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EL PESO DE LOS ACCIDENTES CLIMÁTICOS EN LAS COMUNIDADES DE ALDEA Y LA VILLA. COMUNIDADES DE ALDEA Y LA VILLA

pantano de la Fuensanta, el plan de caminos vecinales sufre algunas modificacio- nes, sobre todo en lo que respecta a la construcción del embalse (30), quedando pendientes de realización y estudio algunos de los tramos más importantes. De manera que la mayoría de los trazados del plan de caminos de 1918 tuvieron su plasmación concreta en el curso de los primeros años de la década de los treinta y, aún, después de los cuarenta.

2.5. EL PESO DE LOS ACCIDENTES CLIMÁTICOS EN LAS

producción, reduciéndose, por tanto, la cantidad de los bienes de consumo. Así que, una mala cosecha de cereales provocada por un temporal, helada o sequía, ocasionaba, con bastante frecuencia, períodos de hambre en la comunidad, si no se abastecía a ésta de trigo u otros cereales de otros mercados, generando una mayor intensidad y letalidad de las epidemias y de la mortalidad ordinaria de la población. Mortandad de la que tampoco escapaba el ganado.

En este sentido, las catástrofes de índole climático constituyen un fenómeno social en las sociedades campesinas de tipo tradicional, puesto que revelan la de- bilidad estructural del medio agrario y de la sociedad rural en general. La grave- dad de la intensidad de estos fenómenos dependerá, en gran medida, de los rendi- mientos agrícolas y productividad del trabajo humano, niveles de producción, ti- pos y técnicas de cultivo, entre otros elementos de índole económico y condición social de la población. Factores que posibilitan el desarrollo de la acción catas- trófica de los elementos naturales de tipo climático en un determinado marco ecológico, transformándose en calamidad simples fenómenos de la naturaleza, que en otra situación o momento no hubieran llegado a tal. De ahí que el medio natural y la acción conjunta del hombre sea de vital importancia para el mayor o menor amortiguamiento de este tipo de fenómenos. Fuertes temporales, sequías, inundaciones, heladas e, incluso, guerras se han sucedido temporalmente durante siglos, con las consiguientes epidemias, sobre el conjunto de una determinada po- blación. Sin embargo, sus efectos han revestido tal o cual proporción según el grado de desarrollo económico de la sociedad, acarreando diferentes respuestas y distintas consecuencias según fuera la condición social de la población (33).

En nuestro caso, las indagaciones sobre los fenómenos climáticos adversos, su cuantificación e incidencia estructural en la comunidad, se han realizado se- gún las referencias señaladas en los acuerdos capitulares. Ello no significa que las referencias que se han localizado hagan mención a los únicos fenómenos que se abatieron sobre la población que nos ocupa, ni que revistieran el carácter catas- trófico que en determinados momentos, a veces, se le pretendió dar. La presión fiscal impositiva de la época o el hecho de que afectara más a la villa y su huerta

(33) La respuesta de las clases sociales ante las epidemias puede verse en Rene Baerhel, 'La haine de classe en temps d'épidémia', en Annales E.S.C., 7, 1952, pp. 351-360, y Witold Kula, Problemas y métodos de..., pp. 550-55 1. En el caso murciano, ha sido destacado por Guy Lemeunier, 'Ca- tástrofes y sociedades campesinas en tierras de Murcia (siglos XVI-XIX)', conferencia pronun- ciada en el seminario de Geografía e Historia del Reino de Murcia, organizada por la Fundación Pablo Iglesias de Murcia, el 11-2-1980. También en Pedro Marset y otros 'La sociedad murciana y cartagenera y las epidemias durante los siglos XVII, XVIII y XIX', en Juan Torres Fontes y otros, De Historia Médica Murciana. II. Las epidemias, Academia Alfonso X el Sabio, Murcia, 1981, pp. 209-248, especialmente en pp. 238 y ss., publicado con anterioridad en Actas de V Congreso Español de Historia de la Medicina, Madrid, 1971, vol. 1; y por Antonio J. Mula Gó- mez, 'Mortalidad y comportamiento social en la Lorca de 1812: Análisis de una epidemia', en Anales de la Universidad de Murcia. Filosofía y Letras, XXXVIII, 4, curso 1979-1980, (cd.

