoy muy contento contigo".
Esto es lo que nuestro Padre celestial nos dice a nosotros también.
Cada vez que en la Biblia, especialmente en el evangelio de Juan, aparecen palabras del Padre dirigidas al Hijo de Dios también están dirigidas a nosotros. Un ejemplo de muchos otros lo encontramos en Juan cap. 5 vers. 20:
“Porque el Padre ama al Hijo, y le muestra todas las cosas que Él hace”
Estas palabras tienen estrecha relación con las que leímos anteriormente en Lucas 3: 22. El Padre celestial ama a sus hijos.
Es interesante ver que en la Biblia no aparece la expresión que Dios ama a Jesús, aunque en realidad lo ama y mucho, sin embargo dice varias veces que ama a su Hijo y eso nos muestra claramente que Dios nos ama a nosotros también ya que somos sus hijos. Dios ama a sus hijos e hijas y eso nos otorga el derecho a ser amados.
Vamos a ir a Lucas cap. 4 vers. 1 al 3 donde encontramos la tentación de Jesús por parte del diablo:
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“Jesús, lleno del Espíritu Santo, volvió del Jordán, y fue llevado por el Espíritu al desierto (2) por cuarenta días, y era tentado por el diablo. Y no comió nada en aquellos días, pasados los cuales, tuvo hambre.
(3) Entonces el diablo le dijo: Si eres Hijo de Dios, di a esta piedra que se convierta en pan”.
La primera tentación del diablo es su posición de hijo. Hoy en día, él hace exactamente lo mismo con nosotros, él trata de hacernos dudar sobre esa posición.
El diablo intenta hacer dudar a Jesús de su posición de hijo. El diablo no va a intentar tanto hacerte dudar sobre tu posición como creyente, pero siempre va a atacar tu posición de hijo. ¿Te diste cuenta que cuando el diablo le dice eso a Jesús omite una palabra muy
importante?
¿Qué es lo que el Padre le había dicho a Jesús durante su bautismo? ¡Tú eres mi hijo
amado! Esta es la palabra que el diablo omite intencionalmente. Él sabe que si le menciona
la palabra “amado” a Jesús, él lleva las de perder. El que es amado, está protegido. Si tú sabes que eres amado por Dios no hay nada que te pueda vencer. Cuando estamos seguros del amor de Dios y sabemos que Él está a nuestro favor ¿quién se puede poner en nuestra contra?
Aquí el diablo omite la palabra “amado” y esto nos revela otra gran verdad de la Palabra. En 1 Pedro cap. 5 vers. 8 dice que el diablo anda como un león rugiente buscando a quien devorar.
En primer lugar el león no representa al diablo sino a Dios. La Biblia nos habla que Jesús es el león de la tribu de Judá. El león es un símbolo para identificar al rey. En muchos escudos o blasones reales aparece la figura del león. Se dice también que el león es el rey de los animales, así que de una u otra manera su mención está siempre relacionada con la realeza. Nosotros sabemos que el diablo no es un rey, él es cuanto mucho el dios de este siglo y eso no por mucho tiempo más.
El león representa a Dios, y el diablo intenta imitar a Dios. Vamos a ver esto en el libro de Proverbios cap. 19 vers. 12:
“Como rugido de león es la ira del rey, y su favor como el rocío sobre la hierba”.
El diablo es muy astuto e intenta imitar a Dios y lamentablemente hay muchos creyentes que creen esas artimañas. Él intenta hacerles creer que Dios está airado con ellos y que no les ama más cuando cometen algún error. Por esa razón omite intencionalmente la palabra “amado” en la tentación de Jesús.
Lo mismo hace con los creyentes, les hace dudar de su posición de hijos o les hace creer que si bien son hijos de Dios Él está airado con ellos. La mentira más común del diablo es hacernos creer que Dios está airado con nosotros. Él intenta poner en duda nuestra relación con Dios.
Afortunadamente conocemos sus artimañas y respondemos a sus ataques como lo hizo Jesús, diciendo: ¡escrito está!
La próxima vez que el diablo te venga a atacar, tú abres tu Biblia en Lucas cap. 3 y le dices que eres el hijo amado de Dios.
6 El diablo podrá rugir tan alto como quiera, pero mientras tú estés seguro del amor de Dios por ti y que no está airado contra ti porque ese asunto ya fue solucionado en la cruz, eres más que vencedor.
El versículo de Proverbios dice también que el favor del rey es como el rocío sobre la hierba. El león representa a Dios y su ira fue completamente aplacada en la cruz de Cristo, ahora solo tenemos su gracia o favor inmerecido.
El diablo intenta imitar la ira de Dios que condena y acusa, pero nosotros, como sus hijos amados, solo gozamos su favor.
El Padre celestial te dice: ¡Tú eres mi hijo/hija amado/a, en ti tengo complacencia!
El amor de Dios por ti no está condicionado a tu buen comportamiento, sino que Él te ama simplemente porque eres su hijo e hija.
La Palabra dice que nosotros hemos sido hechos hijos de Dios, y la justificación no es algo que nosotros podamos alcanzar por nuestro esfuerzo personal o nuestro buen
comportamiento. Nosotros hemos sido hechos hijos de Dios por medio del sacrificio de Cristo en la cruz. Esta posición permanece para siempre.
Dios nos escogió desde antes de la fundación del mundo y nos posicionó en la misma categoría de su Hijo Jesucristo. ¡Eso no hace hijos amados! Nosotros estamos identificados con Cristo. Dios nos mira a través de la justicia de Cristo y nos eleva a la misma posición que Él. ¡Amén!
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