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Antropología de Prácticas Digitales

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Academic year: 2021

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Ensamblajes de

esperanza

Un estudio antropológico

del bloguear apasionado

Adolfo Estalella

Tesis presentada para el título de doctor Programa interdisciplinar de Doctorado en Sociedad de la Información y el Conocimiento

Universitat Oberta de Catalunya

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Tesis digida por: Dra. Elisenda Ardévol y Dra. Agnés Vayreda, Estudis d'Arts i Humanitats (UOC).

Ensamblajes de esperanza. Un estudio antropológico del bloguear apasionado. Versión 1.1.

Esta tesis y sus posteriores versiones pueden ser descargadas desde la dirección: http://www.estalella.eu/ensamblajes-de-esperanza

Contacto: [email protected] # http://www.estalella.eu

Esta tesis ha sido posible gracias a una beca del Internet Interdisciplinary de la Universitat Oberta de Catalunya que disfruté entre septiembre de 2005 y agosto de 2009. Durante ese periodo recibí también la ayuda económica de una beca de movilidad de la Agència de Gestió d'Ajust Universitaris i de Recerca de la Generalitat de Catalunya y del COST298 group de la Comisión Europea.

Licencia

Esta tesis puede ser copiada, reproducida y modificada total o parcialmente por cualquier medio siempre que se mantenga la atribución al autor y se comparta en los mismos términos la obra derivada. Los términos de uso quedan establecidos por una Licencia Creative Commons de tipo Atribución-Compartir en los mismos términos, pueden consultarse en el sitio web:

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A mi padre, de él aprendí a mirar el mundo con una sana ironía

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Agradecimientos

Dar las gracias es retornar el don, la virtud. Si alguno tengo se lo debo a mi familia. Yo soy únicamente el efecto de sus afectos. Mi madre siempre dice que nunca se dan las gracias a la familia, que no es necesario, así que esto no es un agradecimiento. Gracias madre por los esfuerzos que durante toda tu vida has hecho por mí. Gracias a mi padre y gracias a mi hermano por haber depositado su amor y su confianza en mí.

Gracias a aquellas personas que a lo largo de estos largos años me han ayudado, me han enseñado y han contribuido a que me formara como investigador. Muchas gracias a los investigadores del Virtual Knowledge Studio for the Humanities and Social Sciences de Amsterdam por su acogida y hospitalidad. Durante mis cuatro meses de estancia en el centro pude ser testigo del valor de la colaboración en la ciencia. Y muy especialmente gracias a Anne Beaulieu por su generosidad. Gracias a mis amigos; Saulo, Adolfo, Eduardo, Begoña, Cristina, Lucía y Javier por su paciencia conmigo, por su recurrente hospitalidad, por los cafés, las confidencias y por haber velado por mi bienestar. Gracias a Mertitxell y a Janine por hacerme sentir que Barcelona era mi hogar. Gracias a Edgar por las discusiones inacabables. Gracias a Lorena por haber sido parte de mi, por ser parte de esta tesis. Gracias a quienes generosamente sacaron tiempo para leer parte de este manuscrito a última hora: Maribel Blázquez y Ana Toledo entre otras. Gracias a Tomás Sánchez Criado y Virtudes Téllez, porque hemos compartido dichas y desdichas en el tramo final de unas tesis que parecían inacabables. El trabajo académico que no es compartido no merece la pena. Gracias a quienes de maneras diversas han contribuido a esta tesis: Rubén Blanco y Amaparo Lasén. Gracias a aquellos que indirectamente, sin ser conscientes, han dejado su huella, entre ellos Alberto Corsín. Gracias a Elisenda Ardévol y Agnés Vayreda por su dirección y a dos revisores externos por su lectura atenta y comentarios.

Gracias a Almudena por sus ánimos, su paciencia infinita, su insondable sabiduría vital. Gracias por estar a mi lado.

La meva gratitud a l’Internet Interdisciplinary Institute de la Universitat Oberta de Catalunya per haver finançat la meva tesi durant els quatre anys que vaig a viure a Barcelona.

Gracias a quienes me concedieron su tiempo y compartieron un pedazo de su vida. El relato que sigue es sólo posible gracias a ellos: Rosa Jiménez, Antonio Lafuente, Tíscar Lara, Julen Iturbe, Marcelino Madrigal, Enrique Dans, Julio Alonso, Antonio Fumero, José Antonio del Moral, Antonio Esteve, Jordi Abad, Marta Castro, Pedro Cluster, José M. Cerezo, Gemma Ferreres, David de Ugarte, Matt Mullenweg, Thomas N. Burg, Carlos Guadián, Mauro Entrialgo, Fernando Tricas, Pau Llop, Christian González, Luis Rull, Victoriano Izquierdo, Juan Jaén, Álvaro Ibáñez, Juan Julián Merelo, César Calderón. Gracias especialmente a Tíscar por su amistad, a Antonio por su afecto, a Julen por su hospitalidad y a Marcelino por su ayuda.

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Ensamblajes de esperanza

Un estudio antropológico del bloguear apasionado

Agradecimientos... 7

Introducción Tecnologías apasionantes para la esperanza... 13

I. Contexto teórico Ámbito, vocabulario y reflexión metodológica 1. Antropología de lo digital... 35

2. De la ontología múltiple a las expectativas de futuro. 53 3. Trabajo de campo entre bloggers... 75

II. Relato etnográfico La Blogosfera revolucionaria 4. El bloguear apasionado... 95

5. Las promesas de una Blogosfera revolucionaria... 119

6. Infraestructuras temporales... 151

7. Entre el pasado y el futuro... 185

8. El ensamblaje de las esperanzas... 225

III. Conclusión Abordar las esperanzas de los otros de manera esperanzada... 263

Bibliografía y anexos Bibliografía... 285

Anexo 1. Ejemplo de un post del ‘blog de campo’... 311

Anexo 2 Eventos blogger durante 2006 y 2007... 315

Anexo 3 Los 100 blogs en español de Atalaya 2005... 317

Anexo 4 Ranking de Alianzo... 320

Anexo 5 Rankings y listas de blogs... 328

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Introducción

Tecnologías apasionantes para la

esperanza

Los bloggers apasionados

Esta tesis investiga la esperanza que algunas personas depositan en la posibilidad de transformar la sociedad a través de la tecnología, de una tecnología específica de Internet: los blogs. Para muchos de aquellos con los que conviví durante mi trabajo de campo, los blogs son una revolución que va a transformar la sociedad, o que de hecho la está transformando durante el momento en que se realiza mi investigación. Hay quienes consideran que a través de los blogs y de su práctica de bloguear se abre la posibilidad de elaborar nuevos modos de hacer ciencia, para otros son una forma diferente de desarrollar el periodismo, una herramienta para nuevos modos de hacer política o un medio y contexto para transformar la educación. Esas son algunas de las expectativas en las cuales se explicitan sus esperanzas y que circulan en España durante los 18 meses de mi trabajo de campo durante 2006 y 2007. Pero antes de entrar en detalles es necesaria una breve mención sobre la tecnología a la que me refiero.

El nacimiento de los blogs suele ubicarse en el año 1997, aunque hay algunos bloggers que lo trasladan incluso al mismo comienzo de la World Wide Web señalando la primera página web que elabora su inventor Tim Berners Lee como el primer blog (Orihuela, 2006). Una fecha clave es el verano de 1999, momento en que se crean en EE UU las primeras infraestructuras blog, servicios que ofrecen la posibilidad de elaborarlos fácilmente y de manera gratuita, desde cualquier parte del mundo (que disponga de

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conexión a Internet y que no esté censurada). Un individuo se da de alta y puede comenzar a escribir, y todo lo que publique aparecerá ordenado cronológicamente en la página web de su blog, accesible a cualquiera con acceso a Internet. Diez años después de su nacimiento, en 2007, se manejaban cifras según las cuales había unos 70 millones de blogs en todo el mundo (Sifry, 2007), una rápida extensión y asimilación similar a la experimentada por otras tecnologías de Internet. En esa década, los blogs y los bloggers que escriben intensamente a diario discutiendo asuntos de política, deportes, tecnología o sus vidas cotidianas, aparecen en la portada de diferentes revistas de tirada mundial como

Time o BusinessWeek y se hacen un hueco en la primera página de medios de comunicación

españoles como El País. Las empresas, los medios de comunicación y los partidos políticos comienzan a mostrar un intenso interés por ellos: algunos políticos abren sus propios blog como una forma para acercarse y acercar la política a los ciudadanos, dicen. En esa efervescencia se organizan eventos y reuniones de bloggers y se realizan publicaciones donde se consignan las promesas de que a través de los blogs se puede transformar la sociedad.

