Falsificaciones literarias al final del Mundo Antiguo: el caso de la Historia Augusta
5. Ensayo: el lector perdido y hallado en el tiempo
Por algo muy personal que me atrevería a llamar «deferencia espiritual», albergo siempre la sensación de no inventar nada, mas sí de hallar ocasiones muy propicias para descubrir y reordenar elementos con los que compartir una visión, una experiencia. La genialidad más humilde se basa en un cálido y constante acompañamiento a aquella ciencia que, siendo fuente de atracción, unas veces nos da lo que quiere, y otras se deja descubrir vestida de la interpretación que sobre ella queramos volcar. Fue hace cierto tiempo, cuando una actividad académica nos reunió en torno a lo que se describía magistralmente como «gramática de conocimientos universales a partir de la cual se es capaz de leer, interpretar y divulgar los textos literarios». Tal descripción me daba pie para realizar, por la experiencia personal, un retroceso en la propia construcción de la frase; esto es: en primer lugar, haber hallado, por fortuna, muchos y buenos textos literarios; en segundo lugar, trabajar desde la dedicación docente por insertarlos como parte de un crecimiento personal ineludible para los alumnos; en tercer lugar, identificar conceptos que, constituyendo en realidad ingredientes comunes a la vida de toda persona, estuvieran presentes explícita o implícitamente en las obras, para desde ahí interpretarlas; y, por último, hacer de ese conocimiento «de lo universal» el noble instrumento con el que llegar al corazón de los seres humanos, sin decir más de lo que los libros nos recuerdan.
Resulta bello hablar del maestro «versado en diferentes disciplinas»; mas, si la belleza de su expresión se debiese a lo inusual del caso, entonces hablaríamos de una grave carencia. No es así, en tanto que la persona, durante su crecimiento personal, aborda (porque vive) diferentes facetas, diferenciándose nuestros caminos quizá por el nivel de consciencia y transcendencia sobre el que hacemos lectura de ello. La Historia que estudié, la Literatura con la que me recreo, la Música que siempre me ha apasionado,
y la fe en la que me sostengo, me han enseñado que, en realidad, yo no sería «más que unos platillos que resuenan» si no tuviese en cuenta una categoría historiográfica elemental: los presupuestos; el legado que he recibido, la visión del mundo de la que parto cuando miro nuevos planos de la realidad... Una experiencia, al fin y al cabo, intelectual, sensitiva, emocional y espiritual, que, tras muchas vueltas antes de llegar aquí, me ha situado en un concepto al que conducían todos los caminos: la memoria.
Fragmentemos ahora el título del tema. Según el la RAE (2017), el término
«didáctica» «usado también como sustantivo» se define como el «Arte de enseñar».
Además, y también según esta fuente, la palabra «memoria» presenta hasta catorce acepciones, de las cuales destacamos algunas de entre las que más nos interesan:
2. f. Recuerdo que se hace o aviso que se da de algo pasado.
6. f. Monumento para recuerdo o gloria de algo.
10. f. pl. Relación de recuerdos y datos personales de la vida de quien la escribe.
11. f. pl. Relación de algunos acaecimientos particulares, que se escriben para ilustrar la historia.
Como siguiente pieza de nuestra construcción, diremos hablar de «Edad» es aquí hablar de una época; de dos épocas, de hecho. Están vinculadas por su brillantez artística y por su gran vitalidad social: los Siglos de Oro (XVI y XVII) y la Edad de Plata (aproximadamente en el primer tercio del siglo XX) de la literatura castellana. Así pues, enseñemos qué es la memoria a la luz de algunas de las obras que he leído sobre estos tiempos que se afanaron (quizás sin saberlo) por andar más juntos de lo que los contextos históricos nos hubieran hecho ver.
Suelo jugar –quizás en demasiadas ocasiones– con la recreación de imágenes.
Pasearemos a continuación por una decena de lugares hacia los que nos trasladaremos con la categoría «memoria». Intentaré que sólo nos perdamos por sendas muy bellas.
La memoria es hogar de la identidad individual:
1.- De modo que, para comenzar, eres el lugar y el tiempo en que naciste y creciste.
