Antropología de lo digital
4. La práctica como locus empírico de investigación
Uno de los aspectos que estos trabajos ponen de manifiesto es la diversidad y heterogeneidad que resulta en el encuentro de diferentes individuos y colectivos con las tecnologías digitales. Regresando al texto de Gabriella Coleman sobre los hackers, frente a la persistencia de una representación dicotómica de este colectivo que los imagina como tipos asociales enredados en siniestras prácticas o héroes en lucha contra el capitalismo, Coleman (2008) muestra la diversidad en ellos distinguiendo entre hackers defensores de la encriptación, programadores del software libre y hackers underground; cada uno de ellos con códigos éticos diferentes, por ejemplo.
La diversidad digital
La etnografía que T. L. Taylor realiza sobre el juego online masivo Ever Quest es igual de iluminadora en este sentido. En un encuentro de campo que tiene con dos jugadores, reunidos en la casa de uno de ellos, Taylor cuenta cómo su anfitrión les hace un recorrido por la casa para terminar en su sala de juegos: “tenía varias pilas enormes con CD, papeles, revistas, y todo tipo de cosas. En su mesa se encontraba mi primer contacto con un universo completamente diferente de jugar EverQuest –dos ordenadores hombro con hombro con el juego funcionando al mismo tiempo. Más tarde Mitch incrementó el número a tres” (Taylor, 2006: 68 t. p.). Es precisamente cuando Mitch charla con Josh, otro jugador presente, cuando Taylor se da cuenta de que le resulta imposible relacionar su experiencia del juego con la que tienen ellos y su conclusión es taxativa, Mitch y Josh juegan un videojuego diferente al que ella juega (Taylor, 2006: 68 t. p.). Lo que le lleva a reclamar la necesidad de ocuparse de este tipo de prácticas diferenciadas, frente a la literatura que se centra, generalmente en los “jugadores genéricos” (2006: 69). Lo interesante es esa idea, que sin embargo Taylor no desarrolla, de que el juego de unos y de otros es diferente; pero, ¿qué significa que el juego es diferente para cada uno de ellos?, un ejemplo: “al examinar a los jugadores intensivos (power gamers), comenzamos a confrontarnos con un modelo de juego que en algunas ocasiones parece y suena muy diferente de cómo usualmente hablamos de los juegos. A la simple idea de la “diversión” se le da la vuelta como a un calcetín con ejemplos de implicación que se fundan en la eficiencia, el aprendizaje (a menudo doloroso), las tareas repetitivas y aburridas, altas dosis de responsabilidad e intensidad en la focalización” (Taylor, 2006: 88 t. p.). Y aunque la intensidad de los power gamers está muy vinculada a la articulación temporal de la práctica, la
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autora argumenta cómo lo que define a estos jugadores no es únicamente la cantidad de horas que dedican a jugar, sino una articulación muy precisa de su práctica. Ambas autoras desvelan la variedad que hay en esas identidades y prácticas, ya sean los hackers o los jugadores de Ever Quest, suministrando diversidad sobre lo que en ocasiones aparece como un todo homogéneo e indiferenciado.
Una de las estrategias metodológicas más comunes para la producción de diversidad en el análisis de Internet ha consistido en desagregar la red en diferentes tecnologías (Slater, 2003: 143), convirtiendo una de ellas en el objeto de estudio, ya sean los MUD (Markham, 1998), el chat (Mayans, 2002a) o los juegos online (Taylor, 2006; Boellstorff, 2008); a través de esta estrategia se evidencia la diversidad de prácticas que resultan del encuentro de individuos con tipos de tecnologías diferentes (blogs, chats, redes sociales, wikis, etc.). Pero la diversidad a través de la desagregación de Internet se logra a menudo a costa de homogeneizar la multiplicidad de prácticas que resultan de esos encuentros, como queda patente al pensar en términos de culturas asociadas a tecnologías, como he argumentado más arriba. En otras ocasiones, esa estrategia produce diversidad a costa de ignorar otras tecnologías y prácticas que son relevantes en relación con la tecnología objeto de estudio; es decir, la desagregación de Internet en diferentes tecnologías se consigue ignorando muy habitualmente la imbricación que existe entre las prácticas mediadas por diferentes tecnologías, como ocurre cuando quienes practican juegos online incorporan blogs, usan foros y chatean con sus colegas de juego (Taylor, 2006; Isabella, 2007), pero estos son relegados en el trabajo de campo por conveniencias metodológicas exclusivamente.
