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México, Tepepulco y Texcoco: la recopilación de los textos

In document BERNARDINO DE SAHAGÚN (página 60-66)

Capítulo I: Contexto y motivaciones del Códice Florentino

I.4 Estructura y composición del principal manuscrito sahaguntino

I.4.1 México, Tepepulco y Texcoco: la recopilación de los textos

Aunque otros trabajos catequéticos de Sahagún son interesantísimos, vuelvo a aclarar que tomo aquí al Códice Florentino como punto de partida fundamental para mi estudio, por ser además punto de partida insoslayable en todos los estudios de los temas indianos antes de la llegada de los españoles. Recordemos que, aunque existen otros textos, la obra de Sahagún es la más completa y organizada, además de ser la obra primigenia que incorpora la mayor cantidad de temas y de vocablos en mexicano. Para su análisis conviene, sin embargo, más allá de su contenido, revisar también su estructura y el proceso mismo de construcción. Aunque ya numerosos especialistas han realizado investigaciones al respecto, lo que ahora necesito es plantear su relevancia desde la perspectiva filosófica.

Bernardino logra una síntesis única de relatos y discursos mexicanos que trasluce su visión franciscana trascendiendo lo fáctico: a través del análisis de la descripción de los hechos — costumbres y ritos—, pretende desentrañar la concepción de mundo que tuvieron los pueblos de tierras americanas y, desde los discursos de los indios rastrear los contenidos morales y los modos retóricos con que se transmitieron. Rescatar estos contenidos morales, creencias y, en general, la concepción de mundo de los antiguos mexicanos, resume el interés sahaguntino; sin embargo, diversas complicaciones fueron empañando sus objetivos. Los criterios epistemológicos desde los cuales se estructura la obra, manifiestos en el esfuerzo cognoscitivo de Sahagún para acceder a la nueva realidad y otros criterios ajenos al fraile que quizás lo obligaron a dejar implícitas algunas de sus tesis, revelan que el Códice Florentino no muestra los discursos indianos con plena transparencia.

Al abordar el análisis de esta obra resulta prioritario indagar los criterios con que Sahagún agrupa la información que ha recopilado. A lo largo de cerca de 40 años de investigación, el fraile franciscano recaba una serie de datos, de vocablos, de frases y de discursos en lengua mexicana que más tarde traduce al romance y reordena.

Más adelante lo veremos a detalle, pero hay que adelantar que el orden de los capítulos de su historia responde a una jerarquización medieval europea que va de lo divino a las cosas naturales y no a un ordenamiento de procedencia americana. Éste sería forzosamente distinto, considerando, por un lado, la relación intrínseca entre sociedad, religiosidad y naturaleza de la cosmovisión indiana y la importancia de la adivinación y de la tradición en todo ello. Por un lado, la interpretación de todos los hechos se hacía en función del orden preestablecido y que se debe reestablecer con base en la armonía universal; por esto, el hombre precortesiano interpretaba lo

61 divino, lo natural y lo social a través de los augurios y presagios con la ayuda de un sacerdote- adivino. Por otro lado, el ordenamiento del cosmos indiano es transversal y no vertical ni jerárquico, tal como lo prueban la iconografía, la mitología y la tradición oral.

En su obra, Bernardino está ordenando la realidad indiana aplicando los criterios epistemológicos con los que él mismo funciona202 a los discursos concretos que ha recopilado203. Sin embargo, yo pienso que Bernardino ha querido poner todo el cuidado posible en la recuperación de los textos y discursos, en la fidelidad de su transcripción y en incidir lo menos posible en su conformación. Notemos, por ejemplo, que la mayoría de sus juicios sobre los indios se encuentran en los prólogos y epílogos, mas rara vez los vemos en el cuerpo de los textos.

Prueba del intento realista de Sahagún está en que observa detenidamente la realidad que le rodea y sólo después se atreve a concluir. No me parece lógico que buscara cambiar los textos si lo que pretendía era mostrar la realidad indiana lo mejor posible a los misioneros de manera que pudieran conocerlos mejor y ayudarlos a convertirse. En opinión de Ángel María Garibay:

Historia llamó a su trabajo fr. Bernardino. Lo es en el sentido del verbo griego.