Y con toda claridad nos lo muestran dos nobles del 1900, el noble Antonio y el sereno Gabriel. Antonio Machado, en su poema «Retrato»:
Mi infancia son recuerdos de un patio de Sevilla, y un huerto claro donde madura el limonero;
mi juventud, veinte años en tierras de Castilla;
mi historia, algunos casos que recordar no quiero (150-151).
Y Gabriel Miró, en «Una mañana» por esa Orihuela en la que se entreteje la historia de Sigüenza:
[...] Pasaba ya el tren por la llanada de la huerta de Orihuela. Se iban deslizando, desplegándose hacia atrás, los cáñamos, altos, apretados, obscuros; los naranjos tupidos; las sendas entre ribazos verdes; las barracas de escombro encalado y techos de «mantos» apoyándose en leños sin dólar, todavía con la hermosa rudeza de árboles vivos; los caminos angostos, y a lo lejos la carreta con su carga de verdura olorosa; a la sombra de un olmo, dos vacas cortezosas de estiércol, echadas
en la tierra, roznando cañas tiernas de maíz; las sierras rapadas, que entran su costillaje de roca viva, yerma, hasta la húmeda blandura de los bancales, y luego se apartan con las faldas ensangrentadas por los sequeros de ñoras; un trozo de río con un viejo molino rodeado de patos; una espesura de chopos, de moreras; un a palma solitaria; una ermita con su cruz votiva, grande y negra, clavada en el hastial [...] (14-15).
2.- Mas no «eres» sólo tú. Eres «una opción» de cuantas hay en este mundo justificada por las personas que han compuesto tu entorno:
El tener padres virtuosos y temerosos de Dios me bastara, si yo no fuera tan ruin, con lo que el Señor me favorecía, para ser buena. Era mi padre aficionado a leer buenos libros y así los tenía de romance para que leyesen sus hijos. Esto, con el cuidado que mi madre tenía de hacernos rezar y ponernos en ser devotos de nuestra Señora y de algunos santos, comenzó a despertarme de edad, a mi parecer, de seis o siete años. Ayudábame no ver en mis padres favor sino para la virtud. Tenían muchas [...] (23). ... decía Teresa de Jesús nada más comenzar su Libro de la Vida.
U otro de «aquestos años de Oro» como Mateo Alemán, en el Guzmán de Alfarache, argumentaba las andanzas y venganzas de sus personajes con tal memoria:
[...] No tendrá razón de quejarse de mí quien a las canas de mi padre no tuvo respeto, que su proprio hijo lo pierda para él en su venganza. [...] no tengo más honra de cuanta heredé y, sin mi padre no la tuvo para dejármela, por habérsela un traidor enemigo quitado, también yo vivo sin ella y me conviene ganarla por mi proprio esfuerzo y manos [...] (345).
Pero, ¿Es que la memoria abraza a las sociedades? sin duda, pudiendo, como poco, mostrar dos diagnósticos muy típicos:
3. El primero, el de la memoria que recrea orgullos compartidos, reconociendo en la sociedad de origen una cierta honorabilidad. En esto, Plata y Oro, «acá» y «allá» se dan la mano, por las formas y cavilaciones de Ortega y Gasset, Ercilla y Quevedo: «[...]
Atenas, a pesar de su infinita perspicacia, no supo nacionalizar el Oriente mediterráneo;
en tanto que Roma y Castilla, mal dotadas intelectualmente, forjaron las dos más amplias estructuras nacionales» (Ortega 27).
[...] Tuvo a la entrada con aquellas gentes batallas y recuentros peligrosos
en tiempos y lugares diferentes que estuvieron los fines bien dudosos;
pero al cabo por fuerza los valientes españoles con brazos valerosos, siguiendo el hado y con rigor la guerra
ocuparon gran parte de la tierra [...] (Ercilla 20-21).
Un godo, que una cueva en la montaña Guardó, pudo cobrar las dos Castillas;
Del Betis y Genil las dos orillas,
Los herederos de tan grande hazaña.
A Navarra te dio justicia y maña;
Y un casamiento, en Aragón, las sillas Con que a Sicilia y Nápoles humillas, Y a quien Milán espléndida acompaña.
