¿Qué queda del concilio?
V. Tres prioridades para el futuro
El cambio de 1989 ha transformado la situación del mundo radicalmente respecto de la época del concilio y el posconcilio. La Iglesia, en especial el papa, ha desempeñado un papel nada despreciable en este cambio. Si la situación existente hasta ese momento estaba determinada desde 1945 por la tensión entre el Este y el Oeste y por el equilibrio del terror, con la caída del telón de acero y el desmoronamiento del antiguo Bloque del Este ha surgido una nueva situación. La victoria de la libertad y el fin de un coactivo sistema totalitario, que estaba construido en último término sobre una falsa, por atea, imagen del ser humano, no pueden ser suficientemente encomiados. Pero el primer entusiasmo, que confiaba en el surgimiento de un nuevo orden mundial caracterizado por la libertad y la paz, se ha volatizado. Desde 1989, la paz del mundo no ha devenido más estable, sino antes bien más frágil. Siguen existiendo antiguos focos de tensiones y han aparecido otros nuevos. Y el nacionalismo, que en los últimos siglos tantos sufrimientos ha traído sobre Europa y al que se creía ya muerto, vuelve a alzar su cabeza premonitoria de desgracias; lleva a sangrientos y crueles conflictos y a la primitiva xenofobia. A ello se añade que los setenta o, según el caso, cuarenta años de comunismo no solo dejan detrás de sí enormes daños económicos y ecológicos, sino también un vacío anímico y espiritual.
Sin duda, el liberal Occidente ha conquistado la victoria en la lucha de los sistemas políticos. Pero la concepción occidental de la libertad es ambivalente. La libertad se confunde en gran medida con un liberalismo emancipatorio que no reconoce ninguna verdad universalmente vinculante ni ningún valor universalmente obligatorio y, por tanto, degenera en un individualismo posmoderno y porta en sí el germen para la disolución de los fundamentos de la sociedad. Pero ninguna sociedad puede pervivir a la larga sin un mínimo de valores universalmente aglutinantes y, por ende, vinculantes. Sin consenso sobre qué es lo que constituye el valor y la dignidad del hombre, los derechos humanos universales son mera retórica y puros postulados. Pero por muy liberal que se presente el liberalismo emancipatorio por contraposición a una concepción de la libertad nacida de la tradición cristiana –que no puede pensarse al margen de la responsabilidad ante la pretensión de una verdad indivisa, vinculante para todos los seres humanos–, la concepción emancipatoria posmoderna de la libertad puede conducirse también de forma autoritaria, más aún, totalitaria. De ese modo se ha generado una nueva y muy refinada animadversión contra la Iglesia, que actúa so capa de libertad y que en último término se opone a los valores fundamentales que resultan del Evangelio.
La victoria de la libertad lleva a una disputa en torno a la libertad misma. A consecuencia de ello, la Iglesia en el mundo occidental se ve confrontada con retos totalmente nuevos. Su tarea consiste en hacer valer la comprensión de la libertad fundada en el Evangelio y en la imagen cristiana del ser humano. Los conflictos intelectuales y sociales a los que la Iglesia se ve conducida en esta nueva situación se vislumbran ya en la incipiente y a menudo bastante malévola animosidad contra la Iglesia. Es cierto que
numerosos católicos siguen atrapados aún en el esquema posconciliar, surgido más o menos dentro de la Iglesia, de lo progresista y lo conservador. Pero este esquema más bien oculta los verdaderos desafíos de nuestra época. Lo que realmente importa tanto hoy como en el futuro queda plasmado con claridad en la expresión clave del sínodo sobre Europa de 1991. Hoy se trata de la libertad para la que Jesucristo nos ha liberado.
Sobre este trasfondo es necesaria una renovada relectura del concilio. Hasta ahora hemos hablado casi exclusivamente de la nueva visión de la Iglesia que de hecho nos ha regalado el concilio. De esta visión forma parte también el hecho de que la Iglesia no existe en aras de sí misma. Ni tampoco es importante e interesante en aras de sí misma. Para el concilio, la Iglesia es signo e instrumento de la unidad, de la paz y de la reconciliación de los seres humanos con Dios y entre ellos mismos. Está al servicio de Dios y de los hombres. También cabe decir que es signo, instrumento y al mismo tiempo irrupción del reino de Dios como reino de la libertad, la paz, la verdad, la justicia y el amor.
