INTRODUCCIÓN
CAPÍTULO 3. REPENSAR LA EDUCACIÓN: UNA APUESTA POR LA EDUCACIÓN INTERCULTURAL APUESTA POR LA EDUCACIÓN INTERCULTURAL
3.2. Lo intercultural en las aulas multiculturales
3.2.2. Claves de la educación intercultural
La opción de la educación intercultural conecta con el denominado pluralismo intercultural, entendido como, “la presencia, coexistencia o simultaneidad de poblaciones con distintas culturas en un determinado ámbito o espacio territorial y social” (Giménez, 2003, p. 13). Y esta heterogeneidad puede abarcar diferentes ámbitos territoriales, estados, países, regiones, municipios incluso escuelas. Sáez nos presenta algunos de sus principios fundamentales (2006, pp.79-80):
1. La diversidad cultural es positiva por enriquecedora, de lo que se desprende que hay que respetarla, aprovecharla y celebrarla. Lo que la autora denomina “celebración de la diferencia”.
2. El derecho a la diferencia que ofrece el pluralismo cultural viene a enriquecer los derechos humanos, en marco de la denominada ciudadanía diferenciada.
3. El derecho al reconocimiento del otro si inscribe en el desarrollo de los valores y virtudes de una sociedad democrática.
4. Es una apuesta por la inclusión, en contra de la discriminación, la segregación, el sectarismo, la eliminación del otro, el asimilacionismo que niega la identidad del otro.
Convenimos que el pluralismo cultural se basa en la interacción, en la reciprocidad, en la diversidad cultural como enriquecimiento, donde “ningún grupo tiene por qué perder su cultura o identidad propia ni por adquisición de la cultura dominante ni por abandono de la original (modelo asimilacionista)” (Díaz López, 2003, p. 39).
Por lo que la variedad, heterogeneidad y el dinamismo siempre resultan mejor y más realistas frente a la uniformidad, homogeneidad e inmovilismo. Cada grupo cultural es único y valioso para ofrecer, interactuar o comunicar. Pero la convivencia exige un clima de compromiso y de promoción de todos, sean autóctonos o inmigrantes, solo así se logrará un “nosotros común” donde el otro es reconocido, aceptado y valorado.
Por otra parte, cualquier interacción ocasiona integración. Pero qué entendemos en contextos multiculturales por integración. Ruiz Lobera (2004, p. 89, cit. Sáez, 2006) que generalmente, se le aplica cuando no se percibe que alguien es distinto a los demás.
Aunque este autor puntualiza que se habla de integración intercultural “cuando hay identificación con la cultura de origen e interés y valoración hacia los nuevos grupos que se encuentra en la sociedad receptora o en la nueva cultura” (p. 83). De dicha definición se desprende que los individuos siguen manteniendo sus señas de identidad y al mismo tiempo interaccionan positivamente con la cultura del país de acogida. Es entonces cuando las culturas “se desdibujan al encarnar ahora en personas que pertenecen a dos
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108 mundos o que cuentan con dos comunidades de referencia, las cuales desde fuera pueden parecer mundos distintos y separados, pero se muestran reunidas en la experiencia, en la identidad de las personas integradas en una cultura y que conservan conciencia de proceder de otra. He aquí la magia de la comunicación intercultural” (Ruiz de Lobera, 2004, p. 91).
Por su parte, García Roca (2002, cit. Sáez, 2006, pp. 84-85) propone una serie de principios para que pueda darse de manera efectiva la integración intercultural:
1. Reconocimiento en cada persona de su propia consistencia e identidad, nadie sufre discriminación ni restricción, sino que todos intercambian y salen enriquecidos de sus intercambios.
2. Valoración del derecho a la diferencia entre las culturas y su relación entre ellas.
3. Implica tres premisas: a) su carácter bidireccional; b) se sostiene sobre la convivencia;
y c) su carácter de integralidad.
4. Se sustenta en el encuentro y en la comunicación y en el intercambio, lo que supone cambios tanto entre los autóctonos como alóctonos, entre el país de origen y el país de acogida.
5. La coexistencia se transforma en convivencia. Las culturas influyen unas a otras y de esta conexión surge una cultura común, un proyecto común, dinámico y cohesionado.
