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Nudos Del Análisis

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Academic year: 2021

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Nudos del análisis

Para una clínica de la pareja-síntoma

Nieves Soria Dafunchio

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A Germán García, que con la sabia pericia de quien ha sabido remar en el remolino de las palabras se avino pacientemente a acompañar por un tiempo la travesía ciega y apasionada de esta navegante del Aqueronte.

© Nieves Soria Dafunchio, 2011 Edita:

Del Bucle, Buenos Aires Diseño de colección Wainhaus Contacto [email protected] Producción editorial Factoría Sur Impresión

Artes gráficas Delsur Contacto

www.nievesoriadafunchio.com.ar [email protected]

Prohibida la reproducción del material contenido en este libro, a través de cualquier medio de impresión o digital en forma idéntica, extractada o modificada, en castellano o cualquier otro idioma, salvo autorización por escrito del autor. Hecho el depósito de ley 11.723.

Soria Dafunchio, Nieves

Nudos del amor. Para una clínica de la pareja-síntoma - 1a. ed. - Buenos Aires: Del Bucle, 2011.

400 p.; 20 x 13 cm. - (Del Bucle) ISBN 978-987-21011-3-8 1. Psicoanálisis. I. Título CDD 150.195

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Presentación

Un barquero me lleva, confiada, entre aguas oscuras. Despierto con la expresión conmover el Aqueronte. La busco hasta encontrarla: la utiliza Lacan en “Intervención sobre la transferencia” para refe-rirse al impase al que lleva la posición de Freud al análisis de Dora. Esta vez no logró conmover el Aqueronte, en razón de su contra-transferencia, por haberse colocado un poco demasiado en el lugar del Sr. K.

El analista barquero, el analista Caronte (el barquero que llevaba a los muertos al Hades a cambio de un óbolo, aunque recuerdo en ese momento que algunos vivos, como Orfeo o Psyché lograron ir y volver), que rema en las turbias aguas del Aqueronte (el río que rodea al Hades)- inconsciente, me señala que ese viaje al Hades es la visita al pasado, muerto, que se hace en un análisis. Añadiendo, con una sonrisa, que finalmente el barquero es el analizante.

Qué nudo el de la transferencia…

Sin duda, quien se arriesga a navegar debe saber hacer nudos, o debe aprenderlos. Este año 2010 remamos por ese Aqueronte tan difícil de conmover, guiados por la enseñanza de Lacan, haciendo y deshaciendo esos nudos que habitan nuestra práctica, los nudos del análisis.

Te invito, lector, a acompañarnos en este oscuro recorrido sobre el que intentamos echar algunas luces.

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Prólogo a Nudos del análisis

Sin duda, Las Meninas de Velázquez es una de las obras más célebres en la historia de la pintura. Difícilmente el visitante ocasional del Museo del Prado podrá acercarse a ella sin comprobar que una valla humana de otros visitantes -que parecen estar allí desde siempre- dificulta seriamente la vista de la obra, de la que sólo vislumbra, no sin esfuerzo, la parte superior. Habrá que esperar pacientemente que esa barrera pierda su espesura para encontrar, con movimientos sigilosos, la ubicación adecuada para apreciarla.

¿Qué es lo que otorgó a esta pintura tal celebridad? Después de todo, a pocos metros de allí, hay varias obras maestras de Velázquez -Las Hilanderas por mencionar sólo una de ellas- y de otros grandes artistas que no concitan el mismo interés.

Es evidente que parte de su celebridad proviene de los propios artistas ya que, como se ha dicho, “Velázquez es un pintor de pintores”. Basta, para comprobarlo, ver la serie de 58 cuadros en los que Picasso frenéticamente reinterpretó la obra que lo había “traumatizado” o cómo Salvador Dalí se refirió a ella, entre otros. Pero su prestigio en el siglo XX ha excedido con creces el campo del arte a partir de dos hitos fundamentales: los comentarios de Michael Foucault y Jacques Lacan. Éstos han aportado lecturas filosóficas y psicoanalíticas de la misma que, sin duda, la marcarían profundamente.

De todos modos, es evidente que, más allá de lo que han visto en esa obra figuras tan notables, aún el visitante

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los bebedores parece convidarnos con su copa mientras otro nos mira con gesto burlón, como si se riera de nosotros. Tal como se ha dicho, sus personajes no sólo están en la profundidad del cuadro sino que también parecen salir del mismo para venir a habitar el nuestro. A este uso de la orientación de las miradas de los personajes se suma el valor del instante, la dimensión de un movimiento captado en su pura instantaneidad. Un estudioso del barroco español dio en llamar a la conjunción de estas propiedades proyección hacia fuera: “Somos como otro personaje que hemos abierto otra puerta y, con la instintiva curiosidad, nos quedamos mirando lo que pasa en el recinto en que pinta Velázquez”2. Es una “puerta” particular, que entrelaza los ámbitos

espaciales. La perspectiva es aquí utilizada entonces no sólo para dar profundidad sino que “añade algo impalpable como es la proyección hacia fuera”3. Que aquí la proyección sea utilizada

para añadir “algo impalpable”, pero que a su vez nos concierne, es una forma muy precisa de dar cuenta de por qué Lacan leyó allí, en su Seminario 14 “El objeto del psicoanálisis”, la función del objeto a en el campo escópico.

Es esa visión envolvente y su proyección hacia “afuera” del cuadro lo que le da una topología particular, un “espacio continuo”. El marco del cuadro para Velázquez no es tanto una ventana sino “una puerta” en cuyos dos lados se desarrolla una realidad. Eso se refuerza por la altura y el tamaño del cuadro, lo cual hace que el suelo en el que están las figuras se corresponda con el que el espectador está pisando. De allí la famosa exclamación de Théophile Gautier al ver la obra: “¿Pero, dónde está el cuadro?”. Pregunta que se desprende porque “sabemos bien que el artista no está pintando a la infanta ni a las meninas, sino a una realidad aparte que está precisamente en el plano que corresponde al espectador. La mirada del pintor

2. OROZCO DÍAZ, E.: El barroquismo de Vélazquez, Madrid, 1965, p.70. 3. Ibid.

menos informado puede resultar capturado por lo que hay de atrapante en el cuadro. Ahora bien, ¿qué es lo que nos atrapa? Es una pregunta que un analista no deja de hacerse en estas circunstancias. Sin pretender develar todo el misterio que una obra maestra encierra uno no puede dejar de sospechar que la cuestión no radica meramente en la técnica magnífica, en el uso de la luz o de los colores por parte de Velázquez, ya que dichos atributos están en otras obras del mismo autor. La lectura del cuadro se orienta entonces a la composición y al uso particular de la perspectiva, que se entrelazan para alcanzar un punto culminante en la obra del artista.

La perspectiva, según Erwin Panofsky1, implica ese

momento en la historia de la pintura -ligado al Renacimiento- en donde los objetos no son meramente representados en escorzo sino en donde el cuadro mismo deviene “una ventana”, a través de la cual nos parece estar viendo la profundidad del espacio. La perspectiva funda el “cuadro-ventana”, negación de la superficie, pues ésta “cava” un hueco en ella para crear un espacio puramente matemático, organizado en torno a un punto muy singular: el punto de fuga. Elemento paradojal que no representa nada en el cuadro pero hace posible que las figuras se organicen en el espacio perspectivo, punto al infinito en donde las paralelas “se unen”. Como demostró Brunelleschi, con su célebre experiencia de 1425, el punto de fuga guarda una estrecha relación con la mirada del pintor, aquella que también comanda, de modo invisible, el punto en el que espectador debe situarse para que se constituya la visibilidad más adecuada de la obra.

