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Cuarto y ultimo viage de Cristóbal Colon.—Descubrimiento de l a Guanaja.—

E l Adelantado Don B a r t o l o m é Colon desembarca en l a isla.—Llegada de una canoa cargada de a r t í c u l o s de comercio.—Juicio del A l m i r a n t e acerca de los naturales de las islas de Honduras.—Llegada á Punta de Caxinas.—Se cele- bra la p r i m e r a misa.—El A l m i r a n t e toma posesión del p a í s , en nombre d é l o s reyes de Castilla, en R i o T i n t o . — D e s c r i p c i ó n de los habitantes.—Larga y récia tormenta.—Peligro en que se vieron Colon y sus c o m p a ñ e r o s . — D o b l a n el cabo de "Gracias D i o s " . — N a v e g a c i ó n por la costa de Mosquitos.—Comu- nicaciones con los n a t u r a l e s . — C o n t i m í a el viage por el l i t o r a l de Costa Rica.

—Regreso de Colon.—Expediciones de Solis y Pinzón. Excursiones de Ponce y H u r t a d o por las costas de Nicaragua y Costa Rica, de ó r d e n de Pedrarias D á v i l a . — H o s t i l i d a d e s . — P l a g i o y venta de los naturales de las islas como es- clavos.—Energia con que defienden estos su libertad.

(1502-1516.)

Diez años habían transcurrido ya desde el memorable dia 12 de Octubre de 1492, en que el insigne navegante Cristóbal Co- lon vid por la vez primera las playas del hemisferio occidental, á las cuales lo trajo aquella incontrastable fé que le hacia conside-

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rarse llamado á realizar altos y misteriosos designios de la Pro- videncia.

En ese espacio de tiempo habia pasado aquel hombre extraor- dinario por todo género de viscisitudcs. Peligro de perder la vi- da en medio de las borrascas del océano, ó i manos de sus exas- perados compañeros de expedición; aplauso y distinciones de los soberanos y los graneles y ovaciones entusiastas de los pueblos, al regresar & Europa con el asombroso hallazgo de un nuevo mundo; calumnias, persecuciones y tratamiento cruel que conde- nó la opinion pública indignada; justicia tardía del monarca que si no autorizo' aquellos desmanes, dio lugar á ellos, invistiendo con amplias facultades i los envidiosos agentes que los ejecuta- ron: todo lo habia probado aquella alma superior, sin que se al- terara la confianza que abrigaba en su propio destino, que lo lla- maba á abrir nuevos y hasta entonces desconocidos caminos í la humanidad.

Quebrantado el cuerpo con los padecimientos físicos, y á la a- vanzada edad de sesenta y seis años, emprendió el Almirante (1) su cuarto y último viage, saliendo de Cádiz el 9 de Mayo de 1502, con cinco naves pequeñas, la mayor de las cuales no media mas de setenta toneladas, y con una tripulación de ciento cin- cuenta hombres,

Acompañábalo su hermano D. Bartolomé, el Adelantado, in- trépido y entendido mareante, y ademas hombre de buen conse- jo, y su hijo menor D. Fernando, niño casi todavía por sus años;

pero en quien se adelantaba á la edad la fortaleza del ánimo, heredada, sin duda, de su ilustre padre.

Una deshecha tempestad, que Colon habia, previsto y anun- ciado, puso en inminente riesgo las frágiles caravelas frente á la isla de Santo Domingo, cuyo gobernador, obedeciendo á instruo-

( l . j—A n t e s de emprender Colon su primer viage, habia celebrado en la ve ga de Granada, con los Reyes C a t ó l i c o s , ' u n a s capitulaciones, en v i r t u d delas

cuales, se le daba el empleo de A l m i r a n t e de todas las tierras y continentes que descubriese en el océano, el vireinatode las mismas tierras, cierta par- ta én los tesorbs que se encontrasen y otras concesiones importantes, que sa- le escatimafon despueSj c o n s i d e r á n d o l a s excesivas.

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donen de la corte, negó el asilo, en tan críticas circunstancias, al mismo que habia descubierto aquella tierra. (1.) La borrasca dispersó los bageles. que harto maltratados, llegaron á reunirse, algunos dias después, en un puerto al occidente de Santo Do- mingo, donde se repararon.(2)

Siguiendo su derrota, tocó en algunos islotes y cayos que co- nocía ya desde sus anteriores viages. y el 30 de Julio arribó á la (xuanaja, que él llamó isla de Pinos, primera tierra centro-ame- ricana que descubrieron los europeos en el siglo X V I .

