Transformaciones culturales y transiciones juveniles.
Marcelo Urresti.
Presentación del Módulo
La preocupación que orienta este módulo es la articulación entre masificación de la educación secundaria, las transformaciones socioculturales de finales del siglo XX principios de este siglo y las alteraciones en la escolarización producidas a partir de estos procesos. El módulo tratará estas preocupaciones haciendo foco en tres cuestiones que serán tomadas, lo anticipamos desde ahora, solo en forma parcial. En primer lugar nos referiremos a algunos rasgos de la población a la que idealmente se dirigen los estudios secundarios. En segundo lugar a las transformaciones que la escuela secundaria ha venido sufriendo a partir de la ampliación del acceso y de las nuevas exigencias que le imprimen los cambios de época. Finalmente, al cambio en las expectativas que la sociedad deposita sobre la escuela a partir de la masificación.
En relación con la primer cuestión, la primer clase presenta el impacto sobre la juventud de cambios culturales acontecidos en las últimas tres décadas.
Tradicionalmente considerada como edad de transición hacia la vida adulta, tales cambios culturales modifican esta transición y hasta ponen en duda su entidad.
Asimismo apoyados en la clase y en el material bibliográfico se examinarán algunos aspectos de la relación de la juventud o de las juventudes, con el consumo cultural y de su relación con los medios y las tecnologías de información y comunicación. Al igual que en el módulo anterior, uno de los ejes de reflexión va a ser el de la relación entre socialización y escolarización dado que las transformaciones en la socialización de las generaciones jóvenes, necesariamente impactan en el papel de la escuela y en su propio funcionamiento.
La segunda clase realizará una reflexión sobre las nuevas demandas a las que se ve sometido el sistema escolar y las escuelas medias en particular y a los intentos recientes de reformas en América Latina que procuran adaptar los regímenes académicos para atender a particularidades de los nuevos públicos y en particular a aquellos grupos que la escuela secundaria tradicionalmente excluía y que hoy tiene como mandato incluir. La tercera se referirá al proceso de ampliación del acceso y de masificación en los últimos sesenta años y a las formas en que los cambios curriculares –con especial referencia a la Argentina- han intentado acomodar una escuela originalmente selectiva.
Tradicionalmente concebida como una instancia de selección social, en la cual el
“fracaso” o el “abandono”, formaba parte de su funcionalidad, el imperativo de
“inclusión a todos” transforma necesariamente la relación entre la escuela y la sociedad. Desde esta perspectiva, la última clase realizará una reflexión general sobre la sociedad, las clases sociales y las expectativas que depositan en ella los
distintos sectores sociales.
Presentación de la clase
En los últimos años, asistimos a una creciente tematización de la cuestión juvenil por parte de las ciencias sociales. A este interés contribuye una serie de factores que se aceleran a partir de los años sesenta cuando este grupo de edad se incorpora al consumo de masas, proyecta su identidad como generador de productos y acontecimientos culturales como el rock y protagoniza una serie de movimientos que manifiestan disconformidad con pautas políticas, sociales y culturales, típicas del funcionamiento de las sociedades capitalistas en los países desarrollados. No es ajena a esta tendencia la escuela que, junto con el aumento del tiempo libre, ha contribuido a conformar mediante los proceso de expansión escolar un grupo que demora su ingreso al mercado de trabajo mientras se prepara para una vida por venir en lo que se conoce como la “moratoria juvenil”.
Tal como hemos visto en el caso de la niñez, la noción de juventud es, en parte, la historia de su construcción como objeto de reflexión. Así, los estudios sobre la juventud se han orientado por una serie de conceptualizaciones, las que pueden rastrearse, superpuestas, en las discusiones actuales no siempre encuadradas en el campo de las ciencias sociales, de ahí que nos interese mencionarlas. Las líneas de reflexión pueden sintetizarse de acuerdo con lo presentado por el autor de esta clase, Marcelo Urresti, en el artículo “Cultura Juvenil” de la obra Términos Críticos de Sociología de la Cultura dirigida por Carlos Altamirano. En primer lugar y como origen de su estudio sistemático, en los Estados Unidos entre las dos guerras mundiales, surge la preocupación por las llamadas pandillas juveniles como pequeñas sociedades con lazos fuertes de pertenencia, obligaciones mutuas, lealtad, defensa de territorio e identidad étnica. En el intento por explicar lo que la literatura de la época consideraba comportamientos “desviados” o anómicos por parte de estos grupos, las teorías sociales encuentran dicha explicación en la tensión entre tradición y modernización a la que se veían sometidos estos jóvenes por el hecho de ser muchos de ellos de origen inmigrante y provenir de
sociedades “tradicionales”. La segunda línea corresponde a estudios posteriores a la Segunda Guerra Mundial los que se centran en la prolongación del período de transición hacia la adultez explicada, como hemos señalado más arriba, por el aumento del tiempo libre y la escolarización. En contrataste con la conceptualización anterior, estos trabajos ponen el énfasis en similitudes generacionales y en la relativa autonomía de los comportamientos de los grupos juveniles en relación con su origen étnico. Una tercera línea se enfoca el estudio de los jóvenes en su relación con el consumo y la cultura de masas así como con los movimientos contraculturales y alternativos iniciados en los EEUU y luego extendidos transnacionalmente por la fuerza de la industria cultural. La cuarta línea que señala Urresti es la que estudia los jóvenes en tanto participantes de lo que denomina subculturas juveniles por su carácter clasista. Estos trabajos se originaron en Inglaterra con el estudio de grupos tales como los skin heads, rockers, punks, new romantics entre otros. Si las la corriente anterior enfocaban a los jóvenes como integrantes de colectivos que trascienden a las clases sociales éstos, por el contrario, constituirían “enclaves identitarios” en el seno de los cuales se configuran resistencias y desafíos de clase a las imposiciones hegemónicas a través del estilo particular que los caracteriza.
