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Utillaje y proceso de tisaje

In document ALFOMBRAS DE ALCARAZ Y LIÉTOR (página 177-184)

3. Las formas de organizacion y comercializacion de la

4.2. TEXTURA

4.2.2. Utillaje y proceso de tisaje

Fot. 8. Telar de alfombras utilizado actualmente en el taller de Alcaraz. (Reproduci- da del folleto Las Alfombras de Alcaraz).

Fig. 17. Telar de alfombras (según Ferrandis). a: pies derechos; b: plegadores; c:

varas que sujetan los extremos de la urdimbre; d: palanca de tensar la urdimbre; e:

igualador; f: separador; g: palo del lizo; h: lizo.

El telar (fot. 8) se componía de dos zapatas o pies verticales (fi g.

17,a)) que se asentaban sobre el suelo y que en los telares más anchos, para conseguir la total estabilidad, se sujetaban fuertemente al techo o a una pared del local donde se trabajaba. Estas dos zapatas sostenían horizontal- mente dos gruesos cilindros giratorios de madera, denominados plegadores (fi g. 17,b), que se inmovilizaban a los pies derechos con fuertes clavos o, más frecuentemente, con cadenas. Así, con estos cuatro elementos quedaba formado el bastidor del telar.

Colocados los dos cilindros plegadores en el telar (sigo a Ferrandis Torres en la descripción), uno a la altura de unos cincuenta centímetros del suelo y otro próximo al extremo superior de los pies derechos, se procedía a encajar en ellos la urdimbre preparada en el urdidor (fot. 9), que se extendía entre dos varas de madera que sujetaban los extremos de sus hilos; estas dos varas (fi g. 17,c) eran introducidos en sendas escotaduras longitudinales que llevaban los cilindros y se sostenían con pasadores metálicos. En el cilindro superior se enrollaba la parte de urdimbre que excedía en longitud a la distancia entre las dos varas y en el inferior la alfombra a medida que se iba confeccionando. Este giro de los rodillos permitía que la longitud de la pieza fuera mucho mayor que la del telar.

Fot. 9. Urdidor del actual taller de alfombras de Alcaraz. (Reproducida del folleto Las Alfombras de Alcaraz).

Una vez encajada la urdimbre y estirada mediante una fuerte palanca (fi g. 17,d), que se sujetaba con resistentes cuerdas o cadenas a los cilindros, se colocaba en la parte alta el igualador (fi g. 17,e), que era una vara con una serie de clavos formando un peine entre cuyas púas pasaban grupos de dos hilos con lo que se igualaba la separación de la urdimbre y se posibilitaba la

uniformidad del futuro tejido. Otra vara (fi g. 17,f) colocada horizontalmen- te a unos veinte centímetros debajo de la anterior separaba a uno y otro lado los hilos de la urdimbre que pasaban entre los clavos del igualador y man- tenía verticales los que debían unirse al palo del lizo (fi g. 17,g). Esta última pieza consistía en una barra horizontal a la que se anudaban los extremos de una serie de hilos denominados lizos (fi g. 17,h); los extremos opuestos de los lizos se anudaban a los hilos pares o a los impares de la urdimbre y de esta manera por un movimiento del palo del lizo se separaban unos de otros y se facilitaba el paso de la trama que ligaba el tejido.

Se utilizaban varios tipos de igualadores, que variaban en el mayor o menor número de clavos por centímetro, lo que estaba directamente re- lacionado con la calidad de la alfombra; a mayor número de clavos, mayor cantidad de hilos de la urdimbre por centímetro y como consecuencia de ello más alta densidad de nudos y mejor calidad de la pieza.

Una vez realizadas estas operaciones se hacía la orilla inferior u ori- llo de la alfombra con varias pasadas de trama; era una operación impor- tante porque las pasadas de trama y las fi las de nudos se apoyaban en ella y su solidez era fundamental para la duración del tejido. Cuando se había elaborado un par de centímetros se comenzaba el anudamiento (fot. 10) hasta conseguir una hilera a todo lo ancho (fots. 11, 12 y 13); terminada, se pasaba la trama que se apretaba sobre la “carrera” de nudos con un pesado peine metálico con la fi nalidad de conseguir un tejido denso (fots. 14, 15 y 16); de nuevo se anudaba otra carrera, se pasaba la trama y se apretaba y así sucesivamente hasta terminar la alfombra. Al concluir, se formaba otro orillo en la parte superior, que impedía que se deshicieran los nudos por aquel extremo, se separaba del telar, se doblaba parte de cada orillo sobre sí mismo y se cosía; fi nalmente, se igualaba a tijera la altura de los cabos de los nudos hasta conseguir una superfi cie uniforme. Para elaborar el di- bujo se utilizaban patrones; eran varios y cada uno reproducía una parte del diseño. Estaban atados a la urdimbre a la altura de los ojos de la tejedora (fot. 17).

