• No se han encontrado resultados

La activación del intertexto: hacia los hipotextos

In document Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes (página 164-172)

Relaciones intertextuales en la educación literaria. El despertar de Cervantes: donde se reescriben los clásicos

4. La activación del intertexto: hacia los hipotextos

Los horizontes de expectativas constituyen uno de los comodines imprescindibles en el proceso de lectura, debido a que, en muchas ocasiones, ya sea por la vinculación filológica, por la experiencia previa que el lector pueda tener con textos semejantes o debido al intertexto cultural, en el que muchas veces se ha volcado mucho más patrimonio literario del que consideramos, podemos asociar según qué elementos que nos remiten al texto origen. Evidentemente, existen diversos tipos de lectores, que, en función de su tipología, responderán de una u otra manera al proceso y a los planes de lectura que se propongan. La permuta de la obligatoriedad por el placer y el deleite que pueden obtener los lectores competentes es uno de los tantos propósitos que perseguimos como docentes e investigadores. Pasar de lo que se considera, por desgracia, una lectura preceptiva a una descodificación de los mundos fictivos-literarios no es tarea fácil. Lo que no debemos obviar, bajo ningún pretexto es que no estamos ante un tipo de lector modelo o lo que Mendoza denomina «archilector potencial», por el contrario, nos hallamos en un periodo crítico de formación de lectores. Esto comporta que debemos plantear estrategias que los atiendan indistintamente a todos ellos con independencia de su grado de competencia.

La actuación en esa coproducción de significados a la que el lector ha de hacer frente implica que sea capaz de asociar las diversas referencias que integran el texto, así como cada uno de sus significados, para que, en última instancia, la lectura efectuada sea lo más completa posible. Lázaro Carreter, en su artículo «La literatura como fenómeno

comunicativo» alude a que el lector «debe aprender también el idioma personal del autor»

(1987: 162). Esto supone que, hasta cierto punto, los postulados didácticos tradicionalistas no pueden ser desechados en su totalidad, así lo afirma también Antonio Mendoza en Literatura Comparada e Intertextualidad:

Las competencias esenciales de una educación literaria (...) se perfilarían en dos direcciones: por una parte, se ha de hacer comprender las formas específicas de organizar y comunicar la experiencia que tiene la literatura (...); por otra parte, es necesario atender la historicidad que atraviese un texto, para poder descubrir nuestra verdad no de una manera ingenuamente proyectiva, sino, sobre todo, con la percepción de la distancia que nos separa de él (20).

Es en esta doble lectura donde el papel del intertexto lector puede provocar una exitosa reconstrucción de los significados o dejar insatisfecha la recepción que los jóvenes, y todavía inexpertos, lectores hagan de la obra en cuestión. Si leer no es solo descodificar, como repetimos y sostenemos, no podemos automatizar la descodificación de esos mundos ficcionales del entramado literario, ya que, de este modo, en ningún caso construiremos. Para que esto sea posible, Mendoza explica que

[l]os conceptos de intertexto del lector (...) y de competencia literaria (...) desempeñan un papel importante en tal proceso (el de lectura). En realidad la amplitud de dominios de la competencia literaria (lingüísticos, metaliterarios, enciclopédicos, culturales, etc.) se activan en el intertexto lector (27).

Así pues, vemos la imposibilidad de actuar con autonomía frente a un texto sin contar con lo que nos aporta el intertexto lector. Observemos, a continuación, la comparación entre los textos extraídos de El despertar de Cervantes y sus hipotextos. De este modo, queremos hacer ver que las obras juveniles permiten llevar a término una educación literaria adecuada en el ciclo de la Educación Secundaria Obligatoria. Indudablemente, la Literatura comparada nos permite contrastar aquellos elementos que pertenecen a las realidades de otro autor, época o corriente estética. Josep Ballester explica que «[l]a metodología del comparatismo demuestra (...) su ineludible presencia en cualquier literatura y en cualquier época si queremos aprehender con rigor toda la complejidad del hecho artístico literario» (92). Veamos, entonces, cómo es esto posible presentando el primer texto:

Tengo a gala haber actuado siempre como un hombre cuerdo. Pero, en determinado momento, cuando los resplandores sangrientos del crepúsculo iluminaron la colina sobre la que se asentaban los inquietos molinos, se me nubló la mente y me pareció que crecían y se ensanchaban hasta adquirir estatura de gigantes (95).