La clase que leerán a continuación fue originalmente preparada como parte de la
"Especialización en Lectura, escritura y educación", se vuelve a publicar en forma parcial con autorización del autor.
Introducción
Cuando en nuestras sociedades se hace referencia a los adolescentes o a los jóvenes se está hablando de un grupo de población en transición. Si bien es cierto que la población en su conjunto está en transición (algo que obedece a la insuperable condición de la temporalidad y su inexorable devenir), el caso particular de las jóvenes generaciones manifiesta una diferencia específica.
Mientras la población general transita en ámbitos relativamente acotados, estables y definidos, las generaciones jóvenes lo hacen en un terreno deslizante y en proceso de articulación incipiente, donde los cambios son marcados y se presentan constantes incertidumbres. Para decirlo con otra fórmula: todo sujeto depende de un proyecto que articula y reactualiza a cada paso; los jóvenes y los adolescentes, al contrario del resto, se encuentran en la etapa del boceto, ensayando el presente ante la inminente llegada del futuro que se irá forjando con sus decisiones actuales. Los adultos han cerrado esa etapa y los niños no se han visto obligados a considerarla. Las generaciones que se encuentran en el período propiamente dicho de la transición, construyen sus proyectos de inclusión en el mundo adulto, en el que desembocarán tarde o temprano.
La “cultura” -como es reconocido en todos los debates, sean especializados o no- se trata de un concepto altamente ambiguo y polisémico, detrás del cual aflora una serie disímil y variada de posturas y definiciones. El término “cultura” puede
aludir a los bienes del espíritu en sus expresiones más encumbradas (desde la perspectiva ilustrada), a las formas de vida de un grupo o de una determinada sociedad (desde una visión antropológica), a las manifestaciones significativas de los diversos intercambios sociales (desde un punto de vista semiótico). Sin proponernos decir cuál perspectiva es más abarcativa o útil, simplemente optaremos en esta ocasión por una combinación entre la segunda y la tercera acepción con el fin de ilustrar la idea de “transformaciones culturales”.
La configuración de las familias, los arreglos de convivencia hogareña o las formas que adopta la televisión son realidades sociales muy complejas que pueden leerse desde la demografía, la economía o la historia. Según el enfoque que proponemos -interpretarlas desde una perspectiva sociosemiótica de la cultura-, dichas realidades pueden aprehenderse desde las tramas de significación y los códigos que le otorgan sentido. Así, ciertas transformaciones sociales como las nuevas constelaciones familiares o el proceso de massmediatización de la sociedad, serán interrogadas desde los efectos que tienen sobre la producción y el reconocimiento del sentido. Las transiciones adolescentes y juveniles se ven fuertemente afectadas por dichas transformaciones socioculturales que aportan un nuevo contexto para su lectura e interpretación. En este punto se concentrará la clase que presentamos a continuación.
Transiciones
Antes de entrar en las transiciones actuales, es preciso remitirse brevemente a la historia para recordar como se daban mayoritariamente las transiciones hace treinta o cuarenta años atrás.
Los adolescentes de ese período se debatían con la necesidad de explorar y transgredir los límites impuestos, buscando nuevos límites (y nuevas experiencias) desde donde construir su identidad como adultos. Esa necesidad de autonomía se relacionaba con el tiempo libre, con la vocación futura, con el uso del cuerpo, con la necesidad de movimiento, y entraba en conflicto con la autoridad familiar y pedagógica. En esta oposición, el grupo de pares era el gran apoyo horizontal con el cual se discutía la autoridad de la familia, y el que terminaba imponiéndose como referente ideológico. La adolescencia comprendía una crisis momentánea, que salvo casos muy extremos, se resolvía normalmente en el reconocimiento de los adultos de su lugar desplazado y del nuevo lugar reclamado por el adolescente. Era la base del antiguo conflicto generacional que se daba entre la familia, la escuela y los grupos de pares, con un mundo adulto por lo general distante y directivo, afianzado en sus roles tradicionales (hecho que facilitaba como espejo negativo la oposición de los adolescentes).
Una vez que se completaba la resolución identitaria de la adolescencia, se abría una nueva transición, esta vez hacia la vida adulta, consistente en vías estadísticamente frecuentes por las que los jóvenes se iban convirtiendo progresivamente en adultos. Después de haber superado cierta edad y algunos cuasi-ritos de pasaje como la presentación en sociedad, los 15 o los 18 años para mujeres y varones respectivamente, los pantalones largos, las llaves de la casa y las salidas con amigos o amigas, se abrían simultáneamente transiciones comunes que llevaban de la escuela al trabajo, de la dependencia económica y habitacional a una independencia en ambos terrenos, de la inestabilidad a la estabilidad laboral y, por último, de ser hijos a convertirse en padres, lo que finalmente consolidaba a los nuevos adultos. La particularidad de esta evolución era el patrón común: un camino, progresivo, de ida y sin retorno, con distintos ritmos según el sector social, más acelerado entre los sectores populares, más lento entre los sectores medios y altos, pero con iguales características en cuanto a gradualidad e irreversibilidad.
