¿Qué queda del concilio?
II. El regalo del concilio
Sobre este trasfondo resulta comprensible que el anuncio de la convocatoria de un concilio ecuménico y de un sínodo diocesano romano, así como de la creación de una comisión para la reforma del derecho canónico, realizado por el papa Juan XXIII el 25 de enero de 1959 en la basílica de San Pablo Extramuros, cayera como una bomba. Los jóvenes no pueden imaginarse ya hoy qué movimiento desencadenó en la Iglesia este anuncio y qué expectativas se asociaron con él mucho más allá de los límites de la Iglesia. Se había abierto un nuevo capítulo en la historia de la Iglesia.
Las expectativas y las esperanzas se acrecentaron en parte hasta lo utópico; las decepciones sobre el curso de la preparación del concilio no fueron menores. Pero el discurso de apertura pronunciado por el papa el 11 de octubre de 1962 volvió a dar razón a la esperanza. El papa contradijo a los profetas de calamidades, que no veían más que declive y desmoronamiento por doquier, y habló de la aurora de una nueva época. Cuando justo el día después los cardenales Liénart (Lyon) y Frings (Colonia) desbarataron los planes curiales, que deseaban ver prolongadas sin más las comisiones preparatorias –con sus resultados en gran medida decepcionantes– como comisiones conciliares, se impuso definitivamente lo que desde entonces a menudo se designa como el espíritu del concilio: el espíritu de la franqueza y el diálogo, de la apertura a los hermanos y hermanas separados, a las demás religiones y al mundo moderno, así como el espíritu de una radical renovación de la Iglesia católica a partir de las fuentes bíblicas y litúrgicas y en correspondencia con los «signos de los tiempos». El mundo aguzó los oídos cuando las puertas de la Iglesia, cerradas a cal y canto e incluso selladas, repentinamente se abrieron, chirriando, y en el aula conciliar entró aire fresco del exterior.
Fueron años movidos, llenos de controversias entre los progresistas y los conservadores de la época. En ese tiempo se puso de manifiesto que los progresistas eran en realidad los conservadores: tenían la tradición más amplia y antigua a su favor, la tradición de la Escritura, de los padres de la Iglesia y de los grandes escolásticos de la Edad Media. Los llamados conservadores, en cambio, apelaban a las tradiciones de los últimos dos o tres siglos, con sus reduccionismos e incrustaciones. Por consiguiente, la renovación conciliar no fue, pongamos por caso, un modernismo cualquiera, sino una
renovación a partir de las fuentes originarias: la Sagrada Escritura y la antigua tradición de la Iglesia. Enlazando con el discurso de apertura del papa Juan XXIII, el concilio distingue con mucha precisión entre el depósito de fe permanentemente vinculante (esto es, las verdades de fe) y el modo de expresarlo. El concilio se entendió a sí mismo como un concilio pastoral. Conservó toda la tradición previa, pero, en lugar de repetirla rígidamente, quiso aplicarla de modo vivo a los problemas de hoy, haciéndola así fructífera para la vida actual.
Se consiguió mucho: se redescubrió la liturgia, que fue renovada desde una perspectiva práctica; se cayó de nuevo en la cuenta de la Iglesia como pueblo de Dios, del sacerdocio común de todos los fieles, de la corresponsabilidad de los laicos, de la colegialidad del episcopado con el papa y bajo el primado de este; la Escritura volvió a ser puesta de relieve como el alma de todo anuncio de la fe. Se produjo la apertura ecuménica a los hermanos y hermanas separados, se inauguró un nuevo capítulo en la relación con el judaísmo y se reconocieron los valores de las demás religiones, pese a la acentuación de la permanente relevancia de la misión. Por último, hay que mencionar también la apertura al mundo moderno, cuya legítima autonomía fue reconocida en la Constitución pastoral sobre la Iglesia en el mundo actual. En este contexto se pusieron también nuevos acentos en la teología del matrimonio: frente a una visión más unilateralmente institucional pasó a primer plano la idea de alianza y, con ella, la dimensión personal. Ya para terminar, importante fue también la vehementemente disputada Declaración sobre la libertad religiosa. Es fundamental para determinar el lugar de los cristianos y de la Iglesia en la actual sociedad pluralista, pero también representa hasta hoy la principal piedra de escándalo para los tradicionalistas.