Este primer fragmento recuerda, indudablemente, al famoso capítulo VIII de la Primera parte de la obra de Cervantes: «Del buen suceso que el valeroso don Quijote tuvo en la espantable y jamás imaginada aventura de los molinos de viento, con otros sucesos dignos de felice recordación». En este capítulo, el reconocido como el de los molinos, podemos discernir, por un lado, la complicidad que surge de la locura que empieza a aflorar en el

hidalgo, y en consecuencia en el personaje de Cervantes, y la visión metamorfoseada que ambos tienen de los molinos, que se han transformado en rugientes gigantes:

La ventura va guiando nuestras cosas mejor de lo que acertáramos a desear; porque ves allí, amigo Sancho Panza, donde se descubren treinta o pocos más desaforados gigantes, con quien pienso hacer batalla y quitarles a todos las vidas, con cuyos despojos comenzaremos a enriquecer, que esta es buena guerra, y es gran servicio de Dios quitar tan mala simiente de sobre la faz de la tierra (75).

Este es, quizá, uno de los capítulos más representativos de la obra cervantina, el que siempre se rescata en las adaptaciones infantiles, en las series de dibujos o en las representaciones cinematográficas. Incluso en la famosa canción de Grupo Botones,

«Sancho Quijote», se alude a este momento, de ahí también el intertexto cultural al que nos hemos referido ya: «Los molinos son gigantes que hay que conquistar, / Rocinante es el mejor corcel / y Sancho es arrogante, fuerte y fiero». A fin de cuentas, mejorar la competencia lecto-literaria de nuestro alumnado no depende exclusivamente de que los textos leídos pertenezcan al área de Lengua y literatura castellanas, sino que se ve envuelta por la necesidad de reciprocidad o de lo que, en otros términos, se conoce como interdisciplinariedad. Es importante, pues, que guiemos a los lectores por los aspectos literarios, históricos, culturales y geográficos que enmarcan la obra de Muñoz Puelles, el paralelismo intrínseco con la novela de caballerías en tiempos modernos, ya que la transmutación del héroe ha sufrido las consecuencias de sus épocas, y lo que antes podía ser un hombre mayor consumidor de libros de caballerías que lucha contra la vejez, la soledad o el olvido, hoy en día podría representarse en el joven Masile, coprotagonista de El despertar de Cervantes, quien también se ve sometido a los encantamientos de otro sabio Frestón, uno menos fantasioso y más real: el hambre y la pobreza.

Si el de los molinos es un capítulo de sobra conocido, también lo es, aunque quizá menos, el de los leones. Así, en la obra del escritor valenciano, Cervantes, quien narra la historia en primera persona, cuenta lo siguiente durante su exploración por las calles del Madrid de nuestra época:

Al menos la calle del León seguía llamándose igual. Eso sí, no había ni rastro de la casa donde, en mi época, un indio con turbante cobraba un par de maravedíes por dejar ver y oler a una fiera melenuda que bostezaba en su jaula, y que me sirvió de modelo para contar la instructiva aventura de los bravos leones prisioneros y el ingenioso hidalgo, no menos bravo (25).

Este segundo fragmento está vinculado al capítulo XVII de la segunda parte, «De donde se declaró el último punto y estremo adonde llegó y pudo llegar el inaudito ánimo de don Quijote con la felicemente acabada aventura de los leones». Aunque, bien sabemos que don Quijote no fue el único que se enfrentó a unos fieros leones en tradición literaria española, aunque puede que sí que fuera más inconsciente que Rodrigo Díaz de Vivar en el Poema de Mío Cid en el Cantar a la afrenta de Corpes, cuando los infantes de Carrión muestran su cobardía. Así, pues, vemos los nodos intertextuales o hipotextos a los que nos puede remitir una sola obra. Observemos las semejanzas y diferencias que se establecen, por un lado, con el Quijote y, por otro, como amplitud del escenario de referencias, con la obra anónima que narra las aventuras del Cid:

¿Y son grandes los leones? –preguntó don Quijote.

