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I. Desazón y esperanza

En la Iglesia actual existe mucha desazón. No son pocas las personas que ponen en duda que esta Iglesia tenga todavía futuro. Creen que la Iglesia se ha encastillado hasta tal punto en sus estructuras y se ha involucrado tan profundamente en el sistema de nuestra sociedad que, al menos de momento, resulta difícil anticipar qué evolución va a experimentar. Ello es tanto más cierto cuanto que hoy en todos los ámbitos de la vida se están produciendo rápidas transformaciones, a las que solo cabe hacer frente con perspicacia intelectual y agilidad. Pero la Iglesia parece haberse colocado en gran medida a la defensiva; apenas se perciben impulsos que señalen hacia el futuro. Antes al contrario, la Iglesia se muestra en gran medida como gobernadora de lo pasado y lo existente, como traba para desarrollos valientes y cargados de porvenir.

Dejemos de lado la cuestión de hasta qué punto es certero el análisis que acabamos de exponer. En cualquier caso, la desazón, el malestar que en él se articula es un hecho. Esta desazón tiene múltiples causas. En lo más hondo se trata de una crisis de confianza en las convicciones y los valores fundamentales de la Iglesia, así como en las instituciones que la representan. En una crisis de confianza análoga se encuentran en la actualidad la mayoría de las instituciones sociales. Así y todo, una crisis semejante tiene que repercutir de manera especialmente negativa en la Iglesia, puesto que ella depende por esencia de la libre adhesión de sus miembros y de la convicción interior de estos. Si la Iglesia perdiera esa fuerza interior de convicción, no habría más remedio que darla de hecho por muerta, aunque aún conservara durante un tiempo un cierto poder exterior y una cierta vigencia social.

Los teólogos no son adivinos. Nadie es capaz de predecir con seguridad cómo será en concreto el futuro de la Iglesia. Pero sí que podemos asomarnos a la historia de la Iglesia y constatar que crisis como la que hoy atravesamos se han padecido con anterioridad más de una vez. A menudo se ha dado a la Iglesia por muerta: bajo el papado renacentista y durante la Reforma, en la Ilustración y a comienzos del siglo XIX, cuando la Iglesia perdió el gran poder exterior y el resplandor de que había disfrutado hasta entonces. Una y otra vez se han pronunciado oraciones fúnebres por la Iglesia, y una y otra vez se ha abierto paso un imprevisto movimiento de renovación, del que la Iglesia ha emergido con una forma nueva, por regla general más modesta exteriormente, pero, en contrapartida, más rica interiormente.

Cabe objetar que el cuestionamiento es hoy más radical y universal. Pero también se puede preguntar a la contra: ¿de dónde se supone que vendrá –si acaso– una renovación de nuestra sociedad? ¿De dónde debemos y podemos esperar hoy nuevos impulsos y nuevos criterios? Si miro a mi alrededor a las energías intelectuales que determinan el presente y si considero además críticamente la tradición de la humanidad, no encuentro a nadie ni nada que resulte más convincente que la persona y el mensaje de Jesús de Nazaret. Su mensaje sobre el amor –avalado por su propio compromiso sin reservas por los hombres, que le llevó a un conflicto letal con los poderes seculares y religiosos de su época– es justo lo que necesitan los seres humanos. Pero la Iglesia no es

sino la comunidad de quienes han sido convencidos por Jesús y creen que él es el futuro definitivo del mundo. La Iglesia es la comunidad de quienes han sido cautivados por Jesús y están dispuestos a llevar adelante su «causa», en la confianza de que el futuro pertenece a esta.

