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qucllas soledades. Sentía, sin duda, todo el peso de su responsa- bilidad; pero sin dejarse abatir por ella, buscaba con ánimo sereno los medios de salvarse y de salvar á los que lo acompa- ñaban. En el conflicto en que se veia, le ocurrió por fortuna la idea de valerse de la brújula y del mapa que le habían propor- cionado los indios de Guazacualco, en el cual debían estar, ¡í la cuenta, marcados los puntos cardinales. I ; n piloto que iba en el ejército buscó la dirección del este, á cuyo rumbo caía el pueblo de Temastepec. y con este recurso pudo continuarse la marcha, hasta llegar al lugar citado. Hallarónlo desierto, como habían encontrado el de íztapan; pero no falto de víveres ni de forrajes.
Algunos de los expedicionarios habían sucumbido ya bajo el [teso de las fatigas y las privaciones de aquel desastroso viaje.
Doce soldados españoles y muchos indios mexicanos quedaban sepultados en aquellas selvas. Igual suerte había corrido el vo- latín; y de los cinco músicos de chirimías, sacabuches y dulzai- nas no quedaba mas que uno en aptitud de divertir el fastidio de su señor, lo cual ejecutaba con gran enojo de los soldados, que quisieran mas, según se expresa el historiador de la expedi- ción, tener algo que comer que no oír música. (1)
Lo que los irritaba mas era el saber que Cortés llevaba una gran piara de cerdos, para 61 y para los de su servidumbre, que
caminaban dos ó tres jornadas atras del ejército, á fin de que no los viesen. Sospecharíamos de la verdad del hecho, si no lo
•confirmara la relación del mismo general al emperador, que menciona varias veces los tales cerdos, diciendo haberle sido de gran recurso, en medio de la espantosa penuria que afligió ¡í los expedicionarios.
Siguieron estos su penosa marcha con dirección, al pueblo de Ciguatepec, llevando algunos indios de Temastepec que los ayu-
( i ; " . . . . Como en Castilla eran acostumbrados á regalos y no sabían de trabajos, y coi. la hambre habían adolecido y no le daban música, cscepto uno, y r e n e g á b a m o s todos los soldados de lo oir, y decíamos que parecían zorrea ó adives que aullaban, que mas valiera tener 4ue comer quo música.
(//¿sí. de la Gong. Cap. C L X X V . )
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(laron en el paso de dos rios. Grababan cruces con sus espadas- en los prandes ceibas del camino, y de trecho en trecho coloca- ban también papeles en que escribían estas palabras: por aquí pasó Cortés; á fin de que si algunos de sus compatriotas fuesen en busca del ejército, pudieran saber la dirección que llevaba.
Adelantaron á algunos de los indios para que anunciaran á los señores de Ciguatcpec la próxima llegada de los castellanos y les dieran toda seguridad respecto al objeto del viaje. Con esta precaución, los indios no abandonaron el pueblo y recibieron bien & los españoles. Cortés procuró ganarse su amistad con buenos modos y con regalos de algunas de las bujerías de Cas- tilla que ellos estimaban tanto, y les pidió noticia acercà del camino que debería seguir. Informado de que un rio caudaloso, que corria cerca del pueblo llevaba sus aguas al mar del norte, y que á muy corta distancia de su desembocadura estaba una población llamada Xicalango, dispuso enviar alguna gente en dos canoas, ¡tara que bajando el rio, fuesen en solicitud de dos navios que debían andar por aquella costa, cargados de pro- visiones.
En efecto; desde Guazacualco habia escrito Cortés á México, previniendo diesen orden á Veracruz de despachar dos buques con víveres á la costa de Honduras, donde él enviaria á buscar- los. Debía mandar los dos navios, según las instrucciones deí mismo Cortés, un capitán llamado Simon de Cuenca. Parecióle oportuna la ocasión que se le presentaba cuando llegó á Cigua- tepec y envió aquella gente ¡í Xicalango, con el objeto dicho.
