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ALBERTO CASTILLO

In document Historia Del Tango (página 130-132)

Eso le permitió dejar una amplia discografía: Acuérdate de mi; Adiós, te vas; A la gran muñeca; Al compás del corazón;

ALBERTO CASTILLO

U

n hecho insólito motivó el alejamiento de Alberto Castillo de la orquesta de Ricardo Tanturi, con la cual había logrado fama y resonantes éxitos. Le negaron un aumento de lo que cobraba y, además, le dijeron que al director asrtístico de Radio El Mundo no le gustaba como cantaba porque era muy arrabalero. No debía imaginarse que ese estilo arrabalero sería el que lo llevaría a ser un ídolo popular y a mantenerse en los escenarios por más de 6 décadas.

Alberto Salvador De Lucca, su verdadero nombre, además, no toleró que le cambiaran las letras de los tangos que él cantaba. Debe haber influído en su decisión, que tuvo que grabar varios con la letra modificada, como por ejemplo Muñeca brava o Que me quiten lo bailao, a raíz de que el gobierno surgido de la revolución militar de 1943 había prohibido que se utilizaran en los tangos letras lunfardas o reas, que era el estilo que Alberto Castillo había impuesto.

Era particularísimo o, como decía Julián Centeya, no se parece a ninguna voz Había nacido el 7 de diciembre de 1914 en pleno barrio de Mataderos, en Juan Bautista Alberdi al 4700. Quinto hijo de un matrimonio de inmigrantes italianos, Salvador De Lucca y Lucía Di Paola, desde muy chico se inició en la música. Era adolescente cuando intentó estudiar violín, pero pronto se dio cuenta que lo que le gustaba con pasión era cantar. Se prendía en cuanta ocasión se le daba, y en una de ellas, cuando tenía 15 años, el guitarrista Armando Neira lo escuchó y le popuso cantar en el conjunto que tenía. Con el nombre de Alberto Dual hizo entonces su debut profesional. Después pasó a llamarse Carlos Duval, nombre con el que cantó en 1934 con Julio De Caro, al año siguiente con Augusto Pedro Berto y en 1937 en la orquesta de Mariano Rodas. En 1938 decidió estudiar medicina y abandonó su pasión por el canto. Pero su vocación por el mismo era demasiado fuerte, ya que poco antes de recibirse de médico ginecólogo se incorporó a la Orquesta Típica “Los Indios”, integrada por estudiantes y dirigida por un dentista, Ricardo Tanturi. Hacía lo que más le gustaba: cantar tangos. Nunca estudió música, porque decía que cantaba como le salía del alma, dándole intención a los versos, apoyado por la reacción de su público, que le respondía incondicionalmente, y al que no le importaba si no seguía estrictamente la música del tango. Qué iba a estudiar canto, si con lo que debía hacerlo en la Facultad ya era suficiente. Se justificaba diciendo que él había mamado el tango en la calle, en las esquinas, en los cafés, y en la sala de guardia del Hospital Alvear. Ese es el tango que llevé a todos lados. Siempre

sostuvo que su estilo favorecía a los bailarines. La gente se mueve gracias a mi modo de cantar, aseguraba.

Era todo un personaje, y un verdadero hombre de barrio, y él mismo se consideraba bien de pueblo”. Ya en la orquesta de Ricardo Tanturi y con el nombre de Alberto Castillo, propuesto por un hombre que hizo mucho por la radiofonía argentina, Pablo Osvaldo Valle, el 8 de enero de 1941 grabó el primer disco. Podría decirse que fue con el vals Recuerdos con que se inició la larga serie de los grandes éxitos que signó la trayectoria de algo que ya era muy popular: la orquesta de Ricardo Tanturi con su cantor Alberto Castillo, que hacían furor en las matinée de Unione e Benevolenza y del salón

Augusteo. En 1938 ya había cantado con esta orquesta, a pedido de sus compañeros, en

una fiesta de estudiantes.

Alternaba el canto con la atención del consultorio que había instalado en la casa paterna. Siempre se dijo que acudía una legión de mujeres, algunas realmente para ser atendidas, pero la gran mayoría con la única intención de poder estar con el cantor. Sin embargo, el 6 de junio de 1945, siendo un ídolo popular, se casó con Ofelia Oneto, con quien tuvo tres hijos: Alberto Jorge, ginecólogo y obstetra; Viviana Ofelia, veterinaria e ingeniera agrónoma, y Gustavo Alberto, cirujano plástico.

Con Ricardo Tanturi estuvo hasta 1944, cuando se hizo solista. En esta nueva etapa primero lo acompañó la orquesta de Emilio Balcarce, luego la de Enrique Alessio y después la de Angel Condercuri. Con Tanturi alcanzó éxitos memorables, especialmente en los bailes, donde más de una vez fue el promotor de alguna gresca, cuando intencionalmente le cantaba a algunos de los presentes Así se baila el tango, poniendo especial énfasis en el inicio de los versos, cuando dicen: Qué saben los pitucos/ lamidos y shushetas..., como una vez que, ya como solista, la policía debió cortar el tránsito en la avenida Corrientes, frente al Teatro Alvear, donde estaba actuando.