Sin dudas, este trayecto ha cambiado notablemente y las transiciones se han hecho más complejas, pues lo que antes estaba garantizado para todos hoy está puesto en cuestión. Entre otros factores: los estudios se alargan históricamente, las credenciales educativas pierden valor, los mercados laborales se han flexibilizado especialmente para los jóvenes, los salarios han tendido a la baja, las propiedades han aumentado en una relación mayor que los ingresos, y por sobre todo ello, se afianza además una cultura crecientemente individualista en los vínculos afectivos, hecho que los torna inestables e inciertos. Así, la experiencia de las transiciones se ha desordenado y complejizado en términos de frecuencia estadística. Si bien las transiciones clásicas no han desaparecido del todo, la moratoria evolutiva y lineal que las caracterizaba se ha convertido en una realidad menguante y crecientemente infrecuente. Las trayectorias actuales tienen frenos, vueltas, idas y venidas, saltos adelante y caídas precipitadas. Ese ejército móvil de jóvenes en transición se ha diversificado de tal modo que es muy difícil hablar de “juventud” en términos clásicos. La figura del adolescente tardío o del joven infinito se relaciona con este cambio en las condiciones objetivas que articulan la vida de la población (estudios, trabajo, emancipación económica). El resultado esperado es que la transición sea más lenta, más incierta, con una salida del hogar paterno más tardía y una constitución de familias a una edad mayor.
En este punto me gustaría detenerme. ¿En qué tipo de familias se inscriben las generaciones menores y, cuando lo logran, qué tipo de hogares constituyen? Se trata de una pregunta abierta y compleja para la que contamos con series estadísticas que pueden permitir una aproximación interesante.
Familias y arreglos de convivencia
Uno de los cambios centrales que vive nuestra sociedad se relaciona con la transformación de las familias, los hogares y los nuevos arreglos de convivencia que las reemplazan parcialmente. En efecto, desde hace cuarenta años se registran cambios demográficos que nos hablan de una transformación de la sociedad argentina con una marcada evolución hacia un clima de relaciones afectivas teñidas por el individualismo, la plasticidad y la reducción del número de miembros de los hogares. Esta tendencia se emparenta claramente con los cambios demográficos globales, también visibles en nuestra sociedad. Así, la familia tipo tradicional urbana, que es la familia moderna de pareja estable heterosexual con uno a tres hijos en promedio, viviendo en la misma casa con tareas divididas por rol de género estable -algo así como el modelo consagrado por la ideología dominante-, está cambiando bruscamente. Si para una biografía individual cuarenta años representa casi una vida completa en extensión, para la evolución demográfica de una sociedad son un marco muy breve. Este parámetro temporal nos muestra la magnitud de los cambios a los que asistimos, sin modelos rectores por ahora, en la forma de un desorden en principio poco comprensible.
Para apuntar un dato conocido: la familia típica del siglo XIX (compuesta por una pareja que vivía con otras generaciones mayores y menores bajo un mismo techo, con numerosos hijos) se extiende hasta los años veinte del siglo XX en la Argentina, y a partir de la crisis del treinta se va reduciendo hasta llegar a la familia tipo urbana y moderna que todos conocemos. Este reemplazo de modelo familiar llevó entre 150 y 200 años. En los últimos cuarenta años, y más marcadamente en los últimos veinte, se está registrando cambios vertiginosos que llevan la forma predominante a nuevos arreglos de convivencia, formas completamente diferentes e inéditas. Es un fenómeno muy interesante desde el punto de vista cultural pues se trata de cambios en las formas de vida y de organización para los que aún no se han generado modelos de convivencia o imaginarios con los que regular los conflictos y la cotidianeidad en esas familias y hogares que, por la fuerza de los hechos, ya cambiaron de estructura.
Algunos de esos cambios se emparentan con dos grandes revoluciones. La primera, la más famosa, es la que se conoce como revolución sexual, la liberación de los años sesenta, y la segunda, menos conocida, la revolución afectiva, un proceso paralelo al anterior con otro objeto aunque con consecuencias similares. Como ustedes saben, la revolución sexual -entre otras cosas- permitió controlar la natalidad y planificar la familia, lo que hizo que el número de hijos descendiera drásticamente, dando a las mujeres, especialmente en los países centrales, crecientes cuotas de libertad. Este cambio está en la base de una verdadera revolución corporal en la que los individuos se liberan de agentes de control externo, alterando radicalmente los regímenes de placer vigentes. Pero no voy a ahondar en este tema porque es algo relativamente conocido.