La composición en el cuadro de Velázquez lleva las cosas aún un poco más lejos. Seis de las nueve figuras que lo integran están mirando al espectador. Este recurso fue utilizado por el pintor ya con anterioridad, en Los Borrachos, en donde uno de

1. PANOFSKY, E.: La perspectiva como forma simbólica, Tusquets Editores, Barcelona, 1985.

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lo acentúa aún más haciendo que nos sintamos parte del asunto del lienzo en que trabaja”4. Somos parte del asunto pero con un

enigma: ¿qué está pintando Velázquez dentro del cuadro? No lo sabemos a ciencia cierta, él aparece con su tela dada vuelta. A su vez, nosotros mismos, espectadores, estamos en el lugar del modelo supuestamente representado. La lectura más clásica señala que lo que está siendo pintado es la pareja real, reflejada también en el espejo ubicado en el fondo de la sala. Como es de imaginarse no han faltado otras conjeturas: ya sea que está pintando el mismo cuadro a través de un espejo colocado en el lugar del espectador o que por la utilización de una cámara oscura y linterna mágica -objetos con los que el pintor habría presumiblemente experimentado- se produce, en un intrincado juego de proyecciones y reflejos, la figura de los reyes con las que el artista sorprende a la infanta y sus acompañantes5. Sea como

sea, persiste el enigma que encarna muy bien la función del deseo del analista. Si Velázquez está dentro del cuadro no es por la mera inclusión de su autorretrato, después de todo muchos otros pintores se incluyeron como personajes en sus obras. Lo inédito es que está incluido en el acto mismo de pintarlo y que ese acto nos concierne en tanto introduce también una opacidad: la incógnita sobre qué somos -en tanto espectadores- allí dentro. Lacan siempre buscó formalizar la inclusión del analista en la clínica. Siguió con esto a Freud y se alejó de los postfreudianos. Freud descubrió la transferencia como una incógnita que no entraba en el cálculo, algo “nuevo y proteico”6. Así captó que

4. Ibid.

5. Ver la reconstrucción que realiza el arquitecto SÁSETA VELÁZQUEZ, A. en “Las Meninas. Magia catóptrica. La reconstrucción tridimensional del cuadro”. En Cuadernos de los amigos del Museo de Osasuna, N° 13, Osasuna, 2011, pp. 89-98 (dialnet.unirioja.es/descarga/articulo/3826738.pdf). 6. FREUD, S.: “Conferencias de introducción al psicoanálisis”. En Obras

Completas, Ed. Amorrortu, Buenos Aires, 1978, T. XVI, p. 404.

la neurosis misma sufría una torsión, una singular deformación que llamó neurosis de transferencia. Aquella en la que “uno se encuentra en su interior…en calidad de objeto, está situado en su centro”. Objeto éxtimo en torno al cual se organizan los síntomas y las historias que, en torno a ellos, se tejen y destejen en un análisis. “Centro” que es más bien punto de fuga, punto al infinito. En esa torsión que incluye al analista en el cuadro Lacan pensaba que está la posibilidad de fundar una clasificación distinta a la de la psiquiatría clásica. Distinción que tal vez valdría la pena concebir no como una simple negación de ésta sino, más bien, como una deformación de tipo topológica o anamórfica. Torsión esbozada por Freud, por ejemplo, cuando relee la demencia precoz y la paranoia de Kraepelin en función de su teoría de la libido en el historial de Schreber.

Por eso tampoco puede sorprendernos cuando, una década después, Lacan señale que “los psicoanalistas forman parte del concepto de inconsciente, puesto que constituyen aquello a lo que éste se dirige”7. Lo cual fue un modo novedoso de articular

el concepto de inconsciente con el de transferencia, tanto en su función de apertura como de cierre. Es decir, tanto como suposición de saber como objeto libidinal.

El libro de Nieves Soria Dafunchio indaga de un modo exhaustivo y riguroso las distintas formas en que el analista puede, en los avatares de la clínica, estar dentro del cuadro que pinta: gran Otro, Ideal del yo, objeto a, partenaire-síntoma o sinthome. Sigue el paso de las suposiciones y desuposiciones de saber, busca en cada caso los distintos anudamientos y desanudamientos transferenciales que se producen en la cura y su relación con el deseo del analista. También avanza -con originalidad- en las modalizaciones sexuadas que adopta la transferencia, en especial si se piensa la clínica desde el partenaire-síntoma. Cortes y

7. LACAN, J.: “Posición del inconsciente”. En Escritos 2, Siglo XXI, México, 1984, p.813

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siguen. El lector encontrará en ellas “una puerta” que lo lleva a explorar los nudos de la clínica psicoanalítica. Una que lo invita también a encontrar, entre los hilos de la práctica, su lugar en el cuadro.

Claudio Godoy empalmes, nudos del análisis, que si el analista no logra situar

con cierta fineza lo dejarán enredado en sus cuerdas.

Por supuesto, todo esto no podría lograrse si la propia autora no estuviera también decididamente dentro del cuadro que pinta. Es lo que el lector comprobará desde las primeras páginas -en donde no casualmente se comenta la referencia de Lacan al pintor sevillano- hasta el final. Si he escrito estas líneas en torno a dicha referencia es porque -según mi lectura- dice muy bien el espíritu que anima y atraviesa a Nudos del análisis. Es también algo sobre lo que podemos dar fe los que conocemos el trabajo de Nieves: la autenticidad en la trasmisión de su experiencia psicoanalítica. Bernardino Horne -con la sabiduría que le es propia- lo llamó poéticamente “sabor de real”. Considero que su acierto radica en que dijo “real” y no “verdad”. Esta última siempre fue definida por Lacan por su estructura de ficción y devaluada, en sus últimos años, en provecho de un real que desafía a sus redes. En la enseñanza del psicoanálisis no podemos evitar construir nuestras ficciones y semblantes. Son los modos en que el enseñante ordena sus referencias, la forma en que las selecciona o las lee, los puntos de capitón que localiza en los textos, las elucubraciones de saber y formalizaciones que los prolongan o la manera propia de ponerlos en relación con la clínica. La clínica misma es, en parte, una construcción. El caso es lo que “cae” de la lectura que el analista hace de los dichos del analizante, lleva la huella imborrable de su recorte y montaje. Pero nada de esas construcciones valdrían si no trasmiten, más allá de sus enunciados, en su enunciación misma, el modo en que un analista se confronta con lo real de la clínica. Allí radica su “sabor de real”, ese borde no-todo en donde se trasmite algo de lo real de la experiencia, es allí en donde el artificio se revela como arte: savoir faire con ese borde mismo. Sólo cuando esto está presente en un libro se añade “algo impalpable” que nos atrapa, que hace que el adentro y el afuera se comuniquen en una torsión moebiana. Se lo podrá comprobar en las páginas que

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1. Introducción a los nudos del análisis

I. Un particular anudamiento

Bienvenidos. Éste es el cuarto de una serie de seminarios que comenzó con los nudos en las psicosis, continuó con los nudos en las neurosis, y los nudos del amor, hasta llegar este año a los nudos del análisis.

Ya el año pasado habíamos empezado a trabajar con una idea del nudo más compleja que el nudo como una estructura subjetiva. Cuando abordamos los nudos del amor entramos en la lógica del anudamiento entre los sexos; hicimos algunos nudos que intenta-ban dar cuenta justamente de distintos lazos posibles entre los se-xos, entonces nos dedicamos al nudo entre seres hablantes, es decir, cómo dos (un hombre y una mujer) se anudan.

Este año avanzaremos sobre otro nudo, muy particular, entre seres hablantes: el nudo del analizante con el analista, o del paciente con el analista, ya que no es para nada el mismo lugar el que tiene el analista cuando un sujeto se ubica en una posición analizante que cuando lo hace desde una posición de paciente; el analista va a ser un objeto distinto, un Otro distinto en un caso y en otro.

Mi punto de partida es un planteo que hace Lacan en El semi-nario 15, El acto psicoanalítico, en una de las últimas clases que es la clase del 27 de marzo del 1968, y que quisiera que inspire nuestra búsqueda de este año. Allí se dirige al analista: “…una vez que entre en el análisis que busque en el caso, en la historia del sujeto, de la misma forma que Velázquez está en el cuadro de Las Meninas, que

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desanudado, que tenga que construir su nudo, el ser hablante no llega al mundo con el nudo hecho. En cambio el animal llega al mundo con su nudo hecho y es un nudo muy sencillo, les propon-go hacerlo así:

Es un nudo entre imaginario y real, que son los dos registros en los que se mueven, existen, viven y mueren los animales, anudados por el instinto, que funciona como un saber que está inscripto en lo real del cuerpo y que le dice qué hacer con el cuerpo del otro a partir del encuentro con su imagen. Es algo que desarrolla Lacan en todos sus primeros seminarios, hasta qué punto el comportamiento animal está regido, desencadenado por imágenes y su contrapunto con lo que ocurre en el ser hablante.

Si un animal se encuentra con la imagen de otro animal (ya sea visual, olfativa, auditiva, etc.), según qué imagen sea, va a saber si tiene que atacarlo, si tiene que defenderse, si tiene que copular con él. Lo va a saber enseguida, directamente, sin mediación, justamen-te porque posee el instinto, un saber inscripto en lo real del cuerpo, pero que obedece o funciona en base a imágenes. El animal llega al mundo con el nudo armado, el ser hablante no. Todo lo que desa-rrolla Lacan en el estadio del espejo justamente tiene que ver con que en el ser hablante lo real y lo imaginario no vienen anudados. busque adónde estaba él, el analista, en tal momento y tal punto de

la historia del sujeto. En ese drama lamentable él sabrá lo que pasa con la transferencia: a saber, que como todos saben, el pivote de la transferencia no pasa forzosamente por su persona, hay alguien que ya está allí. Eso le daría otra manera de abordar la diversidad de los casos, y a partir de ese momento quizás se llegará a encontrar una nueva clasificación clínica diferente de aquella de la psiquiatría clásica, que no ha sido tocada ni enhebrada nunca por una buena razón: que hasta el momento sobre ese tema nadie pudo hacer otra cosa que seguirla” (1).