Istoreo quiere decir ver y hablar de lo que se ve, explorar directamente y recontar lo explorado, allegar datos y proponerlos a quien no los adquirió. Todo eso es el libro del franciscano.204

Esta noción de historia que para el padre Garibay subyace a los intereses de Sahagún, también coincide con la definición de ‘Historia’ que da San Isidoro de Sevilla ‘la historia deriva de la voz griega Historien, que significa ver o conocer […] y es que entre los antiguos no escribía historia más que quien había sido testigo y había visto los hechos que debían narrarse’205. Así las cosas, es importante verificar no sólo los contenidos sino los nombres de los libros, su disposición y la estructura misma de la obra sahaguntina.

El franciscano empieza a reunir información de la antigua cultura motu proprio, después la continua por encargo formal de un superior, en 1558. Por aclaraciones que el propio Sahagún incluye en su obra, sabemos que sus primeros trabajos datan de 1547. Debemos suponer entonces que la orden de fray Francisco de Toral vino después de que en Sahagún se había despertado el interés por la antigua cultura. También aclara que los contenidos del libro VI fueron recopilados hacia 1547 y los del XII hacia 1555. Al parecer, y esto puede probarse por el desfase que presentan estos libros con el resto del Códice, fueron pensados como obras aparte y sólo después se decidió a incorporarlos a la obra total —una vez armado el conjunto de los otros diez libros—.

202 Podemos considerar al menos cuatro criterios epistemológicos que subyacen a su estructuración, derivados de la Política de Aristóteles, de las Etimologías de Isidoro de Sevilla, de La Ciudad de Dios de San Agustín y de la retórica ciceroniana. Cfr. Mariana Zinni, ‘Umbrales hermenéuticos: los prólogos y advertencias de fray Bernardino de Sahagún’, en: Estudios de cultura náhuatl, no. 43 (2012), 161-183.

203 Cfr. Ángel María Garibay, ‘Introducción al libro décimo’, en Bernardino de Sahagún, Historia Universal de las Cosas de Nueva España, Op. cit., 535.

204 Cfr. Id., ‘Proemio general’, Op. cit., 6.

205 Isidoro de Sevilla, Etimologías, ed. & trad. De Oroz Reta & Marcos Casquero (Madrid: Biblioteca de Autores Cristianos, 1982), I, 6.

62 El proceso con que reúne la información sobre la antigua cultura ha propiciado interesantes discusiones que aún hoy continúan: un fraile español elabora una minuta o cuestionario con el que se enfrenta a un grupo de ancianos indígenas, ya conquistados y sometidos; luego, transcribe sus respuestas, recogidas en lengua mexicana; y, años después, las ordena en una magna obra de XII libros en lengua mexicana y romance.

Me pregunto si es viable cuestionar la veracidad del texto después de la irrupción de la nueva historiografía francesa, porque tras ella ya no es lo mismo preguntarse si Sahagún habrá logrado veracidad en la trascripción de la información o si los informantes fueron honestos en sus respuestas estando bajo las presiones de la Conquista y de los evangelizadores. Es decir, si después del llamado giro historiográfico, cabe preguntarse qué tan viable es esto, si el planteamiento puede ser trasladado, desde el binomio verdad y falsedad que implica la existencia de un sólo observador206 para toda la realidad y todos los contextos, hacia una relación polivalente de varios observadores que acepta que toda la historia es, a fin de cuentas, interpretación. Que la investigación histórica descansa en la interpretación, empero, no es una novedad de la historiografía actual, sino una verdad sabida por siglos. Como nos dice Alfredo López Austin:

Verdad sabida, es cierto, pero como todas las verdades viejas, a veces tan relegada en el cajón de lo obvio que termina por pasar inadvertida. La información está aquí y allá, en los expedientes de un archivo, en las páginas de un libro, en la piedra exhumada por el arqueólogo […] pero todo esto es apenas material en bruto que debe estimarse tanto en los contextos más inmediatos como en los más distantes;

que es necesario relativizar con la crítica más depurada; que ha de articularse, ya elaborado como dato histórico, a muchos otros datos de muy distintas clases de fuentes.207

