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El tiempo de los blogs

In document Antropología de Prácticas Digitales (página 151-155)

Infraestructuras temporales

1. El tiempo de los blogs

Además de sus clases en la universidad, donde había introducido el uso de los blogs en alguna de sus asignaturas, Tíscar impartía seminarios y talleres en otros contextos. En uno de esos talleres con ancianos y ancianas se cruzó con la perplejidad de algunos asistentes cuando al rellenar el formulario necesario para crear su blog, donde les pedían consignar su edad, se encontraron con que el desplegable para la fecha de su nacimiento no llegaba más allá de la década de los cincuenta. El diseñador de La Coctelera, la plataforma española que estaban usando en esos momentos, les había excluido. Por error o quizás porque no había imaginado que alguien que hubiera superado largamente el medio siglo de edad fuera a bloguear. Pero si eso era un primer choque de quienes nacieron décadas antes de que la televisión habitara en sus hogares y ahora se afanaban con Internet, el principal conflicto de los participantes en el taller era su demanda insistente e insatisfecha para modificar el orden en que los artículos aparecían en la página principal del blog. En lugar de la jerarquía cronológica convencional de los blogs, le decían a Tíscar que querían ordenarlos según la importancia que ellos les asignaran, y no según su fecha de publicación.

Durante el periodo de mi trabajo de campo y en los años anteriores, un blog cualquiera, en la pantalla de un ordenador, aparece como una lista de textos donde el más reciente se muestra en la posición superior y, a medida que se desciende por la vertical, los textos se alejan en el tiempo hasta desaparecer más allá de una cierta fecha. El primer

documento que un blog presenta se denomina portada. En ella aparece una colección de textos, son los artículos o posts (del verbo to post, publicar en inglés). Cada uno está compuesto por un título, un primer párrafo y una fecha además de algunas categorías y etiquetas con las que se clasifica su temática. En general se muestran media docena, una decena… muy raramente aparecen todos los textos del blog; el resto duermen archivados en la base de datos del blog, alojados en algún servidor informático distante. Basta un golpe de clic para que esos otros textos inunden la pantalla. Están ahí, en un ahí cuya geografía es difícil de precisar, pero no son visibles. Los participantes en el taller impartido por Tíscar, sin embargo, no acertaban a comprender que no pudieran colocar en primer lugar, por ejemplo, el más importante de sus textos en lugar del más reciente y así lo contaba ella: “lo del orden es lo que más les mata, y yo lo entiendo, porque el blog está pensado para la publicación muy periódica, muy vinculada a la actualidad; lo actual, lo nuevo, siempre está ahí predominando, tiene el mejor sitio... genera un pacto... de frecuencia” (T.L.E2. 1.14).

En sólo una línea Tíscar relaciona el orden de los textos en el blog con la frecuencia de publicación periódica del blogger, y salta de la dimensión material del blog a la organización temporal intensa de la práctica de bloguear: “el blog está pensado para la publicación muy periódica”, dice. Esa relación no es accidental, Antonio Fumero ha escrito de los bloggers en el artículo del monográfico que edita en la revista Telos que “viven la cultura de la velocidad […] hay una manera de escribir en los blogs, diferente de la literaria o la periodística, condicionada por la hipertextualidad e inmediatez propias del medio” (Fumero, 2005: 57). Eso que Fumero llama una cultura de la velocidad implica un modo de ordenar la práctica de bloguear, la temporalidad intensiva que presente entre los bloggers apasionados y a la que conceden una excepcional relevancia. En ocasiones esa intensidad toma la forma de urgencia: escribir en el momento preciso, un día y no el siguiente, por ejemplo; en otras ocasiones en forma de oportunidad: no dejar pasar una noticia o un acontecimiento e intervenir en el diálogo que otros mantienen; y en otras ocasiones se trata de responder a los comentarios en su justo momento… Un ejemplo excepcional es el live

blogging, donde el tiempo lo es todo, como discutiré en extenso en el capítulo ocho: hay que

bloguear en el mismo momento en el que acontece la conferencia o la reunión sobre la que se escribe. Como ya he mencionado en el capítulo cuatro, la organización temporal del bloguear es muy variable y en el caso de los bloggers apasionados bloguear constituye una práctica intensiva sostenida a lo largo del tiempo. Muchos de ellos tienen metida la relación con el blog hasta el tuétano de sus huesos, hasta el punto de disponer algunas de sus rutinas cotidianas en torno al bloguear, reorganizando como consecuencia de ello otras de sus actividades. Regresando sobre Tíscar, ella comienza sus mañanas con el blog:

Es curioso porque me doy cuenta de los giros de tiempo […]antes solía levantarme, ducharme y desayunar y poner la tele; lo que hago ahora es que desayuno con Internet, que antes no lo hacía. Me pongo el café, enciendo el ordenador, miro el correo, miro las respuestas del blog, algo de noticias, poco, de hecho es algo que quiero cambiar también, porque me pillas en un punto muy absorbida por el blog. Soy muy consciente de ello, muy consciente de todo […] absorbida en el sentido del tiempo, no sólo el tiempo de escribir, es el tiempo de ver si hay algún comentario pendiente de moderación, si me han escrito algo lo miro, si hay alguien nuevo miro quién es…