Muerte infeliz en Portugal arbola Tus castillos. Colón pasó los godos Al ignorado cerco de esta bola.
Y es más fácil, ¡oh España!, en muchos modos, Que lo que a todos le quitaste sola
Te puedan a ti sola quitar todos (Quevedo, citado por García LXVII).
4. El segundo, esa memoria colectiva (o individual) narrada que genera «miedos tradicionales» o elementos de control social. Ríanse, pero más de un disgusto de costó a Francisco de Rojas escribir sobre estas guisas en La Celestina:
[...]
AREÚSA.- Bien tengo, señora, conocimiento cómo todas tus razones, éstas y las pasadas, se enderezan en mi provecho; pero, ¿cómo quieres que haga tal cosa, que tengo a quien dar cuenta, como has oído, y, si soy sentida, matarme ha? Tengo vecinas envidiosas. Luego lo dirán. Así que, aunque no haya más mal de perderle, será más que ganaré en agradar al que me mandas.
[...]
CELESTINA.- [...] En dicha me cabe, que jamás ceso de dar consejo a bobos y todavía hay quien yerre; pero no me maravillo, que es grande el mundo y pocos los experimentados. ¡Ay!, ¡ay!, hija, si vieses el saber de tu prima y qué tanto le ha aprovechado mi crianza y consejos y qué gran maestra está. ¡Y aun que no se halla ella mal con mis enseñanzas! Que uno en la cama y otro en la puerta y otro que suspira por ella en su casa se precia de tener. Y con todos cumple y a todos muestra buena cara y todos piensan que son muy queridos y cada uno piensa que no hay otro y que él solo es privado y él solo es el que le da lo que ha menester. ¿Y tú piensas que con dos que tengas, que las tablas de la cama lo han de descubrir? [...] (254-255).
¿Y el amor? Dos memorias, a mi parecer, y con un primer vistazo a mi propia historia, atesora el amor:
5. La memoria del enamorado («[...] Amor, señora, sin que se resista / que tiene en fuego el corazón deshecho, / como hace huir la sangre allá en el pecho [...]» según Sor Juana Inés de la Cruz -11-). La llama que es muy difícil de apagar cuando un ser encuentra a otro, y grabados a fuego quedan su voz, su mirada, su olor, o aquel encanto que anhela volver a ver y que casi venerará hasta el próximo encuentro (y todo para que, al fin un día, ya no haya más encuentros, sino «un no dejar de ver»). Si me lo permiten, haré del siguiente lance un encuentro entre dos tiempos. Se abre el telón de nuestra imaginación, y aparece Miguel Hernández desvelando la memoria ajena:
Te me mueres de casta y de sencilla:
estoy convicto, amor, estoy confeso de que, raptor intrépido de un beso, yo te libé la flor de la mejilla.
Yo te libé la flor de la mejilla,
y desde aquella gloria, aquel suceso, tu mejilla de escrúpulo y de peso, se te cae deshojada y amarilla.
El fantasma del beso delincuente el pómulo te tiene perseguido,
cada vez más patente, negro y grande.
Y sin dormir estás, celosamente, vigilando mi boca ¡con qué cuido!
para que no se vicie y se desmande (18).
Seguidamente, San Juan de la Cruz arremete, vistiéndose de Amada, y descubriéndose a la vez:
¿Por qué, pues has llagado aqueste corazón, no le sanaste?
Y, pues me le has robado,
¿por qué así le dejaste,
y no tomas el robo que robaste? (745)
6. Y su segundo tiempo, la memoria de lo que ha sido hasta el presente la vida, no ya de búsqueda, sino «en el amor». Una memoria que ya no es un «pre-», sino un «durante»;
las experiencias sensibles que fueron sumándose a los cuerpos y las almas de quienes vivieron el amor.
Sé que hablaron de «Plata» porque ya existía el «Oro», pero no me cabe duda que con hilo fino fue bordada la estampa sensual que García Lorca plasmaba en unos versos de su Romancero Gitano:
Fue la noche de Santiago y casi por compromiso.
Se apagaron los faroles y se encendieron los grillos.
En las últimas esquinas toqué sus pechos dormidos, y se me abrieron de pronto como ramos de jacintos.