Estrategia metodológica
Las tensiones que emergen en torno al concepto de cultura han sido exploradas desde hace dos décadas por autores como Adam Kuper (2001 [1999]) o Lila Abu-Lughod quien, escribiendo “contra la cultura” (1991) señala la homogeneización que acompaña a la noción de cultura y propone como alternativa para evitar esos problemas pensar en términos de prácticas y discursos. La práctica en particular constituye un concepto que ha ganado interés entre los antropólogos y otros científicos sociales desde la década de los setenta del siglo pasado; pero la forma como ha sido concebida analíticamente y su teorización ha sido muy variada. En particular hay dos articulaciones del concepto de práctica que resultan radicalmente diferentes aunque muy a menudo estas diferencias no se explicitan cuando se habla de prácticas. En primer lugar la práctica es para autoras como Abu-Lughod un concepto analítico y una estrategia metodológica para la delimitación del referente empírico de sus trabajos; en segundo lugar, la práctica es un concepto teórico sobre el cual se fundamentan toda una serie de teorías sobre la producción de lo social. Si bien en algunos autores están presentes simultáneamente esos dos enfoques, esta distinción permite iluminar un aspecto fundamental que diferencia las propuestas de quienes se adscriben a las teorías de la práctica de quienes convierten a estas en su referente empírico.
Para Lila Abu-Lughod, la práctica (junto con el concepto de discurso) permite construir un objeto antropológico que sustituye a la cultura, el cual es y ha sido secularmente una estrategia para la producción de alteridad (1991, 1997); una manera de
hacer al otro uno diferente. La práctica es por lo tanto un mecanismo para la producción de alteridad que permite salvar los problemas ya señalados con el concepto de cultura: el exceso de coherencia y uniformidad. En cambio, Sherry Ortner (1984) plantea una relación entre el concepto de cultura y de práctica completamente diferente pues vincula explícitamente el concepto de práctica con el de cultura y critica las teorías de la práctica por prescindir precisamente del concepto de cultura. La relación que las antropólogas y antropólogos establecen entre la práctica y el concepto de cultura es por lo tanto muy variable; otro ejemplo lo constituye el trabajo de Ardévol et al. quienes ubican la práctica dentro del ámbito más general de la cultura cuando se ocupan del análisis de prácticas mediáticas que son concebidas como una instancia particular de la cultura del videojuego (Ardévol et al., 2010). Quienes convierten a la práctica en su objeto de estudio en sustitución de la cultura argumentan que esta última es sólo uno de los enfoques analíticos posibles en la realización de etnografías (Abu-Lughold, 1991, 1997; Hannerz, 1998; Hastrup, 1999). Se abre entonces la posibilidad de construir otros objetos de estudio: culturas que no se encuentran en lugares distantes, que no se encuentran localizadas geográficamente, e incluso objetos de estudio que no son culturas. Hay otros enfoques analíticos posibles para el estudio antropológico; y una de estas alternativas es el estudio de las prácticas.
Abandono del holismo
De la propuesta que pretende hacer de la práctica un sustituto del concepto de cultura quiero recuperar dos de sus argumentos; el primero se refiere al abandono del holismo y el segundo al tipo de conocimiento producido. La orientación hacia el estudio de las prácticas coincide con la llamada de antropólogas como Joan Passaro (1997) cuando señala la imperiosa necesidad de que la antropología se ocupe del estudio de realidades no holísticas. Frente a la cultura, el estudio de prácticas abre para la antropología la posibilidad de indagar en realidades no holísticas, parciales, heterogéneas y dispersas en el espacio y en el tiempo. A través de la práctica es posible articular estrategias metodológicas para la producción de formas de alteridad en las que no se naturalizan la identidad de los otros y estas pueden ser delimitadas de una manera precisa ya que la práctica es un concepto analítico construido por el investigador, como desarrollo más adelante. Es el antropólogo o la antropóloga quienes elaboran las categorías a través de las cuales delimitan en su encuentro en el campo lo que constituye una práctica; de esta manera a través de esas categorías pueden producir formas particulares de alteridad, identidades concretas con las que delimitan al colectivo que constituye su objeto de estudio, como ya ha propuesto Vered Amit (2000b). De esta manera, la práctica permite desagregar eso que la cultura toma como homogéneo y coherente en múltiples prácticas distintas; una diferenciación que resultará de la elección particular que el analista haga de las categorías a través de las cuales articula su delimitación empírica de una práctica. Ahora bien, que la práctica permita desagregar lo que la cultura toma como homogéneo no significa que necesariamente sea así; el analista corre el peligro de naturalizar y esencializar la práctica si no reconoce su naturaleza construida; y en segundo lugar, corre el mismo riesgo de un exceso de coherencia y homogeneización si la práctica está definida de manera excesivamente laxa.