1981), pp. 219-253.

e, incluso, a los bienes inmuebles y raíces de los grupos de poder local, podía ser motivo de alarma entre los miembros concejiles. Ello derivaba en una mayor pre- cisión de detalles a la hora de describir el suceso. El interés en el fenómeno acon- tecido y sus consecuencias o efectos más inmediatos estaba orientado a pedir fon- dos y ayuda económica de los organismos provinciales competentes o, en su caso, nacionales; y, llegado el momento, instruir los oportunos expedientes de perdo- nes (34). A pesar de todo, las descripciones son lo suficientemente expresivas co- mo para que las tengamos en cuenta. Mucho más ante la imposibilidad de acceso a los protocolos notariales de la época histórica que analizamos y la ausencia de observatorios, que registraran las oscilaciones pluvio-termométricas de la comar- ca, fuentes esenciales de análisis y medición de los fenómenos climáticos. Final- mente, también, directa o indirectamente, los libros sacramentales o los libros del registro civil de defunciones nos proporcionan, como veremos a continuación, información al respecto.

Diversas investigaciones realizadas para la región del sureste español, desde el punto de vista climático (35) o histórico (36), han señalado la extrema irregulari- dad de las precipitaciones, 'generadora de una contradanza macabra de sequías e inundaciones' (37), cuyas consecuencias más inmediatas son el abarrancamiento de las pendientes y la devastación de los cultivos de regadío, siendo la época de 1880-95 la etapa de mayor aumento de precipitaciones, grandes inundaciones y fuertes temporales, algunas de aquéllas tristemente famosas, caso concreto de la riada de Santa Teresa, el 15 de octubre de 1879, en la ciudad de Murcia. Período que, igualmente, en Yeste sobresale por el número de fenómenos y calamidades de tipo climático registradas.

Sirva de introducción al respecto, la descripción que del fuerte temporal de invierno de 1881 hacen las actas capitulares de la época:

'por cuyas consecuencias se han desbordado los nos Segura, Tus y Taibilla, causando ma- yores destrozos en las huertas, que se regaban con las aguas de los mismos, inundando las fincas que antes regaban las arrambladas y arrastrando con ello los puentes y también to- dos los molinos harineros que se encontraban al alcance de las aguas, desapareciendo la mayor parte de la propiedad rústica, sin esperanzas de poder reformar' (38).

En este año, las cosechas de aceite, cereales y de vino se perdieron por com- pleto. El ganado, al no poder salir de las tinadas, sufrió innumerables pérdidas, como consecuencia de la intensidad de las precipitaciones y 'de los fuertes vientos (34) A.M.Y., Ac. cap., 19-12-1880.

(35) Francisco López Bermúdez, 'Las precipitaciones en Murcia...', pp. 171-187.

(36) M. T. Pérez Picazo y G. Lemeunier, 'Els estudis d'história agrária a la regió murciana: l'estat de la qüestió', Estudis D'Historia Agraria, 4, (1983); y E. Arévalo, E. Sánchez y R. Cuchoud, Hi- drología del Segura (1535-1879) Sequías, riadas, rogativos, calamidades, trabajos y esperanzas, Centro de Estudios Hidrográficos, Madrid, 1965.

(37) M. T. Pérez Picazo y G. Lemeunier, art. cit., p. 65.