Esas promesas constituyen un elemento fundamental de la práctica que constituye el referente empírico de mi investigación. O dicho de otra manera, mi etnografía se ocupa de personas que bloguean y que tienen la firme esperanza de que pueden transformar la sociedad a través de su práctica; están plenamente convencidas de ello y lo experimentan en carne propia en su cotidianidad. Pero, ¿qué significa transformar la sociedad? Significa, como he señalado, habilitar nuevos espacios para el desarrollo de la política, con nuevas reglas y nuevos protagonistas; para otros significa reformular los planteamientos clásicos de la educación, disolver los modelos jerárquicos de la empresa o desplegar las condiciones para nuevos modos de difundir el conocimiento y hacer ciencia, habilitando espacios de relación entre la academia y quienes antes eran su público. Una enorme esperanza acompaña a los blogs en la década que va desde su nacimiento hasta el momento en que se desarrolla mi trabajo de campo; una esperanza que viaja y se extiende alrededor del mundo de manera concomitante con el despliegue de la infraestructura material de esta tecnología.

Mi proyecto, que comenzó como una indagación en las formas de sociabilidad mediadas por esta tecnología, acabó por orientarse hacia una práctica específica de bloguear, la que he designado como el bloguear apasionado, y hacia una dimensión particular de esta práctica: la esperanza. Mi trabajo investiga esa esperanza que emerge en torno a los blogs y las expectativas que la acompañan. A lo largo de las siguientes páginas intento contestar a una serie de cuestiones que gravitan en torno a esos conceptos fundamentales, la esperanza y las expectativas:

- ¿Cuáles son las expectativas que se depositan en los blogs?, ¿cómo se elaboran? y ¿qué relación tienen con las utopías de Internet previas?

- ¿Cómo se hacen presentes las expectativas tecnológicas en la práctica cotidiana de las personas?, ¿qué entidades toman parte en su producción? y ¿cómo circulan? - ¿Cuál es la relación entre las expectativas y la esperanza? y, si ambas se orientan al futuro, ¿qué relación mantienen con el presente y el pasado?

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Tecnologías apasionantes…

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- Y finalmente: ¿cómo emerge la esperanza? y ¿qué entidades toman parte en las instancias de esperanzamiento?

El objetivo de esta tesis es por lo tanto investigar en la emergencia de la esperanza que resulta cuando algunas personas deciden practicar una tecnología particular: los blogs. Mi intención no es caracterizar la esperanza, no pretendo únicamente señalar aquello que se espera, ‘lo esperado’, que muy habitualmente está delimitado por los discursos de las expectativas. Mi objetivo es desvelar las instancias de esperanzamiento entre los bloggers y las condiciones de posibilidad que hacen posible la emergencia de esa particular orientación hacia el futuro que denomino como esperanza, así como su circulación y sostenimiento a lo largo del tiempo.

El bloguear apasionado

Para investigar estas cuestiones me centro en el análisis de esa práctica particular que he denominado bloguear apasionado. Hay una enorme variedad de modos de organizar el bloguear y mi etnografía se ocupa de una articulación particular de esa práctica, la de aquellos individuos que bloguean a diario o casi a diario durante años, que han incorporado el blog en su actividad profesional y en su vida privada, que son expertos en la utilización de Internet y otras tecnologías, reflexivos con respecto a su práctica de bloguear e intensamente implicados en la construcción de eso que se denomina la Blogosfera (el conjunto de todos los blogs). Son personas que asisten a eventos blogger, que toman parte en su misma organización y, un aspecto fundamental, que depositan grandes expectativas en la capacidad de los blogs y la Blogosfera para transformar la sociedad. Además, se llaman a sí mismos bloggers y mantienen una intensa relación con esa tecnología que practican de manera cotidiana. Ese tipo de relación intensa no es excepcional de los bloggers ya que la despliegan también otras personas en contextos diferentes y en relación con otras tecnologías como algunos hackers (Coleman, 2010), jugadores de videojuegos en Internet (los que llaman power gamers) (Taylor, 2006), geeks de la FM (Dunbar-Hester, 2008), o radioaficionados (Haring, 2002). Se trata de una relación que no es la del usuario medio de la tecnología y que se corresponde con el desarrollo de lo que Kristen Haring ha designado como identidades técnicas (2002); un blogger o un hacker son, a fin de cuentas, personas que se identifican en determinados contextos a través de esas prácticas tecnológicas.

No me ocupo, por lo tanto, de un conjunto de blogs con una temática en particular (aunque una buena parte de ellos escribe sobre tecnología), ni de un segmento socioeconómico o generacional definido por anticipado, ni de una tecnología de bloguear específica, ni de un colectivo que se reconoce como una comunidad aunque entre una buena parte de ellos existen lazos de amistad y relaciones diversas. El blogger más joven de mis informantes no ha cumplido 25 años mientras que el mayor le dobla en edad, lo cual no es óbice para que algunos aspectos de su práctica puedan ser descritos en los mismos términos. Así que me ocupo, como digo, de una práctica de bloguear específica, caracterizada por su intensidad temporal, el compromiso declarado con la Blogosfera, la reflexividad con respecto a esa práctica y las intensas expectativas que depositan en la

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capacidad de transformar la sociedad con esa tecnología; me ocupo del bloguear apasionado para indagar a través de él en la esperanza que emerge en la práctica cotidiana de esa tecnología.

Expectativas y utopías digitales

Pero las expectativas que se depositan en los blogs constituyen en realidad la manifestación novedosa de un proceso que acompaña a las tecnologías digitales e Internet desde su surgimiento. El último número de cada año de la revista estadounidense Time celebra desde hace décadas la tradición de escoger a “la persona del año”. Rosa Jiménez, una joven periodista que forma parte de los corresponsales de mi campo, se afanó en conseguir el número que cerraba el año 2006. En su portada figuraba un ordenador en cuya pantalla aparecía sobreimpreso: “You” (Tú) con una leyenda debajo que decía: “Tú. Sí, tú. Tú controlas la Era de la Información. Bienvenido a tu mundo”1. La revista estaba

sancionando lo que consideraba la revolución de la participación en Internet. Más de dos décadas antes, en 1982, Time había designado por primera vez en su historia a un no-humano como “la persona del año” (van den Boomen et al., 2009: 7); en aquella ocasión recibía el reconocimiento el ordenador personal. Entre esos dos momentos que van desde la aparición de los primeros ordenadores personales hasta la que se ha designado como la Web 2.0, las tecnologías digitales han sido un espacio sobre el cual ha sobrevolado permanentemente la idea de una revolución, asociada primero al ordenador, después a Internet, a la World Wide Web, a la Web 2.0… o a los blogs. Siendo así, las llamadas a la revolución pueden pensarse como la repetición de la misma historia; pero como intentaré mostrar, aunque la noción de una revolución sea constante desde hace varias décadas, los modos en los que esa revolución se articula en la práctica son diferentes en cada momento. La manera como se entiende Internet, los actores que se movilizan, las prácticas que se despliegan y la forma como se entiende eso que se considera una revolución cambia en cada momento histórico.

