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El camino en común: la renovación de la estructura de comunión

para la renovación en la Iglesia

II. Perspectivas conciliares de futuro

3. El camino en común: la renovación de la estructura de comunión

La Iglesia, incluida en el misterio de Dios en Cristo y alimentada por las fuentes vivas de la palabra de Dios y la liturgia, asume en y desde el concilio una tercera gran tarea: quiere configurar la vida en común y la solicitud recíproca en su interior. Quiere ser communio en todos los niveles. Esta visión, a primera vista intraeclesial, de una Iglesia, como hoy diríamos, fraternal y sororal tiene relevancia –quizá incluso relevancia ejemplar– en un mundo cada vez más compactado, pero también a menudo asolado por las enemistades y rígidamente determinado por los egoísmos.

La eclesiología de los misterios de la que hemos partido no pretende, pues, silenciar o encubrir piadosamente problemas estructurales. Quiere resolverlos de manera adecuada. Sin duda, en la Iglesia actual existen complejas cuestiones concernientes a la relación entre la unidad y la diversidad, entre la Iglesia universal y las Iglesias particulares, entre los responsables eclesiásticos y la llamada base. La eclesiología de comunión no debería reprimir estas cuestiones, sino más bien mostrar que en ellas se trata siempre de algo más que de estructuras o de distribución del poder.

Communio

¿Qué significa communio? Este término es en extremo complejo en la Sagrada Escritura y en la tradición de la Iglesia. Originariamente, communio no denotaba la comunidad de uno u otro tipo entre personas, sino la común participación en los bienes salvíficos. Con

communio sanctorum se designaba fundamentalmente la comunidad que participa de los sancta, de las cosas santas, tanto del Evangelio como de los sacramentos, en especial del

bautismo y la eucaristía.

En virtud de esta común participación en los sancta, los miembros de la Iglesia están en comunión tanto con Cristo como entre ellos mismos. Según la bíblicamente

fundamentada visión del concilio, constituyen el único pueblo de Dios con diversidad de carismas, ministerios y servicios. Cada Iglesia in situ debe estar en comunión con el resto de Iglesias locales, que participan asimismo del único bautismo y de la única eucaristía, esto es, que piensan y actúan católicamente, en perspectiva mundial. Y a la inversa, la Iglesia universal existe, según una importante formulación del concilio, «en y a partir de» las Iglesias locales (cf. LG 23). De ahí que la communio implique unidad y diversidad por igual. Como tal diversidad en la unidad, la Iglesia es signo e instrumento de la unidad de los seres humanos, en la que la diversidad de pueblos, culturas y generaciones no es anulada sin más, sino reconciliada en un orden nuevo y más justo y en una civilización del amor.

Así pues, unidad no significa dictadura ni centralismo. No obstante, encontrar el equilibrio adecuado en un mundo tan pluralista y sacudido por las crisis como el actual, de modo tal que ni la unidad se convierta en una monótona uniformidad ni la diversidad en caos, es una tarea muy exigente. Todavía nos falta mucho para alcanzar ese equilibrio. Sin embargo, cada vez resulta más patente, incluso más allá del ámbito de la Iglesia católico-romana, que, precisamente a la vista de la necesaria acentuación de una mayor diversidad, el ministerio petrino no se torna menos importante y menos necesario como signo y garante de la unidad, sino que deviene importante y necesario de un modo nuevo. Justo en la actualidad tenemos todas las razones para acentuar esta unidad en el ministerio petrino. Pues en aras de la paz mundial es necesario poner de relieve no solo las peculiaridades culturales de las diversas naciones, que sin duda han de ser tenidas en alta estima, sino también –y en mayor medida aún– la unidad de todos los seres humanos por encima de las diferencias culturales. Quien se entusiasma de manera unilateral por las diferencias socioculturales da pie al aislamiento y a infructuosas tensiones. Un nuevo particularismo, un egoísmo de grupos, regiones, teologías, etc., pone en peligro la dimensión universal de la Iglesia, cabalmente hoy tan importante.

Colegialidad

Entre las formas de realización de la communio se cuenta en especial la colegialidad de los obispos entre sí, pero también con el papa y bajo el papa. Las Iglesias locales gobernadas por los obispos no son solo distritos administrativos de la Iglesia universal, sino realmente Iglesia in situ; pero lo son no de manera aislada, sino en comunión con todas las demás Iglesias locales. Especial importancia da el concilio a este respecto a la

communio entre las Iglesias antiguas y las Iglesias jóvenes (cf. AG 19s y 37s), que cada

vez se revela más fructífera espiritualmente en ambas direcciones.