(38) A.M.Y., Ac. cap., ses. extra., 31-1-1981.

que se vienen sufriendo día y noche, desde el primero del corriente (enero), ha- biendo quedado completamente inutilizados la mayor parte de los caminos de es- ta jurisdicción". Esta tormenta estremeció los edificios de la localidad de Yeste y otras aldeas,

'cayendo hechos pedazos la mayor parte de los cristales de las puertas y ventanas de las ca- sas, asimismo, las paredes de las viviendas y los muros de piedra que separaban huertos, y descargando sobre la torre de la Iglesia varias chispas, que la han dejado completamente destrozada, junto con varias capillas de la misma, temiéndose por otra parte que muchos edificios antiguos de esta población, que por desgracia son la mayor parte, vengan a tie- rra, abandonando por ello muchos vecinos las casas'.

La situación económica y social era realmente angustiosa. La tempestad fue tan fuerte y extraordinaria que 'su memoria jamás se borrará de ésta y las demás generaciones que sobrevengan, tanto más por haber acontecido en la estación de los más fuerte del invierno'. El temporal que duró todo el mes de enero todavía continuó durante el mes de febrero y no se amainó hasta la primera semana del mes de marzo (39). Las consecuencias no se hicieron esperar: las noticias que se recibían de las aldeas y de las pedanías eran aterradoras, 'de las que no cesan de hundirse casas, huertas y caminos debido a la impetuosidad del temporal', resul- tando de todo ello la muerte de un hombre en la aldea de Moropeche a causa de uno de esos hundimientos (40). La cuestión de las subsistencias se hizo cada vez más embarazosa. El apremio y la urgencia de las más elementales necesidades materiales era una cuestión vital, habida cuenta que más de trescientas familias de jornaleros de la villa y muchas más en las aldeas habían quedado sin clase al- guna de recursos, destacando la pérdida de sus viviendas, ante la precariedad de los materiales de construcción de las mismas, que ya vimos anteriormente, y la escasez de las disponibilidades alimenticias, tras el estado en que habían quedado las cosechas agrícolas del término (41). La agricultura se resintió durante algunos años,

'ya que los ribazos han desaparecido por efecto de la avenidas. Y para poder hacer banca- les se necesitará construir hormas y ribazos de grandes dimensiones en todas la huertas, no siendo aventurado asegurar que, al ser costosos y la población tan pobre, continúen en ese estado con perjuicio para la agricultura'.

Junto a las fuertes lluvias torrenciales de invierno que se abatían sobre la po- blación, destacando entre ellas la ocurrida en febrero de 1895, que inundó, de modo similar a la anterior por la crecida de los ríos, las tierras que fertilizaban con sus aguas, dejando a numerosas familias sin hogar ni trabajo (42), hay que

(39) A.M.Y., Ac. cap., 9-3-1881.

(40) A.M.Y., Ac. cap., ses, extra., 2-2-1881.

(41) A.M.Y., Ac. cap., ses. extra., 5-2-1881.

(42) A.M.Y., Ac. cap., ses. extra., 13-2-1895. Según las fuentes existían más de 1200 familias dejor- naleros sin trabajo en este momento.

destacar el impacto que ocasionaba las tormentas de piedra seca o granizadas en el seno de la comunidad. Estas incidían con mayor frecuencia durante los meses áridos del año. A diferencia de las lluvias torrenciales que duraban incluso sema- nas enteras, como la mencionada de 1881, bastaban unos minutos para que aqué- llas, las tormentas de piedra seca o granizo, destrozaran los mismos bienes mate- riales y de producción que otras solían hacer en más tiempo. Entre todas ellas, sobresalen las de septiembre de 1874, agosto de 1884 y la de mayo de 1889.

La primera de las cuales, en la tarde del domingo 27 de septiembre de 1874, se descargó violentamente sobre la población de Yeste y su huerta, y sobre las al- deas de las pedanías de Jartos, Rala, Raspilla, Moropeche, Tus, Fuentes, Argue- hite, Paules, Alcantarilla, Graya y parte de la pedanía de Tindavar, es decir, la casi totalidad del término, a excepción, pues, de las pedanías de Gontar y Sege.

