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I) K LA AMKRTOA CKNTHAL. TO
müdemente sus disculpas por lo pasado. El general español les
otorgó el perdón; y como no entraba en la política de los con-
quistadores el aparecer destruyendo francamente desde luego la
autonomia de aquellas nacionalidades, mandó sacar de la pri-
sión á un hijo del rey Belcheb-Tzy y ú otro de Tecum Unían y
los invistió con una soberania de aparato, como dobia serlo la que
iba á ejercerse bajo la presión de los nuevos y verdaderos do-
minadores del país.
CAPITULO V.
L l e g a d a del ejército e s p a ñ o l á I x i m c h é y recibimiento que ¡e hacen los re- yes cokcliiqueles.—Reconvención de Alvarado á los príncipes y respuesta
de esto?.—Piden auxilio contra los tzutohiles.—Promételo A l v a r a d o ; en- , v i a u n nuevo mensaje á los s e ñ o r e s de esta nación y mandan m a t a r á
los embajadores.—Marcha el ejército á Atitlan.—Ataque y o c u p a c i ó n de la fortaleza dellago.—Saqueo d é l o s pueblos situados á orillas de 3a laguna.
—Ocupan los e s p a ñ o l e s la capital de los tzutohiles y se someten estos.—
S u m i s i ó n de algunos pueblos de l a costa del sur y solicitud de a u x i l i o con- t r a los de Panatacatl.—Eegresa el ejército á Iximché.-—Violencia de A l v a - r a d o con la princesa X u c h i l . — E x p e d i c i ó n á Panatacatl.—Sorpresa de I t z c u i n t l a n y terrible carniceria ejecutada en los habitantes de esta ciu- d a d . — M a r c h a por los pueblos de la costa del sur y del sudeste hasta Cuz- catlan.—Combate con los habitantes.—Eegresa A l v a r a d o á I x i m c h é y fun- d a la ciudad de Santiago de G u a t e m a l a . — C r e a c i ó n del p r i m e r ayunta- uiiento.—Extorsiones y violências de Alvarado.—Descontento general.—- Loo reyes y el pueblo abandonan la capital, por s u g e s t i ó n de u n sacerdote del ' Tenebroso''.—Comienza Alvarado una guerra de exterminio contra ios cakcliiqueles, auxiliado por los quichés y los tzutohiles.—Pacificación d e Chiapas.
—1524—
A mediados de Abril de 1524 salió Alvarado con su ejército de Utatlan, acompañado por los auxiliares cakchiqueles, que le servían de guias en su marcha á Iximché, ó Tecpan-Quauhtemalan.
Cerca dela ciudad fue recibido por los reyes Belehé-Qaty
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<Jahi-Jmox. (1) que habían salido á su encuentro, conducidos por los nobles del reino en andas rica y vistosamente adornadas con joyas y plumas y rodeados por todos los señores de la corte, an-
siosos de ver y conocer ;(aquellos extranjeros prodigiosos y terri- bles, ¡í quienes ellos, en su temor supersticioso, daban el título de dioses. (2)
Alojadoen eLpalacio de Tzupain, residencia de los soberanos, en- contró el general español cuanto podia necesitar para el manteni- miento y regalo de su persona y de su numeroso ejército; que ¡!
todo habia cuidado de proveer la inquieta solicitud de sus reales huéspedes.
A pesar de esto, y no obstante las muestras de admiración y deferencia que le habían dado los príncipes al recibirlo ó instalar- lo en la régia morada, Alvarado no estaba enteramente satisfecho con aquellas demostraciones y con la alegria general del pueblo.
Ilecelaba alguna traición semejante á la que habían urdido los qui- chés y de la cual él y los suyos estuvieron ¡í punto de ser vícti- mas en Utatlan. (3)
Inquieto y desasosegado, pasó aquella misma tarde ¡í las habi- taciones de los soberanos, que lo recibieron rodeados de los guer- reros de la nación y escucharon aterrorizados las palabras que, con
(1) Ximenez, como los d e m á s liistoriadoies españoles, hace un solo perso- naje de estos dos principes de los cakchiqueles y le da el nombre de Sinacan, corruptela de Tzinacam, que en la lengua n á h u a t l , ó mexicana, corresponde a l eakchiquel Ahpop-Zotzil, ó rey de los murcitílagos, antiguo apodo de la fa-
milia real de Xaliilá. Los indios mexicanos auxiliares de Alvarado, que hicie- i-ontantos cambios en los nombres de los pueblos, mudaron también el apodo
<Jel rey eakchiquel.
