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El sínodo como acontecimiento espiritual

la plena realización del concilio

1. El sínodo como acontecimiento espiritual

Al anunciar el sínodo extraordinario de los obispos, el papa Juan Pablo II singularizó como primer objetivo del mismo la renovación del extraordinario clima y espíritu del concilio. De ahí que, el primer día del sínodo, el cardenal francés Gabriel-Marie Garrone, a través de una retrospectiva visión histórica, intentara plasmar una vez más en palabras el clima del concilio. Aunque en la rígida traducción latina no se aprecia el elegante flujo de palabras del original francés, en este informe histórico el citado cardenal revivió mucho de la atmósfera y el espíritu del concilio. Esto era tanto más necesario cuanto que, a la sazón, ya solo aproximadamente un tercio del episcopado había participado en el concilio.

Lo que el cardenal Garrone describió al principio con elocuentes palabras pudieron vivirlo como experiencia durante el sínodo todos los padres sinodales presentes. Todo el que allí estuvo pudo constatar ya al cabo de pocos días que esta no era una asamblea de obispos que transcurriera solo según un reglamento fijo y rígido; en ella se trabajó con intensidad se debatió vivamente y, por último, se votó la relación final sección por sección. Aún menos se trataba de ejecutar un plan o un texto preconcebido y prefabricado[5]. El sínodo fue un proceso cuyo resultado nadie sabía de antemano ni nadie preveía. Más aún, el sínodo fue ante todo un acontecimiento espiritual y una experiencia espiritual. Estuvo sostenido por la oración de muchos, también –y no en último término– por la oración de los jóvenes que durante todo el sínodo se estuvieron reuniendo para orar en el Centro Juvenil San Lorenzo, a unos cuantos cientos de metros del aula sinodal.

El marco exterior se describe con rapidez. De todos modos, la mayor parte de ello se conoce ya hace tiempo por las informaciones de prensa[6]. En contra de algunas

especulaciones, el transcurso del sínodo no tuvo ningún dramatismo exterior. Después del informe histórico del cardenal Garrone, del informe más técnico-procedimental del secretario general del sínodo, el arzobispo Jan Schotte, y el informe introductorio del relator, el cardenal Danneels, siguieron durante algunos días, en una cadencia de ocho minutos por toma de palabra, las intervenciones de los padres sinodales. El espectro de temas abordados fue muy amplio. Con total libertad y gran franqueza, todos los oradores expusieron en presencia del papa lo que les parecía importante decir en la actual situación de la Iglesia: crítica al exceso de centralismo e importancia de la eclesiología de comunión; los nuevos signos de los tiempos y la relevancia de la teología de la cruz; la excesiva acentuación de lo sociológico en la Iglesia y la necesidad de resaltar su carácter de misterio; problemas pastorales como, por ejemplo, el de los divorciados vueltos a casar y el de la regulación de la natalidad; las controversias en torno a la teología de la liberación; mejora del estatuto y el modo de trabajo de las conferencias episcopales, pero también del sínodo de los obispos; y mucho más. Entre todos trazaron una magnífica panorámica de la catolicidad.

No fue tarea fácil para el relator resumir en su relación intermedia (relatio post

disceptationem) las líneas esenciales, poniendo de relieve dónde existía unidad y dónde

eran necesarias clarificaciones adicionales. En conjunto fue posible prolongar las líneas que ya se habían podido constatar en la relación inicial, redactada a partir de los informes de las conferencias episcopales. Esta relación introductoria se reveló como un buen «libro de ruta» para un sínodo por lo demás escasamente preparado en lo relativo al contenido. Tanto el análisis de los puntos positivos y los puntos merecedores de crítica y potencialmente propiciadores de crisis en la Iglesia posconciliar, por una parte, como también las cuatro preguntas rectoras bajo las cuales finalmente se concretó algo la tarea del sínodo, por otra, fueron confirmados por el debate y al mismo tiempo enriquecidos con numerosos puntos de vista nuevos. Sin embargo, lo que al principio fue dicho de manera no dirigida, más analítica y en forma interrogativa pudo plasmarse posteriormente en formulaciones de mayor carácter doctrinal. En adelante, la tarea de los nueve grupos de trabajo por idiomas –dos en inglés, dos en francés, dos en español, uno en italiano, uno en alemán y uno en latín– debía consistir sobre todo en encontrar conclusiones prácticas y pastorales consonantes con lo constatado.

Los debates de los grupos de trabajo por idiomas siguieron concentrándose como algo obvio en los temas principales. Algunos posicionamientos concretos escuchados en la asamblea plenaria que en ocasiones los medios de comunicación sociales habían resaltado más de lo debido no volvieron a ser expuestos por quienes los habían sostenido o no encontraron suficiente eco en los grupos de trabajo por idiomas, por lo que no fueron asumidos en los informes que estos presentaron a la plenaria, cuando se reunió de nuevo, a través de los portavoces por ellos mismos designados.