6. Se reconoce la interdependencia de los aspectos políticos, económicos, sociales y culturales.
7. La integración se construye a través de la implicación y el compromiso, mientras que la asimilación se impone.
Por todo lo afirmado anteriormente, podemos deducir que la educación no se plantea como un conjunto de presupuestos pedagógicos a aplicar en aquellos centros educativos con presencia de minorías culturalmente minoritarias. Puesto que, como afirma Carbonell (2000) si uno de los objetivos es conseguir es que el colectivo de miembros perteneciente a la cultura mayoritaria pueda aceptar a los “otros” como iguales (colectivo minoritario), claramente, la educación intercultural es para todos.
El mismo autor, señala que la piedra angular es conseguir que el grupo culturalmente mayoritario inicie cambios para favorecer unas relaciones interculturales en el plano de la igualdad. Ello supone no solo conocer y respetar otras culturas, sino implicarse en la creación de espacios comunes que garanticen la igualdad de derechos y de oportunidades para todos.
El respeto a todas las personas y sus ideales no debe ser incompatible con la discrepancia en las ideas o el desacuerdo hacia ciertas costumbres. La clave está en no realizar generalizaciones e interpretaciones sesgadas. Podemos criticar abiertamente alguna tradición que sea incompatible con los derechos humanos, pero no por ello, pretender demonizar o rechazar todas las costumbres vinculadas a un grupo cultural determinado.
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109 Pero estas actitudes críticas también deben explicitarse hacia la propia cultura, con el fin de evitar caer en modelos asimilacionistas y etnocentristas. Ciertamente, la educación intercultural.
Por tanto, la educación intercultural precisa voluntad de ambas partes para crear un espacio común de convivencia, de diálogo, de respeto y donde el principio de integración se presente sin matices. Ahora bien, en la apuesta por una integración intercultural, es preciso tener en cuenta que la comunicación entre culturas supone, no solo un cambio entre las culturas, a modo de hibridación, sino que entraña la posibilidad de realizar un cambio en las personas en ambas direcciones. En esta necesidad la educación intercultural juega un papel relevante que orienta los esfuerzos no solo sobre la población culturalmente minoritaria sino sobre todos, puesto que la interculturalidad no es solo de grupos inmigrantes y étnicos puntuales. Por lo que la sociedad mayoritaria debe también ser protagonista de este cambio. Puesto que como afirma Giménez (2003), la aportación del interculturalismo está en su énfasis en el terreno de la interacción entre las personas culturalmente diferenciadas. El núcleo de la educación intercultural se halla en “el deber ser de las relaciones interétnicas, más allá de que deben ser relaciones no discriminatorias entre iguales y basadas en el respeto y la tolerancia, principios éstos ya asumidos en el ideario pluralista” (2003, p. 18, cit. Sáez, 2006, p. 87).
La perspectiva intercultural lo que propone es abordar la relación entre las diferentes culturas más allá de concretar una determinada cultural, lo que supone una interacción y aprendizaje mutuo situando la convivencia entre distintos en el centro de interés. Giménez (2003, cit. Sáez, 2006, pp. 88 y 90) sintetiza la delimitación conceptual entorno a la multiculturalidad e interculturalidad que recoge la Tabla 13:
Tabla 13. Pluralismo, Multiculturalismo e Interculturalidad. Propuesta terminológica y conceptual.
Fuente: Giménez, 2003, cit. Sáez, 2006, pp. 88 y 90.
Plano Fáctico o de los Hechos
LO QUE ES
MULTICULTURALIDAD
= diversidad cultural, lingüística, religiosa…
INTERCULTURALIDAD
= relaciones interétnicas, interlingüísticas,
interreligiosas…
Plano Normativo o de las Propuestas sociopolíticas y éticas LO QUE DEBERÍA SER
MULTICULTURALISMO Reconocimiento de la diferencia
1. Principio de Igualdad 2. Principio de Diferencia
INTERCULTURALISMO Convivencia de la diversidad
Principio de Igualdad
Principio de Diferencia
Principio de Interacción Positiva
Principio de Identidad Personal y Cultural
Modalidad 1 Modalidad 2
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110 PLURALISMO CULTURAL
En esta tabla se puede intuir que la pluralidad cultural queda integrada por la multiculturalidad y la interculturalidad, las cuales comparten los principios de igualdad y de diferencia, aunque el interculturalismo amplia con dos nuevos principios referidos a la interacción positiva e identidad personal y cultural.