Habiendo desembarcado en la isla I ) . Bartolomé Colon con algunos de los expedicionarios, vieron llegar una canoa, ó bote de grandes dimensiones, y hecha del tronco de un solo árbol.

Para resguardar á los pasageros del sol y de la lluvia, tenia en medio una especie de cámara, formada con petates, ó esteras; y en ella habia mugeres. niños y varias mercadorias. Sc supuso que pertenecía á algunos indios traficantes que habían ido á cargar la embarcación en las costas, poco lejanas, de Yucatan. (3)

Juzgó el Almirante á los naturales de aquellas islas mas civi- lizados que los de las Antillas, descubiertas en sus anteriores ex- pediciones. El no haber mostrado asombro á la vista de los bu- ques, ni temor al acercarse á los españoles; el ir algo mas ves-

(1) —Colon, antes ele salir de E s p a ñ a en este cuarto y último viage, soli- citó do los Reyes permiso para tocar en la isla de Santo Domingo, ó la Es- pañolaj y le fué negado; considerando, sin duda, que no era prudente su llegada á u n lugar donde entaban muchos de sus mas decididos adversarios,.

La necesidad de cambiar uno do sus buques y de buscar abrigo contra la tempestad que habia previsto, lo obligó á abordar ;í l a isla. Cuando llegó, estaba p a r a salir una escuadra con destino á E s p a ñ a , conduciendo grandes r i - quezas, fruto de las exacciones hechas á los indios. Colon a d v i r t i ó el peligro, se burlaron de la p r e d i c c i ó n y pereció la escundrn con todos los que i b a n en ella, siendo del n ú m e r o algunos de los mas encarnizados enemigos del A l m i - rante. O c u r r i ó la rareza de que el ú n i c o buque salvado, fué el mas débil de todos y que conducía 4000 piezas de oro pertenecientes á Colon.

(2) — H e r r e r a . D é c a d a I . L i b . V, Cap. V .

< 3 ) — I d : i d .

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tidos que los otros isleños y la clase de artículos eti que comer- ciaban, dieron lugar á aquel juicio.

El diario del escribano de la expedición, Diego de Porras, j la relación de este viage que el Almirante mismo dirigió á los re- yes de España, (1) son escasos de ciertos detalles y no mencionan la circunstancia del encuentro de aquel bote y de los artículos que contenía. Pero el diligente historiador Herrera, que al escri- bir sus interesantes Décadas, tuvo presentes las obras de los pri- meros descubridores y conquistadores del nuevo mundo, dice que aquellos mercaderes llevaban hachas de cobre, cascabeles, láminas en forma de patenas y una especie de crisol para fundir aquel metal; armas superiores á las que habían visto en las otras islas, como espadas de madera con canales en la orilla de la hoja y a- sogurados en ellos afilados y agudos pedernales, pegados con un betún muy fuerte, ó atados con hilo muy consistente. Llevaban también vasos y otros utensilios de barro, mármol y madera du- ra; sábanas, mantos y camisolas, sin mangas ni cuello, (huípiles), de algodón, blancas, ó teñidas de varios colores; cacao en abun- dancia; maíz, camotes y otras raices alimenticias, como también un brebage que por la descripción que de él se hace, debia ser la bebida regional que llamamos chicha.

Continuando la navegación, tocó la escuadrilla en tierra lime, el domingo 14 de Agosto, y habiendo desembarcado el Almiran- te con algunos de los que lo acompañaban, asistieron á la misa, que se celebró aquel dia por primera vez en el suelo centro-ame- ricano. Suceso digno de recordación, pues era el principio del es- tablecimiento del nuevo culto que iba á sustituir á la falsa y san- grienta religion que por tantos siglos habia dominado en esta sec- ción del mundo.

Aquel lugar que se llamó entónces punta de Caxinas, es el mis- mo donde se estableció después el puerto de Trujillo.

Con vientos contrarios siguió avanzando la escuadrilla á lo lar- go de la costa, sin separarse mucho de ella y acogiéndose por las

( 1 ) — E s t á n insertos ambos documentos en la Colección de viages y deseu- Itrimientos de Fernandez; de Nararrete, Tom. I .

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noches al abrigo do la tierra. A unas quince leguas de la punta de Caxinas desemboca en el golfo mi rio caudaloso, (el Tinto) por el cual subieron los botes, y habiendo bajado ¡í tierra el Almirante, con parte de su gente, enarbold el 17 de Agosto el real estandarte de Castilla y tomd posesión del pais en nombre de los soberanos es- pañoles. En Caxinas se inauguró un nuevo dogma; e;i Rio Tinto una dominación que había de durar trescientos años; aconteci- mientos que fueron el punto de partida de la transformación re- ligiosa y social que experimentaron estos paises.