La indicación es entonces que el analista se ubique adentro, no afuera del cuadro. La diferencia entre hacer psicoanálisis y psiquia-tría es justamente que el analista debe buscarse en el cuadro clínico, en la historia del sujeto. Hay entonces un lugar, que es el lugar que ocupa el analista, que antes han ocupado otros en la vida del sujeto, y hay que encontrar cuál es ese otro que está en juego en ese lazo analítico.

Incluso es posible verificar en los casos llamados de reanálisis, hasta qué punto se pueden hacer lazos muy distintos con un analista y con otro analista, de modo que un analista para un mismo sujeto en determinado momento puede encarnar cierto lugar de su histo-ria, y en otro momento del análisis con otro analista puede tratarse de un lazo absolutamente diferente.

El analista formando parte del cuadro clínico es una visión más bien pictórica. La apuesta este año es intentar transformarla en una topología, transformar el cuadro en un nudo.

II. El nudo en el espejo

Comenzaremos considerando cómo es concebido ese lugar del Otro en distintos momentos de la enseñanza de Lacan, tomando como punto de partida el hecho de que el ser hablante es un animal social. Pero la pérdida del instinto hace que el ser hablante nazca

R I

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él vive de un modo caótico pasa a quedar recubierto por esa imagen unificada.

En la complejización del estadio el espejo que implican los es-quemas ópticos Lacan va a situar el orden simbólico en el espejo plano. Ésta es la primera versión de Otro, aquí el espejo plano, que posibilita el entrelazamiento entre imaginario y real.

Para que esta operación se pueda producir, tiene que estar ope-rando el espejo como un espacio simbólico que posibilita esta iden-tificación. En el caso de los niños autistas tenemos el contraejemplo, no basta con que exista el objeto espejo para que se produzca el esta-dio del espejo. La imagen puede estar ahí y el niño no identificarse con ella, porque justamente el espejo no está funcionando como el orden simbólico. En esos casos no se opera el anudamiento entre imaginario y real. Que se pueda producir esta identificación implica que esté operando el registro simbólico como un orden garantizado, legitimizado por la función del ideal del yo, como indica Lacan en “Observación sobre el informe de Daniel Lagache”: “Nuestro modelo muestra que es tomando como punto de referencia I como enfocará el espejo A para obtener entre otros efectos tal espejismo del Yo Ideal”. (3)

Freud plantea que el ser hablante primero es puro autoerotismo, no hay ninguna unidad comparable al yo. Cuando el ser hablan-te llega al mundo es un caos pulsional, tiene una experiencia de su cuerpo como algo absolutamente fragmentado, llega como un cuerpo real. El orden simbólico está desde antes, están el nombre y la coyuntura de su venida al mundo, pero hay algo a construir. Es lo que plantea Freud con la introducción del narcisismo como un nuevo acto psíquico que se constituye por la proyección de una superficie corporal.

No hay ninguna unidad comparable al yo desde el inicio, no hay una imagen unificada para el ser hablante en el inicio, ya que se encuentra en esa condición, señalada por Lacan en “El estadio del espejo como formador del yo en la experiencia psicoanalítica” (2) de desmielinización del sistema nervioso, esa prematuración del cachorro humano que hace que dependa del Otro durante tantos años, como ningún animal.

La consecuencia es que el ser hablante constituye su nudo con el Otro.

¿Cómo se anudan los registros imaginario y real en el ser ha-blante? Se anudan por el espejo. Lacan plantea que el niño, que vive su cuerpo como un caos pulsional, que siente que no lo domina en absoluto, que no experimenta su cuerpo como una unidad, sin embargo tiene una anticipación de la unidad cuando reconoce su imagen en el espejo. Allí se produce esa identificación imaginaria que constituye el yo, y esa operación implica un primer anudamien-to entre imaginario y real. A partir de ese momenanudamien-to ese cuerpo que

R I S

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En este matema i(a), “i” corresponde al registro imaginario, mientras que “a” corresponde al registro real. La dimensión más real, más pulsional del cuerpo, representada en el esquema óptico por las flores, queda entrelazada y envuelta por lo imaginario, velada podríamos decir también, por eso Lacan pone el “a” entre parénte-sis. Con ello quiere decir que la imagen cumple una función de velo sobre el objeto pulsional, sobre el objeto real.

En este esquema encontramos estos cuatro elementos funda-mentales: las flores como lo real, el florero como lo imaginario y la posición del sujeto y el espejo como la duplicidad del orden simbó-lico. La posición del sujeto y el lugar del Otro son las dos vertientes de lo simbólico. Real e imaginario se anudan por mediación de un registro, el simbólico, que se divide en dos.

Aquí corresponde una digresión. Tengamos en cuenta que en la enseñanza de Lacan los registros imaginario y real suelen presentarse unificados, mientras que el registro simbólico siempre termina divi-diéndose o duplicándose:

1) el sujeto y el Otro 2) NP y Φ

3) S1 y S2

4) símbolo y síntoma, que confluirá en simbólico/sinthome Esa duplicidad de lo simbólico da cuenta de que no existe un anudamiento perfecto de los tres registros, el nudo borromeo de tres no existe. Por eso en la lógica lacaniana siempre encontramos un elemento que si bien es simbólico, a su vez plantea cierta exte-rioridad respecto del orden simbólico. La estructura lacaniana es siempre, en sus diferentes versiones, cuaternaria.

De allí que podamos, volviendo a nuestro planteo inicial, hacer el nudo que posibilita que imaginario y real se entrelacen en el ser hablante, del siguiente modo, que encontramos en el seminario 23 (4):

Por otra parte, Lacan señala que para que esta operación de en-trelazamiento entre imaginario y real se produzca, además el ojo (que figura al sujeto) tiene que estar en determinada posición, de lo contrario tampoco se produce. Para que las flores queden dentro del florero hacen falta dos condiciones, ambas ligadas al registro simbó-lico, a la duplicidad del sujeto y el Otro: en primer lugar el ojo tiene que estar en determinada posición, y por otro lado el espejo plano tiene que estar a 90º. En efecto, si está un poquito inclinado no se produce la conjunción entre el florero y las flores, lo que lleva a dis-torsiones de la imagen especular, tan frecuentes, por ejemplo, en la clínica de anorexias y bulimias. Que esté a 90º quiere decir que ahí está operando el Ideal del yo como garante del orden Simbólico. Y por otra parte el sujeto tiene que estar posicionado en determinado lugar, alineado con el Ideal del Yo; de lo contrario, por más que el espejo esté a 90º, no se opera el anudamiento entre imaginario y real.

En el esquema óptico completo Lacan señala que las flores re-presentan lo real del cuerpo, las pulsiones; algo que en principio se presenta como un interior, algo que va dentro: a. Mientras que el florero representa lo imaginario, la imagen que envuelve lo real: i.

SI S Espejo y x x¹ a i(a) i¹(a) y¹ A C

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para maniobrar con el autismo, para hacer entrar al Otro, o sea para hacerlo entrar en transferencia.

Es muy interesante todo lo que podemos aprender de los analis-tas de niños que trabajan con autismo, que muchas veces nos cuen-tan de las maniobras que realizan justamente para poder convocar al sujeto, para poder causarlo a dirigirse al Otro. Es frecuente la referencia a maniobras en relación con la mirada.

Este sería el caso cero, cuando no está la mirada del Otro: 0) I(A)0

Sabemos que en el entrelazamiento entre imaginario y real siem-pre algo desacomodado queda, ya que siemsiem-pre hay falla en la cons-trucción del nudo neurótico. No es lo mismo que el espejo tenga una inclinación de 89º a que la inclinación sea de 20º, hay también muchas variaciones en las deformaciones posibles de la imagen es-pecular. Hay muchos matices en las dificultades en el anudamiento entre imaginario y real.

Quisiera deslindar por lo menos tres: el caso más feliz, que nun-ca es del todo feliz, porque siempre es fallido -y porque además el neurótico siempre se las arregla para acordarse de la única vez que no lo miraron, o que miraron más al hermanito:

1) I(A) i(a)

Estamos hablando de esos casos en los que las cosas funcionan más o menos bien, donde se constituye el yo ideal a partir del Ideal del yo y el sujeto puede verse como amable en el espejo y hasta sen-tir una satisfacción en esa experiencia -el “jubiloso ajetreo” al que se refiere Lacan (5)-, puede armar su narcisismo, puede amarse a sí mismo, mirarse al espejo y decirse “qué lindo que soy”.