Me interesa especialmente detenerme en la llamada revolución afectiva, porque significó un cambio sustancial en la atribución de roles por género y llevó a una ruptura de los modelos tradicionales de ser mujer u hombre. Las familias tradicionales eran familias muy regladas, en el sentido de que había roles claros para el varón y roles claros para la mujer. El varón (en última instancia, la Ley) era el pequeño Estado de la familia y el que administraba -parafraseando a Weber- el monopolio de la violencia legítima, es decir, el castigo o la paliza cuando hacía falta. Era el que ponía los límites, el que decía no, el que reglaba mediante su autoridad la vida de los hijos en la casa. La mujer era la que administraba la vida doméstica, casi en un convenio implícito con el hombre, y fundamentalmente la encargada de restituir la frustración que generaba el padre a través del afecto, con la reinclusión de los hijos en el vínculo y la restauración de la armonía. De alguna manera, el lugar de la madre era el lugar de la comprensión, el cariño, la contención, el amor sin límites. Era una mujer que estaba lejos de una sexualidad liberada, que acataba los mandatos del marido y respetaba la pareja, funcionase o no, porque estaba legitimada por la tradición.
El marido, en cambio, podía ejercer su sexualidad fuera del hogar sin ser mal visto, manteniendo el vínculo de pareja aunque le provocara insatisfacción.
¿Qué significó la revolución afectiva en este contexto? Que el único vínculo que pasa a tener valor es el que se fomenta en el afecto. Esto supuso un cambio fundamental para las sociedades occidentales modernas. Una de las consecuencia fue que los varones que entraban a la adultez empezaron a discutir su lugar como castradores y frustradores de sus hijos, adquiriendo roles tradicionalmente maternales.
El cambio comienza a darse en los años sesenta y surge de una inversión en el modelo de socialización filial de los varones que empezaron a ser padres por esos años. Estos padres jóvenes dejan de identificarse con sus propios padres, y pasan a identificarse con sus madres. El desplazamiento de referente en la crianza funda una nueva relación con los propios hijos, más horizontal, más democrática, más comprensiva, más afectuosa. Obviamente esto altera los roles tradicionales de género, algo ayudado por la revolución sexual y la creciente autonomía que ganan las mujeres en los distintos ámbitos del trabajo o de los estudios superiores.
Se trata de un cambio importante que acompaña la centralidad creciente del
afecto para la constitución de los vínculos. Para las generaciones previas la frustración de los afectos no impedía la continuidad de los vínculos; en cambio, a partir de los años sesenta, cuando un vínculo no funciona se deshace. Es decir que empiezan a ser más importantes las personas y su sensibilidad, que los vínculos y sus obligaciones. Y esto es crucial para entender la conformación de los nuevos hogares, porque entre otras cosas va a empezar a crecer la separación, el divorcio y las uniones nuevas, las familias monoparentales y las familias ensambladas, formadas con partes de familias anteriores: hijos de distintas uniones conviviendo bajo el mismo techo, padres a tiempos parciales, nuevas parejas, más de una vivienda, etc., etc. Este panorama desarma por completo la familia tradicional, también la familia moderna, y genera una segunda transición demográfica hacia formas familiares plásticas.
Ilustremos la tendencia con datos censales. Las mujeres en unión consensual van aumentando de manera sostenida desde 1960 hasta el 2001. En la actualidad son el 27,3% ¿Qué quiere decir esto? Que para un número creciente de mujeres no es importante el vínculo legitimado por autoridades, sean religiosas o civiles, y va perdiendo peso en la conformación de los vínculos. Fijémonos en la otra fila, la de las mujeres en unión consensual en el segmento de edad más joven (24 a 29 años): allí el aumento es más sostenido y llega casi al 43% del total de las mujeres de esa edad en uniones, lo que refleja la tendencia creciente a futuro.
Primera consecuencia, aumenta el número de hijos extramatrimoniales: 24% a 38%, a 53%, entre 1970 y 2001. Evidentemente, la familia tradicional se ve debilitada. En un sentido similar se ve la tendencia con los llamados hogares unipersonales. Un hogar unipersonal es un hogar donde vive una sola persona.
Esto también habla de la tendencia al debilitamiento de la familia: normalmente ese hogar se componía de las personas que quedaban solas, por lo general viudas sin hijos. Ese tipo de hogar va pasando de 10,4% a 13% y luego a 15%.
Este grupo, hoy en día, registra la aparición de un fenómeno nuevo: el joven single que no conforma pareja y que decide vivir en soledad, hecho que afirma la tendencia descripta.
Cambiemos de tema y de fila. Si uno se fija en los hogares familiares, los hay completos e incompletos. Empezamos por los hogares conyugales completos, ahí están incluidos dos tipos de familias, las de unión única y las ensambladas, técnicamente hablando, de unión reincidente, es decir surgidas de una segunda unión. Más allá de esto, ese tipo de hogar –sin distinciones internas– va bajando del 85% al 83%, al 80%. Es decir que la familia conyugal completa tiende a bajar. En las antípodas, la llamada familia monoparental, donde vive solo uno de los padres con sus hijos, normalmente la madre, el típico hogar de jefatura femenina, aumenta a medida que avanza el tiempo: respectivamente pasa del 15%, al 17% y luego al 19,3%. Es decir que aumentan las familias fragmentadas por la separación y, en menor medida, por la viudez. Pero volviendo a nuestro 80% de familias completas, hay un segmento importante que son las familias ensambladas y que alcanzan un 18,1% (algo que sabemos recién a partir del último censo pues antes no se medían, lo cual produce una situación de precariedad que impide establecer la serie). Esto significa que si vamos recortando el universo de las familias (con un 20% de monoparentales y un 18%
de ensambladas), la familia tradicional, sin considerar el hecho de si tienen o no hijos (lo que también reduciría el porcentaje), es todavía mayoritaria aunque esté en clara retracción. No olvidemos el hecho de que en ellas un porcentaje importante está compuesto por uniones consensuales y el resultado es bastante distinto al que se sostiene, un poco automáticamente, desde el sentido común.
