• No se han encontrado resultados

Tres palabras cortas pero tristes de decir Parece cinismo, he dicho.

In document Fabian Sanabria - Tiempos Para Planchar (página 112-117)

Mujer: Tres palabras cortas

pero tristes de decir.

Hombre y Mujer: Adiós, uh-uh-uh-uh

te quiero.

Hombre: Yo nací de tierra

Mujer: Como la cigarra

tienes alma de juglar.

Hombre y Mujer: Pero tú eres

mi guitarra al caminar, y si me quieres encontrar búscame.

Ruptura ambigua, signada por la imposible quietud que impone la esencia de este hombre que canta, terrícola errante. No conocemos el motivo racional o sentimental de esa inminente partida. Parece el sometimiento a una naturaleza: a un “porque sí”. Ni hartazgo ni despecho, es el cumplimiento de una condición conocida de antemano por la abandonada (Como la cigarra / tienes alma de juglar).

Sin embargo: se quieren. ¿No es esto una contradicción? ¿Acaso en una España todavía franquista el amor no era “hasta que la muerte los separe”? Aún hoy, una perspectiva básica del amor, ¿no consiste en la dicha de permanecer con lo amado? Atendiendo a la literatura rosa, a las telenovelas menos inteligentes —porque hay algunas telenovelas inteligentes—, a las comedias románticas más sosas y a la retórica amorosa de los libros de autoayuda, habría que responder a estas preguntas que sí. Que la canción enuncia un oxímoron, que el amor debería ser hasta que la muerte nos separe, y que la dicha consiste en permanecer con el objeto del afecto. Es más, si uno se viera forzado a utilizar un argumento ilustre, podría echar mano de infinidad de citas de poetas, escritores y pensadores, desde que se inventó la escritura. O, si estuviera obligado a respaldar las respuestas con una etnografía de “los mundos contemporáneos”, bastaría con un pequeño inventario de los estados de Facebook de algunos conocidos. Por supuesto, no voy a intentar si quiera una enumeración, forzosamente arbitraria e infinitamente insuficiente. Más por cinismo que por cualquier otra cosa, y para ilustrar, corto y pego un fragmento de Pausanias en El banquete (Platón, 1871: 312):

Llamo hombre vicioso al amante popular que ama el cuerpo más bien que el alma; porque su amor no puede tener duración, puesto que ama una cosa que no dura. Tan pronto como la flor de la belleza de lo que amaba ha pa- sado, vuela a otra parte, sin acordarse ni de sus palabras ni de sus promesas.

Bien visto parece el texto en el que se basó Pío XI para la encíclica Casti Con-

nubii, sobre el matrimonio cristiano. Dice que por amor

[...] se juntan y se funden las almas aun antes y más estrechamente que los cuerpos, y esto no con un afecto pasajero de los sentidos o del espíritu, sino con una determinación firme y deliberada de las voluntades; y de esta unión de las almas surge, porque así Dios lo ha establecido, un vínculo sagrado e inviolable (Pío XI, s. f. [documento en línea]).

Siendo así, no quedaría más que aceptar que la canción nos presenta a un cínico, a un pecador, a un desdichado irredimible.

“La desvergüenza en el mentir” del hombre de la canción parece multipli- carse si se atiende al “búscame” con el que remata una despedida voluntaria, arbitraria, injustificada dada la magnitud de la renuncia: dejar a la amada. “Yo nací de tierra / y la tierra debo andar” no es una explicación, es casi una excusa vergonzosa. Siguiendo a Eloy Fernández Porta, tal posición no solo implica el riesgo de dejar efectivamente el amor, también significa dejar de ser el macho que parece ser: “cuando alguien intenta poner fin a una relación con argumentos rebuscados no solo pierde toda credibilidad, sino que puede perder su género. Los hombres-hombres dicen: ‘¡corto y que te zurzan!’; los que se lían buscando excusas no son hombres” (2010: 342). El Sergio que canta no es un Don Juan en desbandada, y no enuncia simplemente una partida, un abandono; la falta (fe- menina del cantante) se revela todavía más en la solicitud de que la abandonada lo siga: “Me voy sin motivo suficiente, pero búscame”.

Uno podría decir: ¡si la quiere y quiere que lo busquen para qué se va!, pero hay que tener cuidado, porque la elección hecha para los versos a dos voces es muy elocuente. Después de la despedida, el hombre y la mujer se dicen a dúo: “y si me quieres encontrar / búscame”. La mujer también participa del juego. Ella también está reclamando ser buscada. Por tanto, lo que se reclaman ambos no es el reencuentro sino la ausencia, donde la búsqueda es posible, donde no importa quién encontrará a quién —ni siquiera, si se encuentran—, y mucho menos quién es “el hombre” (el que busca y abandona), o quién es “la mujer” (la que acepta y recibe) de la pareja.

Sergio y Estíbaliz, matrimonio feliz desde esos tiempos de la dictadura, se- rían quizás los primeros en responder afirmativamente a las preguntas hechas antes, declarándose cínicos. Por fortuna su puesta en escena deja, al paso de los

años, un énfasis más interesante: el “uh-uh-uh-uh” que hay entre el “adiós” y el “te quiero”. Exclamaciones que no tienen más intención que mostrar lo que se calla al decirlas. Intimidad. Coquetería pura.

Uh-uh-uh-uh

¿Y qué tal si la canción no es una despedida y se lee en clave lúdica? De jugue- teo, de coquetería. ¿Qué tal si la propuesta no es el acabamiento aburrido de una relación estable sino el infinito? Tal vez sin quererlo Juan Carlos Calderón, compositor de la canción, entrega indicios para una lectura así.