En realidad, esas expectativas tienen una tradición histórica mucho más larga que se extiende dos siglos atrás. Desde hace tres décadas los estudios sobre la historia de las tecnologías de la comunicación se han embarcado en la glorificación de lo que han sido santificadas como sucesivas revoluciones que acompañan a la aparición y despliegue de cada una de estas tecnologías (Flichy, 1993 [1991]). Primero la imprenta que la historiadora Elizabeth Eisenstein ha calificado como una “revolución no reconocida” (1994 [1983]: 15) por mucho tiempo en la obra de referencia que elabora en la década de los setenta La

revolución de la imprenta en la era moderna (1994), pasando por la revolución del telégrafo, que

Richard R. Headrick sitúa en el contexto de la empresa colonizadora europea del siglo XIX y que junto con otras tecnologías como los barcos de vapor, las armas de repetición y la quinina constituyen lo que designa como Los instrumentos del imperio (Headrick, 1989 [1981]), nombre que da título a la obra en la que propone sus argumentos. Y así, desde la imprenta hasta Internet (Briggs y Burke, 2002), la historia de la comunicación es retratada a menudo como una sucesión de nuevas revoluciones en las que cada tecnología de la comunicación

1 La frase original que se encuentra en la portada de Time en inglés es: “You. Yes, you. You control the

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Tecnologías apasionantes…

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concita intensas expectativas de transformación social y convoca toda una serie de visiones de futuro y esperanzas de cambio. Una vez que los ordenadores y la computación aparecen en escena parece que el paso de esa revolución simplemente se acelera.

Las narrativas que acompañan a Internet están preñadas de promesas, de visiones de futuro y de expectativas de cambio que predican el reforzamiento de la democracia, la revitalización de las comunidades y la extensión de la participación ciudadana en la producción cultural. Esos son tres de los tropos más comunes que acompañan también a los blogs y sobre los que me detendré en la tesis al abordar las promesas y expectativas de la que se concibe como una Blogosfera revolucionaria. Bien es cierto que esas promesas benéficas contrastan con visiones distópicas que dibujan un futuro en el que los derechos civiles son mermados, la democracia debilitada y los ciudadanos son recluidos al papel de consumidores pasivos de la cultura. En uno u otro caso, lo reseñable es que las narrativas a las que me refiero no predican el presente, sino que se orientan hacia el futuro, hacia lo que ha de venir (sea benéfico o no). Así que no es de extrañar que una buena parte de los estudios que se realizan sobre estas tecnologías tengan al futuro que han de posibilitar como su objeto de análisis. De ello son claro ejemplo obras tan diversas como uno de los primeros análisis etnográficos sobre Internet que el antropólogo David Hakken realiza a finales de los noventa con el título de Cyborgs@Cyberspace: an ethnographer looks at the future, el trabajo del sociólogo Tim Jordan sobre el activismo Activism!: direct action, hactivism and the

future of society (2002), o la ampliamente divulgada obra de uno de los ideólogos de la utopía

digital Nicholas Negroponte: El mundo digital. Un futuro que ya ha llegado (1999 [1995]). Esta orientación hacia el futuro está presente en otras tecnologías desarrolladas durante las últimas dos décadas, como las múltiples biotecnologías (Hedgcoe y Martin, 2003), la nanotecnología (Selin, 2007) o la telefonía móvil (Watts, 2008).

En la introducción de un monográfico dedicado a la sociología de las expectativas en la ciencia y la tecnología, Mads Borup y sus colegas (Borup et al., 2006) sugieren que la dimensión promisoria de las tecnologías parece haberse intensificado a finales del siglo XX; como si las nuevas tecnologías desarrolladas en estos días estuviesen excepcionalmente cargadas de esa orientación futura. Pero independientemente de que esto sea así, lo cierto es que el futuro resulta un asunto esquivo para la ciencia social. Habituados a abordar el análisis del presente, las promesas, las expectativas y la esperanza desafían en buena medida los métodos de análisis de la ciencia social porque, ¿cómo acometer el análisis de un tiempo aún por llegar? Una buena parte de la literatura que analiza las narrativas que acompañan a las tecnologías digitales y que se presenta a sí misma como crítica se ha orientado a desvelar los intereses y motivaciones que hay tras la formulación de imágenes del futuro y de utopías tecnológicas, considerándolas ora deformaciones de la realidad, ora mistificaciones de ella (Flichy, 2003 [2001]; Cabrera, 2004; Mosco, 2005; Almirón y Jarque, 2008). Desde finales de la década de los noventa ha surgido un ámbito dentro de los estudios sociales de la ciencia y la tecnología (eSCT) que ha dado una particular respuesta metodológica al dilema que plantea el análisis del futuro encarnado en las promesas de la tecnología. Se trata de la sociología de las expectativas, desde la cual diversos autores entre los que se encuentran Nik Brown (Brown, Rapper y Webster, 2000), Mads Borup (Borup et al., 2006) y Adam Hedgcoe (Hedgcoe y Martin, 2003), acometen el estudio de las visiones tecnológicas del

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futuro sin ocuparse de si se encuentran fundadas o si son sólidas. Por el contrario, la sociología de las expectativas se interesa por la dimensión performativa de esos futuros imaginados o, dicho de otra manera, explora la manera como las expectativas de futuro que se depositan en la tecnología tienen efectos sobre el presente.

Pero si los mitos digitales, las visiones de futuro, las imputaciones de revolución y la noción de la utopía han acompañado habitualmente a muchos análisis sobre Internet y las tecnologías digitales, la esperanza raras veces ha sido tratada. El antropólogo Vincent Crapanzano señala justamente que el estudio de las revoluciones y de las utopías, de la clase que sean y del ámbito al que pertenezcan, ha tenido implícito el análisis de la esperanza sin reparar sin embargo en esta última como objeto específico de indagación (2003: 5). Esta tesis se orienta precisamente hacia el análisis de ese objeto, la esperanza, raras veces abordado en el análisis de Internet.

Las esperanzas cotidianas

La esperanza, o más bien la desesperanza, ha suscitado el interés de los científicos sociales en los últimos años. Durante siglos ha sido el objeto privilegiado de la teología (Moltman, 1993 [1967]), más raramente tratado por las ciencias sociales (Swedberg, 2007), y la misma antropología (Crapanzano, 2003; Miyazaki, 2004, 2006; Zigon, 2009). Desde hace una década, sin embargo, algunos antropólogos y antropólogas entre los que se encuentran Vincent Crapanzano (2003), Hirokazu Miyazaki (2004, 2006), Annalise Riles (2010) y Ghassan Hage (2003) han hecho de la esperanza su objeto de estudio. Y no han sido los únicos porque otros científicos sociales han acometido una empresa similar2. Dos ámbitos

en los que han comenzado a desarrollarse estas investigaciones con cierta amplitud son el de la geografía, específicamente el urbanismo, y la economía, particularmente los sistemas financieros. Un tercer ámbito donde la investigación sobre la esperanza se ha desarrollado lo constituye el estudio social de la salud, donde se ha elaborado una creciente literatura desde la década de los noventa sobre la presencia e implicaciones de la esperanza en diversas facetas de la enfermedad y la medicina (Good et al., 1990). En relación con esto, recientemente ha acaparado interés el estudio de colectivos de pacientes concernidos que, organizados y esperanzados, intervienen directamente en la gestión de su enfermedad3

2 Si bien la esperanza aparece citada con cierta asiduidad en las monografías clásicas (Swedberg, 2007), la

revisión que Vincent Crapanzano (2004) hace de la literatura clásica en antropología encuentra sólo una obra dedicada a este tema, la monografía de Robert Ranulph Marrett, Faith, Hope, and Charity in

Primitive Religion (1932). Para una revisión detallada de la literatura sobre la esperanza en ciencias

sociales y en filosofía puede consultarse la revisión que Richard Swedberg hace en The Sociological Study

of Hope and the Economy: Introductory Remarks (2007), presentado en la primera conferencia internacional

sobre estudios de esperanza celebrada en Tokio en el año 2007. Dos disciplinas en las que la esperanza ha recibido una considerable atención son la psicología y los estudios de la salud. En relación a la primera, véase por ejemplo el Handbook of Hope (2000) editado por Richard C. Snyder; y en relación con los estudios de la salud, hay ámbitos como el cáncer y las enfermedades crónicas donde la esperanza, no sólo se ha analizado, sino que ha sido incorporada como dimensión de la misma médica oncológica (Good et al., 1990).