Luego me parece que hay al menos dos alternativas más:

Una sería que esa instancia ideal se constituya como una mirada demasiado exigente, demasiado idealizante, transformándose

Este es un nudo borromeo en el que lo simbólico dividido en dos está anudando lo imaginario con lo real. Vemos así cómo en el nudo subjetivo ya está incluido el Otro.

Volviendo al estadio del espejo, cuando Lacan lo describe en su seminario, introduce al Otro bajo la forma de la mirada que le con-firma al niño que esa imagen que ve le corresponde, que ése es él. Es la vuelta lacaniana sobre el juicio de existencia freudiano, en el que se trata de la referencia a un orden de algún modo exterior al sujeto, al que éste pueda referirse y en el que puede sostenerse. El niño solo no puede hacer la operación, esa operación no es sin el Otro, sin la mirada del Otro, en la que ubicamos la función del Ideal del Yo, desde la cual el niño se mira.

Es importante ir ubicando el lugar del Otro en el nudo, ya que nos va a dar la pista de adónde va a quedar, a su vez, ubicado el analista.

III. Clínica del espejo

Volvamos a lo determinante que es la función de la mirada del Otro, del Ideal del Yo, para que el anudamiento se produzca. En este punto encontramos varias posibilidades, la del autismo por ejem-plo, quizás la menos feliz, cuando el niño no encuentra en el Otro una mirada desde donde poder mirarse y reconocerse en el espejo. No puede realizar esta operación de anudamiento, por eso en el autismo hay un rechazo del Otro, y por eso la dificultad también

S ∑ R I

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entre imaginario y real, pero ese anudamiento no se da por la vía del yo ideal, y el extremo de estos casos es la melancolía:

I(A) ≡ syó a

El melancólico se unifica, adquiere una identificación, pero -como ya señalaba Freud en “Duelo y melancolía” (6)-, se identifica con el objeto, con el resto: “soy lo peor del mundo”.

IV. El analista como Otro

Voy a hablarles de una chica de quince años anoréxica a la que llamaré Morticia, ya que el primer nombre que le pone la madre tiene efectivamente esa connotación mortífera, mientras que su se-gundo nombre, también puesto por la madre, era el nombre de una hermana de ésta que había muerto. De modo que los nombres que hace portar a su hija llevan todo ese peso, tienen un lazo directo con la muerte. Por parte del Otro materno hay en el acto de nominación un interés en que esa propia experiencia con la muerte pase a su hija. Su padre no creyó necesario intervenir en esa nominación, y de chica solía insultarla, tratándola de “vaca”, “gorda”, “fea”. De niña se atiborraba de comida, en la adolescencia adelgaza excesivamente y entra en una anorexia. Cuando la recibí estaba muy delgada, con cierto riesgo clínico, con amenorrea y demás, pero -como suele ocu-rrir en estos casos- se veía gorda; ahí podemos ubicar justamente un efecto de deformación en el espejo. Ustedes habrán visto quizás en algún parque de diversiones esos espejos deformantes en los que una se mira y se ve gorda o flaca.

¿Qué ocurre cuando la mirada del Otro no encarna esa función de legitimización del orden simbólico, cuando -por ejemplo- un padre insulta a su hija, justamente en cuanto a su aspecto físico? Ahí se produce un efecto deformante del espejo, entonces ella se reconoce en el espejo, pero se ve gorda, a pesar de estar peligrosa-damentalmente en una instancia crítica para el sujeto, es cuando no

hay ninguna diferencia entre el Ideal del Yo y el superyó: 2) I(A)≡ syó

No se trata necesariamente de una mirada que lo está aniquilan-do al sujeto, sino de una mirada que cuananiquilan-do lo mira le hace saber todo lo que espera de él. No necesariamente es un enunciado, sino que es algo que puede trasmitir esa mirada, que puede trasmitir una exigencia. Estamos hablando de una mirada idealizante, una mirada exigente, que cuando mira al sujeto mira en él todos sus propios anhelos. Cuando ese sujeto se mira en el espejo, se va a mirar con cierto temor, a ver si está respondiendo a las expectativas que hay sobre él. Entonces no es esa experiencia jubilosa y lúdica del reco-nocimiento y la satisfacción, esa especie de enamoramiento de sí mismo que consigue el niño que se constituye como yo ideal, sino más bien es alguien que está todo el tiempo escrutando a ver si no hay alguna falla, a ver si hay algo que está andando mal.

Hay un matiz allí: está la mirada del Otro, está el Ideal del yo, pero está fundamentalmente esa connotación, esa exigencia, que va a dar una modalidad distinta al lazo de ese sujeto con su propia imagen y con el Otro.

Luego está la mirada del Otro que aniquila, que injuria, que desautoriza. No se trata de que el sujeto no sea mirado: es el niño que se da vuelta preguntando: “¿ése soy yo?” y encuentra la respues-ta: “sí, ese tonto, feo, inútil, etc., sos vos”. Recuerdo a una paciente cuya madre, desde que tiene uso de razón, cada vez que se dirigía a ella le decía: “¡qué lastima que a vos no te salió el pelo rubio como a fulanita de tal!”, “¡qué lástima que vos tenés la nariz un poco torci-da!”, siempre estaba señalándole la falta.

Hay casos más dolorosos todavía, en los que directamente el su-jeto es injuriado, es insultado. En todos estos casos cuando el susu-jeto se mira en el espejo tiende a deprimirse, es una experiencia de de-cepción. Hay reconocimiento, hay unificación, hay anudamiento

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pantalla que había en una vidriera a una chica. Me dice: “Era asque-rosamente flaca. Pensé “qué mal que está, en cualquier momento se muere". Me llamó la atención su ropa, me resultaba familiar, miré un poco más detenidamente y me di cuenta que era yo. Apenas me di cuenta que era yo, me empecé a ver gorda de nuevo”. Fue un momento muy importante, ya que inmediatamente asoció con que el padre le decía “gorda”, “vaca”, etc. Así verificó que ella se miraba con la mirada del padre. Tuvo por un instante la experiencia de ver-se desde otro lugar, con sus propios ojos, con esos ojos que estaba empezando a abrir en el análisis, ya que esto no pasó en cualquier momento. Pasó en un momento en que podía pasar, en el que se había abierto algún espacio, posibilitado por esa mirada amable que encarnaba la analista. A partir de ese momento, lenta pero decidida-mente, el capullo comienza a abrirse.

V. Clínica de la constitución del fantasma

Vamos a pasar ahora a otro momento de la enseñanza de Lacan, que es la construcción del fantasma en la constitución subjetiva. Se trata de un movimiento conceptual que se inicia en el Seminario 8 y culmina en el Seminario 16. Nos detendremos un momento en las dos operaciones lógicas de alienación y separación que Lacan formaliza en el Seminario 11:

El sujeto mítico, por venir, tiene que engancharse en el Otro para poder constituirse (A); se trata de la operación de alienación, que justamente es rechazada en el autismo. Una vez que el sujeto se aliena, acepta pasar por los significantes del Otro, consiente a la determinación del orden simbólico, pueden pasar diferentes cosas. mente flaca.

No voy a detenerme en el caso, sólo voy a comentar algo de mi posición en la transferencia, siguiendo algunos movimientos que se produjeron. La posición que asumí frente a este panorama –en el que por el lado de la madre estaba nombrada para la muerte, y por el lado del padre estaba nombrada en el lugar del objeto inmundo- fue ofrecerle el espacio de una mirada amable, mostrando interés por las cosas que ella me contaba, por todo aquello que diera cuenta de alguna posibilidad para ella de hacerse desear, querer o llamar la atención del Otro.

Ella había empezado a hacer lazo con la anorexia -como suele pasar muchas veces- entonces se metía en internet en las páginas pro anorexia, chateando, siendo aconsejada acerca de cómo engañar a los padres y a los nutricionistas, etc., y de pronto me cuenta que no se qué chiste le hizo a una, a lo que ésta respondió: “vos tenés que ser la líder del grupo”. Le pregunto por el chiste, me río con ella.

Se va produciendo cierto movimiento por el que ella se empieza a despegar de las páginas pro anorexia y todo ese ambiente obsesivo, para terminar armando un blog en el que se inventa un nuevo nom-bre. El nombre con el que se nombra en ese blog es muy interesante, sería algo así como Capullo. De modo que ahora se trata de un nuevo nacimiento, hay una potencialidad a desplegar, se trata del estadio inicial de algo que tiene que desplegarse, que tiene que ma-durar, que tiene que florecer. En ese blog empieza a escribir, a pintar, a dibujar, desplegando con bastante talento cuestiones relacionadas con la imagen, con el dibujo, con la fotografía, estableciendo nue-vos lazos por ese lado. Comienza entonces un tiempo de vaivenes entre momentos en los cuales ella podía desplegar estas cuestiones y otros en los cuales entraba en un estado más bien melancólico y de inhibición. Yo estaba preocupada por su delgadez, ya que persistía el riesgo clínico y ella continuaba viéndose gorda, por lo que decidí transmitirle mi preocupación.