Pero por desgracia no se limitaron sus órdenes á que se reco- giesen las provisiones que llevaban los navios, sino que tuvo IÍS intempestiva idea de disponer que el capitán Francisco de Me- dina, que salió á la cabeza de la gente que despachó con la co- misión, compartiese con Cuenca el mando délos buques. Debe haber sido ese Medina aquel oficial cuyos abusos habían origi- nado la insurrección de Chiapas, y • á quien por esto remitió' preso ¡í México Diego de G-odoy. El resultado de la desacertad»
disposición de Cortés fué harto funesto. Llegado Medina á la costa, donde encontró los buques, entregó la órden á Cuenca;
pero este se negó á obedecerla, hecho demasiado común en
aquellos capitanes, que solían hacer muy poca cuenta de la
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-disciplina militar. Insistid Medina en que se cumpliese la orden:
resistidlo el otro, y pasaron luego de las razones ;í las vias de hecho. Se empeñó un combate entre ambos bandos, en que murieron muchos de los de Cuenca; pero lo peor fué que los indios de Xicalango, qnc presenciaban la pelea, juzgaron pro-
picia la ocasión para acabar con los españoles, y cayendo re- pentinamente en gran número sobre unos y otros, los mataron
¿í todos, sin dejar uno solo que fuera ;í dar noticia del desastre.
Pegaron fuego á los dos navios, y hasta dos años y medio des- pués llegó ;í saber Cortés lo que había sido de aquella gente, víctima de una imprudente disposición suya.
Habiendo dispuesto continuarla marcha y penetrar en el ter- ritorio de los acalaes, situado éntrelas tierras do los lacando- nes y el Peten-Itza, creyó conveniente el general que se adelan- tara Bernal Diaz con algunos otros soldados, para anunciar :í los caciques de Acalú el próximo arribo de los castellanos. Mien- tras el futuro historiador de la conquista andaba desenipeíian-
<lo aquella comisión, los habitantes de Ciguatepee, d cansados de .mantener al numeroso ejército de Cortés, ó exasperados por al- gunos desmanes de la tropa, que el jefe no podría evitar, se huyeron todos una noche y dejaron ¡í sus huéspedes sin re- curso alguno. Mandó Cortés cuatro españoles en busca de vi- veres, ií unas rancherías poco distantes, y murieron a manos de los indios. Con esto determinó levantar el campo cuanto antes y escribió á Castillo que saliera ;í encontrarlo con todas las pro- visiones que pudiese reunir, pues de otro modo perecerían de hambre. Emprendió la marcha, y alas dos jornadas, el ejército se encontró detenido por un rio mucho mas ancho y mas profun- do que los que hasta entonces habia atravesado. (1) Para sal- varlo era preciso construir un puente de enormes dimensiones.
Otros habrían vacilado en vista de la magnitud de la empresa;
•pero Cortés no retrocedia jamás ante las dificultades. Dispuso
•que se construyese un puente flotante sobre el rio; y poniéndose
( I j H e r r e r a , (Dec. I l l , L i b . V i , Cap. X I I ) dice queen un espacio de t r e i n t a y cinco leguas h'il)ia tonillo que pas T el ei^rc^n inns de cincuenta
rios y cie'negas, haciendo otros tantos puentes para podtr atmvtsarlos.
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á la obra el ejército entero, que obedecía como un solo hombre ¡t aquella enérgica voluntad, cortaron de los bosques mas de mil piezas de madera del grosor de un cuerpo humano y de ocho y diez varas de largo. Emplearon en esta operación cuatro dias, al cabo de los cuales quedó concluido el puente, tan so'lido y tan [irme, que pudo pasar por él el ejército sm'peligro alguno. (1) Los indios de Acalá, que vieron aquella maravilla, quedaron a- sombrados; y concibiendo la mas alta idea del poder de sus au- tores, dijeron que para los españolcs»no habia cosa imposible.
De todos los pueblos de las inmediaciones acudían las gentes á ver la obra, y por mucho tiempo duró la fama en el país de /t(n céldbn-f pamies de Cortés.
Rntre tanto el diligente .Bernal Diaz habia conseguido en los veinte pueblecillos de Acalá una provision regular, y se diri- gia á encontrar al ejército, con ciento treinta cargas de maiz.
ochenta gallinas de la tierra, frijoles, miel y algunas frutas. Los soldados, que tuvieron noticia de que se aproximaba aquel so- corro, no quisieron aguardar ;í que llegase al campamento y se distribuyese. Salieron al camino, y como lobos hambrientos, se echaron .sobre las pz*ovisiones, sin dejar un grano de maiz para los jefes; burlándose de los criados de Cortés que reclamaban algo para su amo. (2)
El general sintió mucho aquel desínan; pero conociendo que, como 1c dijo Castillo al reconvenirlo por haber dejado tomar las provisiones, el hambre no tiene ley, tuvo por bien disimular el he- cho, y con palabras blandas rogó al. mismo Diaz le diese alguna cosa para él y para el capitán Sandoval, de lo que sin duda ha- liria reservado para sí. Tenía, en efecto, algunas provisiones o-
(1) (Jarla quinta cíe Cortés al emperador, Colecc. de (xayangos.