Recapitulando entonces: 1º) hay arreglos de convivencia novedosos; 2) cambian los roles de género; y 3º) aparecen nuevas figuras de la autoridad, una autoridad parental cada vez más debilitada en el seno de la familia y las instituciones.
Cuando la escuela tiene que ejercer la autoridad se enfrenta a un problema, porque el antiguo pacto familia-escuela, según el cual se reforzaba la autoridad
de unos y otros -pacto que en algunas situaciones era francamente autoritario-, está desarticulado y tiene que ser construido. Las familias actuales no socializan a sus hijos como las tradicionales, imponen con dificultad y de manera vacilante reglas y valores compartidos, situación que lleva a una forma de socialización muy compleja. Si vinculamos esto con los medios masivos de comunicación, que también socializan sin proponérselo, tenemos lo que en otros países más avanzados se conoce como “procesos de autosocialización”. Dicho de manera extrema: subsocializados por sus padres, sobresocializados por medios audiovisuales blandos y estructurados como un restaurante a la carta, los chicos en su proceso de socialización van eligiendo su propia aventura, como en aquellos famosos libros que tenían cincuenta finales abiertos. Una situación que comporta un nivel de complejidad para el que la escuela tradicional no fue pensada.
Cambios en la comunicación
Cuando se habla de masmediatización de la experiencia social se está hablando, de manera muy general, del avance de los medios masivos de comunicación y de su influencia en la cultura. La masmediatización se refiere a medios de difusión audiovisuales que tienen, por un lado, una alta concentración en el polo de la emisión y, por el otro lado, grandes masas indiferenciadas y anónimas de receptores. Es un proceso que consagra asimetrías crecientes, favorecidas por los enormes costos de inversión inicial, que dejan en carrera a grandes empresas y consorcios monopólicos enfrentados con masas receptoras cada vez más amplias e indiferenciadas. En este complejo paquete comunicativo, el medio más importante, sin ninguna duda, es la televisión. Este medio ha evolucionado a tal velocidad que en muchos casos deja perplejas a las miradas que tratan de comprenderlo. Para evitar esta dificultad, una aproximación histórica puede ayudarnos a iluminar mejor sus características actuales.
Podría distinguirse en principio un modelo de “paleo televisión” o televisión antigua, vigente en todos los países con características similares: pocas
emisiones y siempre concentradas; cuatro, cinco, como máximo seis emisiones de aire. Es el modelo de la antigua televisión abierta que tendía a congregar a las audiencias en el mismo horario, siguiendo los mismos patrones de programación.
Podría decirse que la programación de este tipo de canales estaba casi reglamentada, y rígidamente segmentada según el horario en el que se suponía que estaban determinados televidentes ante el televisor. De modo que los noticieros, por dar un ejemplo, se concentraban todos más o menos a la hora de la cena o del almuerzo, momento en el que estaba la familia reunida, al menos el importante sector de las que comían mirando televisión. En aquel entonces, la presencia de los aparatos en el hogar no era tan grande, había menos televisores por persona, hecho que presionaba hacia una audiovisión más familiar. La información iba en el momento de la comida, el entretenimiento venía después de la información, los programas de variedades normalmente iban a la tarde, orientados a mujeres que estaban en su casa haciendo las labores del hogar, amas de casa que respondían al modelo tradicional. Luego, cuando llegaban los chicos del colegio, empezaba la programación infantil, toda muy segmentada y por lo general coincidiendo en todos los canales a los mismos horarios.
¿Qué significa esto en términos más amplios? Que había audiencias relativamente cautivas, homogeneizadas por horario, en géneros específicos. En cuanto a la información dada a través de las cadenas nacionales, se producía una especie de nacionalización de las audiencias bajo los mismos contenidos informativos. Es decir, se trataba de una sociedad que estaba homogeneizada a través del medio.
Con el paso del tiempo, con diverso ritmo y características según el país, comienzan a aparecer sistemas televisivos novedosos. Sistemas que abandonan paulatinamente la gestión estatal, dando creciente lugar a la televisión comercial.
La privatización de canales instala nuevas estrategias de programación, orientadas a la captación de audiencias con el auxilio de las técnicas del marketing y del testeo previo de las propuestas. El objetivo es mejorar la actuación del medio en su competencia por capturar audiencias disputadas por distintas señales. Este sistema, poco a poco, fue dando origen a la fragmentación de las audiencias, siguiendo el objetivo de adecuar la oferta a la demanda, una demanda supuesta que se satisface con propuestas probadas técnicamente. Esto da como resultado un nuevo modelo de televisión que, con cambios tecnológicos como la televisión por cable o la satelital, tiende a consolidarse definitivamente.