A la sesión siguiente me cuenta que tuvo la siguiente experien-cia: había ido a comprar ropa con una amiga, y de pronto ve en una

(A) S A

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no encontrar el sujeto un lugar en el Otro se experimenta como no amado, no deseado, por ende un resto y puede identificarse con ese objeto desechado por el Otro.

Otra posibilidad es que, lejos de melancolizarse, comience a pro-vocar al Otro, es decir, entra en acting. Por ejemplo, empieza a hacer una anorexia y cuando ya está realmente grave los padres se preocu-pan, tienen miedo de que se muera, van a la nutricionista, entran en pánico, entonces les hace presente que puede desaparecer de verdad, que se puede morir. En el Seminario 11 Lacan plantea a la anorexia como una detención en el fantasma de la propia desaparición (7), el sujeto queda detenido en ese momento de la constitución subjetiva sin encontrar la salida. Están los sujetos que toman pastillas, o que hacen intentos de suicidio través de los cuales convocan esa mirada que no encuentran por otra vía. Es una posición muy frecuente en los casos de adicciones, tanto a drogas como a la comida, también en casos de obesidad. Otra modalidad frecuente en la infancia es la repetición de enfermedades o accidentes (D).

A veces esta posición toma la vía de provocación más claramente desafiante o agresiva, donde la posición del sujeto es: “¿así que no me querés?, entonces te voy a sacar todo, te voy a destruir”. El niño que roba, pega, lastima, reacciona a la falta de amor potenciando el desamor en su propia posición. No se trata de una demanda de amor sino de una especie de venganza.

Luego está la tercera posibilidad, cuando el niño no se puede esconder porque la madre lo está mirando todo el tiempo: “cuidado, no toques esto, no vayas para allá, ni se te ocurra meterte adentro del placard”, ya no tiene gracia esconderse. Aquí se trata de un exce-so de mirada, muy frecuente en los caexce-sos de anorexia. En este caexce-so el niño vive la experiencia de completar al Otro, no de hacerle falta. En el mejor de los casos el sujeto vive la experiencia de hacerle falta

al Otro, entonces encuentra un lugar en ese Otro (B).

Pero puede pasar que el sujeto se dirija al Otro, que busque un lugar en el Otro y que no lo encuentre, que el sujeto viva la expe-riencia de que no le hace falta al Otro. Esta posibilidad es indicada por Lacan cuando se refiere al fantasma de la propia desaparición (6). Allí señala que en la constitución del niño siempre hay un mo-mento en el cual fantasea con su propia muerte -generalmente el niño se imagina muerto y toda la familia llorando a su alrededor. Por ello esta fantasía conlleva una satisfacción, la de hacerle falta al Otro, que el Otro sufra su pérdida. Hay un juego infantil que ejemplifica muy bien ese momento lógico, que es cuando el niño pequeño juega a esconderse en la casa, y que lo tengan que buscar. En el caso feliz, el niño se esconde, al rato los padres notan su au-sencia y comienzan a buscarlo, preocupándose cada vez más, para satisfacción del pequeño que escucha que lo buscan. Cuando nota que ya están muy preocupados sale diciendo: “¡acá estoy!”. Enton-ces, encuentro feliz, abrazos. Ese niño hizo la experiencia de faltarle al Otro, y de ese modo se asegura que tiene un lugar en el Otro.

Hay otras dos posibilidades en ese juego. Un caso sería el del niño que se esconde y nadie lo busca. Pasan los minutos y nadie lo busca, pasan las horas y nadie lo busca, entonces tiene que salir de su escondite sin que nadie se entere de que estuvo escondido, ha-ciendo la experiencia de no hacerle falta al Otro. Es una experiencia muy común en casos de sujetos melancolizados -particularmente en casos de toxicomanías-, en los que suelen escucharse episodios de la vida del sujeto que tienen esa estructura, momentos en los que el sujeto se escapa, se fuga o desaparece y nadie lo registra(C).

Por eso, esta posibilidad puede llevar a la melancolización. Al

(C) S A

a

(D) S A

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No le puede faltar ni un instante.

Hacer falta implica la posibilidad de la castración, la posibilidad del deseo, cuya condición es que el niño no sea todo para la madre. En estos casos en los cuales la madre no le quita la mirada de enci-ma, donde el niño la completa, la colenci-ma, la llena, podemos encon-trar al niño como falo o como objeto del fantasma materno. Son dos posibilidades diferentes, pero que tendrían ese punto en común. Si la completa como falo se trata de un falo imaginario, no atravesado por la función de la castración (E).

Podríamos escribirlo así:

En los casos en que el niño queda ubicado como falo o como objeto que completa a la madre, tenemos dos grandes posibilidades: la fobia o la perversión. En la fobia el sujeto está angustiado ante la presencia del deseo de la madre, es una angustia de separación que no termina de encontrar la salida. En el caso de la perversión, por el contrario, lejos de angustiarse, el niño encuentra una satisfacción en completar a la madre, arma su fantasma con el fantasma de la madre.

Ahora volvamos a los casos más felices, en los que el sujeto se dirige al Otro, encuentra que le hace falta al Otro, encuentra un lugar en el Otro, y eso le permite irse de ahí, pero irse con un objeto; puede pasar de la alienación a la separación. Encuentra un lugar en el Otro, extrae un objeto del Otro, y con eso arma su fantasma (F):

V. Lógica del fantasma

El rombo del fantasma son las dos operaciones lógicas de aliena-ción y separaaliena-ción, que se corresponden con la flecha de ida y la de vuelta respectivamente:

Se establece una relación sutil, topológica entre sujeto y objeto. No se trata de una identificación con el mismo, ya que ese obje-to que extrae del Otro es, paradójicamente un objeobje-to perdido de su propio cuerpo. Se trata de un objeto que no está ni adentro ni afuera, que no es ni del sujeto ni del Otro, es éxtimo. Ese objeto va a estar agalmatizado, va a tener un valor libidinal para él, y es su extracción la que le va a posibilitar entonces armar el campo de la realidad, por eso Lacan indica que la realidad es fantasmática.

De modo que la fórmula del fantasma implica el anudamiento de los tres registros, ya que el sujeto pertenece al registro simbólico, mientras que el objeto es real, y por otra parte está el brillo ima-ginario que cae sobre el objeto, velándolo, por la incidencia de la función de la castración:

Como plantea Lacan en “Subversión del sujeto…” (8), en el fantasma siempre está el menos phi en algún lado. Si cae sobre el ob-jeto, le va a dar brillo fálico al obob-jeto, transformándolo en ágalma, y si pasa al otro lado va a darle brillo fálico al sujeto. De modo que el fantasma es un aparato de anudamiento entre los tres registros que sigue esta lógica precisa.

En este aparato el lugar del Otro, de la alteridad, es ocupado por el objeto, que encarna algo que soy pero con lo que no me puedo

(E) S ϕA (F) S S ◊ a A (-ϕ) S a S a ◊ (-ϕ)

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nada lo que está haciendo. Pero hay un apego, es decir que el analis-ta se ha transformado en un objeto libidinal y se traanalis-ta de averiguar cuál es ese objeto, y en qué fantasma está enmarcado.

VI. El analista como objeto

Quisiera hablarles ahora de un sujeto que se encuentra en cierta dificultad en el armado del fantasma, se trata de alguien que de muy pequeño sufre la muerte de su madre, que es significada por él como un abandono ante la falta de una palabra mediadora al respecto de parte del padre. Esta dimensión traumática significada como abandono en su mito individual se repite una y otra vez, con diferentes mujeres que aparecen y desaparecen tan inesperadamente como habían llegado a su vida sin mediar palabra alguna del padre.

Este sujeto tiene una posición homosexual que está fundamen-talmente armada alrededor del único lazo con una mujer que siem-pre estuvo allí, que es su abuela, quien tenía la modalidad de no sa-carle el ojo de encima, quedando en posición de colmar su deseo. El análisis comienza cuando él logra hablar de ciertas prácticas sexuales de tinte masoquista en las que pone de alguna manera en riesgo su vida, y que se consolidan alrededor de un fantasma de paliza que tiene como agente al padre. De ese modo él consigue extraer algún goce del lazo con un padre autoritario, rígido y silencioso.

