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y en pro de un nuevo realismo en la Iglesia

¿Qué ha significado, pues, este sínodo? En conjunto, su eco fue muy positivo. Hubo, sin embargo, interpelaciones críticas. El sínodo, como es evidente, no pudo satisfacer todas las expectativas; sobre todo, en solo doce días de trabajo resultó imposible abordar problemas concretos. No hubo más remedio que quedarse en un balance general y en una indicación del rumbo que se había de seguir. Dada la obligada premura en la redacción de la relación final, ni siquiera fue posible recoger por igual todos los puntos de vista expuestos en las relaciones precedentes y los debates. Faltó tiempo para estructurar y formular todo con suficiente esmero.

No obstante, semejante procedimiento fue responsable, porque no se trataba de un documento conclusivo jurídica o doctrinalmente vinculante, sino de una relación final del relator, a la que, sin embargo, corresponde una cierta autoridad moral en virtud de la votación a la que fue sometida. En contra de lo que algunos creen, no es cierto que esta relación sirvió tan solo para que el sínodo evitara en el último momento lo peor, a saber, una restauración de la época preconciliar. Salvo algunos tradicionalistas, que no estaban representados en el sínodo, nadie deseaba en serio semejante restauración. En el fondo, ello únicamente existía en las aprensiones de algunos creadores de opinión y estados de ánimo y de quienes les prestaron oído. Sin embargo, el sínodo tampoco pudo decir nada realmente nuevo. Quiso –y no pudo por menos de– poner de relieve los textos conciliares como carta magna para el futuro, reclamando su plena realización conforme a la letra y al espíritu. De ese modo pudo poner también algunos acentos esenciales para la plena realización del concilio. Y esto lo hizo asumiendo positivamente también algunos desarrollos posconciliares.

Así, se plantea la pregunta: ¿y ahora qué? El sínodo solamente pudo proponer concreciones en forma de recomendaciones al papa y a los obispos. Sería un error, sin embargo, dirigir esta pregunta solamente al papa, la Curia y los obispos. Existe en la actualidad una nueva forma de jerarcología de índole en extremo paradójica. Niega

enérgicamente al ministerio eclesiástico la competencia exclusiva y, sin embargo, lo hace responsable de todo lo que, a su juicio, no funciona o funciona de forma defectuosa. Si las afirmaciones del sínodo sobre la participación y la corresponsabilidad de todos son ciertas, entonces todos y cada uno debemos formularnos la pregunta: ¿y ahora qué? No se puede esperar que todas las iniciativas surjan desde arriba; cada cual debe hacer todo lo que le resulte posible en el ámbito en el que vive y sobre el que tiene competencias. El sínodo brinda la base y el marco para ello, al tiempo que ofrece diversas sugerencias positivas. La realización debe comenzar en otro lugar, en todos los planos. Aquí todo el mundo es interpelado y a todo el mundo se le recuerdan sus obligaciones.

Pero ¿no existen, se oye decir, bloqueos y barreras antitanque «de arriba» para las iniciativas que nacen «de abajo»? El celibato, el problema de los divorciados vueltos a casar, la cuestión de la regulación de la natalidad y la ordenación de mujeres suelen ser mencionados en primer lugar. Nadie puede negar que se trata de auténticos problemas. Entonces, ¿por qué no ha dicho el sínodo nada sobre ellos? A esto se puede responder de entrada: nada de eso formaba parte del tema del sínodo ni puede ser clarificado de pasada. Algunos sínodos se han manifestado ya al respecto, y en el futuro lo harán otros. Pero supongamos por un momento que dichas cuestiones de verdad estuvieran teológicamente tan claras como muchos piensan; supongamos, pues, que todo se debiera a la obstinación de la «Iglesia oficial». ¿Sería realmente todo mejor si las preguntas mencionadas fueron contestadas tal como desean quienes las plantean? Yo creo que no. Estas soluciones ya existen. Todo lo que aquí se exige se llevó a la práctica en la Iglesia protestante hace ya mucho tiempo. ¿Es allí la situación fundamentalmente mejor gracias a ello? Si las objeciones mencionadas fueran ciertas, la vida cristiana y eclesial debería florecer en la Iglesia protestante en una medida insospechada. Sin embargo, es evidente que sus miembros tienen que luchar con los mismos problemas que nosotros y con otros adicionales. Las exigencias mencionadas pueden estar tan justificadas como se quiera y seguramente tendrán que seguir siendo debatidas, pero de su solución no cabe esperar la revitalización y renovación fundamental de la Iglesia y del cristianismo. Se necesita un enfoque más profundo y abarcador. El sínodo ensayó uno, que plasmó en la fórmula: «La Iglesia, bajo la palabra de Dios, celebra los misterios de Cristo para la salvación del mundo».