El almidón de su enagua me sonaba en el oído, como una pieza de seda rasgada por diez cuchillos.
Sin luz de plata en sus copas los árboles han crecido, y un horizonte de perros
ladra muy lejos del río (6).
Yo me pregunto ¿Acaso habría escándalo si una estampa idéntica proviniese del siglo XVI y fuera escrita por San Juan de la Cruz en su Noche oscura? (lamentablemente sí, pues su «Amada en el Amado transformada» fue escrita en Toledo, y a donde no había ido por una visita al Corpus, sino a la cárcel):
[...] En mi pecho florido
que entero para él solo se guardaba, allí quedó dormido,
y yo le regalaba,
y el ventalle de cedros aire daba.
El aire de la almena,
cuando yo sus cabellos esparcía, con su mano serena
en mi cuello hería
y todos mis sentidos suspendía.
Quedéme y olvidéme,
el rostro recliné sobre el Amado, cesó todo y dejéme,
dejando mi cuidado
entre las azucenas olvidado (536-537).
7. Además, si el autor toma mayor distancia de cualquiera de los dos puntos anteriores, la memoria de los sentimientos habla de unas experiencias y permite una sabiduría y una empatía que nos conducen a la madurez (y en esto, me atrevería a decir que envejecer es muchas cosas, pero, entre ellas, es haber vivido, y debería ser, por ende, saber entender al otro. Si esto último no se logra, la vejez pierde su vestido de virtud, el cuerpo queda desnudo, y no será otra cosa que un cuerpo viejo). Por ello, Fernando de Rojas, «zorro viejo» para cuando tuvo que escribir el prólogo de sus siguientes ediciones de La Celestina, no alentaba ya, sino que advertía «El autor a un su amigo»:
[...] me venía a la memoria, no sólo la necesidad que nuestra común patria tiene de la presente obra, por la muchedumbre de galanes y enamorados mancebos que posee, pero aun en particular vuestra misma persona, cuya juventud de amor ser presa se me representa haber visto y de él cruelmente lastimada, a causa de le faltar defensivas armas para resistir sus fuegos, las cuales hallé esculpidas en estos papeles; no fabricadas en las grandes herrerías de Milán, mas en los claros ingenios de doctos varones castellanos formadas (5).
Como Luis Cernuda lo hiciera describiendo otra de las estampas tristemente atemporales de muchas vidas de soledad y «Linterna roja»:
Albergue oscuro con mendigos de noche Abrazando jirones de frío,
mientras por los grupos inertes, igual que flor de lluvia, contemplan cómo pasa una sonrisa.
[...]
Esos mendigos son los reyes sin corona que buscaron la dicha más allá de la vida que buscaron la flor jamás abierta
que buscaron deseos terminados en nubes (55).
Mas cambiemos de tercio. La memoria, además:
8. Es vehículo de homenaje (por ejemplo, a una persona que ya no está). Y con qué dulzura lo acusa Juan Ramón Jiménez recordando «A una mujer que murió, niña, en [su] infancia»:
Veinte años tienes en la muerte.
Eres ya una mujer -¡qué hermosa eres!- Veinte años... ¡Te pareces a esta aurora bella y fría -¡qué pura!, tierra y gloria! (111).
Y más aún; con qué honores engalana también el soneto de Francisco de Quevedo a
«[...] la muerte del Marqués de Alcalá, padre de la excelentísima Señora Duquesa de Medinaceli»:
Ribera, hoy paraíso; Afán, hoy gloria;
Que ansí a descanso hoy pasa el apellido, De tantas majestades deducido,
Blasón que vive en inmortal historia;
Contra el tiempo y olvido la victoria Os asegura el real esclarecido
Hijo, en quien ya dejáis padre y marido
Al fénix que os fecunda la memoria [...] (CLX a).
9. Nos acercamos al final, y descubrimos que la memoria es instrumento (¡Cómo no!) para el criterio (pues, de lo que experimenta se aprende, lo que se aprende se recuerda, y esto se aplica, orientando así la vida) y la observación.