3 El activismo de las organizaciones de pacientes ha recibido una creciente atención en los últimos años;

prueba de ello son los dos monográficos dedicados a este tema en las revistas Science as Culture (Hess, 2004) y Social Science and Medicine (Landzelius, 2006), donde se aborda el tema de la esperanza.

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(Leibing, 2009) o en la misma investigación que se realiza sobre ella (Rose y Novas, 2004; Novas, 2006).

Pero regresando a los dos ámbitos previos que he mencionado (el de la economía y la geografía), en ellos se desarrolla desde el cambio de milenio la investigación más articulada en torno a la esperanza siguiendo una derrota similar: la exploración de la desaparición de la esperanza (o la producción de la desesperanza) en nuestras sociedades a causa de las reformas económicas neoliberales (Miyazaki, 2006; Anderson y Fenton, 2008; Harvey, 2007; Zournazi, 2002). Ha sido precisamente lo que algunos autores señalan como una situación desesperanzada lo que les ha llevado a explorar los cambios en el urbanismo que se han acometido en las últimas décadas (Harvey, 2000; Anderson, 2006; Anderson y Fenton, 2008); o a investigar en la desaparición de la esperanza en Japón durante la expansión del capitalismo financiero (Miyazaki, 2006, 2007). El caso de Japón, aunque no es generalizable, resulta significativo del interés suscitado en torno a la figura de la esperanza. Lo que algunos autores como la antropóloga Annalise Riles comienzan a denominar estudios de la esperanza (Riles, 2010: 1), ha cuajado con intensidad suficiente en aquel país como para que se organizara en el año 2005 un gran proyecto nacional liderado por el Instituto de Ciencias Sociales de la Universidad de Tokio bajo el nombre de

Kibogaku, traducido al inglés por Hopology y que en castellano viene a ser algo así como Esperanzología. Su objetivo inicial era explorar la relación entre la supuesta pérdida de la

esperanza en Japón y la crisis económica que aquel país ha sufrido desde la década de los ochenta. Cuatro volúmenes han sido ya publicados como resultado de este proyecto (Genda, 2009a, 2009b) en los cuales se analiza una de las regiones más pobres de Japón Kamaishi y la pérdida de la esperanza en ella4.

Este singular proyecto desarrollado es significativo porque señala directamente la relación entre desesperanza y reformas neoliberales, núcleo de una buena parte de los trabajos realizados en la última década y acicate de algunas de sus propuestas, como el trabajo del geógrafo marxista David Harvey Espacios de esperanza (2000), el volumen de entrevistas con diversos intelectuales como Michel Serres, Isabelle Stengers o Ghassan Hage en torno al tema de la esperanza que elabora la filósofa australiana Mary Zournazi en

Hope: new philosophies for change (2002). El tema lo aborda también el antropólogo australiano

Ghassan Hage desde la perspectiva del nacionalismo en Against Paranoid Nationalism:

Searching for Hope in a Shrinking Society (2003), o el mismo antropólogo de origen japonés

afincado en EE UU Hirokazu Miyazaki en el contexto de los mercados bursátiles (2006, 2007, 2006) o en su obra The Method of Hope: Anthropology, Philosophy, and Fijian Knowledge (2004).

Sobre estos trabajos me gustaría señalar tres aspectos relevantes. Primero la cotidianidad como espacio para la esperanza, segundo la dimensión material de la esperanza y tercero la propuesta de convertir a la esperanza en un método de conocimiento. Este

4 Ese interés se mantiene durante la primera década del siglo XXI con la celebración de dos

conferencias internacionales sobre el tema, en 2007 y en 2008, organizadas por el Instituto de Ciencias Sociales de la Universidad de Tokio: Hope Studies Conference (2007), Institute of Social Science,

University of Tokyo (Tokyo) y Hope in Law and the Economy, (October 14, 2008) Clarke Program in East Asian Law and Culture, Cornell University, University of Tokyo (Tokyo).

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último aspecto entronca directamente con la obra del filósofo Ernst Bloch, que sirve de inspiración para dos autores, Ben Anderson e Hirokazu Miyazaki, a través de los cuales he articulado buena parte de mi reflexión sobre la esperanza entre los bloggers. Por ello me voy a detener en la figura de Ernst Bloch para señalar muy brevemente algunas de sus propuestas y considerar la relevancia que tiene la cotidianidad como espacio para la esperanza; después de ello regreso sobre las otras dos dimensiones que he señalado.

El principio esperanza

Filósofo alemán de orientación declaradamente marxista, Ernst Bloch escribe los tres extensos volúmenes de El principio esperanza (2007 [1959]) entre 1938 y 1947 en el periodo de su exilio en EE UU durante la Segunda Guerra Mundial. Paradójicamente, o quizás no, uno de los momentos más desesperanzados que la Humanidad ha sufrido en el siglo pasado es el contexto en el que Bloch elabora una defensa fervorosa de la esperanza como método de indagación filosófica. La obra de Bloch es extensa y de un estilo enrevesado, pero constituye la inspiración de diversos autores que, como los dos mencionados (Miyazaki, 2004; Anderson, 2006), la socióloga Ruth Levitas (1997, 2003) o el filósofo Douglas Kellner (1997), entroncan directamente con las propuestas del filósofo alemán.

Para Bloch, el hombre es un “ser utópico” expresión de una realidad no conclusa. Su planteamiento en El principio esperanza es al mismo tiempo un intento por recuperar la esperanza como objeto de indagación para la filosofía y reformular a través de ella la misma fundamentación de esta disciplina. Pero ¿qué significa esto? Para Bloch, el problema de la filosofía es su orientación secular hacia el pasado, su interés por lo que ya ha sido; así que en su lugar propone una filosofía orientada hacia lo que puede ser, hacia el futuro, hacia “lo que todavía no es”, un concepto fundamental de su obra, “lo que todavía no es”. Pero Bloch no propone únicamente que la filosofía tome como objeto de estudio a la esperanza, sino una reformulación completa de la disciplina mediante la adopción de la esperanza como método que debe proporcionar los materiales con los que construir un nuevo mundo. La utopía, como la esperanza, son para Bloch tanto el objeto de su reflexión como el fin al que se orienta esta.

Para Bloch, esa orientación hacia el futuro, hacia lo que puede ser pero que aún no es, aparece en formas culturales de todo tipo: desde los cuentos hasta las grandes utopías políticas y filosóficas y permea la vida cotidiana de las personas. Y de ahí la concepción de los humanos como individuos cuya cotidianidad está preñada de esperanza: “no hay hombre que viva sin soñar despierto”, dirá Bloch (2007 [1959]: 26), “la existencia, tanto privada como pública, está cruzada por sueños soñados despierto; por sueños de una vida mejor que la anterior” (ibid.: 28). Y la vida sin esa orientación hacia el futuro carece de sentido: “la realidad no está completa sin posibilidad real, y el mundo sin propiedades grávidas de futuro no merece, como tampoco el pequeño burgués, ni una mirada ni, ni un arte, ni una ciencia […] allí donde nada se puede ya y nada es posible, la vida se ha detenido” (ibid.: 268).

Pero el elemento crucial de la esperanza es que muestra que el mundo siempre podría ser diferente de lo que es. Así que el autor recupera la noción de la utopía pero no en el

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sentido que le da Tomás Moro (como un no-lugar), ni el que se le atribuye desde los análisis críticos como una deformación de la realidad, sino la utopía como posibilidad de un presente diferente en el futuro. Si los enfoques críticos de la Escuela de Frankfurt interpretan la ideología y la utopía como un instrumento de dominación, error y mistificación que la crítica ideológica debe desmontar (Kellner, 1997: 81), tratando de mostrar los intereses de las clases gobernantes y los errores y mistificaciones de quienes depositan en la ideología su confianza, Bloch encuentra sin embargo elementos emancipadores y utópicos en toda ideología. Y es desde esta asunción como reformula la crítica y la noción misma de ideología, señalando en primer lugar que la ideología se encuentra en cualquier ámbito de la existencia y de la cultura (y no sólo en la forma de discurso) y en segundo lugar identificando su permanente potencial liberador.