(2) Dice Castillo que el mayordomo de Cortés, llamado Carranza, y su despensero, Guinea, daban voces y se abrazaban con el maiz, queriendo to- mar siquiera una carga; pero l o i soldados no lo permitieron y les d e c í a n :
"buems puercos habéis comido vosotros y Cortês y nos h á b e i s visto m o r i r de hambre è?io n o s ã a b a ã e s n a d a de ellos;" y no curaban de cosa que les d e c í a n , sino que todo se lo a p a í í a b a n . (Hist, d e l a Conq. Cap. C L X X V I ) .
DE LA AMERICA (.'ENTRAI,. | ] ]
cultas en el monte, y las partió con su gefe y con su amigo San- doval, que fué eu persona ¡í buscarlas; no queriendo liar ¡í nadie el encargo, que en las circunstancias, era delicado.
Después de haber pasado el rio por el puente, construido con tanto trabajo, se encontró el ejército con nuevas dificultades, pues dió con unas «üénegas tan grandes y tan profundas, (pie no valia el amou tona r troncos y ramas de árboles para propor- cionarse paso. Los caballos se vieron en inminente riesgo cu iuniellos atolladeros, donde se liundian, segim dice Cortés, hasta- las orejas; de tal modo que creyó perderlos todos. (1) Por fortu- na el mismo trajín de la gente fué batiendo el lodo y formando un arroyo por el cual pudieron pasar los caballos medio il nado.
Salvado aquel peligro, quedaba siempre la grave dificultad de la falta de subsistencias. Agotadas las que había conseguido Ber- nal Diaz, le encargó Cortés volviese sí Acaláy procurase obtener mas provisiones. Fué efectivamente y pudo remitir unas cien «'.ar- gos de maíz, que salió á recibir el mismo Cortés con algunos de los principales capitanes y se distribuyeron al ejército con toda regu- laridad.
Los caciques de A .cal sí grande salieron al camino ;í dar la bien venida sí los españoles, llevándoles algunas provisiones mas, en re- compensa de lo cual los obsequió Cortés con unos cuantos általo- ríos y otras fruslerías de que hicieron grande aprecio.Diéronlc infor- mes acerca del camino que debería seguir y le dijeron que ocho jornadas adelante había hombres barbados, que tenían caballos y
tres buques en el mar. Mostníronle un mapa como el que le ha- bían dado en Guazacualco, en el cual estaban señalados todos los pueblos del tránsito y los ríos y ciénegas que habría que pasar.
Cortés les suplicó fuesen á construir puentes y (pie llevasen ca- noas, lo que podrían hacer tanto mas facilmente, cuanto (pie la po- blación era numerosa. Excusáronse los señores diciendo (pie aun- que muchos eran, en efecto, subditos suyos; pero que en la realidad no todos los obedecían. Cortés envió al capitán Diego de Mazarie- gos, con ochenta soldados, ¡í que recorriese los pueblos sujetos ¡í
(1) Carta q u i n t a a l emperador, Colccc. de «ía.vatiíços-'.
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los caciques de Acaíá grande y procurase obtener algunas provi- siones. Acompañaba áMazariegos como consejero el mismo Ber- nal Diaz, que tan inteligente y solícito se había mostrado ya en el desempeño de estos encargos. Volvieron, en efecto, con un regular acopio de víveres, con que se mantuvo el ejército por unos pocos dias; mas habiéndose huido en seguida todos l<5s habitantes de A- calá, volvió el hambre á poner en nuevos conflictos ¡í los expedi- cionarios.
Continuaron la marcha y llegaron, hambrientos y fatigados, ú un pueblo llamado Acalá chico, que encontraron desierto, ha- biendo huido los habitantes al aproximarse el ejército. Con gran trabajo se proveyeron de un poco de maíz, miserable recurso para mantener un número de gente como el que llevaba Cortés.
