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PROFESORES, ENSEÑANZA Y AULA

1.2. EL PROFESOR

Para iniciar este apartado, consideramos oportuno definir qué se entiende por profesor. Según la Real Academia Española, un “profesor” es aquella persona que ejerce o enseña una ciencia o arte. Se trata de una persona que posee una serie de conocimientos sobre el área o materia en la cual se ha formado y que es capaz de transmitirlos pedagógicamente a sus alumnos; así como también de guiar el proceso de enseñanza. Sin embargo, debemos tener en cuenta que dicho “saber” no es lo esencial en el proceso de enseñanza. Para Crahay (1988) hay otros aspectos que se han de tener en cuenta en todo proceso de enseñanza: los intereses del alumno, sus inquietudes, motivaciones, etc. Por lo tanto, para este autor, el profesor ha de ayudar al alumno a desarrollar y construir por sí mismo su pensamiento.

Entre las funciones que un profesor universitario debe desempeñar en su acción docente, se encuentran (Zabalza, 2011):

- planificar el proceso de enseñanza y aprendizaje seleccionado los contenidos que se quieren trabajar con los alumnos;

- ofrecer explicaciones claras y bien estructuradas que faciliten la comprensión de los conocimientos que se transmiten;

- diseñar metodologías innovadoras que favorezcan la participación del alumno en el desarrollo de actividades;

- establecer relaciones de comunicación con los alumnos que mejoren el clima de aula;

- tutorizar el proceso de enseñanza-aprendizaje de los alumnos; evaluar los aprendizajes adquiridos por éstos;

- reflexionar sobre la propia práctica docente e investigar;

- trabajar en equipo con los demás profesores en la mejora de la calidad de enseñanza a partir de esas reflexiones.

Esa concepción de Crahay (1988) de profesor descrita es lo que Carranza (2008) considera como un buen profesor, aquel que reflexiona sobre su práctica, muestra expectativas hacia sus alumnos, valora tanto lo que él hace en el aula cómo lo que hacen sus alumnos y toma decisiones sobre la mejora de su acción docente, a partir de una

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puesta en común. Marcelo, Yot y Mayor (2001) añaden a esa concepción de buen profesor aquel que se implica en la enseñanza, tiene en cuenta las características de su alumnado (necesidades e intereses) en su planificación y sabe aprovechar cualquier situación o experiencia fuera o dentro del aula.

Por otro lado, Valverde, Fernández Sánchez y Revuelta (2013, p.261) consideran que los “profesores pueden mejorar su actividad docente si identifican, reconocen y potencian sus fortalezas, porque pueden ayudar a sus alumnos a realizar lo mismo”. De ahí lo importante que es que un profesor tenga seguridad sobre lo que enseñanza, además de enseñar sus saberes, reflexiones y decisiones (Kounin, 1970). Según Kounin (1970), la inseguridad del profesor sobre lo que hace en el aula puede suscitar en sus alumnos actitudes de desinterés y desobediencia, al considerar al profesor débil en su materia y en su rol de docente. Esta actitud suele ser percibida en los primeros años de docencia, cuando el profesor novel aún no ha adquirido cierta experiencia. Sin embargo, cuando el profesor es capaz de gestionar bien el aula, logrando una participación positiva en su alumnado en el desarrollo de la enseñanza, sin producir cambios bruscos en el proceso de enseñanza, pero tampoco lentitudes excesivas, ese profesor posee un buen momentuum (Kounin, 1970).

Figura 1. Capacidades que ha de mostrar un profesor en el proceso de enseñanza.

Lo que viene a representar la Figura 1 es que un profesor, además de su tarea de producir aprendizajes en sus alumnos, ha de garantizar una organización en el aula en la que todos participen de manera disciplinaria, a través de una buena gestión de la misma. Sin embargo, a pesar de ser lo ideal, la mayoría del profesorado refleja un mal momentuum, ya que es difícil lograr una buena gestión de aula en la que todos participan de manera efectiva (Crahay, 1988). Por ello, para este autor, la principal meta

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Instrucción Aprendizaje académico

Gestión de aula Aprendizaje social

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que ha tener un profesor es la de favorecer la participación del alumno más que su propio aprendizaje, ya que “la primacía de esa preocupación por garantizar la participación de los alumnos es lo que explica la importancia de tener un buen momentuum” (p.220).