Fue una nube de grandes dimensiones y de graves consecuencias para las cose- chas agrícolas de ese año,

'habiendo llegado a tal extremo la consternación de los habitantes que hoy, a pesar de ha- ber transcurrido tres días, no se han repuesto del terror pánico que embargó todos los áni- mos un siniestro no conocido en la presente generación, pues está en la conciencia de todos que de durar diez minutos más, este pueblo y su término hubiera quedado destruido.., de- bido a que la piedra era de tales dimensiones que después de pasada aquélla, se pesaron al- gunas de seis y ocho onzas (43), habiendo quedado las olivas tan destrozadas, que en-mu- chos años no podrán reponerse de los daños en ella causados, siendo un hecho también que de la buena cosecha de aceituna que este año había, ha quedado reducida a la más mí- nima expresión, que la uva ha quedado también completamente destruida, así como toda clase de alubias y hortalizas, y en su mayor parte la cosecha de maíz, patatas y cáñamo...

perdiéndose en cosechas más de cuatrocientos mil reales, la mitad aproximadamente de la riqueza de que este Pueblo paga por el concepto de rústica... y los contribuyentes, priva- dos ahora de los recursos que les proporcionaban los frutos destrozados por la nube, se encuentran imposibilitados de pagar enormes impuestos que sobre ellos pesan... tanto más cuanto en este país por demás miserable, los frutos de cereales recolectados han sido muy escasos e insignificantes.., encontrándose este pueblo no ya sin recursos para satisfacer los impuestos, sino que ni aún con lo necesario y preciso para alimentarse, toda vez que la parte más esencial para vivir en este país, la constituyen los caldos y las cosechas de otoño, y como esto ha desaparecido, claro está que el hambre se ha de desarrollar horriblemente en una época no muy lejana...' (44).

En efecto, el hambre y la escasez de las disponibilidades alimenticias trajo consigo todo un séquito de enfermedades adicionales a la desnutrición, que pro- vocaron el alza de la mortandad infantil, alcanzando los índices del 300 por mil a los pocos meses del año siguiente. Las consecuencias de estos fenómenos en estas comunidades aldeanas y en la propia villa, una vez destrozadas las cosechas agrí- colas y ante la escasez de recursos alimenticios, se reflejaban en las puntas de so- bremortahidad infantil. Más adelante insistiremos sobre el tema, al tratar la in- tensidad de la muerte en la comunidad.

(43) Una onza equivale a 28,7 gramos.

(44) A.M.Y., Ac. cap., ses. extra., 29-9-1874.

A veces, ocurría que en un mismo año se padecían varias calamidades de ti- po climático. Así, por ejemplo, a los diez años de haber transcurrido la tormenta de granizo de 1874, la villa y su huerta sufrían en la tarde del 9 de julio de 1884 la descarga de una tormenta de piedra seca de grandes dimensiones y de formas irregulares que, durante apenas unos veinte minutos, destruyó por completo to- das las cosechas de cereales aceite, vino y hortalizas (45). Y aún, cuando no se ha- bía repuesto de ella, la noche del 20 de agosto, al poco de haber transcurrido la otra catástrofe, cayó un fuerte pedrisco que 'además de la pérdida de las cosechas pendientes y de inutilizar los plantíos, puso a sus habitantes en inminente peligro'. La duración de la tormenta de granizo fue escasamente de ocho minu- tos, pero de tal intensidad

'que recordaba a una fuerte nevada del mes de Diciembre, afectando a la huerta del pue- blo y a las cortijadas de campo de Jartos, Arguellite y Tindavar,... quedando las vides sin sarmiento, ni esperanzas de recoger vino ni aceite, desapareciendo los plantíos en las huer- tas y quedando las olivas en estado tan desesperado que se teme la pérdida del árbol' (46).