La decisión sobre cómo continuar el sínodo y sobre su resultado se tomó solo después de haber escuchado las aportaciones de los distintos grupos de trabajo por idiomas. Pues muchos de estos informes no se circunscribieron, como estaba previsto al

principio, a propuestas prácticas concretas; antes bien, contenían también algunas profundas y ricas reflexiones teológicas. Habría sido una pena que todo esto se hubiera omitido o hubiera sido condensado en secas propuestas prácticas. Pero ¿cómo se debía proceder? Los últimos sínodos previos no habían conseguido sintetizar sus resultados en un documento propio; se habían limitado a aprobar una serie de proposiciones y a entregárselas al papa, quien luego había promulgado un documento postsinodal. Este procedimiento fue considerado en general poco satisfactorio; no se correspondía con la estructura colegial de un sínodo. Así, basándose en los informes de los grupos de trabajo por idiomas, en esta ocasión surgió la idea de transformar la relación intermedia en una relación final (relatio finalis), que luego fuera sometida al voto de los padres sinodales y eventualmente hecha pública con la aprobación del papa. Esto era algo nuevo y audaz. Nadie sabía si saldría bien, máxime a la vista de los debates públicos precedentes y de la amplitud temática. Un fracaso habría sido funesto; el estado de ánimo intraeclesial sí que habría caído entonces por debajo del punto de congelación.

Al optar por una relación final, el interés por el «mensaje al pueblo de Dios» pasó en parte a segundo plano. De todas maneras, esta forma de declaración sinodal había sido ideada en el sínodo precedente más bien a modo de solución de emergencia, a fin de tener al menos algo que aducir como resultado directo del sínodo. En esta ocasión, en la versión definitiva del «mensaje al pueblo de Dios» se pudieron incorporar en parte –en un lenguaje más exhortativo y comprensible para todos, bien que menos técnico– algunos motivos importantes de la relación final que se estaba redactando. Ambos documentos se complementan mutuamente, aunque la relación final es incomparablemente más importante.

Una vez tomada la decisión de promulgar una relación final, esta tuvo que ser elaborada prácticamente de un día para otro a partir de la relación intermedia y de los informes de los grupos de trabajo por idiomas. La reacción de la asamblea plenaria a la primera presentación de la relación final fue muy positiva. A pesar de ello se expresaron numerosos deseos particulares. De todos modos, estaba previsto remitir de nuevo a los grupos de trabajo por idiomas la primera versión de la relación final. En los grupos se pudieron debatir y votar propuestas de modificación o incorporación (modi). Estas tuvieron que ser introducidas en la relación final de nuevo durante la noche. El asentimiento a la segunda redacción de la relación final, en la práctica la tercera y conclusiva versión, en la que solo se pudo votar por secciones con un sí (placet) o un no (non placet), fue abrumador. Inmediatamente después de anunciarse el resultado de la votación, el papa, quien durante todo el sínodo no había tomado la palabra, excepto en la celebración ecuménica de la palabra, dio su visto bueno para la promulgación de la relación final.

Ya la historia exterior del sínodo muestra que este fue todo lo contrario de un acontecimiento desarrollado conforme a un plan fijo. Fue un proceso abierto, cuyo desenlace en modo alguno estaba determinado de antemano, sino que más bien únicamente se fue perfilando poco a poco en el curso de las dos semanas. El sínodo fue

un acontecimiento. El cardenal Garrone pudo afirmar al final, en una conversación, que el sínodo había reflejado con fidelidad el espíritu del concilio. Fue el espíritu de la libertad y la franqueza, en el que se expusieron diversas y en parte divergentes posiciones. Pero también fue, y en mayor medida aún, el espíritu de la unidad. Tuvo lugar una participación recíproca en las esperanzas y las alegrías, pero también en las tribulaciones, las preocupaciones y los miedos de las distintas Iglesias locales del mundo. Gracias a ello, algún que otro problema que en casa ocupaba el primer plano pudo ser relativizado. En especial a las Iglesias occidentales les quedó claro que en otros lugares la Iglesia vive un dinámico proceso de crecimiento. Se enteraron de las tribulaciones, pero también de la firmeza de las Iglesias en la persecución. En medio de esta diversidad se impuso enseguida, sin embargo, la voluntad de cohesión, la afinidad en un Espíritu, en una fe, en una esperanza y en la única Iglesia católica. La crítica a algunas excrecencias del centralismo romano nunca llevó a un cuestionamiento por principio del ministerio petrino como signo de la unidad. Antes al contrario, todos los padres sinodales estaban agradecidos al papa por haber convocado el sínodo y haberles posibilitado las experiencias en él vividas. No en vano, la relación final del sínodo comienza con el agradecimiento por la experiencia espiritual que supuso el propio sínodo.

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