Ocurrió' en aquel pueblo un incidente que bastaria á hacer me- morable la expedición, si no fuera por sus demás circunstuncias, digna de figurar en la historia antigua de la América Central.
Los sufrimientos que experimentaron en ella los españoles, debían pesar aun mas sobre los miserables indios, arrastrados á tan larga distancia de sus hogares, acosados por el hambre y abrumados por el trabajo. Parece que la exasperación sugi- rió en inala hora á algunos de los señores mexicanos que iban con Cortés, una idea vaga de recobrar su libertad y deshacerse de sus opresores. La ocasión era favorable. Los españoles, re- lativamente pocos, estaban extenuados por la escasa alimenta- ción y por la fatiga de tan larga marcha. Nada mas fácil que destruirlos en el paso de uno de tantos rios caudalosos, 6 ciéne- gas profundus que con frecuencia tenían que atravesar. Esto calcularon los magnates indios y lo hablaron entre sí. No faltó un traidor ó dos que lo avisaran á Cortés, (1) que hizo seguir una información; y aunque Guatimotzin aseguró (y parece ha-
i l ) Dos. spgnn Bornal Diaz del Castillo, llamados Tapia y J u a n Velazquez, caciqutu) mexiennos onihop. Uno solo, ¡-egun Gomara, que Ic d á el nombre de Mcxicítlcingo, y dice que después que se bautizó, se l l a m ó C r i s t ó b a l . "Este ogrefra el mismo autor, mostró á C o i t é s un papel con las figuras y nombres de loe señores que le u r d í a n la muerte." (Cron. de l a N . E s p a ñ a , C a p . . C L X X ) H e r r e r a , (Dec. I I I . L i b . "VII, Cap. I X ) dice que loa indios c r e í a n que quien h a b í a revelado a' Cortés la ennjuraeion, era la b r ú j u l a ; y que ¡os españoles no los sacaban de ese error, poi que les convenia que permaneciesen en él.
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ber sido esa la verdad), que el proyecto no había pasado de una simple conversación, que él escucho' sin haber tomado parte en ella, Cortés lo sentenció ;í morir ahorcado y lo mismo al señor de Tacuba, su primo. (1) Cuando iba ¡í ejecutarse la sentencia, el desdichado emperador reprochó al general español, con sentidas palabras, la injusta muerte que le daba y (pie Dios, dijo, habría íle demandarle. Seg-uu Castillo, los dos príncipes murieron cris- tianos y se confesaron con los frailes quo iban en el ejército. Fiw es/a 'muerte que les dieron, agrega, mvt/ injustamente dada y parecia mal á todos. Tenemos, pues, en estas sencillas pero significativas palabras, no solo el juicio del historiador de la conquista, sino la impresión que hizo en el ejército la dolorom tragedia de Acahí.
Un antiguo cronista guatemalteco, rcliriendo el hecho poco mas de dos siglos después, dice que el general pudo componer su pro- pia seguridad y la de su ejército con menos costa de su gloria, y concluye exclamando no sin cierta elocuencia: del madero en que por una fatal liara estuvo pendiente, Guatemuz, ¡wnelerá,par todos las futuros sif/los la opinion de Cortés. (2)
Este, en su carta quinta al emperador, da por cierta la con- juración, y algunos autores han repetido este juicio. Reprueban
el hecho, no por un sentimiento de moralidad y de justicia, sino por creer (pie habría sido mas glorioso para Cortés el conservar aquellos príncipes, como trofeo de «us victorias.
Tuvo lugar aquel triste episodio en la cuaresma del año 1525.
Contristados todos los (pie lo presenciaron, salieron de Acahí y caminaban silenciosos y con precaución; temiendo (pie los indios, irritados con la muerte de sus señores, quisiesen alzarse y aca- bar con los españoles. Temores infundados. Los infcliees compa- triotas de las víctimas iban harto vencidos por la enfermedad, por el hambre y por lo abyecto de su condición, para que pudie- sen pensar seriamente en librarse de aquella dura servidumbre
(1) — S e g ú n Herrera, fueron tres los ahorcados, y hay autores quo los Jm- cen s u b i r á ocho. Bernal Diaz, testigo presencial y verídico, b a h í a única- mente de los dos mencionados en el texto.
(2) —Isagoge histórico. Cap. I X ( M S . )