Pero otro lado insiste en un anhelo de amor que se revela una y otra vez imposible: quiere vivir un amor pero no lo consigue. En esta vía despliega una modalidad oral que toma la forma de una satisfacción en la que se refugiaba en su infancia frente a la mirada de la abuela, atiborrándose de dulces. En sus intentos de establecer lazos amorosos entra en una posición de demanda absoluta, de de-manda loca al otro, sin dejarle un espacio libre, sin falta. De modo que las parejas que arma, sobre el modelo de la identificación con su abuela, rápidamente se desarman a causa de esta modalidad ansiosa, oral.

identificar. El fantasma opera un anudamiento moebiano entre el sujeto y el Otro, entonces el sujeto está formado por el Otro, el Otro está en él y a la vez está afuera. El sujeto es una banda moebia-na, entonces el sujeto es también el Otro, o eso que le queda de su pasaje por el Otro, que es el objeto a.

Ese objeto a es cedido al Otro en el primer tiempo de alienación, es extraído del cuerpo como efecto de la incidencia del significante sobre el cuerpo, en este primer tiempo hay un vaciamiento de goce del cuerpo por efecto del lenguaje. En el segundo tiempo, de se-paración, ese objeto es extraído del Otro bajo la forma del plus de gozar, encarnando lo que le queda de goce al ser hablante afectado por el lenguaje, implica un retorno localizado del goce en los bordes del cuerpo, alrededor del agujero, donde la pulsión se satisface en el recorrido por ese circuito. El fantasma fundamental del sujeto se constituye entonces alrededor del objeto de la pulsión, que es un objeto particular que se puso en juego en el lazo pulsional libidinal con algún Otro fundamental, con Otro cuerpo. Ese objeto es a la vez lo más propio y una suerte de pedazo del Otro con el que se arma el sujeto.

En nuestra clínica constatamos que hay pasos intermedios, en los cuales se puede recortar un objeto en el lazo con el Otro, sin que llegue a operarse el anudamiento moebiano entre sujeto y objeto.

Cuando en el Seminario 11 Lacan hace referencia a la transfe-rencia como la puesta en acto de la realidad sexual del inconsciente (9), está diciendo también que la transferencia es la puesta en acto del fantasma y que el analista encarna el objeto del fantasma del analizante. En esta dimensión el analista encarna al Otro, pero ya no en esa dimensión ideal de la mirada del Otro -que también está y forma parte de la dimensión imaginario-simbólica de la transferen-cia- sino en la dimensión simbólico-real del objeto pulsional, que no se encuentra en estado puro, sino enmarcado en un fantasma. El analista es entonces un objeto libidinal, de allí el apego transferen-cial, ese apego que hace que el paciente vuelva, y vuelva, a veces sin saber por qué o para qué, o vuelve a quejarse de que no le sirve para

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Esto mismo comienza a ponerse en juego en la transferencia. Cuando llega parece que me quiere comer, se abalanza sobre mí para saludarme, para preguntarme cómo estoy. Me pregunta mu-chas cosas, me pide que le conteste, me dice por ejemplo: “quiero exprimirte”, poniendo constantemente a prueba mi interés por él. Con estas pocas pinceladas quería esbozar ese cuadro en el que yo me encuentro como uno de esos objetos orales en los que él buscó refugio a lo largo de su vida.

Quedo ubicada en ese lugar, lo acepto, y desde allí intento todo el tiempo introducir una falta, introducir un espacio vacío, lo cual ha tenido toda una serie de consecuencias tanto en su vida laboral como afectiva.

Clase del 28 de abril de 2010

Bibliografía

1) Lacan, J. Seminario El acto psicoanalítico. Inédito, clase del 27 de marzo de 1968.

2) Lacan, J. “El estadio del espejo como formador del yo en la experien-cia psicoanalítica”, en Escritos 1. Siglo veintiuno. Buenos Aires, 1985. 3) Lacan, J. “Observaciones sobre el informe de Daniel Lagache”, en

Escritos 2. Siglo veintiuno. Buenos Aires, 1985. Pág. 659.

4) Lacan, J. El seminario. Libro 23. El sinthome. Paidós. Buenos Aires, 2006. Pág. 22.

5) Lacan, J. Ibid 2. Pág. 87.

6) Freud, S. “Duelo y melancolía”. En Obras Completas. Amorrortu. Buenos Aires, 1985. Tomo XIV. Pág. 246.

7) Lacan, J. El seminario. Libro 11. Los cuatro conceptos fundamentales. Paidós. Buenos Aires, 1986. Pág. 222.

8) Lacan, J. “Subversión del sujeto… en Escritos 2. Buenos Aires, siglo veintiuno, 1985. Pág. 806.

9) Lacan, J. Ibid 7. Pág. 152.

2. Nudo transferencial y fantasma

I. El Otro sexo

Habíamos partido de la indicación que da Lacan en el Seminario 15 de que el analista se busque en el cuadro clínico, que busque adónde estaba en la historia de su paciente, y con esa perspectiva habíamos comenzado un desarrollo por los distintos modos en que Lacan va ubicando el lugar del Otro en la estructura del sujeto. Entonces habíamos comenzado por el estadio del espejo, ubicando el lugar del gran Otro como el espejo mismo. Continuamos con la constitución del sujeto en el campo del Otro y la construcción del fantasma, una estructura que está suplementada por un objeto que el sujeto va a extraer de ese campo del Otro.

Hay un tercer gran momento en la enseñanza de Lacan, que es cuando él termina de extraer las consecuencias de la disimetría en-tre los sexos en el Edipo y desarrolla las fórmulas de la sexuación y posteriormente el nudo borromeo. Cuando Lacan establece las fór-mulas de la sexuación y distingue dos lados, el lado macho y el lado hembra, de alguna manera comienza a construir una nueva versión del Otro. Hasta ese momento el Otro era el Otro del significante, el Otro de lo simbólico, el Otro de la ley, que es justamente el Otro tal como se vehiculiza en la operatoria edípica, es decir la función pa-terna. Por eso Lacan ubica al Ideal del Yo regulando la posición del espejo plano en el esquema óptico, o plantea que el fantasma es una versión del padre, una père-versión. De modo que en estas primeras versiones del Otro que encontramos en la enseñanza de Lacan, se

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Pero sabemos que el objeto a es un objeto asexuado, de modo que el fantasma es asexuado, es una versión asexuada del sexo. En ese sentido el objeto a, si bien tiene una relación con lo real, es un producto de la lógica simbólica, de la operación de constitución del sujeto en relación con el Otro del significante. Cuando Lacan comienza a desarrollar las fórmulas de la sexuación y a dar cuenta de una lógica propia de lo femenino, introduce el concepto de Otro cuerpo, el concepto de Otro sexo, y para dar cuenta de aquello que en la estructura subjetiva vendría a encarnar el lugar de ese Otro, ya no se va a referir ni al gran Otro, ni al espejo, ni al objeto a, se va a referir al síntoma.

El sintagma partenaire-síntoma propuesto por Miller es el resul-tado de una lectura de aquello que viene en el último Lacan a so-portar la alteridad en la estructura subjetiva, que va a ser la noción de síntoma, que es compleja, no es unívoca. Sabemos incluso que a veces lo escribe con h, etc. No es sencillo delimitar qué es el síntoma en la última enseñanza de Lacan, pero cuando decimos el analista como partenaire-síntoma ya estamos hablando entonces de que el analista en la estructura subjetiva está encarnando no solamente el Otro del significante sino también el Otro cuerpo, el Otro sexo. En-tonces la pregunta clínica que se plantea a partir de esta formulación del partenaire-síntoma es: ¿cuál es el partenaire sexuado con el cual está anudado el sujeto?

Si el goce para el ser hablante siempre es sintomático, siempre es fallido debido a la inexistencia de la relación sexual, ¿qué ma-nifestación del Otro cuerpo, del Otro sexo, es aquella con la cual determinado sujeto está haciendo su nudo? Responder esta pregun-ta es determinante en el análisis para situar el lugar del analispregun-ta en el nudo transferencial. Nunca es casual que un paciente elija a un analista hombre o a una analista mujer; seguramente que ya esa elección inicial, ligada al sexo del analista, tiene que ver justamente con cuál es el lugar del Otro cuerpo en el nudo, si está encarnado de modo masculino o femenino para un sujeto determinado. Y más allá de si se trata de un analista hombre o mujer, se trata también de trata finalmente de la función paterna. A partir de las fórmulas de la

sexuación Lacan comienza a desarrollar una lógica que daría cuenta del goce femenino en su distinción con el goce macho, con el goce fálico; en esa operación surge un nuevo tipo de alteridad. A ese nuevo tipo de alteridad, Lacan lo va a llamar Otro cuerpo u Otro sexo, y lo va a distinguir del Otro del significante, del Otro de la ley.

