La Fragua de los Tiempos 6 de septiembre de 2009 # 830
Namiquipa, tierra de revolucionarios
Jesús Vargas Valdés
De los autores que reseñaron la historia de la revolución en Chihuahua, ninguno escribió los detalles sobre los primeros pasos que se dieron en Namiquipa y Cruces durante el año 1910. En el último capítulo del libro El abuelo Cisneros, Alberto Calzadíaz Barrera escribió algunos datos de los meses previos al 20 de noviembre.
Después, en el tomo I de Hechos reales de la revolución, el mismo autor escribió cómo se organizó el levantamiento del 20 de noviembre en Namiquipa y anotó los nombres de algunos de los primeros habitantes de Namiquipa que se integraron al ejército libertador del norte en los días posteriores. Esto es lo que escribió en El abuelo Cisneros, ubicando como protagonista a Eligio Cisneros, de quien nos dice que vivió de 1853 a 1947:
Desde mediados de marzo de 1909, don Abraham González invitó a numerosos amigos para reunirse en Chihuahua, principalmente a los que se contaron como amigos del finado señor don Celso González. Todo mundo participaba, directa e indirectamente, de la agitación colectiva... Todo hombre en edad de montar a caballo y capaz de disparar un fusil, comenzó a ser presa de un nerviosismo contagioso.
Abordamos el tren de pasajeros en San Isidro (rumbo a Chihuahua). A la mañana siguiente, muy temprano, llamé a la puerta de la casa de don Abraham González y, grande fue mi sorpresa al encontrarme allí con numerosos conocidos míos, entre los cuales estaban don José Rascón y Tena, José María Espinoza, José Licano, José de la Luz Nevárez, Andrés U. Vargas y Félix Chávez, cuya presencia me estimuló grandemente el espíritu.
Hasta aquel momento, todos creíamos que el candidato a suceder al general Porfirio Díaz, era el general Bernardo Reyes. Pero la política había tomado un rumbo distinto. Don Abraham nos explicó cómo el general Díaz había eliminado toda posibilidad al general Reyes para que pudiera ser candidato a la presidencia de la república. Aquella noticia provocó un desaliento muy marcado entre varios de los presentes. Abundaron los comentarios en pro y en contra.
Don Abraham González sostuvo varias juntas con los principales directores del naciente grupo, y se determinó enviar agentes especiales a entregar invitaciones en Dolores, Ocampo, Madera, Moris, Uruachi, Guazapares, etcétera. Entre esos comisionados me tocó ir acompañando a Fortunato Casavantes.
La mañana siguiente, salimos de Chihuahua a bordo del tren de pasajeros del noroeste de México. Pasamos la noche en San Isidro, en casa de Julio Acosta, con cuya familia nos ligaba una íntima amistad. Allí determinamos la forma en que recorreríamos los puntos que don Abraham nos encargó a Martín Gómez, Fortunato Casavantes y yo. Los tres éramos buenos amigos. Quedamos en juntarnos allí, en San Isidro.
Yo había aprendido a no hacer conclusiones precipitadas, sin pararme a reflexionar como es debido. Con todo, recorrimos los pueblos de Dolores, Madera, Matachic, Tomósachic, Moris, el Concheño, Pinos Altos, Ocampo,
Uruachi y todos los lugares cercanos al mineral de la República. Allí, en este último lugar, se encontraba Isaac Arroyo. Ante mi sorpresa, levantaron una larguísima lista de personas comprometidas con don Abraham González.
Todos se mostraban muy animosos y parecía que cada uno tenía a qué atenerse...
Llegó el primer domingo del mes de julio, y se celebraron las elecciones, siendo una burla descarada al pueblo que no concurrió a las urnas y únicamente votaron los adictos a los caciques y a las autoridades locales; y sin embargo, declararon que la planilla Díaz-Corral había sido reelecta por la mayoría del pueblo mexicano a la presidencia de la república por el séptimo periodo. Y desde esa fecha, comenzó la autoridad a perseguir y a ejercer terribles venganzas contra todo aquel ciudadano que no participó de la farsa.
Saltábamos de una sorpresa a otra. En realidad, la cuestión se había complicado, y ya era tiempo de enterarnos. Desde ese primer domingo del mes de julio de 1910, se nos declaró rebeldes. Al principio, no le dimos mucha importancia; pero pronto nos dimos cuenta que frente a nosotros no había más que una de dos posibilidades: ganar o perder... La suerte estaba echada.