La incidencia de estos fenómenos en el comportamiento demográfico de la población, hasta bien entrado el siglo XIX, es manifiesta. Estas inclemencias afectaban no sólo a los índices de mortalidad infantil, como he señalado y vere- mos más adelante, también incidían en el descenso de la nupcialidad y, por consi- guiente, en el declive de la natalidad. En efecto, el fenómeno de la desnatalidad, a los nueve meses de observada la crisis de nupcialidad, es ostensible, y se produ- ce de forma voluntaria e, incluso, involuntaria, a través del mecanismo de la 'amenorréa de hambre', ocasionada por la situación de escasas disponibilidades alimenticias. Un caso concreto puede ser el de la crisis de subsistencias de 1867-8 e, incluso, el de 1889. Precisamente, y no por casualidad, ese mismo año se des- carga un fuerte pedrisco en las pedanías de Alcantarilla, Paules, Arguellite, Fuentes, Tus, Moropeche, Raspilla y Rala, es decir, el sector noroccidental del término y casi la mitad del mismo, inutilizando todas las cosechas y buena parte del terreno por efecto de los alubiones,

'quedando en la miseria más de seiscientas familias a las cuales sino se les presta auxilio, tendrán forzosamente que emigrar, y algunas se morirán de hambre, encontrándose en es- te momento en la sala de sesiones y fuera en la Plaza del Ayuntamiento, reclamando auxi- lios' (47).

(45) En esta ocasión 'después de pasadas tres horas y ya los ánimos tranquilizados algún tanto, en los diferentes reconocimientos que se hicieron, se encontraron piedras que a pesar de haber dismi- nuido ya bastante, tenían el volumen de una naranja regular y pesadas, resultó que algunas de ellas, tenían de 25 a 30 onzas', es decir, de 700 a 860 gramos aproximadamente; (A.M.Y., Ac.

cap., ses. extra., 9-7-1884).

(46) A.M.Y., Ac. cap., 22-8-1884.

(47) A.M.Y., Ac. cap., 2-6-1889.

Los efectos de las carestías y crisis de subsistencias no sólo se dejaban entre- ver en los componentes del movimiento natural de la población, también la emi- gración era uno de los factores que se desencadenaban tras una crisis generaliza- da de la agricultura; así ocurrió con la década de los años ochenta, en que la emi- gración se torna decisiva, influyendo en la evolución de los efectivos globales de la población, como se verá más adelante. Sin duda alguna, se puede señalar que la década de los años ochenta constituye una fase de calamidades provocadas por fenómenos de tipo climático, que van a repercutir directa o indirectamente en el comportamiento demográfico de la población. En el cuadro, que a continuación presentamos, se ostenta como durante ese período es el que mayor número de ac- cidentes climáticos registra:

CUADRO N.° 7: TIPOLOGIA Y ESTACIONALIDAD DE LOS ACCIDENTES CLIMATICOS (1874-1935).

Temporal-inundación Pedrisco Heladas

1881-Enero-Febrero, 1874-27 Septiembre 1876-Febrero-Mayo

1885-Noviembre, 1881-31 Enero 1885-Abril

1887-Febrero, 1884-8 Julio 1887-Febrero

1895-Febrero, 1884-20 Agosto 1897-Enero

1908-Septiembre, 1889-31 Mayo 1915-Enero

1910-Septiembre, 1929-4 Septiembre 1930-Febrero 1915-Febrero, 1931-20 Junio

1917-Febrero, 1931-28 Junio Seguías

1929-Septiembre, 1876-Agosto

1889-Junio 1897-Agosto Fuente: A.M .Y., Actas capitulares.

Sin embargo, era la diversidad de los fenómenos climáticos adversos, y la acentuación de éstos en determinadas estaciones del año, lo que constituía mayor peligro para las cosechas y el ritmo de la vida cotidiana local, puesto que los efec- tos de una adversidad climática en la economía agrícola a los pocos meses de otra no permitían reponerse de las consecuencias ocasionadas por aquélla. En este sentido, junto a los temporales de invierno que destrozaban puentes, viviendas e inundaban zonas de regadío, principalmente; junto a las granizadas de los meses estivales, que apedreaban las cosechas de cereales y frutos de otoño, destacaban los efectos de las sequías y las grandes nevadas. Las alteraciones sucesivas entre años secos y lluviosos, cuando no entre estaciones húmedas y áridas de un mismo año, agravaban la situación y experimentaban pérdidas considerables en los culti- vos e, incluso, en la ganadería; en 1876,

