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A posteriori, intentando un deslizamiento…

In document Fabian Sanabria - Tiempos Para Planchar (página 40-42)

Escuchar “Una muchacha y una guitarra” resulta embarazoso. Hay lugares a los que remite, hay sensaciones que creo comprender, pero sobre todo hay un sentimiento de extrañamiento. Resulta un “algo” completamente ajeno y, por lo mismo, muy complicado de transitar en busca de sentidos. Por eso, tal vez fue tan fructífero poder conversar acerca de este tema —desde un lugar próximo a la ignominia absoluta—con dos “extraños” interlocutores en la ciudad que vio nacer a Sandro, la cual luego le serviría de templo para su último adiós. ¿Qué queda por decir?

En ese descuadre de lo que es y lo que no, de ser un proyecto sin proyección, podemos concebir (y de hecho ahora lo entendería así) esa canción como algo efímero. Lo efímero siempre se entenderá como pluralidad. Es una singularidad plural, múltiple. Se constituye, siguiendo el brillante ensayo de Buci-Gluksmann (2006: 12), como ese intersticio siempre plural entre los espacios/tiempos que “hay” y los que “no hay”. Es un espacio, una grieta, comúnmente habitada y colonizada por el arte, dado que, como lo efímero, tiene la virtualidad de “tras- cender el tiempo por una cierta a-temporalidad muy a menudo simbólica” (p. 12). Con la precaución de no confundir lo que las personas “dicen que hacen” con lo que las personas “hacen efectivamente”, me referiré a las conversaciones con mis interlocutores al hablar ahora de ellos. Al final, lo que decían que hacían constituía además un hacer efectivo, y por eso se puede inscribir ese decir en el hacer de ellos/nosotros. Al romper con un esquema lineal y hasta cíclico del tiempo y de los espacios, lo efímero inaugura una perspectiva y simultáneamente un escenario que contempla un pasado abierto y que, por lo mismo, concibe lo actual como “a-presente”, bajo la forma plural de los, aquí y ahora. El tiempo de los logra escapar a lo cíclico y a lo lineal de manera simultánea, dejando una suerte de salida rapsódica que recompone el relato de lo real por los corredores donde transita el sentido, desde una perspectiva simbólica. Ese es el movimiento que termina trazando, de manera im-posible, el sentido que se mueve en “Una muchacha y una guitarra”: uno que no encuentra un emplazamiento temporal o espacial concreto, pero que halla en la huida, en esa migración continua, el combustible que le permite simultáneamente re-hacer y circular el sentido mismo.

De tal forma, esta imagen de lo efímero, su instantánea, se enmarca en la fugacidad del movimiento por hacer presente lo que a este no le pertenece: fragmentos inmovilizados del tiempo que por lo mismo son pura permanencia. Ahora bien, esa permanencia es la estética de lo efímero (Buci-Gluksmann,

2006), pero no conlleva un valor intrínseco. Es decir, puede estar presente en el vacío de correspondencia, que no siempre denota inmutabilidad a través del tiempo; además, porque lo efímero, recordémoslo, trasgrede cualquier esquema temporal, le da otra vuelta a esa incomodidad permanente que mis interlocutores siempre pusieron sobre la mesa al referirse a la canción.

Pero no vinculemos lo efímero con lo liviano, en contraposición de lo pe- sado. Aun cuando se le pueda relacionar y agrupar con la ligereza, lo efímero se debe entender como otra mutación de ese afán por romper y re-inventar las coordenadas de espacio y tiempo: no es posible anclar en el espacio lo ligero, ni cronometrar lo fluido. Es en ese eje de coordenadas inciertas donde se mueve el sentido y la incomodidad de algunas emergencias artísticas. En lo referente a las coordenadas temporales, Buci-Gluksmann genera esa lógica de los para poder enmarcar lo efímero como eterno presente, como instantaneidad y renovación permanente de lo cotidiano. Por eso opera como una “captación del instante por el instante” (Jankélévitch, Le je-ne-sais-quoi et le presque-rien, citado en Buci-Gluksmann, 2006: 25). El sentido entonces no puede ser atrapado en uno u otro fragmento de la letra, ni en uno u otro contexto histórico de análisis o de consumo. Es precisamente en la conjunción, en la mezcla indiferenciable de esos tiempos, de esos espacios y contextos, donde se puede empezar a respirar el aroma de esa muchacha, donde se puede empezar a entender la melodía de esa guitarra.

Lo efímero es entonces un espacio de cruce y dislocación simultánea entre lo melancólico (que remite a lo uno y a lo otro) y lo cósmico (que remite a lo uno o a lo otro). Y desde esta perspectiva, Buci-Gluksmann (2006: 27) podría coincidir instintivamente con la conceptualización de “ficción” que desde hace varios años ha hecho Marc Augé (2001: 9). Si logramos un acuerdo en lo ante- rior, lo efímero es la ficción, y lo ficcional es el producto de ese espacio/tiempo que es lo efímero. Así, la existencia efímera está en lograr ser lo que no se es, y no ser lo que se es. Por eso mis interlocutores, cada uno desde su postura, no lograban (y yo mismo tampoco lo logro) articular un concepto unitario, una opinión estética, ética, moral, política o ideológica completa, cerrada. Por eso es imposible hablar de lo que despierta o remite esta canción sin caer en impases, en contradicciones lógicas. Porque ese sentir, que responde como en su época a una torsión simbólica, a un discurso del cuerpo, no se deja fotografiar, y apenas nos coquetea desde un rincón de la etnografía como un hecho inalterable, pero incapturable. Así, los sentidos que habitaron y los sentires que habitan esa mu-

chacha y esa guitarra, se constituyen como efímeros completos (en la profunda contradicción que esto implica), para escaparse y re-componerse cada vez que son visitados por el oyente, el crítico, el caminante.

Ese quiebre de estructuras espacio-temporales implica la necesidad de un nuevo marco teórico-metodológico para el análisis de cualquier producto deontológico, efímero o ficcional. Tal marco resulta ser la heterotopía, categoría que Foucault (1984) construye para referirse a esos espacios (y por consiguiente tiempos) otros, por los que circula el sentido que responde a otras lógicas. Este efímero que se cuela entre las coordenadas espacio-temporales se conceptualiza de manera compleja como heterotopía, surco desde el que germina y fruto que de él se desprende, a la vez. Ahora bien, si el lugar desde el que canta/compone/ escribe Sandro resulta una heterotopía, y su producto constituye a la vez una de estas, queda entonces indagar de qué tipo se trata, y a partir de eso aventurar los posibles recorridos que desde ese lugar absolutamente otro se logran filtrar a la virtualidad de lo real, así sea (y ojalá lo fuese así) bajo la forma de ficción: los tránsitos que conectan esa heterotopía con el tropos que habitamos.

Si nos acercamos al video de “Una muchacha y una guitarra” y lo relaciona- mos con el contexto histórico que lo posibilita, por un lado, y con el escenario presente, por otro, tendremos una tripleta de heterotopías para analizar. Pero, ¿por qué el pasado “real” y el presente “actual” constituyen heterotopías? Las conversaciones con mis interlocutores en Buenos Aires me ayudaron a entender ese dilema.

In document Fabian Sanabria - Tiempos Para Planchar (página 40-42)