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Pero el amanecer diario que comienza con la conexión a Internet es sólo el preludio de la relación continuada que se mantiene durante el día con el blog. La intensidad en el bloguear va acompañada de una extensión de la práctica, que se despliega a lo largo de todo el día; como discuto más adelante. En lo que resta del capítulo exploro esa estrecha relación que existe entre la disposición material de los textos de un blog y la práctica intensiva de bloguear; una relación que está incluso consignada en las definiciones que por la época circulan sobre los blogs. Jill Walker, otra blogger profesora de universidad en el Reino Unido con la que coincido en la BlogTalk en Viena, elabora para la Routledge Enciclopedia of

Narrative Theory una definición de los blogs en la que están presentes esos dos elementos:

“un weblog o *blog, es un sitio web frecuentemente actualizado que consiste en entradas diarias ordenadas en orden cronológico inverso de manera que el artículo más reciente aparece primero” (Walker, 2005 t. p.). Así que el tiempo constituye el elemento fundamental de la manera como los blogs se definen en un doble sentido: está inscrito en el orden cronológico e inflexible de los textos que se jerarquizan en una vertical cronológica y está presente en la frecuencia temporal de la práctica de escritura del blog. Un doble sentido que de hecho remite al doble significado del término “blog” en inglés, que funciona como sustantivo para referirse al objeto y como verbo (to blog) para referirse a la práctica a través de la cual se elabora. El Diccionario panhispánico de dudas insiste sobre la idea de la frecuencia al definir un blog a principios de 2005 como un “sitio electrónico personal, actualizado con mucha frecuencia, donde alguien escribe a modo de diario o sobre temas que despiertan interés, y donde quedan recopilados asimismo los comentarios que esos textos suscitan en sus lectores” (RAE, 2005). Y los términos de esa definición son asumidos por diversas autoras, como por ejemplo cuando Bonnie E. Nardi define los blogs como “páginas web frecuentemente actualizadas con una serie de artículos archivados, típicamente en orden cronológico inverso” (Nardi, et al., 2004: 1) o cuando Susan Herring los define como “páginas web modificadas en las que las entradas diarias están listadas en una secuencia cronológica inversa” (Herring, et al., 2004: 1).

El interés por el tiempo ha sido permanente en la antropología (Evans-Pritchard, 1940; Gell, 1992) y también en sociología. Elga Nowotny (1994 [1989]) y Barbara Adam (1990, 2004) han abordado específicamente la relación del tiempo con la tecnología, señalando cómo ésta es un elemento fundamental en la organización de la temporalidad de nuestras sociedades desde hace varios siglos. En las primeras décadas del siglo pasado, Lewis Mumford ya señala al reloj como la tecnología clave de la revolución industrial, más relevante incluso que la máquina de vapor: “el moderno sistema de producción industrial podría prescindir del carbón, del hierro y del vapor más fácilmente que del reloj” (Mumford, 1998 [1934]: 34). Los primeros cambios en la percepción del tiempo se habían producido en los siglos XII y XIII, y serían intensificados con la introducción del reloj y aún más con el desarrollo de diversas tecnologías de comunicación como el teléfono o el telégrafo inalámbrico desde finales del siglo XIX (Nowotny, 1994; Adam, 2004). Esas tecnologías transforman la noción del tiempo y su ordenación con la introducción de nuevas temporalidades, comenzando por el disciplinamiento temporal que impone la fábrica, y continuando por las transformaciones en ámbitos diversos como la relación con el Estado, el comercio o la vida privada. Si antiguamente el tiempo era un regalo divino, con la medición del tiempo gracias al reloj y en el contexto de una progresiva

industrialización desde el siglo XVIII, el tiempo se torna en algo que puede ser controlado, comprimido, mercantilizado y colonizado, como dice Barbara Adam (2004). Una transformación que se acentúa a finales del siglo XIX con las múltiples innovaciones de tecnologías de la comunicación que se desarrollan en esa época. Esas tecnologías constituyen el desarrollo lo que Nowotny llama una infraestructura de la simultaneidad (Nowotny, 1994: 10), pues a partir de entonces, y gracias al teléfono y el telégrafo sin hilos es posible tener noticia en cualquier lugar de aquello que ocurre en cualquier otro (siempre que estén conectados, claro está). Y a partir de ese momento entramos en eso que Adam un presente global (Adam, 2004: 120).