Desde esta perspectiva, tendríamos en Sahagún a un intérprete más; sin embargo, hay que decir que él ha dejado en su obra la explicación clara de su método de investigación, de las reglas —no arbitrarias ni subjetivas— que siguió en este proceso, y ha dejado, sobre todo, muestra de su buen oficio y virtud, de tal manera que es lógico pensar en un genuino interés por conocer la cultura y, por lo tanto, inferir que Bernardino quiso recopilar información verdadera208. Aún así, por mucho empeño que haya puesto en la tarea, es su propia mano, él mismo bajo ciertas aspiraciones, quien reúne la información y la acomoda. Las preguntas sobre los criterios operativos en el Códice, en efecto, arrojan luces para la comprensión del texto de Sahagún y responderlas con un método adecuado llevaría a penetrar el horizonte de significación sugerido por la antigua cultura.

206 Cfr. Alfonso Mendiola, ‘El giro historiográfico’, Historia y Grafía, no. 27 (2001): 181-195.

207 Alfredo López Austin, ‘Los mitos de la obra de Sahagún’, en Bernardino de Sahagún, quinientos años de presencia, ed. Miguel León-Portilla (México: Museo Nacional de Antropología, 2002), 81.

208 Esto lo prueba el interés evangelizador de Sahagún, quien pretende conocer la antigua cultura en aras de convertir al pueblo indígena; no sería lógico engañarse con falsas informaciones sobre ella.

63 La metodología con que Sahagún integra su obra se acerca a una hermenéutica implícita:

reconstruye los rasgos de una cultura, es decir: interpreta. Dicha interpretación puede mirarse desde dos perspectivas: o bien estamos frente al fraile que intenta comprender al otro o bien, frente al hombre que, sin intención, está fundando el imaginario de todo un pueblo.

Pienso que Sahagún no quiere alterar la información sobre la gente mexicana y que su intención está en reorganizarla en el marco de una Historia cristiana, porque ello le resulta inevitable para asimilarla él mismo. Es decir, quiere contenidos indianos justamente para valorarlos cara a la cristiandad. Esto se ve especialmente en el libro VI. En él aparecen los discursos y oraciones de los antiguos cuidadosamente transcritos con pocas incidencias del compilador. Otra característica interesante del Códice al respecto es que, al reunir la información con pretensiones de objetividad, no la sistematiza del todo al modo occidental; a pesar de que los criterios con que organiza dicha información no pertenecen a la cultura mexicana, el autor es consciente de las diferencias y, por lo tanto, intenta respetar, en lo posible, las formas indianas. Esto lo prueban, sobre todo, los libros VI y X, pues, aunque los temas son comunes a las dos culturas —es decir, no se trata ya de peculiaridades y diferencias obvias de culto a sus dioses, idolatría, nigromancia, astrología, etcétera, sino que tratan sobre consejos morales (Libro VI) y virtudes (Libro X)—, plasma los contenidos, en cuanto está a su alcance, al modo de los naturales209. Podríamos asegurar, entonces, que Sahagún conserva en cierta medida las estructuras formales de la tradición medieval, pero el material propio y sui generis de su empresa termina por obligarlo a ampliar los horizontes metódicos de la obra con el fin de respetar los modos discursivos y dialógicos propios de la cultura indiana.

Veamos el ejemplo del libro X, en que se tratan Los vicios y virtudes de esta gente indiana210. A pesar de estar acostumbrado a otro tipo de ordenamiento, Sahagún habla de las virtudes y vicios desde dos ejes temáticos: por el parentesco, es decir, la condición familiar; y por el oficio, o sea, la condición social. De tal modo que habla del hijo virtuoso o la tía vil, por un lado, y del albañil inhábil o los labradores diligentes y dispuestos, por otro. En ningún caso habla de la diligencia en abstracto ni de la vileza en general. Sahagún no sistematiza los contenidos, al menos no al modo europeo imperante. A este apartado del Códice volveremos más tarde.