Los conocidos por maderistas, de extracción netamente terracista, entraban y salían a Chihuahua sin preocupación alguna. A ellos nadie los perseguía, fuera de sus enemigos personales –caciques de influencia– y ciertas autoridades locales. A los Orozco, nadie los persiguió y ni siquiera los vigilaron; pero en ciudad Guerrero, las autoridades no eran amigos de ellos.
Tampoco en Namiquipa molestó la autoridad para nada a don José Rascón y Tena, ni a José María Espinoza. Eran conocidos adictos al general Terrazas.
Pero, en cambio, a los de abajo, daba miedo. Asimismo sucedía en Moris:
nadie molestó para nada a José María Caraveo; ni a los Pérez, en Ocampo.
Con motivo de las fiestas patrias, se concentró mucha gente en la ciudad de Chihuahua, y así tuvimos la oportunidad de acudir a la cita de don Abraham González. Nadie nos molestó; pero, de todos modos, don Abraham tomó muchas precauciones y, de una manera muy discreta, se les impartió instrucciones a todos los representantes de cada pueblo, las cuales fueron precisas. Se acordó que, oportunamente, se daría la orden.
Fueron muchos los maderistas que se ocultaban a la vista de las autoridades, y muchos otros, entre los mismos maderistas que se paseaban por las calles y hasta compraban armas en las grandes tiendas... Guardaba yo dos mil pesos en la casa de Ketelsen cuando, en esos momentos, entró un grupo de cinco personas, entre los cuales se contó Albino Frías, José Camadurán, Pascual Orozco, júnior, Cenovio Orozco y don Francisco Vázquez Valdés. De momento, ninguno de ellos notó mi presencia; pero, al rato, Albino Frías me saludó. Ellos compraban unas cajas de parque; y Orozco examinaba una carabina especial; y sin ocultarse de nadie, compraron varias carabinas.
Alcancé a oír con toda claridad cuando el empleado que los atendía preguntó algo, y Orozco le replicó:
“Estamos con los ideales de Madero... pero, no con Madero...”
Nos hallábamos ante el umbral de un gran acontecimiento. Nadie osaba hablar; pero todos querían oír. La conspiración se generalizó, y los comprometidos trabajando en secreto...
El día 18 de noviembre de 1910, a las primeras horas de la noche, llegó Isidro Tena, con la contraseña de Julio Acosta. La orden era tomar las armas el día 20.
Estalló la revolución mexicana, poniendo fin, en Chihuahua, al medio siglo de dominación terracista, y a la dictadura del porfirismo. Se cometieron toda clase de atropellos, muchas venganzas; pero, ¿qué otra cosa pudo haber sucedido? Sí, allí se cumplía el bíblico: “ojo por ojo…” El general don Luis Terrazas fue el creador y forjador del Chihuahua grandioso; pero también fue, junto con los caciques cuantiosos, el creador de Francisco Villa, y los bravos generales que hicieron posible el triunfo de la revolución [...].
20 de noviembre de 1910 en Namiquipa
A continuación se transcribe lo que relata Calzadíaz en la página 42 del tomo I de Hechos reales de la revolución:
En el pueblo de Namiquipa, distrito de Guerrero, el señor Félix Chávez, al frente de un regular número de hombres, unos de Los Cerritos, otros del Oso y otros del mismo pueblo, bien montados pero mal armados, puso sitio a la plaza, que la defendían un gran número de vecinos armados y la autoridad del lugar.
Se cambiaron sólo unos cuantos tiros y los defensores se rindieron entregando sus armas. Se dio la casualidad que aquí en este pueblo, el señor Victoriano Torres, que era quien encabezaba a los edictos al Gobierno, fuera también pariente de los Orozco, por ser cuñado de Francisco Vázquez, primo de Pascual chico.
La gente maderista de Namiquipa, cuya jefatura estaba a cargo de Félix Chávez, se componía de cuatro grupos al mando de los capitanes José Rascón Tena, José María Espinoza, José de la Luz Nevárez y Gabino Cano. Entre los elementos a las órdenes del capitán José Rascón Tena, figuraron éstos, Juan B.
Muñoz, José María Calzadíaz, Francisco Heras, Ceferino Rivera Domínguez, José Jiménez, Primitivo Ruiz, etcétera.
A las órdenes directas del mayor Félix Chávez iban Candelario Cervantes, Celso Chávez, Faustino Acosta, Pedro Luján, Francisco Rico, Francisco Ortiz;
y con Cano y Espinosa, el resto de la gente de la plaza y de Pueblo Viejo.