Hoy importan de nuevo Dios y el ser humano. Únicamente Dios puede devolver fundamento y meta, sostén y contenido a un mundo que ha perdido su fundamento y su meta. Desde Dios se fundamentan también en último término la inalienable dignidad de todo hombre y los derechos humanos universales que de ella derivan. En Jesucristo, al que la Iglesia confiesa como Dios verdadero y hombre verdadero en una sola persona, Dios y el ser humano se han unido definitivamente. Como enseña el Vaticano II, en él Dios no solo se ha revelado de forma definitiva al hombre, sino que también le ha manifestado plenamente el hombre al hombre, descubriéndole la sublimidad de su vocación (cf. GS 22). Así, Jesús es, según un famoso dicho de Orígenes, el reino de Dios en persona (autobasileía). Todo lo que el concilio ha sacado de nuevo a la luz como visión de la Iglesia tiene, a tenor de las primeras frases de la Constitución sobre la Iglesia, la finalidad de que la gloria de Cristo se refleje en el rostro de la Iglesia e ilumine al ser humano. Pues Cristo es la luz de las naciones (Lumen Gentium). Por eso entenderíamos de forma errónea el concilio Vaticano II si quisiéramos interpretarlo eclesiocéntricamente, o sea, como centrado en la Iglesia. La visión conciliar de la Iglesia es teocéntrica, cristocéntrica y antropocéntrica. De esta idea resultan los impulsos esenciales para una pastoral futura en la línea del concilio Vaticano II. La primacía no le corresponde en la actualidad al problema de la Iglesia, sino al problema de Dios. Así, hoy, a diferencia del siglo XIX, apenas existen ya ateos militantes. La situación es mucho peor. A la mayoría de las personas les da igual Dios. Viven como si no hubiera Dios, aunque sigan creyendo de forma vaga en su existencia. En nuestro mundo funcionalista y tecnologizado, muchos ya no tienen ninguna sensibilidad para –ni comprenden en absoluto– la dimensión del misterio; para ellos ya solo cuenta lo constatable y lo factible. De este modo, hoy nos vemos remitidos a los inicios y los fundamentos de la fe; por así decir, debemos aprender de nuevo el abecedario de la fe y abrir vías de acceso a Dios que estén en consonancia con la vida y la experiencia.
Bajo estos presupuestos, la cura de almas debe ser al principio mistagógica, debe abrir la dimensión profunda de las cosas y de la vida, interpretar imágenes y símbolos y llevar, como dicen los antiguos místicos, a encontrar a Dios en todas las cosas. Así, la cura de almas ayuda al mismo tiempo al ser humano a encontrar la verdadera vocación de su existencia y la realización de su vida. Sin Dios únicamente tenemos en las manos, a la postre, fragmentos y añicos; por muy bellos que sean, de ellos no resulta ningún todo. Si no volvemos a adorar y glorificar a Dios, tampoco recuperaremos el respeto a las criaturas, a las cosas del mundo y a los seres humanos. Solo desde Dios se nos revela también de forma nueva el sentido de nuestra libertad como un ser reclamados para –y un ser tomados al servicio de– la verdad, la justicia, el amor, la libertad y la paz en el mundo.
Entretanto numerosas personas parecen abrirse de nuevo a la dimensión religiosa de la vida. Hay más personas que se interrogan y buscan de las que pensamos. Una actitud puramente materialista y hedonista basada en el consumo no puede satisfacer a la larga. Pero la nueva religiosidad resulta, por regla general, demasiado vaga y no vinculante; a menudo es sectaria. Numerosos jóvenes se confeccionan una suerte de alfombrilla de retazos, juntando a discreción piezas decorativas de todas las tradiciones religiosas posibles. El nivel de conocimientos religiosos se encuentra en la actualidad en mínimos rara vez alcanzados.
La transmisión de la fe a la siguiente generación se ha convertido en una cuestión de la que depende la supervivencia de la fe en el mundo occidental. ¿De qué nos sirven a la larga todas las magníficas organizaciones –como, por ejemplo, Missio, Misereror, Adveniat y Cáritas– que hemos puesto en pie y de las que debemos sentirnos orgullos si no están sostenidas y alimentadas por el espíritu de la fe viva? Solo continuarán existiendo mientras la fe siga presente en nuestro pueblo. De ahí que el papa y los sínodos de los obispos de los últimos años hablen con razón de la acuciante tarea de la nueva evangelización de Europa. Este es el tema pastoral para las próximas décadas. No se debe malentender, sin embargo, la expresión «nueva evangelización». En modo alguno se trata de la restauración de una época pasada. Semejante empresa sería de antemano enteramente estéril, pues tampoco en la historia de la Iglesia se puede ir a la larga hacia atrás; únicamente cabe avanzar. Asimismo, no se trata de una recatolización. La gran tarea de la nueva evangelización tan solo podemos llevarla a término en la mayor comunión y colaboración ecuménica posible. Por supuesto está fuera de lugar afirmar que la Iglesia no ha evangelizado hasta ahora. Se trata más bien de que en una situación nueva resulta necesario hacer valer el Evangelio en su intacta novedad. Por eso, «nueva evangelización» tampoco quiere decir mera repetición e inculcación de fórmulas antiguas. La Iglesia no debe recurrir medrosamente sin más a lo que era y es. Más bien debe traducir con creatividad el Evangelio al presente. Para ello debe tener el valor de emprender nuevos caminos y aplicar nuevos métodos. En efecto, Dios no es sencillamente el viejo Dios; según un dicho de san Agustín, es el más joven de todos nosotros.