–Tan grandes –respondió el hombre que iba a la puerta del carro–, que no han pasado mayores, ni tan grandes, de África a España jamás; y yo soy el leonero y he pasado otros, pero como estos, ninguno. Son hembra y macho: el macho va en esta jaula primera, y la hembra en la de atrás, y ahora van hambrientos porque no han comido hoy; y, así, vuesa merced se desvíe, que es menester llegar presto donde les demos de comer (671).

En Valençia seye mio Çid con todos sus vassallos, con el amos sus yernos los ifantes de Carrion.

Yazies en un escaño, durmie el Campeador;

Mala sobrevienta sabed que les cuntio:

Salios de la red e desatos el leon.

En grant miedo se vieron por medio de la cort;

Enbraçan los mantos los del Campeador

E çercan el escaño e fincan sobre so señor (227).

Con estos dos fragmentos podríamos comenzar a introducir la lectura del Quijote en los primeros cursos de secundaria, procurando tener siempre claros los objetivos que hemos establecido. Ya sea para confeccionar un entramado de conocimientos literarios, como si de un tapiz de referencias literarias se tratase; ya para conformar una cosmología literaria con proyección a cursos siguientes. En ambos casos, el objetivo primero es el mismo:

encontrar el modo más eficaz de construir un collage, término este tomado de Julia Kristeva, con vistas a lecturas futuras. La novela seleccionada, en particular, tiene los ingredientes necesarios para dar respuesta tanto a nuestras necesidades como docentes, ya que el amplio número de hipotextos (cervantinos o no) de la novela de Muñoz Puelles nos da herramientas y materiales suficientes para una aproximación posterior y algo más exhaustiva al Quijote, como para los jóvenes lectores, que encuentran a través del humor y las aventuras de un Cervantes resurrecto otro camino por el que acceder a los clásicos de nuestra literatura.

Analicemos, a continuación, otros fragmentos extraídos de la novela, algunos que nos sirven para trabajar directamente la obra cervantina y otros que son el pretexto idóneo para descubrir otros autores, así como su producción literaria. Por ejemplo, en cuanto a la architextualidad de la novela, advertimos que se cita, de manera indirecta, el texto originario de Cervantes, reafirmando la idea de Graciela Reyes de que todo texto literario es, de manera indudable, polifónico (1984). En este extracto de El despertar del Cervantes se hace referencia al yelmo de Mambrino, apropiación literaria que sirve como excusa para introducir otro capítulo del Quijote y, de este modo, trabajarlo en clase, motivando así la curiosidad (¿qué es y qué ocurrió con ese yelmo?) y también sus tácticas para fomentar que se produzcan cambios positivos en su competencia lecto-literaria. En este caso, la activación del horizonte de expectativas y las anticipaciones de los lectores estarían vinculadas a la referencia directa a la novela de Cervantes y a la idea que poseerían de ella, tanto es así que podrían incitarlos, como de hecho lo hacen, a crear finales esperpénticos del capítulo en cuestión.

Así las cosas, los textos son los siguientes: «El yelmo era corriente, no como la bacía que don Quijote tomó por el yelmo de Mambrino, pero supuse que para el caso serviría lo mismo» (65). Por otro lado, el capítulo XXI: «Que trata de la alta aventura y rica

ganancia del yelmo de Mambrino, con otras cosas sucedidas a nuestro invencible caballero»:

¿Sabes qué imagino, Sancho? Que esta famosa pieza deste encantado yelmo por algún estraño acidente debió de venir a manos de quien no supo conocer ni estimar su valor y, sin saber lo que hacía, viéndola de oro purísimo, debió de fundir la mitad para aprovecharse del precio, y de la otra mitad hizo esta que parece bacía de barbero, como tú dices. Pero sea lo que fuere, que para mí que la conozco no hace al caso su trasmutación, que yo la aderezaré en el primer lugar donde haya herrero, y de suerte que no le haga ventaja, ni aun le llegue, la que hizo y forjó el dios de las herrerías para el dios de las batallas; y en este entretanto la traeré como pudiere, que más vale algo que no nada, cuanto más que bien será bastante para defenderme de alguna pedrada (190).