Los de Los Cerritos, El Oso, Santa Catarina y Santa Clara, estuvieron primero con José de la Luz Nevárez y después con Andrés U. Vargas, y los de Cruces con Telésforo Terrazas y José Bencomo.
Una vez que se medio organizó esta fuerza revolucionaria, se puso en marcha rumbo al sur con miras a unirse a José de la Luz Blanco y cooperar en el ataque a ciudad Guerrero.
Nota curiosa de Namiquipa en el año 1892
En la municipalidad de Namiquipa, el día 4 de noviembre de 1892 se presentó al juzgado el señor Jorge Wasinton, denunciando al señor José de la Luz Nevárez por haber dado muerte a un oso domesticado de su propiedad con el cual “acostumbra hacer su aventura para su manutención”, y que en su juicio el infractor de este hecho lo ha perjudicado altamente y pide en méritos de justicia le sea pagado su animal y se castigue al o a los culpables.
El señor Jorge Wasinton denunció que cosa de las ocho de la mañana del día indicado, resultó muerto de un balazo su oso y que fue José de la Luz Nevárez quien cometió dicho acto en el barrio denominado El Molino, sección tercera, perteneciente a este municipio, y considera que el señor Nevárez no tiene ningún derecho de
destruir intereses de su propiedad y menos el único patrimonio de su familia; asegura también que el valor de su oso es de mil pesos en oro americano.
El día 5 de noviembre se presentaron en el juzgado los C. C. Librado García y Miguel Marrufo. El primero de 49 años de edad, casado, labrador de oficio y originario de Cusihuiriáchic y residente en este lugar; el segundo de 47 años de edad, viudo, labrador y originario de San Andrés y residente en esta municipalidad, y declaran que les consta la muerte del oso pues lo pasaron a ver en la caballeriza que se encuentra en la casa de José de la Luz Nevárez y declaran que la causa de la muerte fue un tiro con arma de fuego y que le entró la bala a un costado del pecho, junto a la paleta y dirigiéndose a las entrañas.
El día 7 de noviembre el señor José de la Luz Nevárez declaró que estando en su casa le fueron a avisar que el oso del que se hace mención andaba con unos becerros y que él salió a ver si eran de los suyos, y como no lo eran, regresó a su casa para llevar un mecate y amarrar al oso, y cuando esto hacía, salió don Refugio Tena con una pistola dándosela a él para que le diera un tiro al oso; declara que él se rehusó por más de tres veces pero el señor Tena insistió en que matara al animal diciendo que él se haría responsable, finalmente accedió y lo mató.
Después de esta declaración en la que el señor José de la Luz Nevárez acepta que él mató al oso, propiedad del señor Jorge Wasinton, resulta culpable del delito por cuyo motivo se pone detenido en la cárcel pública por término necesario para practicar todas las diligencias que el caso merece.
El día 8 de noviembre se interrogó a Refugio Tena y declaró que él ignoraba totalmente lo de la muerte del oso, pues ese día “estaba embriagado de licor”, y hasta el otro día tuvo noticias por su familia que el oso había sido muerto por José de la Luz Nevárez y que él ignora también quién pudo haber prestado el arma para que lo matara y que él no ofreció en ningún momento ser el responsable de la muerte del animal. Declaró que si bien “andaba por su propio pie, andaba privado del licor y que traía perdidas las facultades de su sentido, circunstancia por la que no recuerda nada y que todo lo que sabe es por Ponciano Carrillo y el dueño del oso; también asegura no acordarse dónde se encontraba en ese momento.
Posteriormente se le pide declaración nuevamente a José de la Luz Nevárez y confirma su declaración anterior aceptando plenamente ser el autor de la muerte del oso, argumentando que era un animal bravo que “le ha comido gallinas y un marrano” y al cobrárselas al dueño, éste respondió que él no debe nada, que se las cobren al oso. Aseguran que nunca antes había sido preso ni acusado de ningún delito.
El caso se resolvió finalmente de manera curiosa cuando el juez, apoyándose en el Código de Procedimientos Penales del estado de Chihuahua, solicitó a Jorge Wasinton que acreditara la posesión legal del oso por medio de algún documento, y al no poder presentarlo, quedó sin procedimiento la acusación y José de la Luz Nevárez y Refugio Tena quedaron en completa libertad.