Espero que los sínodos de los obispos ya anunciados, el africano y el europeo, nos ayuden a avanzar en este punto.

Sin embargo, circunscribir la eclesiología de comunión a la relación de los obispos entre sí y con el papa sería un mal reduccionismo. Iglesia como communio significa: todos somos Iglesia. Con este aspecto de la eclesiología de comunión, la idea de la Iglesia como una societas inaequalis queda superada por principio. El común ser pueblo de Dios de todos los bautizados precede a todas las distinciones entre ministerios, carismas y servicios. La Iglesia como communio debe ser entendida, por consiguiente, como un cuerpo en el que los distintos órganos colaboran de modo diferente al bien del conjunto y se complementan. Cada uno de ellos desempeña una tarea específica y ostenta responsabilidad en la posición que ocupa. Una eclesiología de comunión rectamente entendida pone fin a la pastoral asistencialista. Tal eclesiología aspira a que en la Iglesia todos se conviertan en sujetos.

En ningún otro campo se ha producido tanto movimiento después del concilio como en este. La toma de conciencia de los laicos y su disposición a asumir responsabilidades representa quizá la más importante aportación de la época posconciliar. Es probable que en ninguna otra época haya habido en la Iglesia tantos laicos activamente comprometidos como hoy. Ya solo esto es un poderoso argumento contra los profetas de calamidades. En todos los niveles de la vida eclesial han surgido órganos de corresponsabilidad. Muy importantes son las colaboradoras y los colaboradores voluntarios, los acólitos, los responsables de los grupos de preparación para la primera comunión, la penitencia y la confirmación, así como las numerosas personas que participan activamente en servicios de asesoramiento y asistencia social. El permanente interés en retiros y ejercicios, así como en la misión parroquial, es una señal que apunta en la misma dirección.

Últimamente han surgido –en el mundo entero– también pequeñas comunidades de los más diversos tipos, que a menudo se conocen como comunidades de base. Pueden contribuir a que las grandes y con frecuencia anónimas parroquias se conviertan en vivas comunidades de comunidades. En este terreno, Alemania aún es más bien un país en vías de desarrollo. Las parroquias seguirán necesitando presbíteros que anuncien la palabra de Dios, administren los sacramentos y cohesionen a la comunidad. Pero en el futuro serán sostenidas progresivamente por laicos. Esta evolución viene siendo perceptible desde el concilio; debe continuar y continuará. A mi juicio, es uno de los grandes signos de esperanza.

Ecumenismo

Todavía bajo otros aspectos manifiesta la eclesiología de comunión su fecundidad. Pues a largo plazo está en condiciones de reordenar e impulsar la aspiración ecuménica. Como es sabido, el concilio inauguró un nuevo capítulo en la relación entre las Iglesias separadas. Quien tiene una visión de conjunto de lo que desde entonces se ha puesto en marcha y se ha alcanzado no puede por menos de asombrarse. La meta del acercamiento ecuménico no es sin más el retorno, sino la forma plena de la communio. Sobre todo por medio del bautismo común, esta se da ya de modo real, pero aún incompleto.

También para el movimiento ecuménico es cierto que, tras una fase entusiasta y la subsecuente decepción, ahora se está iniciando una fase realista. Este realismo se toma en serio tanto la experiencia de profunda comunión como las dificultades que persisten en la relación entre las Iglesias separadas y que deben ser superadas. De estancamiento ecuménico solo puede hablar alguien que no conozca los hechos.

Mientras que las tradicionales doctrinas dogmáticas diferenciadoras ocuparon durante largo tiempo el primer plano de la atención y pudieron ser en parte conciliadas, en los últimos años se ha avanzado en las cuestiones éticas. Las declaraciones comunes sobre cuestiones éticas de actualidad son, para la convivencia práctica, al menos tan importantes como la clarificación de las diferencias dogmáticas.

También el tercer tramo del camino puede ser sintetizado ahora: no se trata únicamente del camino hacia dentro, hacia lo hondo, ni tampoco solo del camino de retorno a las fuentes. Se trata también del camino de unos hacia otros y, con ello, de una nueva convivencia en la Iglesia y entre las Iglesias. Nadie pasará por alto las deficiencias aún existentes. Pero no hay razón alguna para lamentarse. Si se consiguiera extraer a los conflictos su veneno, soportar el aguijón de la alteridad, desarrollar una cultura del debate y transformar las diferencias en intercambio, se habría dado un paso decisivo hacia delante. Existen bastantes gérmenes de ello. Este es mi tercer argumento contra los profetas de calamidades.

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