Así que el presente está constituido, según Bloch, por potencialidades no realizadas, latencias y tendencias que indican la dirección en la que ese presente se orienta hacia el futuro; y es precisamente la conciencia anticipadora de los individuos la que percibe el potencial emancipador de lo aún no realizado en el pasado y la esperanza realizable del futuro (Kellner, 1997). Según Bloch todo lo real tiene un horizonte: “allí donde se prescinde del horizonte perspectivista, la realidad aparece sólo como llegada a ser, como muerta, y son aquí también los muertos, naturalistas y empiristas, los que entierran sus muertos. Allí donde el horizonte perspectivista se incluye en la visión, lo real aparece como lo que efectivamente es: como un entresijo de procesos dialécticos que tienen lugar en un mundo inacabado, y en un mundo que no sería en absoluto modificable sin el inmenso futuro como posibilidad real en él” (ibid.: 267). Y lo que media en esa orientación al futuro es la esperanza, que no es sólo una actitud contemplativa, sino una práctica activa que persigue transformar el mundo.

La cotidianidad de la esperanza

Un aspecto que me interesa señalar de una buena parte de los trabajos empíricos a los que me he referido es el contexto en el cual sitúan la esperanza: la cotidianidad. La cotidianidad de los foros de pacientes de Parkinson en los que esta se hace presente cuando unos y otros participantes se animan entre sí o cuando comparten conocimiento sobre los fármacos que consumen (Leibing, 2009); en otras ocasiones, la esperanza es lo que resulta y lo que mueve a los pacientes a organizarse en grupos concernidos que buscan intervenir en la misma producción de conocimiento científico sobre las enfermedades que les afectan a ellos o a sus seres queridos (Rose y Novas, 2005; Novas, 2006), o el resultado del cálculo a futuro de las expectativas de ingresos que realiza uno de los corredores de Bolsa informante de Hirokazu Miyazaki y conforme al cual elabora diferentes esperanzas sobre su futuro vital (2006). El monográfico que Ben Anderson y Jill Fenton editan en Space and

Culture con el título de Spaces of Hope (2008) insiste en “cómo las esperanzas y los actos de

esperanzamiento específicos son una parte cotidiana y rutinaria de la vida de diferentes espacios” (Anderson y Fenton, 2008: 77). Ese es el contexto en el que despliegan su indagación las contribuciones reunidas en el monográfico que exploran la esperanza en la vida diaria de los niños (Kraftl, 2008), entre los científicos implicados en el desarrollo de biotecnologías vegetales (Shields, 2008), o entre grupos espirituales melanesios de Fidji

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(Sanderson, 2008). Y es en esa cotidianidad donde la articulación de la esperanza con el futuro produce una desestabilización y un cuestionamiento del presente. A fin de cuentas, toda esperanza porta la asunción de que las cosas podrían o deberían ser diferentes (Anderson y Fenton, 2008: 77).

La cotidianidad como espacio para la esperanza es un aspecto crucial de la argumentación que elaboro a lo largo de las próximas páginas. Esa atención a los contextos cotidianos y a las prácticas que se despliegan en ellos tiene una doble consecuencia. En primer lugar evidencia las limitaciones de los análisis críticos que a través del análisis de los discursos públicos de las tecnologías pretenden desenmascarar las utopías tecnológicas como si fueran deformaciones de la realidad. Localizar el contexto de análisis de las utopías en la cotidianidad de las prácticas mediadas por la tecnología revela, por el contrario, que estas están mucho más fundadas en hechos que lo que esos análisis críticos admiten. El examen exclusivo de los discursos públicos que acompaña a la tecnología ignora los complejos procesos a través de los cuales esos discursos son reapropiados y dotados de sentido en las prácticas cotidianas de los individuos. Y lo que es aún más importante, ese análisis ignora que la esperanza no puede reducirse a lo discursivo. En ese análisis la esperanza emerge como una instancia heterogénea que resulta de la reunión de múltiples entidades, una reunión que designaré con el concepto que da título a esta tesis: ensamblajes; a ello me refiero más adelante en la introducción.

Pero la esperanza no es una actitud contemplativa ni un simple acto de la imaginación. Se trata de una práctica activa que persigue transformar el mundo, como en el caso de los grupos de pacientes que Carlos Novas investiga mostrando cómo se organizan, recaudan dinero, establecen relaciones con los científicos y acaban interviniendo en la misma producción de conocimiento (Novas, 2006). Ese proceso da lugar a lo que Nikolas Rose y Carlos Novas designan como una “economía política de la esperanza” sobre la que se fundan nuevos modos de “ciudadanía biológica” que dependen e intensifican la esperanza de que la ciencia del presente traerá nuevos tratamientos en un futuro cercano (Rose y Novas, 2005: 452). Se trata de una esperanza activa que requiere de implicación y un cierto grado de compromiso. Es la misma dimensión activa presente en los bloggers apasionados y esperanzados de los que me ocupo en las próximas páginas.

Entre hechos e incertidumbres

Darren Webb señala la limitada atención prestada a la esperanza hasta mediados del siglo pasado tomando una iluminadora cita de Karl Menninger: “cuando uno llega a la esperanza, nos encontramos desnudos. Las revistas mantienen el silencio” (Menninger, 1959: 481, citado en Webb, 2007: 66). Y el mismo Webb recoge dos posibles razones para ello, de un lado la asociación con la religión y del otro su relación con un “ámbito de la experiencia impreciso que refleja una falta de convicción y certidumbre” (Webb, 2007: 66). Sean o no esas las razones, lo cierto es que la orientación hacia el futuro que acompaña a la esperanza hace de ella un espacio incierto que a menudo es contrapuesto al dominio de los hechos. Zygmund Bauman recoge de manera iluminadora esa aparente contraposición entre los hechos y la esperanza cuando dice que “la esperanza es más fuerte que cualquier ‘testimonio imaginable de la realidad’” (2004: 67); es decir, la esperanza es tal porque no

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necesita de pruebas o, más aún, porque se ubica en un dominio más allá de los hechos. Pero como argumentaré a lo largo de mi relato etnográfico, la forma como la esperanza de futuro se articula con los hechos del presente es considerablemente más sofisticada que una oposición entre el presente y el futuro, entre los hechos y la esperanza. Argumentaré, por el contrario, que la esperanza de los bloggers apasionados se sostiene justamente a través de la producción de hechos y no como consecuencia de su ausencia. Algunos aspectos de esta relación ya han sido explorados desde la sociología de las expectativas por Nick Brown (2005, 2003) y Tiago Moreira y Paolo Palladino (2005) al señalar la relación y complementariedad de lo que denominan regímenes de verdad y de esperanza. Como intentaré argumentar, lo singular es que las pruebas, los hechos y la verdad, son a menudo la fuente de la esperanza, y no la incertidumbre o la falta de conocimiento.