(2) "Todos quedamos admirados de su terrible aspecto, pues hasta enton- ces no los habiamos visto, y nuestros reyes los consideraron como dioses."
{ M S . eakchiquel, § X X V I I . )
(3) Juarros, (Hist, T r a t V I , Cap I I I ) dice que los españoles, desde que to- c a r o n en las tierras de los cakchiqueles, veian por todas partes sangre, cadáve- res y despojos de los muertos y partidas de indios armados. Esta circunstancia y k) sucedido en la capital de los quichés, era lo que causaba las sospechas de
Alvarado.
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airado semblante, dirigió' Tonatiú á Belehé-Qat y * Cahi-Imox.
"¿Por qué, les dijo, queréis hacerme la guerra, cuando yo no os la he hecho, pudiendo hacérosla?" "De ningún modo, Señor, contes- taron los afligidos príncipes; si asi fuese, ¿por qué habrían muerto tantos guerreros cuyas tumbas habéis visto vos mismo alia en los bosques, á donde se han llevado sus cadáveres?"
Esta alusión á los cakchiqueles que hablan perdido la vida peleando como auxiliares de los españoles, argumento qu&
probaba la sinceridad de su alianza, hubo de desarmar la cólera de Alvarado, que se retiró sin insistir en sus reconvenciones. Pe- ro no quiso ya permanecer en el palacio de los reyes, y aquella misma tarde se trasladó al del príncipe Chicbal.
Belehé-Qat y Cahi-Ymox, aunque temerosos siempre de aque- llos extranjeros que condenaban al fuego á los reyes, sin miramien- to alguno á su sagrado carácter; que arrasaban las ciudades y que hacían morir los hombres por milllares, quisieron, sia embargo, a- provecharse de ellos como auxiliares en sus contiendas civiles. Er- ror funesto, que produjo entonces y ha producido siempre los peo- res resultados ¡tara los que han tenido la ceguedad de incurrir en él.
Los reyes cakchiqueles pidieron á Alvarado que los ayudase con- tra los tzutohiles de Atitlau, con los cuales estaban en guerra hacia mucho tiempo y á quienes no habían logrado sojuzgar con sus pro- pios recursos.
El general español era harto sagaz para no aprovechar aquella oportunidad que le proporcionaba llevar á cabo mas fácilmente sus proyectos ambiciosos. Desde Utatlan había despachado cuatro embajadores á Tepepul, señor de Atitlan, instándolo á que se so- metiese pacifica y voluntariamente al rey de Castilla. Pero los tzu- tohiles, que no acostumbraban respetar á los agentes diplomáticos cuando se presentaban con misiones amenazadoras de la indepen- dencia del país, i'i ofensivas á su dignidad, (1) mataron á los se-
(1) H a b í a n dado ya, como so r e c o r d a r á , un ejemplo de su poco respeto a l d é r e c l i o de gentes, rechazando á flechazos á los embajadores de Montezu- ma, pocos a ñ o s antes. ( V é a s e la N o t i c i a histórica á la cabeza de esta obra.)
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ñores quichés que se encargaron de la comisión (1)
Nada podia ser, pues, mas agradable ¡í Alvarado que la pro- puesta de los cakchiqueles, que lo ponia en aptitud de aprove- char las discordias de los naturales de Centro-América, como su amigo y jefe Cortés habia aprovechado las de los tlaxcaltecas y mexicanos. Ofrecidles su auxilio para castigar á los tzutohiles, y dando una prueba de moderación poco común en él, volvió á en.
viar una embajada á Atitlan, repitiendo las intimaciones hechas desde Grumarcaah.
El rey Tepepul, ¡í quien no habian amedrentado los triunfos de los españoles, mandó matar á los enviados, como lo acostumbraba, y se preparó á la resistencia. (2)
Alvarado no aguardó mas. Cinco dias después de su llegada íí Yximché, salió de esta ciudad con ciento cincuenta soldados de in- fantería, sesenta caballos y el cuerpo de indios auxiliares mexica- canos y tlaxcaltecas, engrosado con otro de cakchiqueles, ¡í las in- mediatas órdenes de sus propios reyes.