Presentóse á los españoles á las orillas del rio de la Posesión, (que tal fué el nombre que le dieron), un número algo considera- ble de indios que diferian en la fisonomía y el lenguaje de los que habían visto en las islas. Tampoco usaban todos el mismo vestido. Unos llevaban cubierta la mitad del cuerpo; otros unas chaquetas de algodón sin mangas, y los gefes gorros de la misma tela, blancos 6 pintados. Algunos iban enteramente desnudos y tenian las caras y los cuerpos marcados á fuego con rayas y figu- ras de animales, de diversos colores. Ofrecieron tí los españoles algunos víveres, y en cambio los obsequiaron estos con unos cuan- tos objetos de poquísimo valor, á los cuales los nativos del pais atribuían un gran precio.

Por muchos días anduvieron todavía Colon y sus compañeros costeando aquella tierra, á que dieron los nombres de Guayinu- raé Hibueras y e l d e Honduras, que conserva hasta hoy. (1) Una terrible tempestad puso en inminente riesgo las débiles em- barcaciones y las vidas de los que iban en ellas.

•' Abiertos los navios, las velas rotas, perdidas anclas y jarcia, cables, barcas y muchos bastimentos," según lo refiere el Almi- rante en su carta á los reyes; agregando que "otras tormentas se habían visto, mas no durar tanto ni con tal espanto/' La relación

( 1 ) — L a llamaron Guaymura, por ser ese el nombre de un pueblo de l a cos- ta. Hibueras, por haber encontrado en el ma¿- gran n ú m e r o de calabazas, que llamaban hibueras en Santo Domingo; y Honduras, porque después de haber navegado un gran trecho sin hallar fondeadero, cuando lo encontraron al fin, esclamaron: "Bendito Dios que hemos salido de estas honduras." H e r r e r a , Dec, I V , L i b . V I H . Cap. I I I .

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expresa (-on bien sentidas palabras la amargura (jue en tan terri- ble trance apuró aquella grande alma, No amedrentaba al ancia- no marino el peligro que corria personalmente. La suerte de su hijo, niño de trece años, y la de su hermano, que navegaba en el peor de los buques y que habia hecho el viage contra su voluntad y solo por deferencia hácia él, afectaban dolorosamente su ánimo.

Por otra parte, veíase lejos de su pátria, proximo ¡í perecer en las soledades del océano, cuyas olas amenazaban con sepultar de un instante ¡í otro sus sueños de gloria y sus esperanzas de engran- decimiento. Pensaba con tristeza en la suerte de su familia, á quien no dejaba un pobre albergue donde guarecerse; y expresaba ¡í los reyes la confianza, (que quizá no tenia), de que se restituiria á su hijo mayor, 1). Diego, la honra y la hacienda de que á él se le habia desposeído.

Abrumado, ademas, por los padecimientos físicos, y no pu- diendo levantarse de la cama, hizo que le construyesen una ca- marita sobre cubierta, y desde allí mandaba la maniobra, toman- do todas las disposiciones convenientes. El peligro llegó á ser tan extremo, que los individuos de las tripulaciones se confesaron vi- nos á otros, preparándose así para la muerte.

A l fin después de aquella larga y azarosa lucha con los ele- mentos, el 12 de Setiembre lograron doblar un cabo; comenzó' ¡í soplar un viento bonancible; calmó la tempestad;las naves siguie- ron hácia el sur, y Colon, penetrado de gratitud y de religioso respeto al Ser Supremo, dio á la punta de la costa en que habia tenido lugar aquel cambio favorable, el nombre de cabo de Am- eias á Dios.

Navegó la escuadrilla á lo largo del litoral, que tomó después el nombre de costa de los Mosquitos, y que los naturales llama- ban Cariay. Teniendo necesidad de proveerse de leña y de agua dulce, entraron los botes por uno de los rios que desaguan en el golfo, y al regresar, se levantó un viento muy fuerte, creció el mar y dió al través con las lanchas, perdiéndose una de ellas con la gente que la tripulaba. En memoria de tan triste suceso, dió el Almirante á aquel rio el nombre de rio del Desastre.

Maltrechas las embarcaciones, continuaron avanzando lenta y

trabajosamente y anclaron frente á una islita que los nativos lla-

maban Quiribiri, y á la que los españoles dieron el nombre de la

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Huerta, por los muchos y deliciosos ¡írboles frutales que encon- traron en ella.