Los ensamblajes globales

Bloguear es un fenómeno global. Constituye y está constituido por una tecnología, una práctica y una identidad extendida por el planeta (aunque eso no significa que haya llegado a todos los lugares de este o sea posible en todos ellos). Se bloguea desde Tokio, Irán, Palestina, California y Villabuena… Dan cuenta de los blogs lo mismo The New York

Times en EE UU que El País en España y aunque mi trabajo de campo está localizado en

una geografía muy particular, España, el referente empírico de mi investigación no está localizado en esta geografía. ¿Qué significa esto? Significa que la localización de mi trabajo de campo no se corresponde con la localización de mi referente empírico. Es decir, las entidades que circulan en mi trabajo de campo están vinculadas a geografías específicas que no se corresponden con mi localización. Por ejemplo, forma parte de mi trabajo de campo una infraestructura material (la infraestructura material blog), de dimensiones globales y que ha sido creada originalmente en EE UU, que ha sido replicada en otros lugares del planeta y utilizada en España. Los discursos cargados de promesas y expectativas llegan desde EE UU hasta los lugares que yo visito, pero al mismo tiempo los acontecimientos que ocurren en España tienen su eco al otro lado del Atlántico. Relatos de bloggers de otras partes del planeta como Cuba, Irán o China circulan entre los bloggers localizados en España que constituyen mis corresponsales en el campo… la misma Blogosfera, el conjunto de todos los blogs que los bloggers imaginan, es un espacio material de dimensiones globales. Así lo muestran las relaciones de quienes prestan en ocasiones más atención a lo que sucede más allá de las fronteras de España que lo que tiene lugar aquí (en España); cuando leen medios de comunicación tecnológicos del ámbito anglosajón (EE UU y Reino Unido), prestan atención a los últimos desarrollos que llegan desde EE UU, están pendientes de algunas decisiones del Parlamento Europeo y siguen lo que escriben desde otros países figuras relevantes de la Blogosfera.

Si bien hasta ahora he situado a la esperanza como el objeto de mi investigación he mantenido el silencio sobre el concepto con el que intento capturar dos aspectos fundamentales de esa esperanza, un concepto que forma parte de su título: ‘Ensamblajes de

esperanza’. El concepto de ensamblaje ha ganado presencia entre las ciencias sociales en los

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Stephen J. Collier Global Assemblages: Technology, Politics, and Ethics as Anthropological Problems (2004)5, un volumen en el que aglutinan diversos trabajos que abordan el estudio de fenómenos globales. Los diversos autores presentes en ella acometen el análisis de objetos empíricos como la tecnociencia, los circuitos de intercambio ilegal y los sistemas de gobernanza a través de estudios etnográficos localizados geográficamente pero que, sin embargo, dan cuenta de fenómenos que se reproducen en otros lugares y que hablan de fuerzas, instituciones y flujos que se encuentran más allá de esas localizaciones específicas. Ong y Collier intentan dar coherencia a todos ellos a través de la noción de ensamblaje global, un concepto que constituye tanto una respuesta analítica como una estrategia metodológica para interrogar las múltiples caras de la globalidad a través de estudios localizados. Los ensamblajes son para estos dos autores las articulaciones específicas, territorializadas, de nuevas relaciones materiales, discursivas y colectivas que constituyen esas formas globales que toman disposiciones particulares (Collier y Ong, 2004: 11). Son además un locus para lo que Paul Rabinow ha denominado “problemas antropológicos” (Rabinow, 2003), espacios donde las formas y los valores de la existencia colectiva son problematizados en el presente (Collier y Ong, 2004: 11).

Pero el concepto de ensamblaje tiene una genealogía previa que lo sitúa en dos tradiciones diferentes que desarrollan el concepto en otras direcciones. Gilles Deleuze y Féliz Guattari elaboran la noción de ensamblaje en la década de los ochenta en su libro Mil

Mesetas. Capitalismo y esquizofrenia (2008 [1980])6. Con ese concepto se refieren a acontecimientos en los que lo virtual se actualiza, en los que se produce algo novedoso, una emergencia que no es la suma de las partes sino el resultado de la reunión de entidades heterogéneas. Esa elaboración inspira a un buen número de autores que hacen del concepto de ensamblaje una herramienta para dar cuenta del orden social al tiempo que huyen de otras nociones más estrechas y rígidas como la de estructura. Con la figura del ensamblaje pretenden mantener una cierta tensión entre lo estructural y la multiplicidad, abriendo la posibilidad para la indeterminación y naturaleza efímera de las formas de orden que se producen en las sociedades actuales. Pero hay otro ámbito en el cual el concepto de ensamblaje ha sido extensamente elaborado como parte de su vocabulario; me refiero a la Teoría del Actor-Red (Law, 1999; Latour, 2005), una aproximación particular de los estudios sociales de la ciencia y la tecnología. Sin entrar en largas disquisiciones y por mor de brevedad, John Law ha definido la noción de ensamblaje como: “la reunión provisional de formas de orden limitadas, productivas y heterogéneas (y esto es muy importante) que no están localizadas en formas de orden mayores” (Law, 2008 t. p.)7, sobre ello me extiendo en el capítulo ocho.

Con el concepto de ensamblaje pretendo señalar, por lo tanto, las dimensión global de un fenómeno (la esperanza) tanto como la dimensión material que resulta esencial a este. Si bien hay diferencias entre las articulaciones de los diversos autores, la propuesta de Ong y Collier es extremadamente inspiradora para mantener la atención sobre la dimensión

5 Ensamblajes globales: tecnología, ética y política como problemas antropológicos (2004).

6 El concepto original que Gilles Deleuze y Félix Guatari acuñan en francés en su artículo de 1976

‘Rhizome’ es agencement y su traducción por ensamblaje es problemática, como alternativa algunos autores han optado por agenciamiento. Véase la nota 3 del capítulo 8 para una discusión sobre ello.

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global del fenómeno que me ocupa, donde las mismas infraestructuras, narrativas y prácticas circulan de un lugar a otro del globo –aunque, eso sí, sometidas todas ellas a procesos de localización–. Pero sumada a esa orientación global, me interesa mantener la noción de heterogeneidad que acompaña a la figura del ensamblaje y el reconocimiento de la emergencia de nuevas propiedades que resultan de la reunión de diversas entidades que lo configuran. Esas formas de orden situado que se refieren a arreglos heterogéneos que señalan una emergencia, una instancia en la cual algo nuevo es traído a la existencia como consecuencia del mismo proceso de ensamblaje.

Materiales para la esperanza

Pero si los ensamblajes son arreglos heterogéneos y me voy a referir a los ensamblajes de la esperanza: ¿cuál es la heterogeneidad de la esperanza? Para responder a esa pregunta doy un rodeo planteando otra cuestión: ¿qué es la esperanza? La esperanza aparece como un objeto múltiple que emerge en contextos muy diferentes. En ocasiones es considerada como una emoción, un proceso cognitivo, una instancia existencial, un estado del ser, una disposición, una emoción que refleja un estado de la mente, un instinto, un fenómeno afectivo-cognitivo-comportamental… (Webb, 2007: 67). En otras ocasiones se relaciona estrechamente con el deseo (Crapanzano, 2003), y en tal sentido se orienta la definición del sociólogo de la economía Richard Swedberg cuando la define como “el deseo de que algo llegue a ser verdad” (Swedberg, 2007: 21).

La esperanza toma formas muy diferentes en contextos diversos como el cristianismo, donde se formula como una esperanza que para Vincent Crapanzano carece de dimensión especulativa; es una esperanza sin incertidumbre porque está asegurada por las promesa de Dios (Crapanzano, 2003: 8). Muy diferente de las esperanzas inciertas que se depositan en la ciencia y en sus curas (Novas, 2006; Leibing, 2009), en sus desarrollos tecnológicos (Brown, 2003; Moreira y Palladino, 2005) o en el progreso que se les atribuye (Franklin, 1997). Y muy distinta de las esperanzas utópicas en un mundo mejor o incluso anti-utópicas, hasta aquellas otras que se encuentran en relación con los sueños de la cotidianidad de las personas (Webb, 2008). Darren Webb realiza una tipología que distingue entre aquellas esperanzas que tienen un fin objetivo y aquellas otras abstractas que consisten en una orientación abierta al futuro; y sobre esa distinción inicial hace una diferenciación entre esperanzas pacientes, críticas, estimativas, resolutivas y utópicas (Webb, 2007). La esperanza paciente, por ejemplo, está orientada a un objetivo que no puede ser concretado pero es una esperanza segura, como la esperanza en Dios; una esperanza que ofrece un refugio confortable para quienes la experimentan (ibid.: 69); nada que ver con la esperanza estimativa que se articula a través de un objetivo claramente definido y, lo que las distancia aún más, es capaz de establecer las probabilidades de lograr ese objetivo, por ejemplo en las apuestas de azar (ibid.: 73).