El mismo dia llegó el ejército al territorio de los tzutohiles, sin que ni amigos ni enemigos saliesen á recibirlo. Alvarado se ade-
lantó á la cabeza de treinta ginetes, con el objeto de reconocer la posición del enemigo y costeó la laguna, ú cuyas orillas estaba si- tuada la capital del reino, y otros muchos pueblos. Vió que en un islote del lago se levantaba una fortificación, que seria preciso tomar antes de dirigirse contra la ciudad. Apareció entonces un cuerpo de guerreros tzutohiles, á tan corta distancia, que el general creyó indispensable atacarlo con la pequeña fuerza que llevaba.
Arremetió con vigor á los indios, que, después de un corto comba- te, huyeron aterrorizados por los caballos y seacogieron á la for- taleza del lago, pasando por una angosta calzada que conducía á ella
Para no darles tiempo de inutilizarla, mandó Alvarado ;í los sol- dados que echaran pié á tierra, y haciéndolo él también, siguió tras los fngitivos, espada en mano, hasta llegar al islote donde so levan-
' l j P r i m e r a Carta do Alvarado á Cortés, Colee, de Barcia.
(2) " L e s envié dos mensajeros naturales de esta ciudad, á los cuales ma- taron sin temor ninguno." (Segunda Carta de Alvarado á Cortés, Colecc. de BarciaJ
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taba el fuerte, que defendían numerosos guerreros enemigos. Oi- rá pudo haber costado la audacia al intrépido jefe; pero afortuna- damente para él, llegó pronto el cuerpo principal de su ejército y se emprendió el ataque del punto fortificado. Sus valientes defen- sores no pudieron resistir á la superioridad de las armas y de, la disciplina de los castellanos; y después de una lucha reñida, aban- donaron la posición, arrojándose unos al lago y acogiéndose otros
á una isla. Alvarado había dispuesto de antemano que avanzara por la laguna un cuerpo auxiliar de cakchiqueles, en trescientas canoas; pero cuando llegaron ya habia terminado el combate. (I) Estando para caer el sol, el ejército castellano volvió á tierra, sa-
«tjiieó los pueblos situados á orillas de Ja laguna y pasó la noche en i\n campo sembrado de maíz. A l siguiente dia emprendió la marcha hácia la ciudad, cuyo aspecto era formidable, estando edificada so- hvc las rocas que dominan el lago. Preparábanse los españoles á una nueva batalla para haber de tomarla; pero con gran sorpresa la encontraron casi totalmente abandonada. Solo en la extremidad de la población estaba un cuerpo de guerreros que atacó y derrotó Alvarado; no pudiendo acabar con ellos, á causa de lo fragoso del terreno. Los tzutohiles, al ver ocupada la fortaleza que considera- ban inexpugnable, habían huido por la noche y acogidose á las ve- cinas serranías.
Pusieron los castellanos su campamento en Átitlan, é ininedia- í amenté salieron partidas de tropa á recorrer los pueblos circun- vecinos; regresando al real con muchos prisioneros. Alvarado hi-
^o que tres de estos fuesen á buscar á los señores y les intimasen de su parte que sin pérdida de tiempo fueran á presentársele; ame- nazándolos, caso de no hacerlo así, con correrles la tierra y darles caza por los montes, como á bestias salvajes. Quebrantado ya con los reveses el orgullo de los tzutohiles, contestáronlos reyes que su nación no habia sido conquistada hasta entonces; y que pues los españoles lograron lo que nadie habia conseguido, debían someter- se Á su suerte y obedecer al rey de Castilla. En seguida fueron á presentarse á Alvarado, que los recibió amistosamente y les diri- gió, por médio de sus intérpretes, un discurso en que les pondera-
(1) Segunda C a r t a de Alvarado á Cortés, Colecc. de Barcia.
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ba el poder y la grandeza de su soberano; les perdonaba el crimen de haber hecho resistencia ú sus armas, a condición de que en 1(>
sucesivo fuesen vasallos leales y no hostilizasen ¡í los otros pucblosr sometidos á la corona de Castilla. (1)
La fama de las victorias de aquellos extrangeros, esparciéndose*
por todo el pais, hacía que muchas tribus los considerasen ya in-- vencibles. Asi, no solo comenzaba ¡í juzgarse temeraria la idea d<?
resistirles, sino que el ejemplo poco patriótico dado por los cak- chiqueles, de valerse de ellos para vengar antiguos agravios, iba ganando prosélitos.