Apertura al mundo actual: para el concilio, eso no significa adaptación al mundo, sino sobre todo apertura misionera más allá de los continentes europeo y norteamericano –a los que hasta ahora se circunscribía– hacia los pueblos y las culturas de Asia, África y Latinoamérica. El concilio Vaticano II es el primer concilio realmente universal; además, ha preludiado un desplazamiento de peso del hemisferio norte al hemisferio sur que no puede ser pasado por alto. A resultas de ello han surgido en África, Asia y Latinoamérica Iglesias locales que se desarrollan de forma relativamente autónoma. Por medio del concilio y desde el concilio, la Iglesia católica ha devenido «más católica». ¿Cuál será, pues, el significado perdurable del concilio Vaticano II? ¿Qué quedará de este concilio en el tercer milenio?
Se trata, por decirlo en una palabra, de una visión renovada de la Iglesia. ¡Una visión renovada, no una visión nueva! Pues la Iglesia es la misma en todos los siglos y en todos los concilios; y, sin embargo, está permanentemente de camino hacia una mejor y más profunda comprensión de sí misma y de su mensaje. Así, la Iglesia lleva casi dos milenios viviendo y sufriendo, predicando y clarificando su doctrina en muchos aspectos. Con todo, nunca había formulado clara e inequívocamente de modo oficial lo que piensa de sí misma, lo que ella misma es. «Iglesia, ¿qué dices de ti misma?»: esta fue la gran pregunta del último concilio.
Desde entonces se ha hablado mucho de la respuesta dada a esta pregunta por el propio concilio, con lo que bastante a menudo también se ha diluido. Muchas veces ni siquiera ha sido entendida. Con tanta mayor razón es necesario volver a cobrar conciencia de esta respuesta y traducirla a la vida. Es la imagen de una Iglesia que no está estructurada clericalmente «de arriba hacia abajo», pero tampoco laicalmente «de abajo hacia arriba», sino que más bien constituye una única realidad viva de comunión, pueblo de Dios en toda la diversidad de carismas, ministerios y servicios, una Iglesia que somos todos. Es la imagen de una Iglesia que no aparece como una institución inmóvil, sino como Iglesia en camino por las polvorientas sendas de la historia, como pueblo de Dios peregrino, como una Iglesia que precisa sin cesar de purificación y renovación, que no se agota en la rutina ni tiene miedo a lo nuevo. Es la imagen de una Iglesia que, por mucho que proteja lo propio, es Iglesia en el mundo y para el mundo, Iglesia que se entiende a sí misma como sacramento mesiánico de la salvación, de la esperanza y de la libertad para el mundo, como abogada del ser humano y de sus derechos inalienables, como abogada en especial de los pobres y oprimidos. Es la imagen de una imagen que está abierta al mundo con talante misionero, pero en modo alguno adopta la forma del mundo; antes bien, vive y se nutre de las fuentes de la palabra de Dios y de la liturgia; sabe que vive del misterio, porque en último término es cuerpo de Cristo y templo del Espíritu Santo.
Con ocasión del vigésimo aniversario del concilio, el sínodo de los obispos de 1985 condensó el mensaje de los dieciséis documentos conciliares en la frase: «Ecclesia – sub
verbo Dei – mysteria Christi celebrans – pro salute mundi» (La Iglesia, bajo la palabra
de Dios, celebra los misterios de Cristo para la salvación del mundo). Este programa se corresponde con las cuatro grandes constituciones, que constituyen, por así decir, el eje y la llave de los documentos conciliares. «La Iglesia»: ese fue el gran tema del concilio; la esencia de la Iglesia la describe la Constitución sobre la Iglesia, la Lumen Gentium. «Bajo la palabra de Dios»: al respecto, la Constitución sobre la revelación, que se ocupa de la palabra de Dios, nos ofrece impulsos que entre nosotros aún están poco aprovechados. «Celebra los misterios de Cristo»: tal es el tema de la Constitución sobre la liturgia. «Para la salvación del mundo»: ese es el contenido de la Constitución pastoral sobre la Iglesia en el mundo actual.
Si se considera todo esto en conjunto, entonces hay que afirmar: el concilio, verdaderamente, no fue una catástrofe, sino un regalo y una gracia del Espíritu Santo para la Iglesia y para el mundo. Contiene una riqueza espiritual y teológica que todavía no hemos aprovechado, ni mucho menos, a fondo; más bien solo ahora estamos empezando poco a poco a descubrirla plenamente. También aquí tiene mucho que hacer aún la investigación teológica. La pregunta, sin embargo, es: ¿cuál ha sido el efecto del concilio, el de una renovación o el de una sacudida? La siembra abundante, ¿ha dado fruto realmente?