Es el modelo por el que se segmenta definitivamente a la población en audiencias especializadas. Es importante tener presente que la relación medio-audiencia no es igual antes y después de este tipo de emisión, en la que el cable es paradigmático.
Con el cable se da una revolución tecnológica, cultural y social muy importante.
El cable permite técnicamente que haya un gran número de señales en cada hogar, difundiendo propuestas muy específicas. Así, las estrategias de emisión se liberan de las audiencias que seguían los ritmos laborales de la familia fuera y dentro del hogar. Aparecen canales de ficción emitiendo veinticuatro horas ininterrumpidas, cuando antes las películas solamente se veían después de la cena. El deporte, que ocupaba algún lugar en la programación de los fines de semana o en la sección específica de los noticieros, se convierte también en un flujo continuo. Lo mismo pasa con los dibujos animados, los canales destinados a las mujeres o los específicos para adolescentes y jóvenes. Es decir, hay emisiones paralelas que hacen posible que cada cual pueda armar su propia receta, viendo lo que quiere en cualquier momento. Es una tendencia en estado naciente, muy importante en la Argentina, uno de los países más cableados del mundo. Esta tendencia nos habla de un modelo comunicativo diferente, más segmentado y de flujo continuo, que con el tiempo se fragmenta más en la medida en que admite señales codificadas y por lo tanto audiencias más acotadas. Este paso, que siguiendo la lógica habitual comienza por los sectores de mayor poder adquisitivo pero se generaliza a medida que los costos bajan, profundiza la tendencia a la fragmentación: si cada televidente puede programar individualmente sus contenidos, la misma idea de audiencia general se vuelve ineficaz.
Habría que sumar un fenómeno de otro orden aunque igualmente interesante: el zapping, un ejercicio que los televidentes hacen, mitad muestra de insatisfacción y ansiedad, mitad rebeldía contra la programación. Estamos ante un televidente nervioso, ansioso, cambiante y permanentemente insatisfecho. Sin embargo el zapping, que supone cierta autonomía y soberanía de parte del receptor, termina siendo incorporado a las programaciones. En el nivel de los contenidos, por ejemplo, los géneros televisivos que antes estaban separados, definiendo espacios claros de ficción y no ficción, información y entretenimiento, cultura y espectáculos, interés general y particular, empiezan a convertirse en géneros confusos que todo lo acarrean con el fin de atrapar y fijar audiencia. Se generan propuestas omniabarcadoras, confeccionadas con lenguajes altamente seductores y livianos que incluyen la publicidad dentro de las emisiones de ficción y hasta dentro de los noticieros, haciendo de dos géneros tradicionalmente heterogéneos (la publicidad y la información) un lenguaje relativamente común.
Es lo que se llama “infopublicidad”.
Otro mecanismo de captación es el que surge de la hibridación con procedimientos propios de la ficción, por ejemplo, incluir el suspenso y el entretenimiento dentro del discurso informativo, para que sea más atractivo y seguido por una audiencia mayor. El resultado es el llamado “infoteinment”
mezcla de ambos, por el cual se afianza una tendencia ya dominante en la gran mayoría de los informativos masivos de la televisión argentina. La presión comercial por lograr altos niveles de rating lleva a que los informativos sean dirigidos por modelos y no por periodistas, a que las noticias políticas de agenda legislativa o policiales se presenten como si fueran novelas de suspenso (“Usted quiere saber qué pasó con la negociación por la nueva Ley de Educación, espere, después de la tanda volvemos...”), o a que se destaquen casos que carecen de interés público pero que tienen alto impacto emocional, como las pequeñas catástrofes familiares. Todo esto enmarcado con cortinas sonoras que anticipan el clima y letras e imágenes que editorializan entretenimiento. Esto obedece sin dudas a la necesidad de evitar el zapping, y tiende a producir una confusión de géneros mediáticos y una formidable fragmentación interna del discurso que recibe una ya de por sí fragmentada audiencia. Los rating altos conforman una de las paradojas de la televisión actual: generan una ilusión de comunidad, en el fondo, desarticulada.
Estamos ante una televisión que se obsesiona con la superación de la arreceptividad a la que tienden los aburridos receptores, suerte de sedentarios obesos simbólicos a los que hay que distraer con constantes cambios de estímulos. Ejemplo de ello son las tiras de ficción tan exitosas que han conquistado las grandes audiencias con: cambios de personajes, muertes súbitas, resurrecciones, cambios de identidad, vuelcos repentinos en la personalidad, personajes buenos que se pervierten y se redimen luego, curas que tienen relaciones sexuales, monjas asesinas, hermanos gemelos hasta el momento desconocidos, etc., etc. Temáticas escandalosas y jueguitos bastante inverosímiles surgidos de una vorágine comunicativa que exige cambios constantes, algo impensable para los antiguos modelos de televisión estatales, más estables, más controlados, orientados hacia audiencias más reflexivas.