Así, aún tenemos que decir, para terminar, una palabra contra el extendido avinagramiento en la Iglesia. Con su propia displicencia, denigra todo y nunca tiene interés en otra cosa que en encontrar el famoso pelo en la sopa. Si se quiere, siempre es posible encontrar ese pelo y quitar el apetito a los demás. Aunque uno se esté muriendo de sed, es capaz de rechazar malhumorado un vaso de agua medio lleno aduciendo que está medio vacío. Contra semejante actitud no se conoce antídoto alguno. De ese modo, también en el caso del sínodo se puede enumerar lo que –aún– no ha conseguido. Toda obra humana –y también un sínodo es, al fin y al cabo, una obra humana– se caracteriza por el hecho de que muchos detalles concretos son susceptibles de mejora. Que quepa asimismo perfeccionarla en conjunto es, sin embargo, algo que primero tiene que ser

demostrado. Y mientras no ocurra así, convendría asumir agradecidamente lo que ha dicho el sínodo, desarrollándolo y realizándolo en el ámbito propio de cada cual según las fuerzas disponibles. Todos estamos invitados a participar y a aportar nuestros talentos.

A buen seguro, la crítica es necesaria; también en la Iglesia, si no se quiere que la vida eclesial languidezca en falsa autocomplacencia. Lo que me gustaría desearle a la Iglesia actual, sobre todo entre nosotros, en Alemania, es mayor regocijo en lo que ella misma es y en lo que tiene. Según el Evangelio, solamente quien ya tiene y se alegra de ello y saca rendimiento de su talento recibirá más (cf. Mt 25,29). En la fe, al final no se dará la razón a los escépticos, sino a quienes, movidos por la esperanza y el amor, se atreven a comprometerse, a quienes, lejos de colocarse como espectadores al borde del camino y limitarse a criticar, se implican personalmente. Quienes antes del sínodo se mostraban escépticos y derrotistas se han equivocado; la restauración que temían y predecían no se ha producido. Quienes después del sínodo siguen siendo escépticos y derrotistas, si bien ya algo más moderadamente, se equivocan asimismo. En el concilio Vaticano II, la Iglesia se puso en camino; y este ponerse en marcha ha sido confirmado y desarrollado en el último sínodo. La Iglesia sabe que aún le falta mucho para concluir la realización del último concilio. En efecto, apenas se ha puesto todavía manos a la obra. Así, camina con decisión y confianza hacia el tercer milenio. Lo hace sin entusiasmo exaltado, pero sí llena del realismo que es propio de la fe y la esperanza y se acredita en el amor.

[1]. Una amplia visión de conjunto sobre la recepción del concilio puede encontrarse en G. Alberigo, Y. Congar y H. J. Pottmeyer (eds.), Kirche im Wandel. Eine kritische Zwischenbilanz nach dem Zweiten Vatikanum, Düsseldorf 1982; G. Alberigo y J.-P. Jossua (eds.), Il Vaticano II e la chiesa, Brescia 1985 [trad. al.: Die

Rezeption des Zweiten Vatikanischen Konzils, Düsseldorf 1986; trad. esp.: La recepción del Vaticano II,

Cristiandad, Madrid 1987].

[2]. Así, por ejemplo, en el libro del periodista y vaticanólogo italiano G. Zizola, La restaurazione di papa Wojtyla, Roma/Bari 1985, aparecido antes del sínodo. Zizola ha proyectado también sus reservas a posteriori sobre la relación final del sínodo, bajo el enteramente falso supuesto de que esta fue confiada a una comisión nombrada «desde arriba». Cf. su artículo recientemente publicado en Rocca (enero 1986), 47-51.

