Según Aristóteles, toda acción y toda búsqueda humana tienen como fin algún bien, es decir, persiguen lo que es bueno para el hombre. El fin, la meta, debe ser humana, humanamente realizable por medio de la acción: en esta medida el bien mueve al hombre. El proceso de humanización coincide con la construcción del bien para el hombre, que solo se realiza en situaciones particulares. La estructura de la acción moral propuesta en la Ética a Nicómaco es la de un concreto saberse y
hacerse a sí mismo del hombre en sus prácticas (Martin-Fiorino, 1989).
A la acción moral, por ocuparse de un dominio en sí mismo no preciso, no le corresponde partir de principios ni buscar la exactitud, sino avanzar desde los hechos y la experiencia. En este terreno, la verdad hay que buscarla en el examen de las opiniones de los hombres experimentados y de los prudentes (Et. Nic. VI,
12, 1143 b 11). Sin ser saber científico-teórico (episteme), tampoco es saber técnico
(tekné), pues “el hombre no se produce a sí mismo del mismo modo como produce
cosas” dado que la meta de la producción es el producto, mientras que la de la acción es el hombre, mediado en su poiein (Martin-Fiorino, 1989, p. 33).
Los dos sentidos señalados no son opuestos, sino que se unen en el hombre: el saber propio del hombre acerca de lo que él mismo debe ser afecta su vida entera y enraíza en la praxis considerada en cuanto tal: acción que tiene en sí misma su
propio fin y cuya obra es el hombre mismo. Es el “advenir hombre en su hacer, como obrar-se en la praxis […] Sin ser saber de ciencia (epistemático) ni de tekné
(técnico), el saber es el de la prudencia (frónesis)” (Martin-Fiorino, 1989, p. 33),
que abarca todos los casos de lo que es bueno para el hombre.
Como hay muchas cosas buenas para el hombre, acerca de ellas es necesario ele- gir: entre los bienes posibles, no todos son compatibles (Martin-Fiorino, 1989). Es necesario reconocer una prioridad entre los diversos bienes y las actividades correspondientes a fin de “descubrir un bien más alto que todos los demás, que constituya un fin querido por sí mismo y con respecto al cual los demás son medios” (p. 33). En la perspectiva del saber del hombre, la cuestión es establecer cuál es el bien propiamente humano, el fin último del hombre.
Sobre este asunto, dice Aristóteles: “Si existe algún fin de nuestros actos que queremos por sí mismo y los demás en relación con él [...] hemos de precisar de manera general cuál es y a qué ciencias o facultades pertenece”. Avanzando en el propósito enunciado, afirma: “Parecería que depende de la ciencia principal y directiva por excelencia. Tal es manifiestamente la política, pues es ella la que establece qué ciencias son necesarias en la ciudad y cuáles debe aprender cada clase de ciudadanos y en qué medida” (Et. Nic. I, 2, 1094 a 27 ss.).
En relación con el fin abarcador de la política señala: “la política se sirve de las demás ciencias prácticas y legisla sobre lo que se debe hacer y lo que se debe evi- tar, el fin de ella comprenderá los fines de las demás ciencias; de tal modo, el fin de la política constituirá el bien del hombre” (Et. Nic. I, 2, 1094 a 27 ss.). Queda así
establecido que, para la realización del hombre, la vía es la política como ciencia eminentemente directiva (arkitektonikés). Ella es capaz de armonizar los distintos
elementos que concurren para la realización del hombre en la polis.
La felicidad (eudaimonia) es el nombre para la realización del hombre: sinónimo
de plenitud de lo humano, es el bien del hombre buscado por sí mismo como fin último y además realizable por el hombre (Et. Nic. I, 7, 1097 a 34). Aunque
hay acuerdo en el nombre, no lo hay acerca del contenido de lo atribuido bajo ese nombre. No obstante, es posible encontrar una cierta unidad entre sus
acepciones, y ello tomando por base la relación constante actividad-fin (Martin- Fiorino, 1989). El fin último “perfecto y suficiente” (Et. Nic., 1098 a 3) se alcanza
realizando la actividad propiamente humana y lo propio del hombre es actuar con reflexión (1098 a 3).
El bien humano es la actividad del hombre, como posibilidad y como la realidad de hacer bien lo que se hace (Et. Nic. 1098 a 12): “las cosas se hacen bien cuando se
hacen según la virtud adecuada; de este modo alcanza el bien del hombre (eudai- monia) el que actúa según la virtud: así la teoría de la virtud es el centro de la ética
de Aristóteles” (Martin-Fiorino, 1989, p. 34). La práctica de la virtud es necesaria como base, aunque no resulta suficiente: para alcanzar la felicidad se requieren también la concurrencia de circunstancias externas favorables (aunque las cir- cunstancias adversas ennoblecen al hombre virtuoso que las enfrenta), y otros bienes como la riqueza, influencia, el buen origen, la salud (p. 34).
Aristóteles propone, para aquellos que en la polis esclavista podían realizarlo, un ideal de vida razonable, al mismo tiempo que, poniendo la atención en la posibi- lidad de hacer operativas las opciones prácticas, describe las condiciones de “lo mejor posible”, ante el extremo de lo que es mejor en absoluto, pero imposible de alcanzar. Lo mejor posible impulsa a los hombres a prepararse para ir haciéndolo realidad a través de las capacidades y la acción virtuosa, y se asocia con una vida humana excelente; lo absoluto-imposible, en cambio, tiene un efecto de pasivi- dad y, a lo sumo, de contemplación.