Los habitantes de la costa inmediata, al ver las embarcacio- nes y los seres extraños que navegaban en ellas, se sobrecogie- ron de temor y se aprestaron á defenderse, haciendo uso de sus armas. Colon procedió con toda prudencia, á fm de hacer cesar las desconfianzas de los nativos. No quiso desembarcar aquel dia ni el siguiente, ocupándose en reparar los buques, orear sus pro- visiones y proporcionarse algún descanso.

Animados los indios al ver que los extrangeros no trataban de hostilizarlos, comenzaron luego á hacer señales de paz, desple- gando sus mantas blancas, y por último se echaron ¡í nado*

y llegaron ¡í los buques, conduciendo algunas telas de algodón y un poco de oro de inferior calidad, que ellos llamaban

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rní, y que ofrecieron a los españoles. No quiso el Almirante que se recibieran aquellos objetos, y antes bien regaló ú los indios algunos dijes europeos, que consideraba habrían de agra- darles. Heridos en su amor propio, los rehusaron, como se ha- bían rehusado sus presentes, y al siguiente día encontraron los españoles en un lio, en la playa, los juguetes con que habían querido ganarse la confianza délos salvages.

Continuaron estos, sin embargo, mostrando el mayor empeño en que los extrangeros que tanto habían excitado su curiosidad bajaran á tierra y se dieron varias trazas para conseguirlo.

Un dia apareció un anciano agitando una bandera blanca y acompañado de dos jovencitas que entregó como rehenes, á fm de inspirar confianza á los españoles. Colon las recibió á bordo con bondad, las hizo vestir y las devolvió, quedando los in- dios muy satisfechos del trato que habian recibido.

Desembarcó el Adelantado con otros pocos españoles, y que- riendo tomar algunos datos acerca del pais, comenzó á pre- guntar por señas á los indios, y mandó al escribano que asen- tase las respuestas que se obtuvieran. Pero sucedió que al preparar este el recado de escribir y comenzar i hacer su apuntamiento, se alarmaron los indios, atribuyendo, sin duda,

á hechicería aquella operación, nueva y extraña para ellos. Echa-

ron áhnir y volvieron con unos polvos que pusieron ú quemar, pro-

curando arrojar el humo á los españoles. No menos supersticiosos

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estos que los pobres salvajes de las costas de Centro-Amé rica,

«reyeron también que se trataba de hechizarlos. El mismo Colon, tan superior íí sus contemporáneos en otz'os conceptos, pagó tributo á las ideas de su época y creyó en lo de las supues- tas hechicerías de aquellos indios. ( 1 )

Hizo el Adelantatado algunas excursiones en el interior del pais, sin encontrar aquello que buscaban principalmente los expedicionarios: el oro. Hallaron unicamente algunas joyas tra- bajadas con el de inferior calidad, que no podia satisfacer la codicia de los que habían abandonado su patria y expues- tose á tantos peligros para obtener el apetecido y precioso

«tietal.

En algunas casas encontraron sepulcros con cadáveres, em- balsamados unos, y otros perfectamente conservados en man- tas de algodón, y adornados con joyas. En las tablas que for- maban las cajas se veian labradas figuras de animales, y en algunas rostros humanos, que se supuso serian retratos de los individuos que allí estaban sepultados.

Tomó el Almirante dos indios para que le sirviesen de guias, lo que causó gran pesadumbre á los demás, que enviaron á suplicar se les devolviesen sus compañeros. El Almirante pro- curó tranquilizar á los mensageros y agasajarlos; pero no logró hacer cesar la desconfianza y alarma d é l o s nativos.

Continuó su viage por el litoral de la que hoy se llama Repú- blica de Costa-Rica. Desembarcando en algunos puntos, encon- traron ya muestras de oro puro en láminas, en forma de patenas, que llevaban los naturales pendientes del cuello y que cambiaron algunos de ellos por cascabeles; creyendo, sin duda, hacer un ex- celente negocio. Visto el afán que los extrangeros mostraban por el oro, que para ellos no era sino un objeto de puro adorno, di- jeron los indios á Colon que lo encontraria en abundancia mas

adelante, y principalmente en Veragua. Las muestras de riqueza que ofrecia aquella costa, tentaban la codicia de la generalidad

( 1 ) — V é a s e l a "Carta do Colon á los reyes-de Espana," en la Ooleccion de Navarrete.