[3]. Cf. Vittorio Messori a colloquio con il cardinale Joseph Ratzinger, Rapporto sulla fede, Roma 1985 [trad. al.: J. Ratzinger, Zur Lage des Glaubens. Ein Gespräch mit Vittorio Messori, München 1985; trad. esp.: J. Ratzinger y V. Messori, Informe sobre la fe, BAC, Madrid 19856]. Cualquier confrontación justa con este libro debe tener en cuenta al menos que J. Ratzinger excluye expresa y decididamente una restauración en el sentido habitual de vuelta a un estado anterior. Lo que persigue al usar el históricamente lastrado término «restauración» es «un recuperado equilibrio entre las orientaciones y los reglamentos» (ed. alemana, 36). Con más razón aún resulta infundada la controversia por la palabra «restauración», tal como la emplea J. Ratzinger, si se tiene en cuenta la observación de H. de Lubac en el sentido de que «restauración» sirve a menudo como traducción del término latino, utilizado por el concilio, instauratio, o sea, renovación. Cf. H. de Lubac, Entretien autour de Vatican, Paris 1985, 114s [ trad. al.: Zwanzig Jahre danach. Ein Gespräch

über Buchstabe und Geist des Zweiten Vatikanischen Konzils, München 1985, 113s; trad. esp.: Diálogo sobre el Vaticano II: recuerdos y reflexiones, BAC, Madrid 1985].

[4]. Cf. F. König, Chiesa dove vai?, Roma 1985 [trad. al.: Der Weg der Kirche. Ein Gespräch mit Gianni Licheri, Düsseldorf 1986; trad. esp.: Iglesia, ¿adónde vas? Gianni Licheri entrevista al cardenal Koenig, Sal Terrae, Santander 1986].

[5]. Esta hipótesis totalmente inventada se encuentra en P. Hebblethwaite, Synod Extraordinary. The Inside Story

of the Rome Synod, November/December 1985, London 1986, 136. El libro, evidentemente escrito en su

mayor parte antes del sínodo, solo aborda este en los dos últimos capítulos. Junto a muchas informaciones valiosas, sus páginas contienen toda una serie de fantasiosas especulaciones y algunas afirmaciones falsas sobre hechos concretos.

[6]. La documentación completa volverá a ser presentada por G. Caprile. La documentación de los sínodos episcopales celebrados hasta ahora desde 1967, editada por él, apareció bajo el título Il sinodo dei vescovi, 7 vols., Roma 1968-1984.

[7]. A todos los padres sinodales se les entregó, por encargo del cardenal Franciszek Macharski, una amplia documentación del proceso sinodal con el que el entonces arzobispo de Cracovia, Karol Wojtyla, contribuyó a la recepción del Vaticano II en su diócesis. Cf. Il Sinodo pastorale dell’archidiocesi di Cracovia. 1972-

1979, Città del Vaticano 1985.

[8]. La Escritura habla del misterio del reino de Dios, con lo que alude a su escondida presencia en Jesucristo (cf. Mc 4,11 par). Las cartas paulinas mencionan el misterio callado desde tiempos eternos (cf. Rom 16,25), el misterio eterno del designio divino que se ha manifestado en Jesucristo (cf. Ef 1,9), más aún, que Jesucristo mismo es (cf. Col 2,2) y ahora es anunciado y revelado a los gentiles mediante la predicación apostólica (cf. Ef 3,9s; Col 1,26; véase además Ef 6,19; Col 4,3). Así, también cabe calificar de misterio el hecho de que Cristo esté entre nosotros (cf. Col 1,27) o la exégesis tipológica de la Escritura, que se refiere a la relación de Jesucristo y la Iglesia (cf. Ef 5,32). En el Nuevo Testamento se afirma, con ayuda del término mysterium

o sacramentum, la presencia del misterio de Cristo no solo en la palabra, sino también en los sacramentos.

Por consiguiente, para entender el concepto de «misterio» hay que recurrir a toda la rica tradición de la comprensión de los sacramentos. La segregación de los sacramentos respecto a la totalidad del

mysterium/sacramentum de la Iglesia, que se inicio en la temprana Edad Media, fue revertida por el Vaticano

II mediante la doble afirmación de que la Iglesia es en Cristo, por así decir, sacramento, o sea, signo e instrumento (cf. Lumen Gentium 1, 9 y passim), y de que es sacramento universal de la salvación (cf. ibid. 48; véase asimismo Gaudium et Spes 45 y passim). De este modo, con su eclesiología del misterio, el sínodo hace suya una de las principales afirmaciones eclesiológicas del concilio. Cf. W. Kasper, «La Iglesia como sacramento universal de la salvación», reimpreso en el presente volumen, 306-327 (con una panorámica bibliográfica).