Como establece Prieto Jiménez (2008), el concreto el profesor es el principal agente socializador, después de la familia, en transmitir una serie de valores a su alumnado que influirán, directa o indirectamente, en su formación. Por tanto, además de ser un agente de transmisión de conocimientos, ha de ser un agente socializador. En este sentido, el profesor es visto como un mediador entre el conocimiento y el alumno, es decir, un facilitador del aprendizaje a la vez que un orientador y supervisor del mismo (Mas, 2011).

Sin embargo, no sólo basta con saber comunicar y enseñar, sino que es necesario mejorar su formación (inicial y continua), con el fin de mejorar su capacidad de organizar y gestionar el aula, de innovar su enseñanza, de trabajar en equipo (reflexionando sobre su propia práctica docente), entre otros aspectos. Para Medina Rivilla (1999) estar aprendiendo continuamente desde la reflexión y la formación es una tarea que todo profesor ha de realizar para descubrir, y con ello, asumir las exigencias específicas que conlleva la práctica docente. Es lo que denomina Medina Rivilla (1999) como

“profesionalidad” de un profesor, en la que el profesor es capaz de crear situaciones de aprendizaje que despierten interés en el alumno, mediante la práctica reflexiva.

En los últimos años, el papel de profesor universitario ha cambiado debido a las nuevas exigencias de dedicación y responsabilidad, así como también a las demandas que se les hacen (Zabalza, 2002; Marcelo, 2011). Como establece Guzmán (2018, p.135) en su estudio, actualmente “se espera que el profesor de educación superior sea más profesional, busque nuevas maneras de crear y utilizar conocimientos”.

Ante los cambios que se están produciendo en nuestra sociedad, es necesaria una redefinición del trabajo del profesor, concretamente en su rol docente (Marcelo, 2002). Para Marcelo (2002) el rol docente debería pasar de ser autoritario, donde el profesor es quién transmite los conocimientos al alumnado y fomenta ambientes de aprendizaje complejos, a un rol más cercano, en el que implique al alumnado en propias

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actividades y en la construcción de su propio aprendizaje. Pero como ya se ha mencionado anteriormente, un buen profesor además de desempeñar ese rol, debe mostrar interés por su alumnado, comprendiendo qué siente y cuáles son sus preocupaciones, a través del diálogo interactivo. Todo esto forma parte del conocido currículum oculto, el cual no viene impuesto, pero ejerce gran influencia en el aprendizaje de los alumnos, dada la actitud cercana del profesor hacia ellos. De ahí que Marcelo (2011) considere que:

Ser docente en el siglo XXI debe suponer para los miembros de la profesión docente asumir que el conocimiento y los estudiantes (las “materias primas” con las que trabajan) cambian a una velocidad mayor que a la que estábamos acostumbrados. Y que para dar respuesta adecuada y satisfacer el derecho de aprender de los estudiantes, se impone hacer un esfuerzo redoblado por seguir aprendiendo. (p.53)

Como consecuencia, Marcelo (2011) considera necesaria la modificación de metodologías y condiciones de trabajo en el aula al enfrentarse con un alumnado heterogéneo y diverso (ideas, necesidades, motivaciones…). Todo ello influye, según Marcelo (2011), en la relación que se establece entre profesor y alumno, al tener que asumir el profesor más responsabilidades, así como también a las exigencias a las que se encuentran sometidos profesor-alumno, siendo éstas cada vez mayores y conflictivas (en términos de autoridad y disciplina).

Un ejemplo de ello se ha podido evidenciar ante la situación de “Estado de Alarma” declarado en nuestro país debido a la pandemia mundial sufrida por el coronavirus. La forma de enseñar y trabajar ha tenido un giro inesperado para todos, al tener que “teletrabajar”, enseñando de manera online de manera inminente e improvisadamente. Pero, ¿nuestro profesorado universitario, y no universitario, estaba preparado para esta nueva situación? La competencia digital docente es y será una competencia esencial y necesaria que todo profesorado ha de adquirir para dar respuesta a la demanda social de esta nueva situación. Un profesorado innovador, comprometido, interesado y preocupado por su alumnado, capaz de transmitir conocimientos a un alumnado interesado por su forma de enseñar.

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