En relación al principio de interacción positiva, Sáez (2006) plantea tres indicadores que lo sustentan. Nos referimos al principio de ciudadanía que implica el reconocimiento de los derechos humanos y la búsqueda constante de igualdad real y efectiva de derechos; el principio del derecho a la diferencia, que requiere el respeto a la identidad y, por último, el principio de unidad en la diversidad, entendida como una unidad asumida por todos de manera voluntaria.
Otro de los principios base es el de la identidad personal y cultural, identificada con la posibilidad de que la pertenencia a un determinado grupo cultural no excluye poder compartir los valores de otros grupos culturales. Esto significa que la identidad puede tener “una dimensión opcional, o sea, dentro de las diversas identificaciones o identidades múltiples, las personas pueden elegir qué prioridad asignarle a una con respecto a otra dependiendo de lo cambios y de las circunstancias. La identidad no es una dinámica en la que se pierde por un lado lo que se gana por el otro, como si al sumar más de una identidad le restásemos a la otra” (Sáez, 2006, p. 91), que favorece la tolerancia y minimiza los fanatismos, es decir, se puede tener múltiples identidades.
Actualmente conviven dos posiciones extremas, como señala Maalouf (2002, p.
53), una de ellas es considerar al país de acogida “como una página en blanco en la que cada uno puede escribir lo que le apetece —o todavía peor— como un terreno indefinido en el que todo el mundo puede instalarse con armas y equipaje, sin modificar nada las actitudes y las costumbres propias. La otra concepción extrema es la que considera el país de acogida como una página ya escrita e impresa como una tierra con leyes, valores, creencias y características culturales y humanas ya fijadas una vez por todas, y en la cual los inmigrantes no tienen más remedio que adaptarse. Ambas concepciones me parecen igualmente poco realistas, estériles, peligrosas (...). El país de acogida no es una página en blanco ni una página acabada, sino una página a medio escribir”.
Lo deseable es que en el desarrollo de la identidad personal y cultural exista una interacción mutua entre los individuos, sean cuales sean sus señas de identidad. En este sentido, Maalouf (2002, p. 56) lo refiere acertadamente:
“Con este espíritu me gustaría decirles, primero a los “unos”: “cuanto más os impregnéis de la cultura del país de acogida, tanto más podréis fecundarla con la vuestra”, y después a los “otros”: “cuanto más perciba un inmigrado que se respeta su cultura de origen, más se abrirá a la cultura del país receptor” (...). En el fondo, se trata de un “contrato moral”, en el que las partes integrantes ganarían al precisarse en cada situación particular: ¿qué es lo que, en el país de acogida, constituye el bagaje mínimo que toda persona ha de asumir, y qué es lo que legítimamente puede discutirse o, incluso, rechazarse? Lo que vale igualmente para la cultura de origen de los inmigrados: ¿qué componentes culturales merecen seguir siendo transmitidos en el país de adopción como algo de gran valor, y qué otros deberían dejarse “en el vestuario”?”.
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111 Es por lo que la identidad personal y cultural exige la promoción de la empatía evitando la catalogación de las personas por su lengua, religión o su referente familiar solo así se da legitimidad a las diferencias y la integración. Esta realidad nos conduce a un proceso de fortalecimiento del interculturalismo en detrimento del multiculturalismo, es decir, “menor consideración de que los límites culturales son inmutables” y por tanto dinámicos. Pérez (2003, p. 51) comenta que “las perversiones interculturales tienen su origen, en buena medida, en el desconocimiento y la ignorancia de los otros, de los distintos, de los que no son como nosotros”.
La perspectiva intercultural plantea una sociedad en el que todas las culturas tienen cabida y ninguna cultural tiene la exclusividad. Quien defiende la interculturalidad se refiere “necesariamente a interacción, intercambio, apertura, reciprocidad, interdependencia, solidaridad..., reconocimiento de valores, de los modos de vida, de las representaciones simbólicas que se refieren a los seres humanos, individuos y sociedades, en sus relaciones con otros y en la aprehensión del mundo... de las interacciones entre las diferentes culturas” (Touriñán, 2005, p. 1407).
El término intercultural esconde múltiples significados que es preciso descubrir.