A continuación, revisaré la trayectoria sahaguntina en la recuperación de los textos indianos para aclarar el contenido y la estructura del Códice Florentino. Tal como mencioné anteriormente, Sahagún empieza hacia 1547 su primera indagación reuniendo el material que constituiría después el libro VI sobre Retórica y filosofía moral. Los discursos que denominó retóricos, teológicos y filosófico-morales son el punto de partida de las investigaciones de nuestro autor. El

209 Esta posibilidad ha permitido a León-Portilla establecer una distinción entre los contenidos puramente indígenas: los cantos e himnos a los dioses, los Huehuehtlahtolli y los relatos de la conquista, que tienen ritmos y metáforas propios. Una parte son, en sentido estricto, expresiones de la tradición prehispánica. Se trata de textos que, conservados en forma sistemática, se entonaban o pronunciaban en circunstancias particulares. Tal es el caso, por ejemplo, de los veinte himnos sacros a los dioses, también los huehuehtlahtolli o testimonio de la Antigua palabra y algunos relatos, con ritmo, como los que pertenecen a los orígenes del quinto sol o Teotihuacan. Cfr. Miguel León- Portilla, Bernardino de Sahagún: pionero de la antropología, Op. cit., 107.

210 Curiosamente, incluye en este libro también las enfermedades del cuerpo y las noticias ‘de las naciones que han venido a esta tierra’, en CF, lib. X.

64 fraile descubre la riqueza de espíritu de ese pueblo, se encuentra con hombres que aman a sus padres, respetan a sus antepasados, son caritativos con el necesitado, hacen penitencia y demuestran humildad. Desde esta primera indagación, Bernardino descubre algo más que la capacidad racional de los indios: descubre su plena ‘humanidad’. Al parecer, este hallazgo es lo que le llevará a rastrear los vestigios de la antigua cultura. ¿Por qué un pueblo aparentemente

‘bárbaro’, capaz de aberraciones tales como los sacrificios humanos, carentes de alfabeto y otras muestras de ‘civilización’, puede también comportarse ‘humanamente’? La respuesta a esta interrogante lo mueve a más de 40 años de investigación, convencido de que estos pueblos también tuvieron ‘primores en su lengua’ y fueron ‘entre sí muy urbanos’211.

Sahagún emprende así una lucha apologética. Menos apasionado que un Bartolomé de las Casasen su Brevísima Historia de la Destrucción de las Indias212, busca hechos contundentes que avalen las capacidades de los indios. Observa, después describe y, a partir de ello, reflexiona e interpreta. Sahagún encontrará justamente en estos discursos el puente de comunicación entre la realidad indiana y las pretensiones cristianizantes de los primeros frailes misioneros. Nuestro autor, como ya he mencionado, descubre la plena racionalidad de los nativos tanto en sus formas retóricas, como en sus hábitos y costumbres morales, y parte de estas bases culturales ya conformadas para su labor predicativa. Sahagún se da cuenta de que, al contrario de lo que pudiera pensarse, ninguna cultura puede ser históricamente neutra; es decir, que sería no sólo imposible, sino por demás indeseable, borrar de tajo las prácticas tradicionales de los indios, ya que incluso dentro de ellas y de sus extrañas formas se podían encontrar rastros de la luz natural de la razón que todos los hombres comparten.

Bernardino parte de la lengua para abordar las peculiaridades del indio y de su mundo porque reconoce que el lenguaje, la cultura y la propia humanidad son indisolubles. La estructura léxica refleja la humanitas de cada cultura y las diferencias que la distinguen de otras213, distinciones que permiten que se reconozca como una cultura particular y no como parte de otra214. Por medio de la lengua se accede a la cosmovisión del otro; su palabra, el único modo de conocerlo en cuanto otro, es el lugar común de la alteridad y comprensión. Es por esto que la comprensión de la lengua india es el primer paso del proyecto de evangelización; sin embargo, hay que señalar que en Sahagún la comprensión del otro no parte de la noción de otredad, sino que su interés está en la humanidad en general y lo que todos sus miembros comparten entre sí.

211 CF, prol. lib. VI, fol. 1v., Historia General de las cosas de Nueva España, ed. cit., vol. II, 473.

212 Cfr. Bartolomé de las Casas, Brevísima relación de la destrucción de las Indias, en Obras completas (Madrid:

Biblioteca de Autores Cristianos, 1998).