Es remarcable el hecho de que existe en la obra de Muñoz Puelles una manera única de trazar las aventuras más relevantes de la historia del celebérrimo hidalgo, ahora sí, en la piel de ese fantasma confundido que es Cervantes en las calles del Madrid del siglo XXI.

Esto, desde luego, es una ventaja, dado que nos permite representar, desde el punto de vista que consideremos más adecuado, una ruta quijotesca esencial para descubrir a los lectores un mundo que, muchas veces, dejan de lado por parecerles difícil acceder a él o por sentir que se encuentran demasiado alejados de ellos en el tiempo. Y, hablando de rutas y de lugares, otro de los episodios sustanciales en torno al que gira la segunda parte es el XLV, en el que Sancho se convierte en gobernador de la famosa ínsula Barataria:

Les seguimos hasta uno de los bares que están bajo los soportales y nos pidieron que nos sentáramos con ellos. No eran agentes de policía, sino los responsables de una compañía de teatro, Ínsula Barataria. El ayuntamiento les había encargado que organizaran el desfile del carnaval, que como sabíamos estaba dedicado a conmemorar el cuarto centenario de la Segunda Parte del Quijote (81).

Muñoz Puelles opta por nombrar así a una compañía de teatro, la gran pasión frustrada de Cervantes. De este modo, un detalle insignificante, al menos en apariencia, contiene información significativa para la construcción de los universos cervantinos asociados no solo al Quijote, sino también a sus otras obras y a la de algunos de sus contemporáneos.

Tampoco pasa inadvertida Dulcinea, a la que se recuerda tanto directa como indirectamente, el primero de los casos es el que se muestra a continuación, el segundo se ve transmutado en el personaje de la mujer que le roba el corazón a nuestro protagonista, Miguel de Cervantes:

–Es una belleza. Me recuerda a la modelo de un pintor italiano, Botticelli, a la que conocí cuando estuve en Italia. Simonetta, se llamaba. Hasta se peinaba igual que tu Claudia

De inmediato se puso a hablarme de ella, con tanta devoción y entusiasmo como don Quijote cuando ensalzaba a la sin par Dulcinea del Toboso, emperatriz de la Mancha.

Y es que el amor es deseo de belleza, como escribí en La Galatea (72).

Como decíamos al principio, el libro está repleto de elementos quijotescos, pero también de referencias a la obra y a autores que convivieron con Cervantes y a otros que no, como

sucedió con Orwell o García Lorca. A estas llamadas de atención o hipertextos hemos decidido considerarlos pretextos para estudiar la obra de otros escritores y no solo el Quijote. De ahí, precisamente, lo interesante de la obra de Muñoz Puelles. Veamos algunos ejemplos, el modo irónico en el que se presenta la enemistad existente entre Lope de Vega y Miguel de Cervantes:

Nos dio un folleto explicativo de la llamada Ruta Cervantina de la ciudad, que inmediatamente empezamos a recorrer. De reojo contemplamos la universidad, la capilla de San Idelfonso, el paraninfo donde, según el folleto, se entregaban los premios Cervantes.

–Si Cervantes viviera hoy –oímos al pasar–, no le darían el premio Cervantes a él, sino a Lope (90).

Pero las alusiones a Lope de Vega van un paso más allá, cuando el propio personaje de Cervantes reescribe unos famosos versos del poeta: «¿Y ella? ¿Se había limitado, casi sin darse cuenta, a devolverme el beso en la mejilla de un modo íntimo, sutil, que yo, al no esperarlo, había recibido como el impacto de un rayo? (...) Fuera como fuese, me sentí halagado, esperanzado, tierno, animoso. ¡Qué horror! Sin darme cuenta, estoy imitando un soneto de Lope» (122). Aunque no hay duda de a qué soneto hace referencia Cervantes con la enumeración que ofrece.

Desmayarse, atreverse, estar furioso, áspero, tierno, liberal, esquivo, alentado, mortal, difunto, vivo, leal, traidor, cobarde y animoso;

no hallar fuera del bien centro y reposo, mostrarse alegre, triste, humilde, altivo, enojado, valiente, fugitivo,

satisfecho, ofendido, receloso (194-195).