II. Unidad y pluralidad en la Iglesia

La tesis recién formulada es –si se considera con detenimiento– un principio eminentemente crítico. Pues afirma que la Iglesia no está en primer lugar allí donde se encuentran las instituciones y organizaciones eclesiásticas. En los últimos siglos, el acento se ha puesto casi exclusivamente en lo institucional. La Iglesia se entendía como una institución estructurada por los ministerios eclesiásticos que se recapitula de nuevo, de modo sublime y sumamente eficaz, alrededor del papa. Ahora bien, a buen seguro sería insensato negar que este es asimismo un aspecto que forma parte esencial de la Iglesia. En un mundo de instituciones poderosas, ni el individuo ni la Iglesia podrían afirmarse en su libertad sin la protección de elementos institucionales. Pero, bien mirado, en el futuro este aspecto institucional de la Iglesia solo mantendrá, como Karl Rahner afirmó hace poco, la función de un elemento regulativo. Otro aspecto será el decisivo: la Iglesia como comunidad de aquellos que han sido cautivados por Jesucristo, participan de su Espíritu y dan testimonio de su mensaje. Esta tesis representa, en una formulación algo más libre, la más antigua definición de la Iglesia, que el concilio Vaticano II ha vuelto a poner en primer plano.

El Espíritu sopla donde quiere y como quiere. Se sirve de formas institucionales, sin atarse, no obstante, exclusivamente a ellas y mucho menos agotarse en ellas. La mayoría de los impulsos en la historia de la Iglesia no han procedido «de arriba», de los ministros eclesiásticos, sino «de abajo», de mujeres y varones que en sus respectivas situaciones comprendieron lo que significa y exige el ser cristiano y lo llevaron de nuevo a la práctica, por regla general de manera muy revolucionaria. A este respecto puede pensarse en Francisco de Asís, Bernardo de Claraval, Catalina de Siena y muchos otros; ellos y ellas marcaron la historia de la Iglesia de su época mucho más decisivamente que los papas y obispos coetáneos. Por eso, si queremos saber qué es la Iglesia y cómo se encamina hacia el futuro, debemos mirar en primer lugar a los grandes santos del pasado.

Hoy no podemos imitarlos sin más; más bien debemos dar, como hicieron ellos y ellas,

una respuesta creativa a las preguntas de nuestra época.

Los dones y encargos del Espíritu necesarios para ello se denominan ya en la Escritura carismas. Este término no se debe entender como referido primordialmente a fenómenos extraordinarios, tales como, por ejemplo, los milagros o el «hablar en lenguas» del que tenemos noticia en tiempos bíblicos. Según el apóstol Pablo, cada cual tiene su carisma; cada cual debe defender y realizar la «causa» de Jesús del modo más acorde con su persona. De ahí que el apóstol enumere toda una serie de tales carismas: los ministerios de apóstol, profeta y maestro; energías taumatúrgicas; ministerios de sanación, asistencia, gobierno y gestión; hablar en éxtasis (cf. 1 Cor 12,28; cf. Rom 12,6- 8; Ef 4,11). Estos dones del Espíritu pueden cambiar según la situación; dones antiguos pueden pasar a segundo plano, dejando paso a otros nuevos, según las cambiantes necesidades de la Iglesia y de los seres humanos. Si miramos a nuestro alrededor en la Iglesia actual, podemos mencionar, entre otros, los siguientes: catequistas, enfermeros, escritores, artistas, gestores, educadores, trabajadores sociales, cooperantes, médicos y, por supuesto, sacerdotes. Todos ellos pueden desempeñar un servicio eclesial.

Por consiguiente, afirmamos que en la Iglesia siempre debe existir diversidad de

servicios o ministerios carismáticos. Estos son, para la realización del encargo confiado

a la Iglesia, tan importantes al menos como los ministerios eclesiásticos en sentido estricto. Cuando intenta salvaguardar la unidad y el orden entre estos múltiples ministerios, Pablo no dice: todos debéis obedecer a vuestro párroco y a vuestro obispo. No, más bien afirma: debéis respetaros unos a otros; todos debéis esforzaros por no pensar en vuestros propios intereses, sino en el bien del conjunto. Nadie debe dominar, todos debéis servir a los demás. Solo esa actitud resulta acorde con el Espíritu de Jesucristo, del que todos sois partícipes.