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Las teorías de la práctica
Las que se denominan teorías de la práctica, en plural, constituyen un conjunto de contribuciones diversas realizadas desde la década de los setenta por autores como Pierre Bordieu (1977), Anthony Giddens (1979), Michel de Certeau (1984) y Theodore Schatzki (1996, 2002), entre otros. La diversidad de sus teorizaciones y de la manera como conciben lo que constituye una práctica es notable y la etiqueta teoría(s) de la práctica utilizada por Bourdieu o Schatzki no es usada por otros autores (Reckwitz, 2002a: 259). Pero en cualquier caso, todas ellas plantean propuestas teóricas para la explicación de la acción y el orden social que se fundamenta en el concepto de práctica. Es decir, las teorías de la práctica son vocabularios para abordar el análisis de la realidad que sitúan el locus de lo social en las prácticas (Reckwitz, 2002a) en lugar de ubicarlo en el sujeto, en su mente, o en los textos y el discurso. Mientras que propuestas como la teoría de la decisión racional sitúa en los razonamientos mentales de los individuos la explicación de la acción social, o la teoría de sistemas lo sitúa en estructuras externas a este, las teorías de la práctica ubican la producción del orden social en eso que designan como prácticas; estas constituyen la unidad mínima para el análisis de lo social (Reckwitz, 2002a: 245). Las teorías de la práctica proponen por lo tanto una mirada sobre lo social que se opone a teorías como el estructuralismo, estructural-funcionalismo y el post-estructuralismo, la teoría de sistemas, la semiótica o el interaccionismo simbólico (Schatzki, 2001: 2). Theodore Schatzki, uno de los principales autores que ha teorizado las prácticas, dirá que la práctica es el locus en el cual se produce el orden y se articula la inteligibilidad del mundo. John Postill resume de manera sucinta la orientación general en las teorías de las prácticas: “La teoría de la práctica, como una rama de la teoría social centrada en el ‘prácticas’ antes que en estructuras, sistemas, individuos o interacciones. Las prácticas son el conjunto de actividades encarnadas que los humanos desarrollan con una variedad de compromisos, competencias y aptitudes [...] la primera generación de teóricos de la práctica buscó un camino intermedio virtuoso entre el exceso del individualismo metodológico (la idea de que podemos explicar los fenómenos sociales sobre la base de las acciones individuales) y las otras lógicas opuestas, el holismo metodológico (la explicación de los fenómenos por medio de estructuras sociales completas, Ryan 1970). De una manera diferente, intentaron liberar la agencia – la capacidad humana para actuar sobre y cambiar el mundo- de las constricciones de los estructuralistas y los modelos sistémicos mientras evitaban caer atrapados en el individualismo metodológico” (Postill, 2010 t. p.).
En el volumen que Theodore Schatzki, Karin Knorr Cetina y Eike von Savigny editan con el claro título de The Practice Turn in Contemporary Theory (2001), los autores dejan muy claro el alcance que le presumen a la práctica como marco de análisis social: “la teoría de las prácticas es un horizonte del pensamiento social presente [….] un flexible, pero sin embargo, definido movimiento de pensamiento que se encuentra unificado en torno a la idea de que el campo de las prácticas es el lugar para investigar fenómenos como la agencia, el conocimiento, el lenguaje, la ética, el poder y la ciencia” (Schatzki, 2001: 13 t. p.). Y ese movimiento que ubica la producción de lo social en las prácticas tiene implicaciones en la manera como se concibe el cuerpo, la mente, los objetos y el conocimiento (Reckwitz, 2002a). Así que algunos autores -aunque no todos aquellos que se agrupan bajo la etiqueta de las teorías de la práctica- han vinculado estrechamente a esa orientación hacia el estudio
de la práctica con la incorporación de lo material en la teorización social (Schatzki, 2001: 3; Reckwitz, 2002a, 2002b), como ocurre en las propuesta del mismo Schatzki, Bruno Latour, Trevor Pinch y Annemarie Mol entre otros. Ese reposicionamiento de lo material es muy evidente en la manera como Schatzki resume la definición de las prácticas como “tramas de actividades humanas mediadas materialmente y encarnadas que están organizadas en torno a entendimientos prácticos compartidos” (Schatzki, 2001: 2 t. p.).
¿Qué es una práctica?