Tampoco pasan inadvertidas las alusiones a Francisco de Quevedo cuando, al pasar por la calle donde este vivía, el protagonista de la novela de Muñoz Puelles revive estos exitosos versos del poeta del Siglo de Oro:

–«Polvo serán, mas polvo enamorado» –murmuré casi sin darme cuenta, porque no se me ocurría mejor oración para él que ese verso suyo.

Era un poeta de irónico talento y en mi Viaje al Parnaso lo había incluido en el lote de los buenos, pero de ahí a dedicarle una placa en el lugar donde se alzó su casa había un largo trecho, que se me antojaba una extravagancia (23).

En el fragmento citado no solo tenemos un puente con el poema de Quevedo, «Amor constante más allá de la muerte»,

su cuerpo dejará no su cuidado;

serán ceniza, mas tendrá sentido;

polvo serán, mas polvo enamorado (212),

sino también a otra de las obras de Cervantes, el Viaje al Parnaso, al igual que en fragmentos ya citados se aludía a La Galatea, por ejemplo. No es de extrañar, pues, que haya también intertextualidad con otros escritores que Cervantes desconoce por no haber compartido época, es el caso de Federico García Lorca, el «mago más famoso»:

Ante el teatro se erguía la estatua en bronce, de tamaño natural, de un hombre de frente despejada y anchos pómulos, vestido con traje de chaqueta. Llevaba una alondra en las manos y estaba en actitud de soltarla. En el breve pedestal se leía: «Madrid a Federico García Lorca». ¿Quién sería aquel hombre de quien tan poco se decía? ¿Un mago de renombre? ¿Un poeta amante de los pájaros? ¿Un imitador de sus trinos? (49).

Como hemos mostrado a lo largo de este resumido análisis de los fragmentos más destacados de esta novela juvenil, en el amplio mercado editorial en el que se mueve la LIJ podemos destacar algunas que permiten fomentar la educación literaria de los más jóvenes y ampliar, de esta manera, su saber enciclopédico y la facilidad con la que puedan poner en relación diversas materias o referentes culturales y literarios que mejoren su participación en el proceso de lectura y en la relación que se establece en la dualidad lector-texto. Leer, se nos olvida con frecuencia, es una actividad difícil que se configura en un proceso de recepción e interpretación de la información contenida en la obra literaria. Por ello, si tenemos claro que el eje de arranque se halla en el lector y en la forma de acercarse al texto, sería conveniente centrarnos en las estrategias que fomenten dos de los aspectos que lo integran: las anticipaciones y la activación del horizonte de expectativas.

Las novelas juveniles ayudan a enfocar las cosmologías literarias, es decir, a establecer un proceso de lectura a lo largo de un ciclo, para comprobar, de este modo, si ha habido una consolidación de los aspectos trabajados en los cursos previos o si, por lo contrario, los espacios intertextuales que pueden surgir de los textos seleccionados no han sido asentados como la relación de hipertexto-hipotexto que se pretende desde la interpretación y vinculación que los lectores vierten sobre los textos con los que a menudo trabajan sin caer en la cuenta de que hay una asociación inequívoca entre las cosas que leemos y las que desconocemos y nos ayudaría a construir el significado pleno del mensaje que posee, en este caso en particular, la novela de Vicente Muñoz Puelles. En definitiva, y utilizando la cita de Joan Marcos Ramos Sabater:

La lectura ha de constituir el núcleo de la formación literaria en todos los momentos del proceso ya que resulta central por su complejidad formativa, por su riqueza y, por encima de todo, porque se trata de la habilidad de la que derivan conocimientos y actividades más transferibles hacia el ámbito social y cultural que se desprende de la escuela (148).

Bibliografía citada

Ballester, J. La formación lectora y literaria. Barcelona: Editorial Graó, colección Crítica y Fundamentos, núm. 48, 2015.

Carreter, Lázaro. «La literatura como fenómeno comunicativo», en Estudios de lingüística, Barcelona: Crítica, 1987.

Cerrillo Torremocha, Pedro. LIJ. Literatura mayor de edad. Castilla-La Mancha: Ediciones de la Universidad de Castilla-La Mancha, colección Arcadia, 2013.

In document Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes (página 164-172)

Outline

Documento similar