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de las afirmaciones doctrinales

Al menos para las afirmaciones doctrinales del concilio, la solución a estas dificultades pasa por no citar enunciados aislados sin más y por prestar atención al proceso conciliar del cual son resultado; pasa, pues, por estudiar la historia textual del último concilio. Si se hace ese esfuerzo, enseguida se descubre que la pregunta de si el concilio debe ser interpretado de forma «conservadora» o de forma «progresista» está mal planteada. El

aggiornamento del concilio tuvo sus raíces en el ressourcement que le precedió, esto es,

en una renovación nacida de las fuentes bíblicas, patrísticas y alto-escolásticas. En el concilio, los llamados progresistas fueron en realidad los defensores de una tradición mayor y más abarcadora en comparación con el aplanamiento y la simplificación a los que esa tradición era sometida en la neoescolástica. El objetivo de la llamada minoría conservadora en el concilio era, en cambio, procurar que la tradición más reciente, representada sobre todo por el Vaticano I, no fuese preterida y olvidada a consecuencia de esta renovación a partir de fuentes más antiguas. Conforme a la concepción católica de la tradición, tal objetivo era fundamentalmente legítimo, y al final así lo reconoció con razón la mayoría. Sin embargo, a menudo no se alcanzó un equilibrio pleno entre la tradición más antigua y la más reciente. Pues el Vaticano II, al igual que la mayoría de los concilios anteriores, no llevó a cabo su tarea por medio de una teoría abarcadora, sino deslindando la posición eclesial. Así, en total consonancia con la tradición conciliar previa, el Vaticano II se contentó con una mera yuxtaposición. Como ha ocurrido con todos los concilios, la conjugación teórica de las posiciones yuxtapuestas es una tarea que se deja para la teología subsecuente.

De ahí se desprende una segunda idea. El propio Vaticano II quiso, como todos los concilios anteriores, atenerse a la tradición; de lo contrario, habría perdido su raison

d’être, su razón de ser. Pero además quiso, de nuevo como todos los concilios anteriores,

no repetir la tradición sin más, sino actualizarla e interpretarla de forma viva en referencia a la transformada situación. No pretendía proponer una doctrina nueva, pero sí llevar a cabo una renovación de la doctrina antigua. La forma teológica de hablar a las personas en la situación actual que con ello se persigue puede caracterizarse como pastoral. De este modo, «pastoral» se contrapone a dogmatismo rígido, mas no a dogmático. Al contrario, «pastoral» denota el propósito de hacer valer la permanente actualidad del dogma. Justo porque es verdadero, el dogma debe y puede ser puesto sin cesar de relieve de forma viva; ha de ser pastoralmente interpretado.

De estas reflexiones resulta que el método y la manera de expresarse del último concilio no son nuevos en todos los sentidos en comparación con concilios anteriores. Esto es importante tanto para la cuestión del carácter vinculante de sus afirmaciones como para la de su interpretación. De ahí que las reglas tradicionales de la hermenéutica conciliar también puedan aplicarse perfectamente, por analogía, a este concilio. Pero de

las reflexiones precedentes resultan asimismo algunos principios más especiales para la hermenéutica de las afirmaciones doctrinales de este concilio.

Como primer principio podemos formular el siguiente: los textos del concilio Vaticano II deben ser entendidos y realizados integralmente. No se trata de poner de relieve solo enunciados o aspectos aislados. Precisamente la tensión que existe entre sus distintas afirmaciones es lo que manifiesta el quid pastoral del concilio.

Con ello está relacionado un segundo principio de interpretación: la letra y el espíritu del concilio deben ser entendidos como una unidad. En sí, esto es una regla simple de toda hermenéutica, a la que suele dársele el nombre de «círculo hermenéutico». En último término, cualquier afirmación concreta no puede ser entendida sino desde el espíritu del todo; y a la inversa, el espíritu del todo únicamente resulta de una concienzuda interpretación de los textos concretos. Por tanto, no se puede llevar a cabo legalistamente una exégesis literal de los textos conciliares sin estar movido por su espíritu; ni tampoco se debe contraponer entusiásticamente el llamado espíritu del concilio a los textos conciliares concretos. Una fidelidad a los textos que fuera mera fidelidad a los textos en modo alguno resultaría suficiente. Al contrario, conduciría a la aporía, porque, dado un texto, con demasiada frecuencia es posible contraponerle algún otro. El espíritu del todo y, con él, el sentido del texto concreto solamente pueden discernirse si se investiga en detalle la historia de los textos conciliares y de ahí se extrae la intención del concilio: la renovación de la entera tradición, esto es, la renovación de lo católico para nuestra época.

De ahí deriva un tercer principio de interpretación: conforme a su propia intención, el Vaticano II, como cualquier otro concilio, ha de ser entendido a la luz de la tradición más abarcadora de la Iglesia. Por eso es absurdo distinguir entre la Iglesia preconciliar y la Iglesia posconciliar, como si esta última fuera una nueva Iglesia o como si, después de un largo y oscuro periodo de la historia de la Iglesia, el último concilio hubiese redescubierto el Evangelio originario. Antes bien, el último concilio se encuadra en la tradición de todos los anteriores y pretende renovarla; de ahí que deba ser interpretado en el contexto de esa tradición, en especial en el contexto de los credos trinitarios y cristológicos de la Iglesia antigua.

Por último, hay que mencionar un cuarto principio de interpretación: la continuidad de lo católico es concebida por el último concilio como unidad de tradición e interpretación viva y actualizadora a la luz de la situación de cada momento. Este principio fue aplicado ya de forma no refleja en los concilios previos cuando estos articularon y precisaron la tradición pensando de manera selectiva en algún error concreto. Lo que en esos concilios anteriores aconteció «en particular» es reflexionado explícitamente y al mismo tiempo universalizado por el último concilio en tanto en cuanto habla de la referencia a los «signos de los tiempos». Con ello se afirma que al origen histórico hay que responder hoy en el horizonte del futuro.

V. La hermenéutica

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