¿Cuáles son las consecuencias de esta forma de comunicación? Al menos para la escuela, un enorme desafío, pues la televisión promueve un tipo de consumo de mensajes basado en la imagen, plácido, indoloro, altamente seductor. Un modelo de corto plazo, hedonista, de satisfacción garantizada en el que las generaciones jóvenes entran sin estaciones anteriores. Con excepción de las familias que confrontan el modelo comunicativo con comentarios, puntuaciones críticas y una cultura relativamente letrada que envuelve y debilita la eficacia comunicativa del medio audiovisual. Pero para la gran mayoría que carece de este acompañamiento decodificador, el consumo televisivo no exige trabajo, y en esto se asienta la eficacia comunicativa del medio.
Los nuevos medios masivos se adaptan muy rápido y generan una tiranía blanda
que se impone por seducción y consumo fácil. Por lo general, se piensa la dominación con el modelo de las estrategias duras, de imposición violenta y coactiva en la que no se da lugar a otras opciones o se exige una fidelidad a algo o a alguien bajo amenazas de castigo. La dominación entendida como violencia simbólica conduce de manera directa a formas duras de imposición. Ahora, cuando hablamos de una tiranía blanda, tenemos que imaginar una imposición que surge a través de la seducción. O sea, en vez de imponerse, seduce o mejor, se impone porque seduce. Se trata de un gesto más demagógico que tiránico, para decirlo con categorías clásicas. ¿Deja de haber dominación porque haya seducción? No. ¿Cambian las relaciones de fuerza con un mecanismo como este?
Tampoco. La consecuencia más alarmante es que dicho mecanismo proclama una cultura del no sacrificio, de la no inversión y del corto plazo. Un entretenimiento continuo orientado a inconformes permanentes. Esa sobreinformación de la que hablábamos es subinformante y el hedonismo del consumo inmediatista que promueve, un serio escollo para la escuela, deudora de modelos de socialización vinculados con tareas más trabajosas y exigentes, hoy en día opuestas a estas formas dominantes.
A modo de cierre: reflexiones preliminares en torno de la escuela y el currículum
¿Qué reflexiones y qué consecuencias prácticas podrían derivarse para la escuela secundaria y su currículum de la exposición de las transformaciones presentadas por Marcelo Urresti?
En principio podríamos afirmar que la matriz de la escuela secundaria moderna en la que nosotros nos hemos formado como jóvenes, para la cual nos hemos capacitado como profesionales y dentro de la que, al menos quienes tenemos más de cuarenta años, hemos iniciado nuestra experiencia profesional, sufre las dificultades de ajuste a la variedad y complejidad de la experiencia contemporánea de ser joven.
Recordemos, en principio, que la escuela secundaria fue concebida como una instancia institucional de la transición. En su remoto origen de la Edad Media europea el Colegio fue el lugar de alojamiento aquellos estudiantes provenientes de fuera de la Ciudad y en el que residían antes de ingresar a la Universidad;
más tarde se constituiría en lugar de formación otorgando el título de Bachiller.
En los siglos XVII y XVIII, el modelo del Colegio Jesuítico fue una instancia de preparación de jóvenes para las funciones de dirigencia que su origen social les deparaba como destino. Más recientemente, a finales del siglo XIX y a principios del XX, al mismo tiempo que se consolida la función propedéutica -la preparación para los estudios universitarios- comienzan a establecerse alternativas posprimarias que durante el siglo XX y luego de la segunda guerra mundial se articularán en subsistemas más o menos integrados. La función de la escuela secundaria como transición hacia estudios superiores o hacia el trabajo termina de consolidarse.
Así, podemos pensar que los jóvenes, dependiendo de su origen social, desarrollaron tres trayectorias típicas durante la segunda mitad del siglo XX. Por un lado las de aquellos que no ingresan al secundario y luego de la primaria se incorporan al mercado de trabajo, en segundo lugar quienes lo hacen luego de terminar la escuela secundaria y, finalmente, aquellos que prosiguen estudios universitarios y postergan el ingreso al mercado hasta finalizar de los estudios superiores. A pesar de las diferencias entre estos tres tipos de trayectoria cada una de ellas era bastante previsible para las familias. Las posiciones acerca de las funciones del colegio secundario se debatieron alrededor de su papel en la consolidación o democratización de estas tres trayectorias típicas. La extensión progresiva de los niveles de escolaridad obligatoria, las transformaciones del mundo del trabajo y las transformaciones sociales y culturales modifican este
panorama. Hoy es más difícil hablar de trayectorias típicas. Las que existen no son lineales ni progresivas, tienen contramarchas, son más extendidas en el tiempo o tienen destinos inciertos. Centrémonos en algunas de las características a partir de los tópicos tomados por Urresti y desarrollemos algunas reflexiones de corte pedagógico.
El currículum, en tanto organizador de los saberes y de la secuencia de su adquisición, no contempla –o lo hace con dificultad- la complejidad en las transiciones juveniles actuales. Mientras que la escuela tradicional prepara para - o al menos antecede- a la maternidad y a la paternidad, la escuela hoy en día asiste a la presencia creciente de adolescentes madres y padres. Si por definición la noción tradicional de estudiante excluye a la de padre / madre, hoy en día convive con ella. Tampoco la maternidad o la paternidad están asociadas a la noción de familia tradicional. La nueva pareja, cuando se constituye y pertenece a estratos de los llamados pobres estructurales, permanece en el domicilio original de uno de los conjugues y no supone, como en el pasado, la constitución de una unidad de socialización, en una “nueva familia”.