Para Cohen-Emerique (1993, p. 117) “la interculturalidad concierne a todo proceso de interacciones entre individuos, de encuentros entre culturas”. Por lo que la interculturalidad se asocia al contacto entre el “yo” y el “otro”, a la interacción consciente y perseguida. Y es que “todas las culturas tienen una visión concreta de la realidad y todas tienen diferentes grados de verdad —y también de ignorancia, pues toda cultura es mejorable—. Esta verdad hay que descubrirla y reconocerla. La educación va a favorecer esta labor” (Sáez, 2006, p. 102).
La educación intercultural encuentra su antítesis en la balcanización cultural que traducido al contexto educativo presenta las siguientes características (Prats, 2001): a) permeabilidad reducida, con pocos intercambios culturales de miembros de un grupo a otro; b) identificación personal asociado a los lazos individuales con el grupo; c) deseo de mantener los privilegios de poder adquiridos por el grupo dominante, lo que determina la presencia de vencedores y vencidos.
Por el contrario, una educación intercultural se sustenta en la diferencia, en la pluralidad y diversidad culturales más que una educación para los que son culturalmente diferentes. Es por lo que la educación intercultural va dirigida a todos, y no solo a los grupos minoritarios culturales, manteniendo un enfoque integrador y global en el que se promueve tanto el conocimiento como la tolerancia intelectual y cultural. Ya Aguado, al referirse a la educación intercultural (1991, 90) lo expresaba de la siguiente manera:
“una tendencia reformadora en la práctica educativa y variada en sus metas, con la que se intenta responder a la diversidad provocada por la confrontación y convivencia de diferentes grupos étnicos y culturales en el seno de una sociedad dada”.
En este planteamiento pedagógico intercultural, Merino y Muñoz (1995) proponen una serie de principios que deben regir toda acción educativa intercultural: a) los principios antropológicos, referidos a la identidad personal y cultural, el diálogo y la diversidad; los principios epistemológicos relacionados con los valores comunes existentes en las distintas culturas y, por último, los principios praxiológicos y tecnológicos, como los programas educativos viables y eficaces.
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112 Haciéndonos eco de los principios anteriormente señalados, cabe aclarar que el concepto diversidad e identidad cultural generan una simbiosis en el espacio intercultural en el que es posible la conciliación. Como afirma Colom (1992), la identidad cultural se identifica con la conciencia subjetiva de pertenencia a un colectivo o cultural. Cualquier individuo es un cúmulo de relaciones intrínsecas con otros individuos. En este sentido, como afirman Abdallah-Pretceille y Porcher (1996, p. 50):
”yo estoy inscrito en una constelación de sujetos y mi identidad no sería tal sin la construcción de los otros. Yo me hago a mí mismo, pero en medio de los otros y por los otros. La condición fundamental para que yo sea un sujeto es que todos los otros lo sean también.
La propuesta intercultural implica tres modos simultáneos de ver la realidad (Sáez,
2006, p. 107):
a) Conocimiento de la propia cultura y relativizar los valores propios.
b) Fomento de la empatía para poder comprender la cultura del otro.
c) Consenso para la construcción común de una nueva representación de la realidad.
Conocer la cultura de origen conlleva, desde la perspectiva intercultural, cuestionar los presupuestos de la propia cultura, de todas las culturas, y no solo de las minoritarias. Para crear un espacio de acercamiento y reconocimiento basado en un diálogo plural y claro, sin recrearse en la diferencia por la diferencia sino en la diferencia como reflejo de la autenticidad personal de cada individuo.
Ahora bien, no se puede reducir la educación intercultural a poner el acento en las diferencias culturales, no se trata de realizar de forma reiterada una exaltación de las diferencias. Es lo que consideran autores como Jordán, Ortega y Mínguez (2002) caer en una visión demasiado culturalista de la identidad. Dichos autores lo argumentan al considerar que esta perspectiva ocasiona la cosificación de la persona en su grupo cultural referencial supuestamente estable, sobrevalorando la diferencia en detrimento de la interacción, e incluso critican una pretendida tolerancia que conduce en la práctica a un racismo culturalista que excluye al otro.
Lo que sí resulta sustantivo de la educación intercultural no es tanto la diferencia, que lo es, como la búsqueda de un espacio de encuentro, el intercambio, donde prevalece el diálogo genuino y abierto. Es decir, la relación intercultural entre personas, la comunicación, porque nadie puede apreciar a los demás si no hay contacto y conocimiento mutuo. Ciertamente, la interacción resulta ser un hecho educativo en sí mismo porque al comunicarnos con el otro, culturalmente diverso, estamos reconociendo nuestra propia identidad (Sáez, 2006, pp. 109-110).