Pero las implicaciones de esas tecnologías no se refieren únicamente a la performación de ciertas temporalidades, esto es, a cierta ordenación del tiempo. Las innovaciones tecnológicas llegan acompañadas de la noción de progreso y con ella la historia de la humanidad se “temporaliza”, dirá Nowotny (1994: 16). Esa temporalización de la historia de la humanidad se traduce en la noción de una aceleración de la innovación, la idea de un aumento progresivo de la velocidad con la que las nuevas maravillas de la tecnología arriban (Nowotny, 1994: 11; Adam, 2004: 119). La noción actual de obsolescencia, que señala la superación de unas tecnologías por otras que tornan a las primeras en obsoletas no hace sino redundar sobre esa idea de aceleración (Nowotny, 1994: 62). Así pues, ambas autoras señalan un doble efecto de las innovaciones tecnológicas sobre el tiempo, de un lado la noción de una aceleración del tiempo histórico en el que suceden los acontecimientos; y del otro lado una aceleración de las prácticas situadas a través del uso y la presencia de esas tecnologías.

Esa aproximación que piensa en la producción de temporalidades como consecuencia de la tecnología se ha retomado con intensidad en los análisis que investigan en los efectos que tienen Internet y las tecnologías digitales sobre el tiempo en nuestra contemporaneidad. Si en la década de los noventa se concibe a menudo a Internet como un espacio ageográfico, el tiempo corre una suerte similar al pensar, como hace Manuel Castells, en términos de un “tiempo atemporal” (Castells, 2001 [1996]: 452) o al señalar lo que Paul Virilio concibe como la desaparición del presente (1986). Al referirse específicamente a Internet, Heejin Lee y Jonathan Liebenau proponen pensarlo en términos de comportamientos temporales (2000). En este contexto surgen una serie de conceptos con los que se intenta caracterizar lo que se entiende como la singular temporalidad que acompaña a Internet. La que el antropólogo Michel S. Laguerre denomina “tiempo virtual” (2004), diferente del tiempo real y objetivo (y del que marca el calendario) y que “se manifiesta a través del colapso de los límites temporales y la compresión de la distancia temporal” (Laguerre, 2004: 223). Un planteamiento próximo a como Robert Hassan (2003) define lo que denomina tiempo en red (network time): “un tiempo de reloj comprimido digitalmente” que resulta en una “aceleración generalizada” y que el autor vincula explícitamente a la extensión del neoliberalismo, un tiempo que supone un desafío para las temporalidades que las democracias liberales requieren, incapaces de adaptarse a ese ritmo (Hassan, 2009).

Todas estas reflexiones apuntan a Internet y las tecnologías digitales como vectores en la articulación de temporalidades específicas en nuestras sociedades. En este capítulo me

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ocuparé del tiempo de los blogs indagando en la temporalidad de la práctica del bloguear apasionado, pero no lo haré suponiendo un tiempo objetivo, un tiempo mecánico o real que es acelerado a través de las tecnologías digitales. En su artículo ‘Trains of thought - Piaget,

formalism and the fifth dimension’ (1996), Bruno Latour discute la asunción de que pueda

pensarse en un tiempo objetivo frente a un tiempo subjetivo y propone por el contrario que el espacio, tanto como el tiempo, es una consecuencia de la circulación de entidades particulares. Su propuesta es pensar no en términos de tiempo y espacio sino de temporización y espaciación y de actuación (acting). Las entidades no circulan sobre un tiempo y un espacio, por el contrario, diferentes tiempos y espacios son producidos como consecuencia de particulares arreglos de actores y la circulación de entidades específicas que operan en la temporaización, espaciación y actuación. La producción de un tiempo moderno, por ejemplo, puede leerse desde esta perspectiva a través de la producción y circulación del reloj mecánico, como hace Lewis Mumford (1998).26

En capítulos anteriores me he referido a la práctica intensiva sostenida a lo largo del tiempo como un elemento caracterizador de los bloggers apasionados; una práctica que se infiltra en la cotidianidad y que requiere de los individuos una considerable dedicación. La cuestión que se plantea entonces es ¿cómo se despliega esa práctica de implicación con el blog y la Blogosfera?, ¿cómo esos individuos se implican de manera intensa, escribiendo todos los días durante semanas, meses y años? Para responder a esta cuestión exploraré la doble dimensión temporal que he señalado al principio: un tiempo inscrito en la materialidad del blog y un cierto ritmo temporal performado en la práctica de bloguear. Lo primero que haré será introducir el concepto de infraestructura blog, con la cual me referiré a toda la serie de entidades materiales que toman parte en la producción de los blogs y me centraré en dos trabajos que realiza la infraestructura, de un lado la producción de lo que denomino inscripciones y del otro el almacenamiento, organización y manipulación de esas inscripciones en bases de datos; describiré toda una serie de dispositivos a través de los cuales esas inscripciones se visualizan en algunas de las prácticas cotidianas de los bloggers y cómo contribuyen a organizar temporalmente la práctica de estos. Pero antes de llegar a eso es necesario introducir esa entidad que tan a menudo ha pasado desapercibida en los estudios socioculturales de los blogs, lo que llamo la infraestructura blog.

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