Como en otros casos que también veremos, para estos alumnos la linealidad y estabilidad de los tiempos de aprendizaje que supone el régimen académico se altera y exige otra distribución para el estudio. Esta alteración alcanza asimismo a los espacios y a la tajante división entre escuela y domicilio ya que la primera se ve alterada por la presencia de recién nacidos o por la exigencia de asistir al domicilio de la madre. Las mismas nociones de “fracaso” y “éxito” que, como hemos visto en clases anteriores, son relativas a trayectorias escolares ideales, deben revisarse y con ellas el conjunto de dispositivos pedagógicos que las regulan, como los sistemas de calificación, las acreditaciones, las evaluaciones, etc.
Tampoco las transiciones desde la perspectiva del ingreso al mercado de trabajo y a los estudios superiores son progresivas ni lineales. La confluencia de transformaciones sociales y exigencias de escolarización –empobrecimiento y ampliación de años de estudio- suponen trayectorias que contemplan el ingreso a un sector del mercado informal luego del egreso de la escuela secundaria y antes de pasar al escalón de la enseñanza superior. Asimismo durante la misma escolaridad secundaria se verifica la coexistencia del trabajo y del estudio o la intermitencia entre trabajo y escolaridad. ¿Cómo atiende el currículum a la coexistencia entre escuela y trabajo -informal inestable- de parte de un número creciente de estudiantes? En este caso, también por definición, la noción de estudiante secundario excluye a la de trabajador. El sistema educativo contemplaba, ciertamente de manera poco satisfactoria, esta coexistencia en el caso de la educación rural -en relación con el trabajo golondrina o estacional de las familias- o en el caso del subsistema de “adultos, para aquellos que habían
“abandonado” la escuela. La realidad es que la extensión de la escolaridad obligatoria acerca con más frecuencia las experiencias de alumno y de enfrentarse al mercado de trabajo y no pueden ser pensadas como casos excepcionales o atributos de poblaciones específicas.
Otro tópico que se ha visto es el de las familias y la llamada revolución afectiva.
Ya se ha señalado que la escuela se monta sobre la noción de durkheimniana de socialización –transmisión de las generaciones mayores a generaciones jóvenes.
Las nociones de “autosocialización” e incluso de “subsocialización”, que supone una menor ingerencia de la sociedad y de sus instituciones sobre los individuos y la preeminencia de la socialización entre individuos- nos obligan a poner nuevamente un interrogante sobre esta matriz conceptual. Ya es un lugar común afirmar que las transformaciones en la socialización ponen en cuestión a la autoridad. Y correlativamente en la escuela, junto con poner en cuestión a las figuras tradicionales que la encarnan -profesores, directivos- cuestionan al currículum en tanto depositario legítimo del conocimiento socialmente acumulado e incluso de la misma funcionalidad de su transmisión. La pérdida de autoridad del conocimiento por tradición o por transmisión de la “herencia de los mayores”
hacia una nueva autoridad por utilidad, aplicabilidad, proximidad generacional o
por estar basada en el interés del alumno, implica una dislocación de los valores sobre los que se apoya el conocimiento escolarizado así como de los supuestos temporales del currículum. En efecto, esto último se relaciona con la idea aceptada en el modelo de socialización durkheminiano acerca de que el tiempo de recepción de la cultura heredada es una inversión a futuro, un tiempo de espera que cumplirá promesas de bienestar y éxito futuros.
Finalmente, se ha visto que la experiencia de masmediatización conlleva una suerte de ruptura entre las fronteras de los géneros. La escuela secundaria basa gran parte de su relación con el conocimiento en el supuesto del género, no solamente en su acepción circunscripta a la de “género literario”, sino como una categoría de organización del discurso que establece fronteras entre lo verdadero y lo falso, la ficción y la realidad, la información y el entretenimiento, lo culto y lo no culto, etc. El universo mediático parece trazar un mundo en donde las distinciones culturales canónicas en las que se basa el currículum se ven diluidas.
Esta afirmación es válida para el conocimiento en general y para distintos campos del conocimiento en particular, sus distinciones internas y las jerarquías culturales que contribuyeron a construir. Una cultura impregnada de la experiencia masmediática instala nuevos regimenes de verdad, diferentes a los de la escuela moderna.
Parece necesario repensar las nociones de fracaso desvinculándolas del cumplimiento de tiempos y de regímenes académicos pensados desde una función escolar que integre y que no excluya; regímenes académicos múltiples concebidos para jóvenes con rasgos diferentes a muchos de los que componen la juventud actual. Imaginar propuestas curriculares que supongan regulaciones temporales diferentes. Repensar las relaciones personales y de autoridad inter a intra generacionales y un currículum que suponga una relación con el conocimiento basado en una gramática de géneros que den lugar a una experiencia cultural moldeada por la experiencia masmediática, sin reproducirla.
Bibliografía básica
Urresti, M. y Margullis, J., S/F La construcción social de la condición de juventud.
En Portal Programa Presidencial Colombia Joven.
Reguillo, R., 2007. Jóvenes, riesgos y desafiliaciones en Latinoamérica. En Revista Propuesta Educativa (28). FLACSO, Buenos Aires.