La esperanza toma formas muy diferentes pero, regresando a los trabajos de Hirokazu Miyazaki, Ben Anderson o Carlos Novas, me interesa resaltar cómo en sus análisis señalan a menudo, de manera explícita o implícita, la participación de toda una serie de entidades materiales en la emergencia de la esperanza. Esto es especialmente claro en los

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autores que se centran específicamente en el análisis de la esperanza que rodea a la tecnología. Es Sarah Franklin en el ámbito de la antropología quien explora durante los noventa esta relación en su estudio sobre técnicas de reproducción asistida en Embodied

progress. A cultural account of assited conception8 (1997). Franklin denomina “tecnologías de la esperanza” a esas técnicas que permiten a parejas con problemas de reproducción alumbrar a sus hijos. En su trabajo hay dos aspectos que quiero rescatar, en primer lugar el enorme esfuerzo que resulta necesario para sostener la esperanza entre las parejas que persiguen denodadamente engendrar a sus hijos biológicos y acuden a las técnicas de reproducción asistida cargadas de ilusión; un proceso que requiere de la participación de toda una serie de actores diversos que toman parte en el largo recorrido de alumbramiento final (o no): médicos, enfermeras, discursos públicos, prácticas expertas, tecnologías particulares…. En segundo lugar la esperanza requiere de la movilización de toda una serie de sofisticadas entidades materiales que en ese momento se encuentran en proceso de desarrollo. Para cada pareja que lo intenta, la esperanza es un logro situado, lábil y delicado; un acontecimiento que resulta de numerosos esfuerzos y que puede desaparecer fácilmente.

Esa materialidad de la esperanza es también visible en el reverso de la desesperanza. Aunque pueda parecer obvio, la desesperanza deriva muy a menudo de las condiciones materiales de la existencia de los individuos, una condición que en el análisis de la contemporaneidad los antropólogos Ghassan Hage (2003) e Hirokazu Miyazaki (2006, 2009) atribuyen a las reformas económicas promovidas por el neoliberalismo que afectan a las condiciones de vida de personas que ven desvanecerse el horizonte de la esperanza de sus vidas. La misma desesperanza que David Harvey (2000) atribuye a la especulación inmobiliaria de los espacios.

Cuando Carlos Novas se refiere a la esperanza señala específicamente cómo esta no se reduce a un acto de la imaginación sino que se materializa en prácticas específicas (Novas, 2006: 291), unas prácticas que, junto con los discursos, constituyen los múltiples arreglos en los que determinados modos de esperanza se encuentran insertos y que constituyen eso que han denominado la economía política de la esperanza (Rose y Novas, 2004). A la dimensión material de la esperanza se han aproximado algunos de los autores que se encuadran en la sociología de las expectativas que, aunque se ocupen principalmente de lo que denominan “expectativas tecnológicas”, en ocasiones abordan el análisis de la esperanza (hope) (Brown, 2003, 2005; Moreira y Palladino, 2005). Las expectativas son extremadamente relevantes en mi trabajo, y la aportación de la sociología de las expectativas es valiosa para explorar la relación complicada y muy a menudo necesaria entre expectativas y esperanza. La propuesta fundamental de la sociología de las expectativas consiste en abstenerse de evaluar la solidez epistémica de las expectativas (si estas son sólidas o fundadas) para centrarse específicamente en explorar la dimensión performativa que tienen en el presente; esto es, cómo las expectativas futuras que se depositan en determinadas tecnologías tienen efectos sobre el presente.

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La esperanza como método

Para finalizar quiero referirme a un aspecto que he señalado al principio de la introducción y que se refiere a las propuestas que plantean la esperanza como método de conocimiento. Para algunos autores embarcados en el análisis de la esperanza y/o la utopía, sus investigaciones constituyen la búsqueda de alternativas a las transformaciones que resultan del neoliberalismo. Hirokazu Miyazaki señala la impresión compartida de que la teoría social ha perdido su dimensión crítica (Miyazaki, 2006; 149) y ha caído en la desesperanza, lo mismo que la política progresista (Rorty, 1998; Harvey, 2000; Zournazi, 2003; Hage, 2003). El geógrafo marxista David Harvey señala hace una década como uno de los grandes desafíos de la política “la incapacidad para encontrar un ‘optimismo del intelecto’ con el que elaborar alternativas se ha convertido en una de las barreras más serias para las políticas progresistas” (Harvey, 2000: 17). En su presentación del monográfico que editan unos años después en Space and Culture con el mismo título que el libro de Harvey, Ben Anderson y Jill Fenton recuerdan el pesimista diagnóstico que Toni Negri y Félix Guattari realizan a principios de los noventa: “la misma esperanza se ha dado a la fuga de este desesperanzado, desventurado y gris mundo” (citado en Anderson y Fenton, 2008: 77 t. p.). De manera que para buena parte de estos autores la esperanza constituye un método de crítica del capitalismo (Miyazaki, 2006: 165) capaz de abrir espacios que cuestionan el presente y proponen alternativas: “en las tinieblas de un mundo desesperanzado, pensar y sentir con esperanza promete una vía para desvelar momentos o instancias en las que las cosas podrían ser de otra manera” (Anderson y Fenton, 2008: 77 t. p.).

Esa articulación de la esperanza como método constituye un giro singular por el cual esta pasa de ser un objeto de estudio a convertirse en un método para la producción de conocimiento, aspecto que, como he señalado al principio, está en la base de El principio

esperanza de Ernst Bloch. En la revisión que Miyazaki hace de Bloch en The Method of Hope

(2004), el antropólogo lo pone en relación con Richard Rorty (1998, 1999) para afirmar de ambos: “la esperanza emerge como un método de involucración con el mundo que tiene implicaciones particulares para la temporalidad de la formación del conocimiento. Su perspectiva es que la esperanza convoca los límites de la retrospección de la contemplación filosófica y sirve como un método para una filosofía que se abre al futuro. En otras palabras, la introducción de la esperanza en la filosofía reorienta la filosofía al futuro” (2004: 16 t. p.). Miyazaki traslada el planteamiento de Bloch a la antropología proponiendo para esta el mismo giro que el autor alemán plantea para la filosofía: convertir a la esperanza en un método para reorientar temporalmente el conocimiento. En The Method of

hope dirá: “el argumento de este libro es que la esperanza plantea una serie de problemas

metodológicos que a cambio demandan la reorientación temporal del conocimiento. Mirar a la esperanza como un problema metodológico, y finalmente como un método más que como un producto o momento estratégico en un juego del lenguaje o un proceso semiótico, nos lleva a reconsiderar la esperanza como un agente común en la formación de todo conocimiento. Mi afirmación es que pensando a través de la esperanza como método podemos comenzar a confrontar el problema fundamental: para qué es el conocimiento” (2004: 9 t. p.). Una propuesta que desde otros ámbitos elaboran también otros autores como ya he señalado (Anderson, 2006; Anderson y Fenton, 2008). En una línea próxima se

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encuentra la especulación de Olivier Coutard y Simon Guy, quienes consideran la posibilidad de desarrollar una “epistemología de la esperanza” para los estudios urbanos desde los eSCT (2007: 716). La cuestión clave que Miyazaki plantea como fondo de su reflexión sobre la esperanza como método es respondida con una pregunta por Ben Anderson: “¿abre la investigación el presente para que se convierta en algo distinto? [...] ¿Multiplica a partir de entones la investigación la presencia de algo mejor?” (Anderson, 2006: 706 t. p.).

La esperanza de los otros

En el contexto de esta propuesta que piensa a la esperanza como método se sitúa una de las reflexiones principales que pretendo desarrollar a lo largo de la tesis: ¿cuál es la responsabilidad del analista frente a la esforzada esperanza de los otros? Si una de las cuestiones clave de la teoría social es elaborar diagnósticos del mundo y visiones esperanzadas de otros futuros posibles, ¿cómo situarse frente a las esperanzas de aquellos a quienes pretendemos comprender? Desde luego no pasa por intentar desvelar lo que los análisis críticos pretenden plantear como mistificaciones o errores. El gesto desdeñoso de lo que he denominado posturas críticas que pretende desvelar la vacuidad de las esperanzas y expectativas que sostienen las utopías de los otros asume una superioridad epistemológica por parte del analista social, o del antropólogo. Mi planteamiento es que el desafío que la utopía y la esperanza plantean no puede formularse en términos epistemológicos; no puede plantearse como un examen de la solidez o fundamentación de las expectativas y la esperanza de los otros.