Algo similar había ocurrido el día de su debut en el Palermo Palace, donde se juntaba tanta gente en la calle que a los pocos días la Policía tuvo que intervenir para solucionar el tumulto. Uno de los oficiales le dijo Lo siento, Castillo, si le puedo ser útil en alguna forma, a lo que, despectivamente, le contestó Para usted, yo soy el doctor De Luca El mismo Tanturi, su amigo, le recomendaba que tuviera cuidado en su forma de cantar, a lo que Castillo le respondía ¿Qué quieren, que cante como si estuviera anémico?

Se definía como un bandoneón que canta, y se jactaba de haber sido el primero en cantar caminando por el escenario, porque normalmente los cantores se paraban ante el micrófono, cantaban el estribillo y se escondían detrás del piano. También decía, en un reportaje en 1965: Cuando canto un tango pongo todo porque lo siento. No podés hablar de un drama si nunca lo tuviste. Y que me vengan a mí a hablar de miserias, a mí, que pasé cinco años de practicante en la Asistencia Pública. ¡Las cosas que aprendí! Yo conozco al público, a la multitud. La conocí en el hospital. Y cuando subo a un escenario, de una mirada sé qué hay que cantar, porque miro la cara de los que están enfrente. Y veo si hay reos, si hay nocheros, si hay pitucos. Yo soy el Perón del tango. En otra ocasión aseguró: Triunfé porque canto como quieren cantar todos cuando se están bañando. Todos quieren cantar como yo.

Incursionó en el cine, ayudado por su gran naturalidad para actuar, igual que cuando cantaba frente a su público, sin poses preestudiadas. En 1946 debutó con “Adiós Pampa mía”, y le siguieron, en 1948, “El tango vuelve a París”, junto a la orquesta de Aníbal Troilo, “Un tropezón cualquiera da en la vida”, con Virginia Luque, y “Alma de bohemio”; en 1950, “La barra de la esquina”; en 1951, “Buenos Aires mi tierra querida”; en 1953, “Por cuatro días locos”; en 1955, “Ritmo, amor y picardía”; en 1956, “Música, alegría y amor”; en 1958, “Luces de candilejas”, y en 1959, “Nubes de humo”.

Aunque no trascendió como autor, tenía una capacidad asombrosa para escribir letras, que se transformaron en los tangos Yo soy de la vieja ola, como crítica a la “nueva ola” que irrumpió en 1959, Muchachos, escuchen, Cucusita, Así canta Buenos Aires, Un regalo del cielo, A Chirolita, ¡Adónde me quieren llevar!, Castañuelas, Cada día canta más, dos marchas, La perinola y Año nuevo, y el candombe Candonga.

Tuvo en su larga trayectoria primero un gran amor por el tango, pero su espíritu innovador lo llevó a incursionar también en otra expresión popular como es el candombe, junto a bailarines negros. Y allí también cosechó éxitos, y si antes se había transformado en ídolo, primero con Ricardo Tanturi y después solo, repitió esos sucesos, esta vez con Osvaldo Sosa Cordero, autor de algunas de las obras que él llevó a la fama. En su repertorio incluyó Siga el baile, Baile de los morenos, El cachivachero y Candonga. Pero no paró allí su afán creador, porque supo mantenerse siempre cerca de la juventud. En la década de 1940 había conquistado al exigente público tanguero con su particular estilo, y en la de 1990 hizo lo propio con una juventud totalmente distinta, con otros gustos, cuando “Los Auténticos Decadentes” lo fueron a buscar y lo invitaron a grabar con ellos Siga el baile.

Alberto Castillo no supo de renunciamientos ni abandonó nunca su gran pasión, que era cantar. En 1984 festejó sus 70 años de vida en un local tanguero en Nueva York. Nos regaló su estilo, un tanto deformado por el paso de los años, con su voz ya gastada y chillona, junto a la orquesta de Jorge Dragone, hasta prácticamente antes de morir. No se resignaba a abandonar el escenario. Lo venció una neumonía, que en pocos días le produjo el deceso, a los 87 años, el 23 de julio de 2002.

Grabó mucho, con Ricardo Tanturi, y en su etapa de solista, entre otros, Al compás del tango; Alma de bohemio; A media luz; Amarras; A mi madre; Así se baila el tango; Buzón; Baile de los morenos; Candonga; Cucusita; El cachivachero; El tango es el tango; El choclo; El sueño del pibe; El carrerito; El pescante; Juan Tango; Garufa; Los 100 barrios porteños; La pulpera de Santa Lucía; La mazorquera de Monserrat; Luna de arrabal; La que murió en París; La cumparsita; Lecherito del Abasto; Moneda de cobre; Muñeca brava; Mano blanca; Margot; Noches de Colón; Ninguna; Nubes de humo; Otra noche; Pinceladas; Que nadie sepa mi sufrir; Quevachaché; Recuerdos; Silbando; Se lustra señor; Se acabó tu cuarto de hora; Siga el baile; Tomo y obligo; Un tropezón; Violetas; Yo soy de la vieja ola; ¡Y sonó el despertador!

In document Historia Del Tango (página 130-132)