• No se han encontrado resultados

FRANCISCO FIORENTINO

In document Historia Del Tango (página 132-134)

Eso le permitió dejar una amplia discografía: Acuérdate de mi; Adiós, te vas; A la gran muñeca; Al compás del corazón;

FRANCISCO FIORENTINO

H

asta Fiorentino, sólo se cantaba el estribillo de los tangos. Fue el primero que cantó íntegras las letras, con la orquesta de Roberto Zerrillo, allá por 1934, según narra el investigador Nicolás Lefcovich, pues hasta entonces las orquestas le daban preferencia a la música en los tangos. Era un gran admirador de Ignacio Corsini, de quien sacó un estilo propio que luego le imprimió a su forma tan personal de cantar. Como los demás cantores, estaba acostumbrado a cantar sólo el estribillo, como lo había hecho en las orquestas de Francisco Canaro, Juan Carlos Cobián, Roberto Firpo, Juan D’Arienzo, Angel D’Agostino, Julio Fava, Julio Pollero, Pedro Maffia, Minoto Di Cico, Roberto Zerrillo, Ricardo Malerba y Daniel Alvarez, en las que participó con algún intervalo debido a un fugaz paso por Alemania integrando un conjunto de escaso relieve artístico. En algunas de esas orquestas tocaba el bandoneón, y cuando llegaba el momento de los versos se levantaba y cantaba el estribillo. Antes había actuado en el conjunto Los

poetas del tango, con Antonio Rodio, Héctor Artola, Miguel Nijelshon y Miguel Bonano.

Nació en el barrio de San Telmo, el 23 de septiembre de 1905, y estudió bandoneón con Minoto Di Cico. Siendo muy joven, con su hermano Vicente en violín y José Martínez en piano, formó un trío que actuaba en los cafés tangueros. Pasó luego a la orquesta de Canaro y, ya como cantor, a la de D’Arienzo

El salto a la fama lo dio cuando llegó a la orquesta de Aníbal Troilo, el 1 de julio de 1937, actuación que compartió un tiempo breve con Amadeo Mandarino, hasta que Pichuco incorporó a Alberto Marino, con quien constituyó un binomio prácticamente inigualable. Estuvo con Troilo hasta 1944, lapso en el cual grabó 60 temas, todos inolvidables, convertidos en grandes éxitos, que aún perduran en los modernos discos compactos para regocijo de los amantes del buen tango.

Compuso tangos, dos de los cuales alcanzaron éxitos inolvidables, como Pa’ que seguir y Orquestas de mi ciudad. Un día dijo en un reportaje por radio que tenía una valija llena de composiciones escritas por él, pero que difícilmente las editara. Fue una verdaderas pena que adoptara tal decisión porque, si nos guiamos por las dos que se conocieron, todo haría suponer que nos encontrábamos ante un autor excepcional. Cuando se desvinculó de Troilo formó parte por poco tiempo de la orquesta que compartía con el pianista Orlando Goñi, que también se había desvinculado del “Gordo”, y luego le confió la dirección de la suya a Astor Piazzolla, con quien grabó 24 temas. Se produjo entonces un hecho inusual. Piazzolla se limitaba sólo a dirigir la orquesta para acompañarlo, y pese a eso Fiorentino le permitió grabar algunos tangos instrumentales. Luego de esta etapa como solista pasó a la orquesta de Ismael Spitalnik, el autor de Bien milonga, tango que le grabaron Osvaldo Pugliese y Aníbal Troilo, a la de José Basso, a la de Francisco Rotundo, y a la de Alberto Mancione, hermano de Homero Manzi.

El “Tano” Fiore, como solían llamarlo quienes lo apreciaban, se desvinculó de la vida con la misma facilidad con que se desvinculaba de las orquestas, y nos abandonó el 11 de septiembre de 1955, siendo muy joven. Tenía sólo 49 años. Había ido a actuar como solista en el pueblo Tres Arboles, en la provincia de Mendoza, y el auto en que regresaba con el chofer a Buenos Aires volcó y cayó en una acequia, donde insólitamente falleció ahogado en un pequeño caudal de agua. Antonio Carrizo siempre recuerda que fue al velorio con Aníbal Troilo, quien le dijo Vamos, porque esta noche lo despiden todos los zomos (los mozos) y las putas de Buenos Aires.