[9]. Cf. K. Rahner, Das Konzil – ein neuer Beginn. Vortrag beim Festakt zum Abschluss des II. Vatikanischen

Konzils im Herkulessaal der Residenz in München am 12. Dezember 1965, Freiburg i.Br. 1966 [trad. esp.: El concilio, nuevo comienzo, Herder, Barcelona 2012].

[10]. Esta afirmación, a menudo sostenida erróneamente en la prensa, fue recogida también por Herder-

Korrespondenz 40 (1986), 37s, y asociada con la suposición de que «la elocuente referencia al misterio de la

Iglesia... puede y debe... distraer de irresueltas cuestiones relativas a estructuras y competencias». El conocimiento de los textos conciliares no parece estar ya, de hecho, muy extendido; además, es evidente que el apresurado informador y comentador no tuvo tiempo más que para leer el primero de los cuatro capítulos de la relación final del sínodo. El balance crítico de D. A. Seeber (cf. ibid., 53-56) pasa por completo de largo ante el quid de la cuestión y ante los textos.

[11]. La más importante literatura reciente sobre este tema (Y. Congar, H. de Lubac, M.-J. Le Guillou, J. Hamer, J. Ratzinger, O. Saier, A. Acerbi, P. C. Bori, G. Ghirlanda, G. Alberigo, H. Müller, etc.) se detalla en el artículo W. Kasper, «La Iglesia como communio. Reflexiones sobre la idea eclesiológica rectora del concilio Vaticano II», reimpreso en el presente volumen, 405-425.

[12]. El trasfondo indispensable, pero por regla general poco estudiado, de las recientes iniciativas de J. Ratzinger y H. U. von Balthasar, son las minuciosas exposiciones de H. de Lubac, Les églises particulières dans

l’Église universelle, Paris 1971 [trad. al.: Quellen kirchlicher Einheit, Einsiedeln 1974; trad. esp.: Las

Iglesias particulares en la Iglesia universal, Sígueme, Salamanca 1974]. Una buena visión de conjunto de los más importantes resultados del debate en general la ofreció justo antes del sínodo el artículo principal no firmado: «Il sinodo dei vescovi come sviluppo della collegialità episcopale»: Civiltà Cattolica 136 (1985), 105-117. También deben consultarse las deliberaciones del sínodo extraordinario de los obispos de 1969, por desgracia casi olvidadas. Cf. G. Caprile, Il Sinodo dei vescovi. Prima assemblea straordinaria (11-28 ottobre 1969), Roma 1970. Al respecto, véase también A. Antón, Primado y colegialidad. Sus relaciones a la luz del

informe de la Comisión Teológica Internacional, L’unique Église du Christ. Rapport rédigé pour le Synode

par Msgr. Pierre Eyt, Préface du cardinal Ratzinger, Paris 1985 [trad. esp. de la versión latina oficial: «Temas

selectos de eclesiología», en Comisión Teológica Internacional, Documentos (1969-1996), BAC, Madrid 2000, 327-375]. Un tratamiento más amplio se encuentra en A. Garuti, La collegialità oggi e domani, Bologna 1982 (también con bibliografía).

[13]. Cf. Il sinodo dei vescovi. Natura – metodo – prospettive, ed. por Jozef Tomko, Città del Vaticano 1985 (con importantes referencias bibliográficas). Especialmente significativa es la alocución del papa; su formulación más relevante, la de que el sínodo de los obispos es expresión e instrumento de la colegialidad, fue recogida en esencia en la relación final del sínodo. Interesante para la actitud del papa ante el sínodo episcopal es la obra Karol Wojtyla e il Sinodo dei vescovi, Città del Vaticano 1980.

[14]. Al respecto, cf. el interesante y ponderador artículo de A. Dulles, «Bishops’ Conference Documents: What Doctrinal Authority?»: Origins 14 (1985), 528-534.

[15]. Cf. Die Einheit des Glaubens und der theologische Pluralismus, ed. por la Comisión Teológica Internacional, Einsiedeln 1973 [trad. esp. del orig. latino: «La unidad de la fe y el pluralismo teológico», en Comisión Teológica Internacional, Documentos (1969-1996), BAC, Madrid 2000, 41-57]. La distinción entre pluralidad y pluralismo fue preparada, en lo que al contenido se refiere, de modo intelectualmente muy profundo en uno de los clásicos de la eclesiología católica renovada, en la obra de J. A. Möhler, Die Einheit

in der Kirche oder das Prinzip des Katholizismus (1825), editado, introducido y comentado por J. R.

C

APÍTULO

6.

El permanente reto

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