Fot. 10. Tejedora de Lezuza haciendo un nudo. 1981. (Fot. J. S. Ferrer).

Fots. 11, 12 y 13. Secuencia de la elaboración de un nudo por una tejedora del actual taller de Alcaraz. (Reproducidas del folleto Las Alfombras de Alcaraz).

Fots. 14 y 15. Tijeras para cortar la hebra y para ayudar a bajar el nudo y peine para apelmazar el tejido. (Reproducidas del folleto Las Alfombras de Alcaraz).

Fot. 16. Tejedora de Lezuza apretando el tejido. 1981. (Fot. J. S. Ferrer).

Fot. 17. Patrones del diseño decorativo de una alfombra. Taller de Lezuza. 1981.

(Fot. J. S. Ferrer).

Si la alfombra que había que hacer era estrecha la tejía una sola per- sona, pero si era ancha trabajaban varias –dependiendo su número de la anchura–, que se sentaban unas al lado de otras ante el telar y se repartían por zonas el tejido (fot. 18). Aunque de fecha tardía, hay confi rmación do- cumental de esta disposición del personal en el tejido de una alfombra, es una noticia sobre Liétor que proporciona Sebastián de Miñano en 1826- 1829; cuando se refi ere a esta población escribe que se fabrican “…hermo- sisimas alfombras del tamaño que se les pide, todas de una sola pieza, por grandes que sean son muy fuertes é imitan los dibujos que se les da, siendo particular la viveza y duración de los colores con que las tiñen las mugeres, las que también las fabrican, reuniéndose el numero de ellas á proporcion de la anchura...”301.

Fot. 18. Dos tejedoras elaborando una misma alfombra. Taller de Lezuza. 1981.

(Fot. J. S. Ferrer).

301 MIÑANO, S. de. Diccionario…, en RODRÍGUEZ DE LA TORRE, F. Textos… Op. cit.

Pág. 276.

El modelo decorativo lo elegía el cliente y lo más frecuente era la referencia a buenos ejemplares completos tejidos con anterioridad o a cam- pos, labores, cenefas –que en algunos documentos se denominan también

“cintas”– y colores concretos que tenía que presentar la pieza. Además de ello, y sin descartar la elaboración de memoria, los artesanos debían de tener un muestrario –los “dechados”– en el que recogían su repertorio, que iría cambiando en el transcurso del tiempo en función de los nuevos estilos, tendencias y modas, aunque fue frecuente que se mantuvieran vi- gentes decoraciones de implantación anterior a la época de la textura de las alfombras. Cuando lo que se quería obtener no estaba en el repertorio del artesano, el cliente le proporcionaba patrones o modelos de lo que deseaba.

Sobre esto también hay confi rmación documental.

En 1616, el Colegio de San Miguel de Salamanca encargó a Pedro Pérez y Martín de Cervantes, vecinos de Liétor, “…quatro alfombras fi nas de dos baras y tres cuartas de largo y bara y media de ancho cada una, con el escudo de las armas del Patron del dicho Colegio en medio de cada una, y en medio de los escudos de labor del Rey, y la cenefa ha de ser de un coto de ancho de la cinta de la iglesia, echas y acabadas en toda per- fección, conforme a los patrones en papel que se hicieron de las dichas alombras…”302. De 1673 es un documento fechado en Alcaraz por el que se le encarga al pintor Luis González Vargas un escudo para dibujarlo en una alfombra303.

Sobre estos patrones el artesano tendría que adaptar el resto de la decoración, el colorido y, sobre todo, la densidad de nudos contratada en la escritura de obligación.

4.3. TAMAÑOS, CALIDADES Y PRECIOS

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