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de los expedicionarios, que habrían querido permanecer allá, co- merciando con los nativos. Pero el Almirante estaba poseído de una idea mas elevada. Desde su salida para este último viage, e- ra su pensamiento dominante que había de haber, hacia el istmo del Darien, un estrecho que comunicase con el mar de las Indias, por el cual se pasaría facilmente á los países opulentos á donde habían penetrado recientemente navegantes portugueses. Produ- cían estos riquezas incomparablemente mas copiosas que las ob- tenidas en las islas del nuevo mundo que él hasta eutónccs habia descubierto y que persistía en considerar como la extremidad del Asia.

No sabia aun, ni llegó á saber jamás que su descubrimiento era mucho mas importante y mas glorioso que los de Vasco de Gama y Pedro Alvarez Cabral; y que si en vez de seguir en a- quel último viage hádalas costas de Centro-América, hubiera hecho rumbo hacia las de Yucatan, habría, según toda probabi- dad, llegado al opulento imperio del Anáhuac. Pero estaba escrito que el grande hombre habia de ser unicamente el que abriera á los europeos el camino para el hemisferio occidental; y mientras llegaba la hora de que explotaran otros las inmensas riquezas de México y el Perú, él, á quien se debia el descubrimiento de un nuevo mundo, se apartaba del rumbo que lo habría llevado á un grande emporio, y proseguía su penoso viage, en busca del soña- do estrecho.

Habiendo llegado sin encontrarlo hasta un puertecito que lla- maron el Eetrete, al este del Escudo de Veragua, regresd la ex- pedición, llevando por todo provecho material unas doscientas piezas de oro, que pesaban poco mas de nueve marcos. (1) Esca- sa recompensa de tanta fatiga y de tan graves peligros en que se habían visto el Almirante y los que lo acompañaron en aquel via-

o'e

Y sin embargo, tal era el espíritu aventurero de la época, y tanto el afán por los descubrimientos en el nuevo mundo que ha-

f] ) ~ y é a s e la relación del escribano ele la expedición, Diego de Porras, en la Colección ã e Navarrete.

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bian despertado 3as expediciones de Colon, que no faltó quien em- prendiera á poco tiempo otro viage á fias costas de la América Central. En 1500, Juan Diaz de Solis y Vicente Yañez Pinzón vinieron con el objeto de continuar los descubrimientos del Almi- rante; y dirigiéndose desde la G-uanaja hacia el poniente, recorrie- ron la cosía hasta Yucatan, pasando delante del golfo dulce, sin verlo, p o r estaren el interior, y dando á, la gran entrada que forma el mar entre las costas de Centro-América y las de aque- lla península, el nombre de bahia de Navidad.

Pasaron después algunos años sin que volviera á intentarse ex- pedición alguna tí esta sección de América, que, sin embargo, i- ba á ser muy pronto teatro de acontecimientos importantes.

El intrépido y desdichado Yasco iíuñez de Balboa descubricí, en 1513, el mar del sur, por el istmo de Veragua; con lo cual la atención del gobierno y la de los aventureros españoles se fijó en aquellas regiones, de las que se esperaban grandes medros. Un personage importante por su clase y por sus antecedentes, Pedro Arias ó Pedrarias Dávila, (1) fué nombrado gobernador del Da- ñen y vino á hacerse cargo del mando de aquel distrito. Acom- pañábalo un número considerable de caballeros, que habiendo empeñado su hacienda para cierta frustrada expedición á Nápo- les, imaginaban encontrar en las Indias la fortuna que no ha- bían podido hacer en Europa.

Dispuso Pedrarias diferentes excursiones, que encomendó á los capitanes que tenia á sus órdenes, y fué una de ellas la que salió en 1516, al mando de Hernán Ponce y Bartolomé Hurtado, y que recorrió las costas del sur de las actuales Repúblicas de Nicara-

(1)—Llamado el g a l á n y el justador. E r a hermano del Conde de Pufion- rpstro y estaba casado con la Mj a de la Condesa de Moya, la c é l e b r e amiga de la Reina Isabel. Pedrarias se h á b i a distinguido como gefe de alta gradua- ción en la guerra de Granada y en la expedición al Africa y gozaba de la pro- tección del Obispo de Burgos, D . Juan Rodriguez de Fonseca, que manejó casi en absoluto los negocios de A m é r i c a , durante los reinados de los Reyes Católicos y de Carlos V . A aquel prelado, que se m o s t r ó enemigo implacable de Colon, de Cortés y de otros de los mas distinguidos descubridores y con- quistadores, debió Pedrarias su nombramiento-