Por ello, el título del capítulo «Donde se cuenta la desgraciada aventura que se topó Don Quijote en topar con unos desalmados yangüeses» lo dice todo. Nos narra Miguel de Cervantes como caballero y escudero han sufrido un nuevo envite, una paliza que los ha dejado molidos; y en tal circunstancia, ya a punto de caer la tarde, don Quijote y Sancho intercambian impresiones sobre lo que de nuevo les ha acontecido:
–No me dieron a mí lugar –respondió Sancho– a que mirase en tanto; porque, apenas puse mano a mi tizona, cuando me santiguaron los hombros con sus pinos, de madera, que me quitaron la vista de los ojos y la fuerza de los pies, dando conmigo adonde ahora yago, y adonde no me da pena alguna el pensar si fue afrenta, o no, lo de los estacazos, como me la da el dolor de los golpes, que me han de quedar tan impresos en la memoria como en las espaldas.
–Con todo eso, te hago saber, hermano Panza –replicó don Quijote–, que no hay memoria a quien el tiempo no acabe, ni dolor que muerte no le consuma (179-180).
Y en otros órdenes reflexiona Calderón de la Barca cuando, empujando a «su Segismundo» a enamoramientos, éste no puede sino asumir:
Cielos, si es verdad que sueño, suspendedme la memoria, que no es posible que quepan en un sueño tantas cosas.
[...]
¿Tan semejante es la copia al original que hay duda
en saber si es ella propia?
Pues si es así, y ha de verse desvanecida entre sombras la grandeza y el poder, la majestad y la pompa, sepamos aprovechar este rato que nos toca, pues sólo se goza en ella
lo que entre sueños se goza (99-100).
10. Llegamos a la última parada de este viaje con la convicción de que la memoria es signo de una especial capacidad para observar un momento dentro de un proceso más amplio; una trascendencia en una línea que abarca más. Y esto pudo, a mi parecer, unir a los Siglos de Oro y Plata, siendo el sentir de uno la memoria y motor del otro; y ambos queriendo trascender su tiempo para convertirse en testimonio y herencia desde el instante en que las plumas tocan la hoja para escribir.
Y así, que ahora sea pluma de mujer. Porque lo merece, y porque de María Zambrano recogemos la enseñanza de que mis saberes y mis maestros me hablaron. Callo yo, hable ella, y pensemos todos:
Otro elemento [...] es, sin duda alguna, el peso del pasado. En época alguna del mundo, el hombre ha tenido tanto pasado gravitando sobre sí; en época alguna ha sentido tanto el fardo de esto que se llama ayer, tradición. Comparada con cualquier otra época vemos la nuestra en este crítico instante en que es preciso volver la vista atrás, si se quiere seguir adelante. Y en la vida el seguir adelante es la única forma de sostenerse. El saber acerca del pasado no es ya una curiosidad lujosa, ni un deporte que pueda permitirse inteligencias en vacaciones, sino una extremada, urgentísima necesidad (10).
Poco se ha hablado en estas reflexiones del tiempo; mas ni falta hubiera hecho. El tiempo está en todo. El tiempo es casi el espacio de todo lo que se dice aquí. Y, a pesar de todo, el mejor de los tiempos a los que aquí nos pudiéramos referir no es sino el que dediqué (y todos podemos dedicar) a leer obras tan humanas y tan bellas.
Bibliografía citada
Alemán, Mateo. «Capítulo VIII. Deja robados Guzmán de Alfarache á su tio y deudos en Génova, y embárcase para España en las galeras». Mateo Alemán. Vida y hechos del pícaro Guzmán de Alfarache, atalaya de la vida humana. París: Baudry Librería Europea:
345. Recuperado de https://books.google.es/books?id=5w4dAAAAMAAJ.
Calderón de la Barca, Pedro. La vida es sueño. Albacete: Libros en la Red. Edición Electrónica.
Diputación de Albacete. Servicio de Publicaciones, 2001. Recuperado de https://www.dipualba.es/publicaciones/LibrosPapel/LibrosRed/Clasicos/Libros/VidaSue .pdf.
Cernuda, Luis. La realidad y el deseo. Poesías completas de Luis Cernuda. Recuperado de https://es.scribd.com/document/322030290/luis-cernuda-la-realidad-y-el-deseo-pdf.