Esta nueva evangelización empieza por nosotros mismos, los cristianos, y por los núcleos comunitarios. No es posible sin una renovación auténticamente espiritual en el esfuerzo –utilizo de propósito un término que quizá suene anticuado– por alcanzar la santificación personal de la vida. No se trata de que la Iglesia sea liberal, sino de vivir el ser cristiano y el ser Iglesia con radicalidad en el mejor sentido de la palabra.
A esto hay que añadir una segunda prioridad. Nadie cree únicamente para sí. Creer quiere decir más bien ingresar en la gran traditio y communio, en la secular comunidad de la Iglesia. No en vano, los antiguos credos no empiezan con la afirmación: «Creo», sino con la confesión: «Creemos». La fe es esencialmente un fenómeno comunitario. El escritor eclesiástico Tertuliano plasmó este hecho en la clásica fórmula: un cristiano solo no es un cristiano. De ahí que la idea rectora central para la renovación de la Iglesia rece:
communio. El concilio Vaticano II elevó de nuevo a conciencia este concepto
fundamental de los padres de la Iglesia. Por eso, me parece que la renovación de la estructura de comunión de la Iglesia es una de las tareas más importantes para la pastoral presente y futura.
Numerosas personas, entre ellas también muchos cristianos bautizados, no experimentan ya a la Iglesia como comunidad en la que puedan sentirse como en casa y por la que sean sostenidos. Muchos se han alejado de la vida eclesial y se encuentran con la Iglesia desde la desconfianza, la incomprensión y el enojo. Algunas cosas decisivas dependerán de que volvamos a entender mejor el sentido originario de communio. Este término no denota primordialmente una red de relaciones entre los cristianos individuales o entre los distintos grupos y comunidades. communio no es algo que pueda ser hecho y producido. Alude más bien a la comunión y reconciliación con Dios, que se nos hace accesible a través de Jesucristo y se actualiza mediante la predicación de la palabra de Dios y la celebración de los sacramentos. De ahí que communio sanctorum no significara originariamente comunión de los santos, sino comunión de lo santo, participación común en los sancta, esto es, en los sacramenta. En consecuencia, este significado originario de
communio es importante, porque la Iglesia, que está formada por pecadores, nunca
puede ser de por sí tan interesante, convincente y atrayente que sacie el más profundo anhelo de las personas. La Iglesia no es buscada y afirmada por sí misma; es atrayente en virtud del «asunto» que atestigua y transmite. Por eso, las reformas estructurales, los planes pastorales, la mejora de las relaciones públicas, etc. –por muy importante que todo esto sea–, no nos ayudarán a avanzar en lo decisivo. Solo ganaremos los corazones de las personas si en la vida de la Iglesia resplandece, al menos incoativa y fragmentariamente, algo de la bondad y la filantropía de Dios, si en medio de nosotros resulta posible experimentar, al menos incoativa y fragmentariamente, algo de la irrupción del reino de Dios.
Ahora bien, la participación común en los bienes salvíficos del venidero reino de Dios fundamenta también, en segundo lugar, la comunión entre los creyentes y bautizados, así como entre aquellos que participan de la única eucaristía y constituyen el único cuerpo de Cristo. Esta estructura de communio incluye diversos elementos.
En el plano «superior» denota la unidad de la Iglesia en la diversidad de las Iglesias locales. En efecto, según el último concilio, la unidad de la Iglesia no comporta una uniforme Iglesia unitaria; más bien, uno y el mismo Evangelio debe divulgarse de forma distinta en cada cultura. Esto es importante para las Iglesias locales del Tercer Mundo, pero también es absolutamente decisivo para el progreso de los esfuerzos ecuménicos. Nadie pretenderá afirmar que en este sentido la siembra del concilio ha brotado ya en plenitud. En la Iglesia actual existen, por una parte, brotes de un nuevo centralismo; pero también se dan, por otra, tendencias –al menos tan amenazadoras como lo anterior– hacia la insolidaridad y la disolución de la unidad. Estas últimas se manifiestan con mucha frecuencia en un irracional sentimiento antirromano, que no aprecia en su justo valor qué gran oportunidad representa precisamente el ministerio petrino como servicio a la unidad en un mundo cada vez más unificado y al mismo tiempo grávido de conflictos y en proceso de disgregación.