Mujer: Yo te he dado techo, fuego, amor, comodidad. Hombre: Yo te haría un lecho

con la arena de la mar.

Hombre y Mujer: Si tú uh-uh-uh-uh lo quieres.

Nuevamente se encuentra el “uh-uh-uh-uh” donde cabría el “sí-sí-sí-sí lo quiero”. Pero no, sin ser una negación en redondo, y mucho menos el silencio de “el que calla otorga”, es el indeterminado que no entrega pero expresa un anhelo, casi una promesa. La respuesta es más fina: alarga el juego.

La canción continúa y entrega otra pista: “Mujer: Eres como un cántaro imposible de llenar”, como diciendo para quien quiera entender: “es usted el que se lo pierde”, y remata, devolviendo el cinismo: “búscame”. Este mensaje entre líneas configura lo que para Georg Simmel es uno de los rasgos típicos de la coquetería: “la afirmación de lo que en realidad no se cree, la paradoja, cuya sinceridad siempre es dudosa, la amenaza formulada en broma, la autodenigra- ción del fishing for compliments” (2002: 147). Hay que insistir: no es ni el sí ni el no, tampoco el “depende”, que implica una condición (“solo si te quedaras”). Es un intersticio, una grieta negra, incognoscible; una invitación a internarse en ella. El resultado del descenso se resolverá —tal vez, y solo tal vez— en un sí o un no sincero. La coquetería es la invitación a la aventura. Es un fino sarcasmo de quien se ofrece escapándose, frente al cual no se puede saber con certeza si se ríe de sí mismo o vacila al otro. Mas el juego continúa indefinidamente. Por el momento: queda la duda, la esperanza, la posibilidad de réplica que exige el “búscame”. Como el arte, es una “finalidad sin fin”…

“La coquetería es una promesa sin garantía”, escribió alguna vez Milan Kundera. Lo que completa la paradoja en la canción es el cumplimiento del objeto de esa garantía —el amor—; salimos pues por exceso del terreno de co-

quetería, y nos encontramos de golpe en el vacío de la seducción. Ya sabemos, los

amantes no se cansan de repetir desde el principio que se quieren. Redoblan su compromiso; no obstante, convierten la separación en el objeto proyectado de esa garantía. El “búscame” implica el compromiso de no encontrarse, de man- tener ese amor a fuerza de no estar. Lo que expresa la canción, en un sentido más profundo, es una apuesta irresistible, mucho más interesante que “el fuego y la comodidad” que podrían darse los enamorados. Apuestan a la carta vacía de la ausencia. Allí y solo allí es posible la presencia sentimental del otro. “Que no haya cuerpos que contaminen esta deliciosa entelequia”, escribió un poeta.

Siendo la ausencia el territorio de la búsqueda, siendo la ausencia la condición de la presencia, no tiene sentido hablar de ruptura, de desamor o de abandono. La relación que proyecta la canción no tiene cumplimiento, ni despechos, mucho menos revanchas. Es el puro “arte de la desaparición”.

No es, por consiguiente (como en el amor), el lugar de nuestra semejanza, ni el tipo ideal de lo que somos, ni el ideal oculto de lo que nos falta, sino el lugar de lo que se nos escapa, por el cual nos escapamos de nosotros mismos y de la verdad (Baudrillard, 2001: 56).

Es una evasión que ata indefinidamente, sin esperanza. Si la coquetería es una “finalidad sin fin”, la seducción es el fin de la finalidad. Quién lo creyera, lo que proponen Sergio y Estíbaliz es una burla, un jugueteo serio y encantadoramente radical sobre el amor.

Nada más desgarrador que una voz amada y fatigada: voz extenuada, rari- ficada, exangüe, podría decirse, voz del fin del mundo, que va a sumergirse muy lejos en aguas frías: está a punto de desaparecer, como el ser fatigado está a punto de morir: la fatiga es el infinito mismo: lo que no termina de acabar. (Barthes, 1993: 98)

Esto lo escribió Roland Barthes en Fragmentos de un discurso amoroso a pro- pósito del fading, el desvanecimiento, la desaparición. “Búscame”, canción que se canta feliz, invierte el signo negativo de esa inminencia del abandono: lo

convierte en grado cero, en condición esencial, en origen y perennidad elegida. Sin embargo la fatiga, en este caso, el cansancio de la ausencia, implicaría el encuentro, esto es: la muerte. Así —de rebote—, Barthes vuelve a tener razón.

Está claro que este tipo de seducción no puede explicitarse. Hablar de ella con su nombre sería acabar con ella. Los amantes no son conscientes de su juego. No pueden estarlo; están tan embelesados, tan concentrados en dejar que el otro se vaya, que no hay palabras para expresar lo que —en todo caso— no saben. Se están condenando. Y nuevamente Barthes (1993: 64) proclama un eco que a veces va en contracorriente de su discurso: “Hablar del regalo es colocarlo en una economía de intercambio (de sacrificio, de subasta, etc.); a la que se opone el gasto silencioso”. Continúa el autor (1993: 83):

El errabundeo no alinea, seduce: lo que vuelve es el matiz. Voy así, hasta el final del matiz, de un matiz a otro (el matiz es el último estado del color que no puede ser nombrado; el matiz es lo Intratable).

El reto no termina aquí, por supuesto. Los amantes no tienen otra certeza que vivir buscándose, no para encontrarse, simplemente para seguirse buscando. ¿Una intención así es posible para nuestros contemporáneos? ¿En un mundo de relaciones frágiles, caracterizadas por la posibilidad de múltiples y sucesivas conexiones, es posible no encontrarse?

In document Fabian Sanabria - Tiempos Para Planchar (página 112-117)