213 Cfr. John Lyons, Semántica (Barcelona: Teide, 1980), 234.

214 ‘Sahagún fue consciente de la importancia de la lengua para hondar en la visión del mundo de un pueblo. El caudal de los testimonios que allegó, el hecho de haberlos sometido al triple cedazo crítico, su apego a la forma indígena de preservar y transmitir sus conocimientos, valiéndose de pinturas y signos glíficos y de la oralidad, es también garantía de la veracidad de cuanto hizo transcribir. Incluso en su afán de identificar idolatrías para sustituirlas por prácticas y creencias cristianas, actúo guiado por la idea de comprender al Otro’, en Miguel León- Portilla, Bernardino de Sahagún: pionero de la antropología, Op. cit., 26.

65 Pero volvamos al proceso de composición. Hacia 1558, año en que los franciscanos llegaron a Tepepulco, inició Bernardino su indagación en ese lugar. La elección del sitio no fue casualidad, pues había en él hombres muy versados en su historia y tradiciones:

En el dicho pueblo hice juntar, todos los principales, con el señor del pueblo, que se llamaua don diego de mendoza, hombre anciano, de gran marco, y habilidad, muy experimentado, en todas las cosas curiales, belicas, y políticas, y aun ydolatricas.

Aujendolos juntado, propuseles, lo que pretendía hazer: y pediles, me diesen personas hábiles, y experimentadas con quien pudiese platicar: y me supiesen dar razón de lo que les preguntase. Otro día vinieron, el señor, con los principales; y hecho un muy solemne parlamento, como ellos entonces lo usaban hacer, señaláronme hasta diez o doce principales ancianos, y dijéronme que con aquellos podía comunicar, y que ellos me darían razón de todo lo que les preguntase.

Estaban también allí hasta cuatro latinos, a los cuales yo pocos años antes había enseñado la gramática en el colegio de Santa Cruz en Tlatilulc. Con estos principales y gramáticos, también principales, platiqué muchos días, cerca de dos años, siguiendo la orden, de la minuta, que yo tenía hecha.215

Con ayuda de los trilingües transcribió a la lengua mexicana, pinturas, testimonios orales y

‘escripturas’ [sic], luego incluyendo pinturas y respectiva declaración en mexicano al pie, se hizo un texto que desgraciadamente no se conserva, pero que es germen de la obra subsecuente en nuestras manos. Luego, los estudiantes del Colegio de Santa Cruz transcribieron estos originales bajo la mirada del fraile. Dicha trascripción en mexicano, traducida sólo en una pequeña parte al romance, se conserva en el Códice Matritense216.

Es así que los primeros manuscritos que recopiló Sahagún en Tepepulco —primeros memoriales—, los más antiguos conservados hoy, se refieren al Libro VI, de retórica y filosofía moral, y al Libro XII, sobre la conquista. Gracias a estos primeros memoriales, los especialistas han podido ver lo que en un principio se proponía investigar el fraile de acuerdo a su cuestionario original217: las cosas divinas, humanas y naturales218.

Los textos que se conservan en el Códice Florentino tienen su fundamento en estos primeros manuscritos de Tepepulco; no obstante, incluyen también nuevas indagaciones que siguió el fraile en Tlatelolco hacia 1561-1565:

Fui a morar a Santiago de Tlatelulco. Donde, juntando los principales, los propuse el negocio de mis escripturas y los mandé me señalasen algunos principales hábiles con quien examinase y platicase las escripturas, que de Tepepulco traía escriptas.

El gobernador, con los alcaldes, me señalaron hasta ocho o diez principales,

215 CF, prol. lib. VI, fol. 2r; Historia General de las cosas de Nueva España, ed. cit., vol. II, 473.

216 Llamados así por conservarse en la ciudad de Madrid.

217 Cfr. Miguel León-Portilla, Bernardino de Sahagún: pionero de la antropología, Op. cit., 95.

218 De éstos sólo se conserva lo referente a los dos primeros temas en textos y pinturas. Sobre los contenidos y estructura de estos primeros memoriales, cfr. Ibid., 96.

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