El Otro cuerpo o el Otro sexo van a estar en una relación más estrecha con lo real, mientras que la existencia del Otro del signi-ficante, el Otro de la ley, es puramente simbólica. El Otro cuerpo y el Otro sexo ya implican un anudamiento entre simbólico y real, y finalmente Lacan va a decir que el Otro sexo es el femenino. En-tonces de alguna manera podríamos ubicar cierto movimiento en la enseñanza de Lacan desde un primer tiempo en el cual el gran Otro está encarnado fundamentalmente por la función paterna, por el padre, hacia un segundo tiempo donde surge un nuevo tipo de alte-ridad, en relación con lo femenino. Podría decirse que el recorrido del gran Otro en Lacan va del padre a una mujer.

Si ustedes se quedan esta noche, justamente comienza un ciclo sobre el curso de Miller titulado El partenaire-síntoma, curso que el dictó en el año ‘98 y cuyas dos primeras clases comentaremos Mar-celo Barros y yo esta noche. Justamente en ese curso Miller extrae las consecuencias de la introducción por parte de Lacan de esta otra dimensión del Otro, que es el Otro sexo, el Otro cuerpo; y por eso tomo ese sintagma que propone Miller en ese curso, que es el de partenaire-síntoma. Cuando decimos partenaire-síntoma para refe-rirnos a la dimensión que tiene el Otro en la última enseñanza de Lacan, ya estamos yendo más allá de aquella dimensión puramente simbólica a la que hacíamos referencia la clase pasada. No solamente es más allá de la dimensión puramente simbólica, es también más allá también de la dimensión puramente objetal. El objeto a es un resto de la lógica macho, ya que se constituye por medio de las operaciones de alienación y separación del sujeto. El resto real de la división entre el sujeto y el Otro del significante es el objeto a, con él se arma el fantasma.

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de lo femenino; pero lo propiamente femenino se sitúa en este La tachado que se desdobla entre una relación con el goce fálico y una relación con el Otro goce, que va a estar ligado con una ausencia.

De modo que la problemática del partenaire-síntoma introduce en el cuadro clínico no solamente la lógica fálica -la lógica edípica, la lógica del fantasma-, sino que además introduce la relación que tiene el sujeto con lo femenino en tanto está más allá del orden fálico; por eso Lacan a partir del Seminario 22 va a empezar a decir que una mujer es síntoma para el hombre (2). Se trata allí de lo femenino en la medida en que impide el cierre absoluto del or-den fálico, existiendo entonces como síntoma. Allí Lacan define al síntoma como un punto de interrogación en la inexistencia de la relación sexual, es decir que ahí donde no hay un significante de la mujer, ahí donde no hay complementariedad entre los sexos, viene el síntoma como ex - sistencia a posibilitar algún tipo de lazo que va a estar caracterizado por la falla, por lo que no cierra, y allí es donde viene una mujer a encarnar esa alteridad radical, que es la alteridad del Otro cuerpo, del Otro sexo, que no es capturable por el orden simbólico. El hecho de que una mujer sea, en esta última enseñanza de Lacan, la versión más específica que propone del síntoma, indica justamente que él está introduciendo la dimensión del sexo -más allá de la dimensión del Otro del significante- en el síntoma mismo. De allí que al año siguiente, en el Seminario 23, proponga que el sinthome está soportado en el Otro sexo (3).

En esta última enseñanza de Lacan los tres registros están sueltos en el ser hablante, y viene un cuarto redondel a anudar. Ese cuarto que viene a anudar los tres que están sueltos es en primera instancia lo que Freud llama complejo de Edipo o realidad psíquica, es la fun-ción paterna. Lo interesante es que en esta última versión lacaniana del síntoma se produce un desplazamiento del padre a una mujer, que se puede localizar en estos últimos seminarios, fundamental-mente en la clase de RSI a la que estamos haciendo referencia, don-de justamente Lacan va a don-definir a la función paterna a partir don-de la posición del padre como hombre respecto de una mujer (2). Allí qué posición sexuada tiene ese Otro y con qué posición responde

el sujeto a esa posición sexuada del Otro. En el nudo del análisis se trata entonces fundamentalmente del analista como partenaire-síntoma para el sujeto.

El Otro cuerpo y el Otro sexo son nociones que surgen a partir de la construcción de las fórmulas de la sexuación en Lacan. No voy a desarrollar las fórmulas, ya lo hice en seminarios de años anterio-res, pueden leer esos desarrollos en los libros que están publicados, fundamentalmente Nudos del amor (1). Lacan lo que intenta captar con esas dos formulaciones lógicas distintas, la lógica macho y la ló-gica hembra, son dos modalidades de goce diferentes, simplemente voy a escribir las fórmulas.

En la parte superior del lado macho (lado izquierdo) encontra-mos la función de la excepción que posibilita la constitución del universal, en la parte inferior encontramos al sujeto y al falo, cons-tituidos por la lógica edípica. Del lado derecho está la lógica feme-nina: en la parte superior el punto de partida es la inexistencia de la excepción, que desemboca en el no-todo. De modo que una mujer, si bien pasa por la lógica edípica, es no-toda fálica, hay algo más en ella. En la parte inferior tenemos por un lado el objeto a, que si bien está del lado femenino, es el producto de la lógica del lado macho, por eso la flechita va del lado izquierdo al derecho, del lado macho al lado hembra. Entonces el objeto a vendría a ser una versión macho

S (A)

a

La

Φ x

∃ x

Φ

S

Φ x

x

Φ x

∃ x

Φ x

x

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que en la gran mayoría de los casos basta con el deseo de la madre, quien designa un proyecto para el hijo, para que esta nominación opere. Lacan indica que este tipo de nominación instala un orden de hierro y se pregunta si lo que está en juego allí no es la forclusión del Nombre del Padre.

En ese sentido podemos hablar de cierta tendencia al matriarca-do en la sociedad actual, y es de señalar que en referencia a este tipo de nominación Lacan indica que “lo social toma allí prevalencia de nudo” (5). Por eso es interesante la teoría de los nudos, ya que permite dar cuenta de cómo puede llegar a hacer lazo el ser hablante cuando no cuenta con el nombre del padre.

II. Clínica del partenaire-síntoma

Voy a hablarles del caso de un joven que llega en un estado de gran desvitalización, sumamente mortificado, viviendo en una es-pecie de nebulosa. El tiempo que no trabaja está en su casa junto a su abuela paterna, sumido en penosos pensamientos, caído en una suerte de angustia existencial que solamente logra calmar fuman-do marihuana. No siempre la marihuana tiene el efecto de calmar su angustia existencial, hay momentos en los cuales la potencia, y es en uno de esos momentos de potenciación de esa angustia que consulta. En la primer entrevista me habla del desierto afectivo que es su vida: su madre se suicidó cuando él tenía once años; su padre -violento, totalitario, tiránico- falleció cuando él tenía dieciocho, quedando él a cargo de esta abuela paterna enferma, cuidándola.

Enseguida me empieza a hablar de lo que va a constituir el leitmotiv de su análisis: el abismo que hay entre él y las mujeres, un abismo que le resulta insalvable. No consigue abordarlas, no encuentra las palabras, siente que no tiene nada para decir. Nun-ca tuvo una mujer, mucho menos una novia; su sexualidad se en-cuentra confinada a la masturbación. En el último tiempo previo a la consulta esta práctica había tomado visos exhibicionistas, lo Lacan definirá al padre que es digno de amor y de respeto como

aquél que hace de una mujer la causa de su deseo, cumpliendo ella entonces función de síntoma para él, de modo que en esta última versión que da Lacan de la función paterna ya está incluido lo fe-menino. Entonces el cuarto que anuda los tres sueltos en el nudo neurótico es este padre que vehiculiza un deseo por una mujer, que encarna lo que está fuera del padre como Otro cuerpo, como Otro sexo. De modo que el padre, que encarna al Otro de la ley, el Otro del significante, está a su vez sintomatizado por una mujer, es decir él a la vez está descompletado por el lazo con una mujer, que su-plementa la función paterna con el Otro cuerpo, que responde a la lógica del Otro sexo.

Intentaremos seguir esa lógica y esa topología para poder hacer distinciones en ese cuarto anillo. Ese cuarto anillo que anuda la es-tructura subjetiva encarna el lugar del Otro, con la particularidad de que es a la vez el Otro del significante pero también el Otro cuerpo en su apertura al Otro sexo. Ese cuarto anillo introduce la dimen-sión social en el nudo subjetivo. Esta perspectiva ya está esbozada en el Freud de “Psicología de las masas y análisis del yo”, quien plantea que el yo tiene la estructura de la masa (4). La función paterna, encarnada en el cuarto anillo, introduce la dimensión social porque introduce la ley, el para-todos, posibilita entrar en un conjunto, en un discurso. Pero también en aquellos casos en los cuales lo que anuda no es la función paterna, ese cuarto término que anuda tiene una dimensión social.