El dilema que la esperanza plantea al antropólogo es determinar las condiciones de posibilidad que hacen posible esas esperanzas. A la pregunta: ¿cómo determinadas personas depositan sus esperanzas en determinadas utopías? debería indagarse en un “cómo” que dota completamente de sentido a esas esperanzas a través de un giro que reposicione epistemológicamente al antropólogo o, más precisamente, un giro ontológico en el cual la esperanza de los otros dota a su mundo de una ontología diferente. Es decir, mi planteamiento es que la esperanza plantea al antropólogo desafíos similares a los que plantea el animismo. La respuesta dada ante ambos ha sido similar en ocasiones: tratarlos como creencias infundadas; pero el giro dado por diversos autores y autoras entre quienes se encuentran Marilyn Strathern (1980), Eduardo Viveiros de Castro (2003), Amiria Henare (2007), Martin Holbraad (2007) y Bruno Latour (2004) ha sido plantear el problema no en términos epistemológicos sino ontológicos, asumiendo que en el encuentro con los otros no tratamos con las representaciones diferentes del mundo sino con mundos distintos. Los otros, quienquiera que estos sean, no elaboran simplemente representaciones diferentes del mundo sino que habitan en mundos cuya ontología es distinta a la nuestra. Ese es el punto de partida de mi trabajo y la clave sobre la cual se articula lo que al final plantearé como una indagación esperanzada sobre la esperanza de los otros.

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Estructura de la tesis

La tesis se estructura en dos partes. La primera está compuesta por los tres capítulos en los que introduzco el ámbito de mi investigación, su vocabulario teórico y la aproximación metodológica de mi etnografía. La segunda parte agrupa el conjunto de los capítulos etnográficos; en el último capítulo (nueve) presento mis conclusiones.

Ámbito de investigación, vocabulario y metodología

Mi trayectoria académica es heterodoxa y recorre un arco que va desde la física teórica hasta la antropología, pasando por los estudios sociales de la ciencia y la tecnología. Situarme y situar este trabajo en relación con una disciplina específica ha requerido por ello un esfuerzo notable que se recoge en los dos primeros capítulos. Mi intención ha sido mantener un diálogo tanto con autores que se ubican en la antropología como otros que se sitúan en los estudios sociales de la ciencia y la tecnología (eSCT); entre ellos hay toda una diversidad de posturas como las de aquellos que transitan fácilmente de uno de esos ámbitos al otro. El problema que reconozco por anticipado es que las miradas que la antropología y los eSCT lanzan sobre la realidad son diferentes; pero eso no significa que no puedan ser compatibles, complementarias y que incluso sus disensiones puedan resultar en un fértil diálogo mutuo. Los dos primeros capítulos de esta parte son un intento por establecer ese dialogo.

El primer capítulo, Antropología de lo digital, sitúa la presente investigación en relación con la apertura de la antropología a la investigación de la tecnociencia occidental desde finales de la década de los ochenta, contexto en el cual ubico el interés que en la década siguiente algunos antropólogos y antropólogas comienzan a desarrollar en sus investigaciones sobre Internet, la biotecnología y otras tecnologías digitales. Como parte de esta contextualización histórica realizo una revisión de los análisis socioculturales que se hacen al estudio de Internet desde la década de los noventa, identificando la importancia que la noción de culturas (de Internet) tiene en esos trabajos y señalando las problemáticas que plantea. Mi primera propuesta en el capítulo es situar mi discusión en relación con lo que puede denominarse “antropología de lo digital”, donde lo digital es un espacio constituido por una trama de tecnologías, prácticas y discursos diversos. Mi segunda propuesta se refiere al estudio de las prácticas, una elección que entronca con algunas de las críticas que se han hecho al concepto de cultura y que en algunos ámbitos, como la antropología de los media o los estudios sociales de la ciencia y la tecnología, está ampliamente extendida.

En el segundo capítulo, De la ontología plural a las expectativas de futuro, introduzco el vocabulario teórico de mi trabajo. Señalo las críticas hechas por algunos autores sobre la desatención que ha recibido lo material en la teorización social, incluyendo la antropología, y cómo la incorporación de los objetos materiales se articula en estos autores de una manera muy particular: abriendo la ontología como espacio para la indagación antropológica. ¿Qué significa abrir la ontología como espacio de indagación? Pues significa que el antropólogo, o la antropóloga, prescinde de algunas de las categorías ontológicas convencionales con las que está acostumbrado a describir el mundo, como, por ejemplo,

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natural y social, y explora la manera cómo los otros articulan esas categorías y las ponen en práctica. Al hilo de esta discusión introduzco algunos de los elementos principales de la Teoría del Actor-Red (TAR), una de las líneas principales de los eSCT y me detengo en particular en sus propuestas performativas y en el concepto de enactment (traer a la existencia) antes de introducir y discutir lo que se ha denominado la sociología de las expectativas, una línea dentro de los eSCT con vínculos estrechos con la TAR que tiene como objeto el análisis de las expectativas que acompañan a las tecnologías y que propone analizar la dimensión performativa que estas tienen en el presente: cómo las expectativas de futuro tienen efectos sobre el momento actual.

El tercer capítulo, Trabajo de campo entre bloggers, da cuenta de la aproximación metodológica de mi etnografía a través de una mirada reflexiva sobre la práctica de mi trabajo de campo. En primer lugar introduzco el referente empírico de mi investigación, esto es, los contextos presenciales en los que se desarrolla mi trabajo de campo, los contextos mediados por Internet así como los individuos y las tecnologías específicas que delimitan ese referente empírico. En segundo lugar discuto una estrategia metodológica clave durante mi trabajo de campo, la utilización de lo que he denominado blog de campo; un blog que me ha servido como instrumento a través del cual generar rapport, desarrollar una práctica reflexiva con respecto a la tecnología y articular mi responsabilidad ética en el trabajo de campo, aspecto este último sobre el cual me extiendo. El blog forma parte de la diversidad de instrumentos que he utilizado (correo electrónico, servicios de publicación de imágenes, teléfono) para mantener las relaciones con mis corresponsales y producir datos etnográficos en Internet.

La Blogosfera revolucionaria

En la segunda parte de la tesis desarrollo el relato etnográfico, desde el capítulo cuatro hasta el número ocho. El capítulo cuatro, El bloguear apasionado, tiene como objetivo contextualizar mi trabajo de campo y perfilar con detalle esa práctica que he denominado bloguear apasionado. Describo la expectación que los blogs y la Blogosfera acaparan durante los años 2006 y 2007 entre los bloggers y diversas instituciones como los partidos políticos y los medios de comunicación; introduzco algunos de los protagonistas en los que se encarna mi relato y presento algunos de los contextos en los que se desarrolla mi trabajo de campo, entre otros los eventos dedicados a los blogs.

Las promesas de una Blogosfera revolucionaria, el capítulo cinco, se ocupa en detalle de las

expectativas que los bloggers apasionados depositan en los blog a través del análisis de un documento, el libro publicado en España con el título de La Blogosfera hispana: pioneros de la

cultura digital. El análisis tanto del contenido del documento como de su elaboración me

sirve para señalar algunas de las promesas y expectativas más visibles que circulan en lo que denomino espacios de visibilidad (eventos, publicaciones, medios de comunicación) durante mi trabajo de campo. Resuenan en esas expectativas que conciben a la Blogosfera como una revolución las utopías digitales que se desarrollan desde la década de los noventa en torno a Internet. Así que a lo largo del capítulo establezco algunas continuidades con la “utopía digital” (Turner, 2006a) y señalo las notables diferencias que se muestran en la

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