En el plano «inferior», la renovación de la estructura de comunión de la Iglesia denota la preocupación por fomentar parroquias vivas, que estén formadas a su vez por una diversidad de comunidades, agrupaciones, asociaciones, grupos y movimientos vivos. En el fondo, se trata de la renovación de las «iglesias domésticas», que en el cristianismo primitivo tuvieron una importancia fundamental para la misión. En ese marco resulta posible ejercitar de forma concreta la corresponsabilidad en la Iglesia y experimentar también de forma concreta la pertenencia a ella, la inserción en ella. De ahí que el papa Pablo VI caracterizara a tales comunidades de base como la gran esperanza para la Iglesia universal. El sínodo extraordinario de los obispos de 1985 subrayó con énfasis esta afirmación. Ya con anterioridad, el sínodo común de las diócesis alemanas, el llamado sínodo de Wurzburgo, había formulado programáticamente: «La comunidad que se deja atender pastoralmente debe convertirse en una comunidad que configura su vida en el servicio común a todos y en la intransferible responsabilidad propia de cada cual. Ella misma debe tratar de ganar a jóvenes para el sacerdocio y para todas las formas del ministerio pastoral» («Los ministerios pastorales en la comunidad», 1.3.2).
Diversas visitas a Iglesias locales del «Tercer Mundo» me han hecho ver hasta qué punto Alemania es todavía un país en vías de desarrollo a este respecto. En las Iglesias que he visitado, las parroquias con treinta y cuarenta mil almas no son raras. Y, sin embargo, nadie se queja de escasez de presbíteros. Las parroquias son dirigidas por misioneros y sacerdotes nativos, pero son sostenidas por laicos, que se reúnen regularmente en numerosas pequeñas comunidades, a fin de leer e interpretar en común el Evangelio, rezar y cantar, hacer celebraciones de la palabra y debatir y afrontar concretos problemas y casos de emergencia social que se dan en sus barrios y poblados. Especial importancia tienen los catequistas, sin cuyo compromiso la vida cristiana no sería concebible en esta forma. Así, para muchas personas la Iglesia es allí el hogar que en los slums [barriadas marginales] reemplaza la red social de la gran familia, destruida hace ya mucho tiempo. Para muchos y sobre todo para los más pobres, la Iglesia es el único rayo de esperanza. La Iglesia como communio es allí una realidad viva. En
nuestras circunstancias sociales y culturales, del todo distintas, no tendría sentido copiar sin más estos intentos; pero sí que podemos dejarnos inspirar por ellos. La renovación de las parroquias y comunidades es para nosotros una tarea acuciante.
Por último, aún hay que mencionar una tercera prioridad: es necesario tomarse de nuevo en serio la misión secular de la Iglesia. Ese es el tema de la Constitución pastoral sobre la Iglesia en el mundo actual, la Gaudium et Spes. Hace realidad el hecho de que la nueva evangelización no significa una nueva indoctrinación, sino una nueva inculturación del Evangelio en nuestra moderna sociedad pluralista y de cuño liberal. También podemos hablar de la necesidad de una contemporaneidad crítica que asuma muchos planteamientos positivos de la historia moderna de la libertad sin incurrir en sus reduccionismos.
En los últimos veinticinco años, la mayor parte de las energías se han consumido, por desgracia, en la renovación eclesial, con frecuencia también en guerras de trincheras intestinas. Pero las disputas intraeclesiales, por lo común, interesan bastante poco al grueso de la población. Son asuntos más o menos esotéricos de los enterados. La mayoría de las personas tienen otras preocupaciones, más palpables. Pero mientras la casa arde en llamas, nosotros discutimos sobre a qué cuadros hay que quitarles primero el polvo y quién debe hacerlo y cómo. Nos olvidamos de que la Iglesia no existe para sí. Es sacramento para la salvación del mundo.
La teología política y la teología de la liberación han llamado aquí la atención enteramente sobre un punto débil y han intentado con razón tomar medidas contra la privatización de la fe cristiana. Por desgracia, en algunas de sus formas han dependido de manera demasiado acrítica de los análisis marxistas. Pero con su comprensión holística de la salvación han dado de lleno en el clavo. Como dejó claro el papa Pablo VI, se trata de una liberación integral que se toma en serio la primacía de la dimensión espiritual, pero también atiende a las necesidades concretas de las personas. De ahí que el papa Juan Pablo II haya desarrollado con resolución la doctrina social de la Iglesia, sacándole fruto para los actuales problemas de derechos humanos, justicia, paz y migraciones en el mundo entero, y haya puesto de relieve la imagen rectora de una civilización del amor. Los retos no se plantean solo en el «Tercer Mundo» y en el antiguo Bloque del Este.