Por ejemplo, en el Seminario 21, Les non-dupes errent, que es homofónico entre “Los nombres del padre” y “Los no incautos ye-rran”, hay una clase que comenté en mi seminario sobre psicosis, en la cual Lacan hace referencia a la pérdida de la dimensión amo-rosa en la época, calificándola como una degeneración catastrófica. En ese punto señala que cada vez más se prefiere otro tipo de no-minación a la nono-minación paterna, al Nombre del Padre, y a ese otro tipo de nominación él lo llama nombrar-para, indicando que generalmente esta nominación está ligada al deseo de la madre, y

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Empieza a estudiar, a capacitarse, consigue ser valorado por su tra-bajo. Comienza a estudiar música, recurre a la escritura, sale de ese lugar pasivo en el que estaba al leer poesía y escuchar música -que si bien de alguna manera le permitían vivir algo de su subjetividad, lo dejaban confinado a la soledad más absoluta, ya que en algún sen-tido él se quedaba afuera. Digamos que empieza a pasar a la acción. El primer pasaje a la acción había sido ese acting de llamarme por teléfono diciéndome que me quería hacer el amor.

Después -por supuesto- le costó venir, faltó un par de veces, finalmente vino con mucho pudor diciéndome que había sido él quien me había llamado y que había sido muy importante para él poder decirle eso a una mujer. De a poco, con grandes dificultades y gran timidez comienza a entrar en acción con las mujeres. De modo que a partir de esta dimensión a la que la analista le presta cuerpo en la transferencia, es que él puede empezar a construirse una vida. ¿A qué lugar viene la analista en este caso? En el cuadro hay una mujer, esa madre que se había suicidado. Él estaba en buena medida iden-tificado con ella, y esa identificación lo estaba llevando a quedar, por un lado, en ese agujero absoluto de la angustia melancólica, y por otro lado a no poder abordar a las mujeres -ya que él mismo estaba de algún modo feminizado por esa identificación y termina-ba siendo abordado por hombres. De modo que él se terminó de enterar de que estaba feminizado cuando veía que los tipos le hacían propuestas.

Parece que lo que ocurre en la transferencia es el encuentro con una presencia femenina viva, encuentro que le permite empezar a armar un nuevo nudo. De alguna manera, y de a poco muy lenta-mente, la analista empieza a sustituir a esa mujer muerta que era la madre, pero armando un nudo distinto, ya que el nudo que lo tenía atado a la madre muerta lo dejaba confinado a la angustia, al goce autoerótico, y a una inhibición bastante generalizada en su vida, mientras que el encuentro con una presencia femenina viva le posibilita un movimiento donde él retoma su virilidad, en el sentido de que toma las riendas de su vida.

que también era causa de angustia, ya que últimamente sentía un empuje -que le resultaba muy angustiante a posteriori- a masturbarse en lugares públicos, por ejemplo el jardín de la casa del vecino, lu-gares en los que estaba siempre la posibilidad de la irrupción de una mirada. Trabajaba en una edificio que tenía ciertos pasillos no tan concurridos, pero en los cuales podía eventualmente llegar a pasar alguien; también allí se entregaba eventualmente a la masturbación. Otra causa de angustia era que últimamente había sido abordado en varias oportunidades por hombres que le hicieron propuestas sexua-les; hombres de los que él huye pero que le traen el penoso recuerdo de escenas de sometimiento sexual en su infancia por parte de pri-mos mayores. Una infancia desértica, de mucho desamparo, en la que quedó librado a su suerte, y así fue cómo en algunos momentos había caído en las manos de estos primos.

El silencio que reina en su vida sólo se apaga cuando escucha música o lee poesía, lo que lo deja sin embargo con un sentimien-to redoblado de soledad. Lo escucho con gran interés, le pregunsentimien-to por la música, por la poesía, le pido las poesías que lee, le paso yo algunas a él también. Su decir en los encuentros conmigo se vuelve poético, habla del enigma, del agujero que abrió el suicidio de su madre, Ese enigma queda ligado con un relato familiar según el cual ella habría sido violada por un tío y no había podido nunca superar ese trauma. Me habla de su amor por ella, de su desconsuelo al per-derla, y de la identificación con su dolor, de modo que cada vez se va desplegando más claramente en él una posición melancólica de identificación con esta madre que se había suicidado.

Una noche me llama exaltado, diciéndome “necesito decirte algo, te quiero hacer el amor” y corta el teléfono. Yo ni siquiera sabía quién era, después me enteré que era él. A partir de este mo-mento una puerta se abre. Por ella, de a poco, va a salir de la casa de su abuela, va a poder estudiar hasta conseguir un trabajo valorado, ya que una de las cuestiones que él traía en este primer tiempo, en el que estaba efectivamente en una posición melancolizada, eran sentimientos de ruina, que estaban también ligados con el trabajo.

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el suicidio de la hija de Breuer -producto de un embarazo que se produjo justamente en una segunda luna de miel precipitada que tiene Breuer con la mujer después de que Anna O. se le tira a los brazos- como resultado de una renuncia del deseo de Breuer en ese momento. Freud ya lo decía, el amor de transferencia no es un es-pejismo, es un amor genuino y tiene toda la dimensión dramática que puede eventualmente tener el amor en la vida de un sujeto. En este caso la dimensión dramática queda del lado de un analista que no puede hacer con eso.

Lacan, por su parte, planteaba que el amor se produce cada vez que surge el sujeto supuesto al saber: “A aquél a quien le supongo el saber, lo amo” (11). De modo que el amor es una estructura li-gada al saber, de allí la prevalencia de la transferencia en el análisis, donde se abre la dimensión del sujeto supuesto al saber, de la Otra escena que es el inconsciente, donde el analista viene a encarnar esa dimensión. Entonces la transferencia surge como negativa, como un obstáculo. ¿Qué hacemos ahora con esto? El sujeto, en vez de hablar de sus cosas empieza a hablar de su amor por la persona del médico -dice Freud, planteando que cuando se detienen las asociaciones seguramente es porque el paciente está pensando en el analista, por lo que indica interpretar ese fenómeno. De modo que el problema clínico es que el paciente se detiene en hablar del analista, y ya no quiere hablar más que del analista. En ese punto toma todo su relie-ve el propio análisis del analista y el saber hacer con eso.

En el caso que comenté recién la transferencia no continuó por la vía erótica, fue un momento muy puntual en el que este sujeto pudo asumir un deseo del que estaba absolutamente alejado o res-pecto del cual estaba dormido. Cuando la transferencia se erotiza es difícil continuar el análisis, y se vuelve central la posición del ana-lista respecto de eso que se despliega, y allí entra en juego el punto en que está el analista mismo respecto del amor, el deseo y el goce. Lacan pone de relieve que Freud, a diferencia de Breuer, no retroce-de frente al amor retroce-de transferencia, ya que consigue sublimarlo, por lo que consigue alojarlo. Podemos agregar que por eso lo hace con III. Nudos transferenciales

Hay algo que es fundamental de la transferencia: es que en sí misma implica una direccionalidad al Otro, es decir que la transfe-rencia pone en primer plano el lugar del Otro. Si tomamos como referencia los textos freudianos que les propuse trabajar hoy, “Di-námica de la transferencia” (6) y “La iniciación del tratamiento” (7), encontramos que Freud plantea que en el encuentro del paciente con el analista, lo que se pone en juego es eso que él llama los clisés, planteando que la modalidad del lazo que adquiere la transferen-cia está fundamentalmente determinada por la modalidad típica de lazo que ha establecido el sujeto durante su vida, lo que con Lacan podemos leer como la matriz fantasmática. Recordemos la defini-ción lacaniana de la transferencia en el Seminario 11, como la puesta en acto de la realidad sexual del inconsciente, es decir del fantasma (8). En Televisión Lacan define a la transferencia como un nuevo amor (9). De modo que, más allá de la repetición, hay algo nuevo, y lo nuevo ¿qué es?, es el analista. En el encuentro con el analista el sujeto no pisa sobre terreno conocido, la respuesta del analista no es la misma que la de aquel partenaire infantil del fantasma. En algún lugar Lacan señala que el analista es el único partenaire que realmen-te responde. Responde como Otro, como alrealmen-teridad, no allí donde el sujeto va a buscarlo. Responde por sí mismo, responde como Otro, no responde tomado por la lógica del fantasma del sujeto. Es decir que realiza un doble movimiento, se deja tomar por esa lógica, pero responde desde otro lugar.

La transferencia surge en la práctica freudiana como resistencia, surge como transferencia erótica. Los inicios del psicoanálisis están marcados por esa irrupción, que resultó bastante dramática. Según considera Lacan en su seminario La transferencia, los orígenes del psicoanálisis están marcados por la irrupción de la transferencia de Anna O. con Breuer, señalando que lo que le ocurrió a Breuer con esta paciente fue algo dramático. Breuer no soporta la transferen-cia de esta paciente, de alguna manera sale corriendo, y Lacan lee

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