Cuando regresamos de la tienda el ambiente ya había tomado un aire más feme- nino, más nostálgico y las lágrimas estaban a punto de brotar ante esas ilusiones que hablaban de los hijos, del amor, de los sueños de un hogar, todas ellas tan ajenas para nosotros los hombres; sin embargo, tan significativas: el espacio se había transformado en un escenario absolutamente otro; el pasado trastocado por un ritual había vuelto al presente. Mi madre que siempre se mostraba tan indiferente a la “emocionalidad” había cedido y sentía con fuerza el momento en que también dejó su casa; Martha tenía un espíritu generoso y mi padre y yo en nuestra alienación no éramos partícipes todavía. Oportuna Martha, pues pidió justamente la canción que me tocaba trabajar. Me hizo encender el computador, así como conectar el disco que había traído. Y la música empezó a sonar:
Yo soy rebelde
porque el mundo me ha hecho así porque nadie me ha tratado con amor porque nadie me ha querido nunca oír.
En ese instante me incorporé; también yo sentía con fuerza ese amor ausente y anhelado, causa de mi opción por la rebeldía, una aspiración por una libertad ilimitada. Mi mamá, quien en su momento también huyó de su casa, hacía refe- rencia a ese sentimiento de la rebeldía: no se sentía autónoma así no supiera (ni precisara) definir libertad; la necesitaba, era absolutamente consciente de que la vida con la que había nacido no era su vida, y que necesitaba cambiarla. Debía
entregarse a aquello sin control, a aquello no determinado por reglas ajenas, al absurdo de amar, pero no necesariamente a una persona, sino a través de esa experiencia, como con las palabras de Martha: enamorada de la vida, enamorada de los hombres, un sentimiento vital.
Y es el momento para Jeanette, en su canción, de buscar todo aquello que pidió pero que siempre le negaron sin razón, y de ser “como el niño aquel, como el hombre aquel que es feliz”, y soñar y vivir y olvidar el rencor, y sentir solo amor. Aquí encontramos el sentido de la ilusión, una ilusión a la Baudrillard, según la cual se juega al todo por el todo en una sola carta, cuando sentimos que deja- mos la casa, la familia, las reglas, los mandatos y el hogar, y tomamos la mochila para arrojarnos a lo primero que vemos, como Martha, que se casó; mi mamá, que siempre creyó en reformas agrarias, o yo, que me inventé esta profesión por falta de oficio.
Es un momento bello, de júbilo, de autonomía, pero caduco en la medida en que las ilusiones vienen con fecha de vencimiento, y el hecho de poseerlas hace fenecer las facultades del espíritu. El horror llega cuando la esperanza y las utopías se realizan, o más bien cuando se estrellan ante la realidad, porque uno entiende que eran inútiles en sí, que no valían la pena, y es tal vez por ello que la cantante Jeanette parece una estatua y hace un coqueto guiño al presentir lo que sucederá. En el video más clásico de “Soy rebelde”, ella aparece rodeada de espejos, esferas y lentes que cuelgan, desenfocan, distorsionan y tocan puntos cie- gos de la cámara: el mundo se mueve velozmente, pero ella ni se inmuta; si acaso mueve sus brazos hacia su melancólico rostro y deambula luego por el escenario.
Después uno es consciente y se hace el que no entiende, mucho antes de en- contrar a aquella persona amada, pues se presiente el autoengaño de amar a otro incondicionalmente. Es por eso que son distintos el amor y el enamoramiento: la primera vez que me abandonaron, lo hicieron con la frase: “yo te amo, pero ya no estoy enamorado de ti”. Años me costó entender esa frase, comprender que experimentar el amor es vivir como en una prisión donde no hay movimiento, donde no hay misterio ni motivación, a tal punto que no se goza de libertad alguna; es por esta causa que después se percibe la ingenua impresión de haber salido de una cárcel para entrar en otra, o la cristiana imagen de sentir que uno le ha vendido el alma al diablo cuando el amor acontece. Dejándonos de simonías, convinimos que el enamoramiento se basa en la inseguridad, en esa “desconfian- za camuflada de entregarse al otro”, la cual permite cierto movimiento o, en el
caso de las ideologías como una suerte de “aspiración a la revolución imposible” dada, la ética de sus participantes.
Quienes aún creen en la verdad, no se percatan del absurdo ciclo que se repi- te, pues se vuelven a enamorar y a rebelar, para luego desilusionarse al alcanzar un nuevo querer: dan su vida apostándole al todo hasta que la existencia fenece. Vivimos inevitablemente en el absurdo, ese absurdo tan caro a Albert Camus (2010) cuando en repetidas ocasiones nos evoca el mito de Sísifo, de cuya per- catación nace el sentir de aquel hombre absurdo que ha hecho conciencia de su inadecuación: “No creer en el profundo sentido de las cosas es lo propio del hombre absurdo […]. Porque el hombre absurdo es aquel que no se separa de su tiempo”. La creencia ya no reposa en sí misma, pues somos conscientes de la inutilidad irrevocable del amor, de la revolución, de toda clase de rebelión, de cualquier sentido de la vida misma. Y ¿ahora qué? Nos hemos transformado en seres desganados, desilusionados que deambulan —como Jeanette, quien ni siquiera corre desesperada a alcanzar su idilio rebelde, al cual le da un toque de falsedad inevitable—; en consecuencia, nos quedamos quietos y sufriendo por aquel ideal no alcanzado; tal vez damos por perdidas las cosas mucho antes de luchar por ellas, nos adelantamos al absurdo de arrastrar la roca de Sísifo hasta la cima de nuestras montañas imaginarias, para sentarnos luego a suspirar por el momento de llegar a la cúspide, a sabiendas de que nuestra carga volverá a rodar cual sumisa depresión.
La etnografía fue avanzando durante toda la noche; tan sutil fue el ejercicio (o tan tremendo nuestro alcoholismo) que a las cuatro de la mañana todavía Martha preguntaba qué era lo que yo necesitaba hacer para mi trabajo; por la gracia de Krishna ya era demasiado tarde y dimos por terminada la reunión. Lo que yo no alcancé a proyectar fue que me esperaba una sesión de “psicoterapia” con mis padres.