Pero, ¿qué es exactamente una práctica?, como he señalado en la sección anterior, las nociones de prácticas que manejan diversos autores varían notablemente y en ocasiones, en estudios empíricos, el concepto no se discute ni se explicita teóricamente, lo cual lo sitúa muy a menudo en una notable indefinición. Un ejemplo de esto último lo constituye el ámbito de la antropología de los media, donde la orientación hacia el estudio de las prácticas se ha intensificado en los últimos años. En una revisión que hace de la literatura que utiliza el concepto de prácticas, John Postill señala cómo este tiene sentidos y significados enormemente diferentes sin que se defina o se problematice las más de las veces en la literatura (2010). Con la intención de evitar esa indefinición, en lo que sigue haré una caracterización analítica del concepto de práctica a partir de la propuesta que hace Theodore R. Schaztki en dos de sus obras, la primera es Social Practices. A Wittgensteinian
Approach to Human Activity and the Social (1996) y la segunda, en la cual amplía su discussion,
es The site of the social: a philosophical account of the constitution of social life and change (2002). El esfuerzo que este filósofo realiza por clarificar analítica y teóricamente lo que entiende por una práctica es valioso y resulta clarificador para puntuar las diferentes dimensiones de un concepto que puede llevar fácilmente a equívocos.
Con el concepto de práctica se hace referencia en ocasiones a acciones situadas, que acontecen aquí y ahora; acciones como cocinar, esquiar, andar, nadar o leer… pero al hablar de prácticas, o de una práctica, Schatzki no se refiere únicamente a ciertas acciones puntuales sino al conjunto de acontecimientos previos y futuros que tienen relación con ese hacer y decir particular junto con el conjunto de elementos diversos que hacen ese hacer y decir inteligible y le dotan de sentido. Así es como Theodore Schatzki define las prácticas:
Las prácticas son un despliegue temporal y trama de haceres [doings] y decires [sayings] espacialmente dispersos. Ejemplos de prácticas son el cocinar, las prácticas de votar, las prácticas industriales, las prácticas recreativas y las prácticas correccionales. Decir que esos decires y haceres que forman una práctica constituyen una trama es decir que están ligados de cierta manera. Tres formas principales de ligazón están implicadas: (1) a través de entendimientos, por ejemplo, de qué decir y hacer; (2) a través de reglas explícitas, principios, preceptos e instrucciones y (3) a través de lo que llamo estructuras “teleoafectivas” que abarcan fines, proyectos, tareas, propósitos, creencias, emociones y humores”
(Schaztki, 1996: 90 t. p.)
En lo que sigue señalo tres dimensiones de las prácticas: la primera cuestión se refiere al carácter entramado y expansivo de las prácticas, la segunda se refiere a su diversidad y a su variación a lo largo del espacio y del tiempo y finalmente su dimensión analítica, o dicho
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de otra manera, lo que constituye una práctica es definido por el analista. En la definición de las prácticas, Theodore Schatzki plantea que el cocinar, nadar y leer que acontecen aquí y ahora están relacionados con el cocinar, nadar y leer que el mismo individuo desplegó en otro tiempo y en otro lugar; más aún, el cocinar, nadar y leer de un individuo está relacionado con el cocinar, nadar y leer que otros individuos han desarrollado en tiempos y lugares distintos. De esta manera se le dota de cierta extensión en el espacio y el tiempo a lo que en un primer momento hemos pensado como un hacer o un decir situado. Esa trama de acciones diseminadas en el espacio y en el tiempo y a través de actores diversos constituye una práctica en la cual el hacer y decir diversos (doings and sayings) están vinculados por un conjunto de sentidos e interpretaciones compartidas (understandings); a los cuales se añaden elementos normativos (normas, reglas, principios e instrucciones) y emocionales (fines, proyectos, creencias, emociones, etc.). La práctica es por lo tanto una trama temporal y geográfica que está vinculada a la circulación de objetos, de personas y de discursos.
Anteriormente he señalado la diversidad de las prácticas en relación con las tecnologías digitales. De ahí que hablar de prácticas en plural, por ejemplo al hablar de las prácticas de bloguear, se está haciendo referencia a las múltiples articulaciones de acciones similares. Suministrar diferencia entre acciones que aparecen como similares es algo que hacemos de manera cotidiana. Pese a la similitud, somos capaces de establecer diferencias sutiles en lo que constituye, por ejemplo, el andar. Distinguimos por ejemplo entre pasear, caminar, deambular… pasear es andar por diversión o para hacer ejercicio; caminar, en cambio, se define como “recorrer a pie cierta distancia” mientras que deambular introduce un modalizador que señala un nuevo elemento: andar sin dirección determinada. Al referirnos a un individuo que mueve sus piernas hemos elaborado más diferencias: yerra cuando anda vagando de una parte a otra y patea (de patear) cuando anda haciendo diligencias para conseguir alguna cosa. La diferenciación que hemos realizado en el andar no se agota aquí, pero basta para ilustrar cómo somos capaces de suministrar diversidad entre acciones que aparecen como semejantes. La tarea del analista es desvelar las estrategias analíticas para articular los diferentes modos que componen una práctica, las categorías a través de las cuales es posible poner de manifiesto esa diversidad y explicitar las