C é l e b r e jornada ü c H e r n á n C o r t é s á H o n d u r a s . — S é q u i t o que lo acompaña.
— P r í n c i p e s mexicanos cautivos.—Salida de Tabasco y entrada en el terri- torio de G u a t e m a l a . — E n c u é n t r a n s e perdidos en las selvas y hacen uso de Ta brújula y de un mapa d é l o s indios.—Falta absoluta de provisiones.—In- dios comidos por los señores m e x i c a n o s . — C o r t éJ hace quemar v i v o á uno de estos. - - C o n t i n ú a la marcha.—Manda C o r t é s á buscar unos buques car- gados de víveres.—Discordia y combate entre los e s p a ñ o l e s . — A p a r e c e n los indios de Xicalango y acaban con ellos.—Llega el ejército de C o r t é s a l terri- forio de los a c a l d e s . — C o n s t r u c c i ó n admirable de u n g r a n puente flotante- Paso peligroso do unas c i é n e g a s . — H a m b r e en el e j é r c i t o . — E n A c a l á chico denuncian á Cortés una conjuración.—Hace ahorcar al ú l t i m o emperador de México y al señor de Tacuba.—Inquietud de C o r t é s . — L l e g a d a al territorio del Peten-Itza. — E l cacique v i s i t a á C o r t é s en su camparaento.—Va el gene- r a l español á la ciudad y hace destruir los í d o l o s . — C o n t i n ú a la marcha.—
Paso penosísimo de l a sierra de los pedernales.—Hambre espantosa en el ejército.—Llegada á N i t o .
—1525.—
Dimos noticia en el capítulo I I I de la expedición á Honduras de Francisco ele las Casas, enviado por Cortés á castigar á Cristó- bal de Olid; y de los acontecimientos que sobrevinieron, hasta ter- laiinar en el suceso trágico de Naco.
Ahora debemos decir como Cortés, luego que hubo salido las
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fJasas con aquella comisión, comenzó ;í inquietarse y d temer por su resultado; fijando la consideración en los diversos accidentes que podían estorbar su buen desempeño.
Aunque tenia entera confianza en su pariente, n qukn conom,
•dice Castillo,
como v a r o » p a r a c u a l q u i e r a cosa de afrenta,(1) acabó por arrepentirse de haber encomendado áotro la empresa y tomó la extraordinaria resolución de ir en persona ¡í Honduras ;í casti- gar á Olid.
Para apreciar debidamente la temeraria audacia de aquella de- terminación del conquistador de México, es necesario reflexionar que iba á emprender un viaje de mas de quinientas leguas, tenien- do que atravesar selvas impenetrables, rios caudalosos y ciénegas
profundas; en un pais enteramente desconocido y en parte desier- to: con un clima abrasador y malsano y falto de los recursos nece- sarios para el mantenimiento del numeroso ejército y ostentoso sé-
•quito que debía acompaña rio.
Sise considera, ademas, que la situación de las cosas en México vstaba distante de ser satisfactoria, dividida ya la naciente colonia española en bandos encontrados, no faltando enemigos declarados y encubiertos del mismo Cortés éntrelos sugetos mas importantes de ella, y por último, que la población nativa, aunque sojuzgada, no estaba enteramente sumisa ¡í la nueva autoridad, no puede dejar de calificarse de imprudente una expedición cuyo objeto era de poca importancia, en comparación del peligro de que se alejase, en tales circuntancias, el caudillo cuya energia y prestigio impedían oí desarrollo de aquellos elementos de disolución.
Hicieronlo observar así á Cortés personas prudentes y sensatas, interesadas en la conservación dela paz; pero ¡í aquel hombre ex- traordinario le parecia ya que para él no había imposible y que la fortuna acompañaria su marcha triunfante ;í donde quiera que se dirigiese. Fué la primera falta en este incidente de su vida el ha- ber ordenado á Olid que tocase en la Habana. Su azarosa expedi don á Honduras, que lo tuvo ausente de México cerca de dos a-
(1) Se empleaba antiguamente el sustantivo afrenta como sinónimo do pe- l i g r o . E n ese sentido lo usa aquí Bernal Dfaz y se encuentra también en otros
•escritos do aquella época.
104 HISTORIA
ños, fué la segunda. la. mas grave y la que por poco no le acarreó su completa ruina.
Según una relación del mismo Cortés al emperador Carlos X , sa- lió de aquella ciudad el 12 de Octubre de 1524. No convienen los autores en cuanto al número de soldados españoles que llevó ; pero Bernal Diaz del Castillo, que se incorporó al ejército cuando este pasó por Guazacualco, dice expresamente que entre los de México y los de aquella colonia, eran sobre doscientos y cincuenta soldados:
de ellos ciento treinta de ;í caballo y los demás escopeteros y ba- llesteros; ¡sin otro* mnrAos soldados, añade, ivmcamente venidos de
(ImiiUd. (J) Llevaba, ademas, un cuerpo de tres mil indios auxilia- res. Su séquito personal era numeroso y daba í entender bien que aquel pobre hidalgo, confundido pocos años antes entre la turba de pretendientes, en las antesalas del gobernador de Cuba, era ya un personaje importante, que afectaba las costumbres y el mo- do de vivir de un gran señor. Llevaba mayordomo, maestresala,, botiller, ó repostero, un criado que cuidaba de las grandes vajillas de oro y plata; despensero, camarero, médico y cirujano; muchos
[tajes
y mozos de espuelas, dos cazadores halconeros, cinco tañedo- res de chirimias, sacabuches y dulzainas; un volatín y un prestidi- gitador y titerero. Ostentoso y al mismo tiempo incómodo cortejo para atravesar las selvas del Lacandon.del Peten y de la Alta Vera- paz, donde perecieron algunos y estuvieron á punto de morir de hambre todos los que lo componían.
No por vanidad tal vez, sino como medida de precaución, se- hizo acompañar el victorioso general de sus reales cautivos, Gua- temotzin, último emperador de México, y el señor de Tacuba, con otros príncipes y nobles mexicanos. Seguia asi mismo á su ilus- tre amo la célebre india Doña Marina, que le prestaba impor- tantes servicios como intérprete, y á quien casó Cortés en. aque- lla expedición con un español llamado Juan Jaramillo. Bernal
(1J L a célebre carta quinta de C o r t é s a l emperador que mencioDamos eü el texto, e s t á publicada en la Colección de Gayangos y tendremos que c i t a r l a fre- cuentemente en este y en el siguiente capítulo. S e g ú n ella, C o r t é s l l e v a b a so- lo ciento cincuenta soldados de á caballo y treinta y tantos peonas; p e r o ajui- cio del S e ñ o r Gayangos, hay en este pasaje u n error del copista; siendo, p o r tanto, mas seguro atenerse á lo que dice Castillo.
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