'los ciclos de invierno y de primavera pasada han causado daños en las cosechas del vino, aguardiente, aceite, trigo, cebada y centeno, debido a los fuertes hielos de invierno y de la primavera, perdiéndose totalmente, quedándose los mismos olivos secos por completo en varios puntos y han tenido que cortarse unos por las cruces y los más arrancados utilizán- dose en leña; a esto hay que añadir los efectos de la sequía que seestá experimentando, los frutos de otoño han sufrido considerablemente, hasta el punto de haber perdido las espe- ranzas de reintegrarse al menos de los grandes trabajos, fatigas y desembolsos empleados en el arreglo y cultivo de los mismos' (48).

Las sequías y las heladas intensas, reinantes en todo el conjunto de la cuenca alta del Segura (49), son condiciones climáticas que influyen poderosamente en el desarrollo herbáceo, destruyendo 'los ricos y abundantes pastos, con los que se cria el ganado lanar, cabrío y vacuno', que Madoz nos describía a mediados del Siglo XIX (50). En general, están poco documentados, destacando, sin embargo, las sequías prolongadas de la década de los ochenta del siglo pasado, 'que tantas calamidades han ocasionado al ganado' (SI). En cuanto a las heladas, tenemos noticias del 'impacto que ocasionaban en el pasado las fuertes nevadas del mes de Diciembre', aunque tanto las actas capitulares de la época y los libros parroquia- les o civiles de defunciones señalan que los meses más intensamente nevados y con mayor número de heladas lo constituyen los comprendidos entre enero y ma- yo, sobresaliendo los años de 1876, 1885, 1887, 1897 y, ya en el siglo XX, los de 1915 y 1930. Intimamente ligadas a los períodos de sequías están las plagas de langosta, que solían provocar grandes destrozos en los cultivos y pastizales e in- fluyendo indirectamente en la mortandad del ganado (52). Escasamente docu- mentadas en el término de Yeste, cabe señalar la mancha de langosta en octubre de 1891, de considerada extensión, que ocasionó serios destrozos en la cosecha agrícola de ese año (53) y, consecuentemente, en el consumo alimenticio de la po- blación aldeana.

(48) Estos ciclos climáticos afectaron, con bastante regularidad e intensidad, a la población de Moli- nicos y, en general, a toda la población de la comarca; (A.M.Y., Ac. cap., 17-8-1876).

(49) Robert Herin, 'Les populations du haut bassin du Segura...', p. 56; históricamente puede verse en la obra reciente de M.' T. Pérez Picazo, ampliamente documentada para la fase histórica de 18 16-1870, en 1805-1930: Un tiempo de estancamiento y evolución, vol. 8 de la Historia de la Re- gión murciana, p. 61, en donde se sucedieron 19 sequías durante los 55 años comprendidos, se- gún recoge la autora para amplias zonas de la provincia. Las actas de sesiones del ayuntamiento de Yeste así nos lo reflejan también: 'El Gobernador civil de Albacete manda que en los días 8, 9 y lO del actual se dejen correr libremente las aguas del Río Segura, a fin de que se pueda mejorar algun tanto la situación de los habitantes de varios pueblos de la provincia de Murcia, que care- cen de agua hasta para beber' (A.M.Y., Ac. cap., 1-8-1897).

(50) Pascual Madoz, Diccionario Geográfico-Estadístico-Histórico de España y sus posesiones de Ul- tramar, Madrid, 1847-1850, vol. n.° 16, vocablo Yeste, p. 435.

(51) A.M.Y., Ac. cap. ses. extra., 25-6-1889.

(52) Witold Kula, Problemas y métodos de la historia económica, p. 536.

(53) A.M.Y., Ac. cap., 20-10-1981.