Inspirados por este sentimiento, varios pueblos de la lengua pi- pil, establecidos en la costa del sur, enviaron diputaeionnes ¡í A t i - tlan, protestando su obediencia á los españoles y acompañando los mensajes con algunos presentes. Contestóles Alvarado en térmi- nos favorables, y recibiéndolos como vasallos del emperador, les.
ofreció la protección de aquel poderoso monarca.
No deseaban otra cosa los mal aconsejados señores de aquellos pueblos. Quejáronse de los del reino de Panatacatl, cuya capital era Ytzcuintlan, diciendo que no solo saqueaban sus poblaciones, sino también (y esto debia ser mas grave ¡í los ojos de los españo- les,) impedían á muchos pueblos de aquella region el que fuesen ¡f.
someterse tí los castellanos. Ofrecióles Alvarado su importante auxilio para castigar ¡í aquellos rebeldes, y volvió con sus tropas ¡t Yximché, á disponer la expedición á la costa del sur.
En aquellos dias tuvo lugar un hecho que comenzó ¡í abrir los ojos
¡í los reyes cakchiqueles sobre la verdadera situación de su pais bajo el dominio extrangero y sobre lo que debían aguardar de las violentas pasiones del caudillo ¡í quien habían recibido como amigo- Uno de los príncipes de la nación acababa de tomar por esposa a la joven y bella princesa Xuchil, íí quien amaba entrañablemente.
La vió Alvarado y ansioso de poseerla, mandó llevarla á su pala- cío, con pretexto de pedirle informes acerca de los pueblos de la costa del sur que se proponía conquistar. Alarmado el marido de la jóven, corrió ú rogar al general, derramando lágrimas, le devol- viese su esposa; y ¡í fin de obtener lo que el desgraciado pedia co-
i l ) Segunda Carta de Alvarado á Cortes, Colecc. de Barcia.
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rao un favor, acompañó ]a petición con un valioso presente de oro y joyas. Pero el orgulloso y duro caballero español; que creia¡ hon- rar con su predilección ala esposa de nn príncipe cakcliiquel, co- mo lohabia hecho en México con la hija de uno de los señores do Tlaxcala, aceptó el obsequio y rechazó con desden la petición del príncipe. Este odioso abuso de la fuerza comenzó á sembrar en el reino el descontento que debia hacer explosion mas tarde. (1)
Algunos diae después salió Alvarado de Yximché á la cabeza del ejército español y tropa de indios auxiliares y tomó el camino de Panatacatl. Como esta provincia estaba en guerra con las circun-
vecinas, no había comercio entre ellas, y las sendas estaban com- pletamente cerradas. Necesitaron, pues, tres dias para llegar cerca de Itzcuintlan, capital de Panatacatl, cuyos habitantes no tuvieron aviso del peligro que los amenazaba.
Era una noche oscura de los primeros dias del mes de Junio.
Llovía con fuerza y las centinelas se habían retirado á la población, en la cual reinaba profundo silencio. El ejército invasor pudo pe- netrar hasta las calles de la capital, sin que se diese la alarma. La primera noticia que los desdichados moradores de Itzcuintlan tu- vieron de la llegada del ejército español, fueron los disparos dela arcabucería y la presencia de los soldados en el interior de las ca- sas. El degüello fué general. Algunos de los guerreros itzcuintlecos tomaron apresuradamente sus armas é hirieron á unos cuantos es- pañoles é indios auxiliares; pero este esfuerzo desesperado no sal- vó á la ciudad. Murió el señor del reino y con él sus principales
(1) Este hecho, que los antiguos cronistas e s p a ñ o l e s uo creyeron y loconvc niento referir, consta por el procedo de residencia que se i n s t r u y ó en México eontru D . Pedro de Alvarado, en 1529. E l cargo que se le hizo acerca de é!, está apoyado en el dicho de varios testigos. Para desvanecerlo, el acusado di- jo que la Xuchil no era una j ó ven princesa, como se s u p o n í a , sino una esclava
de mas de cincuenta años, á q u i e n h a b í a hecho l l e v a r á s u h a b i t a c i ó n para pedirle cierto-i informes acerca de los secretos de l a t i e r r a ; a í i a d i e n d o q u e , por lo d e m á s , era bien sabido que los indios entregaban v o l u n t a r i a m e n t e sus mi- neres é hijas á los españoles.
Atendido el c a r á c t e r a p i j t o u a d o y Woloatv i b l p JMOO y j y lo explicito de las declaraciones de varios testigos presenciales, compratiotas del encau- sado, parecenos que hay fundado motivo para a d m i t i r la verdad del hecho.
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