Indudablemente, sus creaciones las logró con Aníbal Troilo. Como solista no grabó mucho, pero se lo recuerda con Amigazo; Burbujas; Corrientes y Esmeralda; Cotorrita de la suerte; De vuelta al bulín; Ensueño; En carne propia; El trovero; Fruta amarga; María; Nos encontramos al pasar; Oro falso; Otros tiempos y otros hombres; Rosa de otoño; Soy una fiera; Si se salva el pibe; Tomo y obligo; Triste comedia; Viejo ciego; Volvió una noche, y muchos otros.

JULIO SOSA

N

ació el 2 de febrero de 1926 en Las Piedras, en el departamento Canelones, cerca de Montevideo, en la República Oriental del Uruguay. Tenía sólo 12 años cuando ganó un concurso de aficionados en un recreo en los suburbios de la capital uruguaya, y desde allí comenzó su carrera de cantor ganándose la vida en algún café de pueblo. Luego de cantar un tiempo con la orquesta de Carlos Gilardoni, probó fortuna en Montevideo y en Punta del Este con los conjuntos de Epifanio Chain y Luis Caruso, y con un cuarteto que dirigía Hugo Di Carlo. A pesar de que llegó a grabar algunos discos con Luis

Caruso, su actuación en su país no lo conformaba, por lo que en 1949 decidió venir a Buenos Aires, donde empezó a cantar en el café Los Andes, de Villa Crespo, acompañado por dos guitarristas, Cortese y Fontana. Actuó luego por poco tiempo en la orquesta de Joaquín Do Reyes, y de allí dio el gran salto, cuando fue requerido para incorporarse a la orquesta de Francini-Pontier, que no hacía mucho que se habían desvinculado de Miguel Caló y que tenían como cantor a Alberto Podestá. La cita para hacer una prueba se concretó donde actuaba la orquesta, en el Picadilly. Ya frente a Pontier, éste le preguntó qué quería cantar. Tengo miedo, respondió. Y Pontier, sonriente, le dijo: el tango Tengo miedo, o está julepeado. Nunca se avergonzó de decir que su padre era analfabeto y su madre sirvienta, y que para poder debutar en Buenos Aires le tuvieron que prestar un traje.

En 1953 pasó a la orquesta de Francisco Rotundo, hasta que Armando Pontier se separó de Enrique Mario Francini, y nuevamente lo convocó como cantor de su nueva orquesta, donde actuó hasta 1958. La etapa con Francisco Rotundo fue la de más bajo nivel en su trayectoria, no porque esta orquesta fuera de segunda línea, sino porque Sosa tenía pólipos en las cuerdas vocales, lo que por supuesto lo perjudicaba y le impedía cantar bien. Fue la dirigente peronista Juanita Larrauri quien lo vinculó con el doctor Juan Elkin, el que con un trabajo altamente profesional le devolvió sus dotes de eximio cantor. Pero Julio Sosa no era amante de seguir conductas ejemplares ni mucho menos tratamientos estrictos. Fue así como una noche el propio Rotundo lo sorprendió en un boliche tomando vino y fumando cigarrillos negros, lo que se prohíbe terminantemente a todo operado de pólipos en las cuerdas vocales, por lo menos durante el período de recuperación. Por suerte la fuerte reprimenda surtió efecto y Sosa se recuperó y de allí en más comenzó la mejor etapa de su vida como cantor.

Luego eligió cantar como solista, acompañado por Leopoldo Federico, con quien grabó innumerables éxitos en el sello Columbia. También incursionó en el cine, donde participó en películas dedicadas al tango, y en la televisión. Los años de las vacas flacas habían quedado atrás y el éxito ya era su aliado.

Como hemos visto, el tango está lleno de anécdotas, cada

In document Historia Del Tango (página 132-134)