Para fundamentar más adecuadamente esta idea, recogemos una cita de Díaz Estrada (1998, p. 98, cit. Sáez, 2006, pp. 110-111) donde se defiende que conocer al otro favorece el conocimiento de uno mismo:
“El encuentro con el desconocido, con el extranjero, no sólo nos permite captar lo específico de nuestra identidad, por contraste y por comunicación, sino que nos capacita para tomar distancia selectiva de ella, es decir, para crecer. Estamos condenados a la libertad, pero ésta se da por mediación de las relaciones con los otros.
Al comunicarnos con el otro, nos autocomunicamos con nosotros mismos, tanto en un plano cognitivo (adquirimos un nuevo conocimiento sobre nuestra personalidad), como afectivo y sensitivo. 1a dinámica de crecientes encuentros interpersonales no sólo marca
CAPÍTULO 3. Repensar la educación: una apuesta por la educación intercultural
113 la distancia progresiva —que no la negación— respecto de la familia, la patria local y nacional, la educación asimilada y los valores recibidos, sino que posibilitan el
“conócete a ti mismo” de la tradición socrática, que se da relacionalmente, no por mera introspección. Al comunicarnos con el otro percibimos nuestra propia identidad”.
Por lo que, para el Consejo de Europa, la educación intercultural, es la única posible. Aquella que capacita para vivir interculturalmente en un mundo multicultural. Es la única encaminada a cultivar una serie de actitudes, aptitudes y conocimientos en la sociedad actual mediante los valores de tolerancia, empatía, rechazo de prejuicios, reconocimiento, aceptación… Algunos consideraran que se trata de una propuesta utópica y difícil viabilidad, nadie dijo que fuese tarea fácil, pero se trata de un reto necesario si queremos evitar sociedades homogéneas, pensamiento único, segregación y marginación.
Como señala Díaz López en una amplia cita (2003, p. 51): “las bases de la interculturalidad prefiguran la posibilidad de nuevos constructos sociales en los que la diferencia no sea equiparada a lo negativo, ni la uniformidad se corresponda con lo positivo. El binomio diferencia/igualdad es, así, objeto de una nueva lectura. Por un lado, la diferencia es reconocida como un valor enriquecedor de nuestras manifestaciones culturales, históricamente originadas, desarrolladas y modificadas, y como un derecho de los individuos y los grupos a situarse en cada contexto social. Por otro, la igualdad se representa como un derecho a la no discriminación de individuos y grupos en la construcción de su propia identidad y en el disfrute de los derechos y asignaciones que les corresponde, independientemente de su adscripción cultural o de grupo”.
La enseñanza de la educación intercultural entraña una serie de rasgos que Nieto (2011, p. 27) identifica con los siguientes: 1) socialmente justa; 2) antirracista y sin prejuicios; 3) ventajosa a todos y no solo a aquellos catalogados como
“diferentes” y “minoritarios”; 4) respetuosa con la identidades, experiencias y valores culturales del alumnado.
Características todas ellas estrechamente ligadas con la igualdad y la educación.
A juicio de la misma autora, la educación intercultural presenta las siguientes premisas (2006, pp. 29-35):
* La educación intercultural no debe implicar solamente la reafirmación de la cultura y el lenguaje, que en demasiadas ocasiones en nuestros centros se reduce a jornadas culturales anecdóticas, sin reflexionar acerca de otras cuestiones como las desigualdades. La misma autora, afirma que puede resultar útil conocer el ámbito lingüístico y cultural de un determinado grupo, pero abordándolo desde una posición crítica como justicia social. En este sentido, nos hacemos eco de las palabras de Weinberg (1982, p. 7) que denuncia:
“La mayoría de materiales multiculturales llevan el carácter distintivo cultural de diversos grupos y poco más. Casi nunca hay atención duradera a la fea realidad de la discriminación sistemática contra el mismo grupo que también utiliza ropa pintoresca, juguetes fascinantes, cuentos de hadas encantadores y comida deliciosa. La respuesta a ataques racistas y difamación también es parte de la cultura del grupo estudiado”.
* La educación intercultural debe confrontar las realidades institucionales. Referido a conocer la historia de la diferencia e inmigración de una sociedad concreta que suponen
“desafiar las estructuras de desigualdad institucional, las políticas y prácticas de las