III. La Iglesia como sistema abierto

Si se toma en serio la estructura carismática de la Iglesia, de ahí resulta que, conforme a su esencia, la Iglesia en modo alguno es, como pueda parecer desde fuera, un sistema cerrado en sí y que gira exclusivamente en torno a sí misma, un sistema susceptible de ser manipulado unilateralmente desde un punto interior a él y en el que desde una determinada posición resulte posible sofocar todos los molestos impulsos de una vida libre. Aunque algún que otro «mandarín eclesiástico» conciba así a la Iglesia y quiera manejarla y gobernarla en consecuencia, la Iglesia no es, ni por esencia ni por historia, un sistema cerrado, sino un sistema abierto. Qué sea eclesial y qué deba ser tenido por tal es algo que tiene que determinarse por medio de la interacción abierta y libre de todos los miembros de la Iglesia, por medio del diálogo abierto y público. En él, todos deben hacer uso de la palabra, cada cual según sus competencias y su responsabilidad. La «garantía» de que Jesucristo sigue siendo Señor en y sobre su Iglesia y de que no es desplazado por

poder ni sabiduría humana alguna radica ante todo en esta abierta convivencia y recíproca solicitud de los distintos carismas. De esta suerte, en la Iglesia todo está abierto para futuros desarrollos hoy difícilmente previsibles. Muchos de los conflictos abiertos en la Iglesia actual no son sino controversias semejantes sobre la forma futura de la Iglesia.

IV. La Iglesia y el mundo

Pero esta Iglesia del futuro, ¿tendrá todavía la energía necesaria para influir en la configuración del mundo del futuro? Con esta pregunta regresan todos los interrogantes planteados al comienzo de esta reflexión. No obstante, miremos una vez más a nuestro alrededor, donde por lo demás todavía se encuentran movimientos de gran porvenir. Quizá a algunos les gustaría señalar a un marxismo democráticamente acrisolado. Resulta atrayente, porque dispone de un programa de futuro formulado con claridad: la humanización de toda la realidad vital del hombre. El presupuesto de este programa es, sin embargo, que antes o después el ser humano podrá, por su propio esfuerzo, llevar a cabo el salto del «reino de la necesidad» al «reino de la libertad»; que el ser humano llegará, por tanto, a controlar todos los procesos naturales y sociales. Pero ¿no se mete

con ello el ser humano en camisa de once varas? Esta sobrevaloración de sí mismo, ¿no conduce casi por necesidad a actos violentos? La respuesta cristiana me parece

más convincente. También Jesús de Nazaret persiguió la humanización del mundo. Pero él no intentó forzar esta meta por la vía de la violencia, pues esta no hace sino engendrar nueva violencia. De ahí que Jesús recorriera el camino de la aceptación incondicional de todo ser humano y de la realidad, aun en su infructuosidad. Y eso lo pudo hacer porque confiaba en un «poder del futuro» que trasciende todas las posibilidades humanas. Solo porque tal poder tiene fuerza para abrir todos los frentes anquilosados, solo por eso es posible embarcarse con toda esperanza en el servicio a los demás, sabiendo que el amor siempre permanece (cf. 1 Cor 14,8).

Con ello hemos alcanzado la dimensión más profunda y verdadera de nuestro tema. El Espíritu de Jesús, del que participan, cada cual a su manera, los múltiples ministerios y carismas que existen en la Iglesia, es el «poder del futuro». Él necesita también hoy personas que sean suficientemente generosas para comprometerse con su «causa» al servicio de los seres humanos.

«Existen carismas diversos, pero un mismo Espíritu; existen ministerios diversos, pero un mismo Señor; existen actividades diversas, pero un mismo Dios

que ejecuta todo en todos. A cada uno se le da

un carisma del Espíritu para el bien común» (1 Cor 12,4-7).

C

APÍTULO

4.

El camino de la Iglesia

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