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EL FENÓMENO PIAZZOLLA

In document Historia Del Tango (página 183-200)

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ablar de Astor Pantaleón Piazzolla no es fácil, si se tiene en cuenta la controversia que todavía genera, muchos años después de su muerte, la discusión de si su música es tango o no. Por eso, el análisis del fenómeno Piazzolla quedó deliberadamente casi para el final, y no fue incluido entre Los Protagonistas, porque constituye un capítulo aparte

en la historia de nuestra música. Fue realizado con la mayor objetividad posible, sin pasionismos, ni a favor ni en contra, tratando puntualmente de reflejar su trayectoria. No es la historia cronológica de la vida de este genio de la música, sino el desarrollo de los pasajes más importantes, con muchísimas anécdotas, desde su infancia hasta que nos abandonó físicamente, tanto en el aspecto privado como en el de sus actuaciones frente al público. Podría decirse que toda la vida de Piazzolla fue una gran anécdota. Este resumen de su vida fue extraído de reportajes y de relatos, en algunos casos del propio músico, y en otros de integrantes de su familia, de sus más cercanos allegados, de amigos y de reconocidos músicos que han pasado por sus agrupaciones.

El hijo de Vicente Piazzolla y Asunta Mainetti nació en Mar del Plata un 11 de marzo de 1921. No le pusieron de nombre Astor por casualidad, sino como homenaje a Astor Bolognini, un violoncelista que su padre admiraba y que tocaba tangos junto con su hermano Remo, que era violinista. Viajaron a los Estados Unidos casi juntos con la familia Piazzolla, y allí hicieron una brillante carrera. Astor, en la Sinfónica de Chicago, y Remo, en la orquesta en la que Arturo Toscanini dirigía.

Los Piazzolla vivían en Mar del Plata, en Rivadavia 2560, y en 1925, cuando Astor Pantaleón tenía apenas cuatro años, sus padres decidieron mudarse a Nueva York. Primero viajó el padre solo para tantear el ambiente y las posibilidades de trabajo, ya que tanto él como su esposa eran peluqueros. En una semana arregló el tema, y volvió a la Argentina para llevarse definitivamente al resto de la familia. Todo esto le llevó bastante tiempo porque, lógicamente, en aquella época los viajes se hacían en barco. Ya en Nueva York, se instalaron en uno de los barrios bajos, de mala fama, en Greenwich Village, donde la mitad eran italianos, casi todos sicilianos, y la otra mitad, judíos. Muchos años después, Astor contaría que la mayoría de los italianos eran mafiosos, y que su padre trabajaba en una peluquería que era propiedad de uno de esos gángsters. Como dato curioso, refería recordando su infancia que la madre atendía a sus clientas en su propia casa, y para que no se mezclaran, de lunes a jueves recibía a las italianas, las mujeres de los gángsters, que eran bastante amarretas, y el resto de los días, a las judías. Sus amigos de la infancia eran los hijos de esos gángsters, y muy a menudo debía participar en las grescas que se armaban, porque las peleas entre los grandes eran a tiros, y las de los chicos a trompadas. El se sentía en su salsa. Quienes lo conocieron lo pintaron como un gran atorrante, que no dudaba en robarle a alguno una armónica y salir corriendo. Ese instrumento lo apasionaba, porque era loco por el jazz, especialmente el jazz cool y los blues.

Siempre estaba prendido en alguna pelea. Desde chico lo acomplejaba el defecto que de nacimiento tenía en un pie, que a pesar de las tres operaciones que soportó no se lo pudieron corregir. Nunca soportó que le dijeran rengo, y se esmeraba por caminar disimulando su defecto físico. Inclusive llegó a estudiar zapateo americano. Hay quien supone que, psicológicamente, trató siempre de sobresalir para contrarrestar eso que lo hacía sentir disminuido.

Su renquera lo convirtió en un chico rebelde, lo que le costó que lo echaran de tres colegios porque era un loco, hasta que su padre, que no escatimaba sus buenas palizas para enderezarlo, lo ubicó en el Colegio María Auxiliadora de la Congregación de Don Bosco. Siempre fui loco –contó una vez-, pero allí fue donde aprendí las peores cosas de mi vida, en ese colegio de curas. La crisis de 1930 hizo que su padre decidiera volver a la Argentina, para instalarse nuevamente en Mar del Plata, pero un año después volvieron a Nueva York.

Astor entró en el tango por una situación fortuita, que veremos un poco más adelante, y como entró, salió. Más bien podría decirse que pasó por el tango. Mientras tocó en la orquesta de Aníbal Troilo no se lo conoció como compositor, como lo era la

gran mayoría de los músicos de aquella época. Recién apareció como autor cuando, después que dejó de acompañar a Fiorentino en su etapa como solista, encaró la titularidad de su orquesta, con Aldo Campoamor y Héctor Insúa como cantores.

Siempre aseguró que una cosa es ser arreglador, otra ser un buen músico, pero otra cosa muy distinta es ser creador. Yo empecé a ser creador después del año 50, decía. Como ejemplo, contó que estando todavía en la orquesta de Aníbal Troilo, el poeta Enrique Dizeo les alcanzó a él y a Hugo Baralis, su amigo de toda la vida, unos versos para que entre los dos le pusieran música. Era una letra muy simple, pero estuvimos tratando como tres meses con Huguito, y cada vez era peor lo que componíamos. No la pudimos escribir, a pesar de que yo ya estudiaba música con Alberto Ginastera. Es inútil, porque si Dios no te dio el don para escribir, andate a dormir urgentemente. Los primeros tangos que se le conocieron fueron Noches largas y El desbande, pero para él el primero fue este último, inspirado en el vuelco de un ómnibus en el que viajaba, por tener una estructura distinta de los tangos tradicionales. Lo tocó con su orquesta en la película “El hombre del sábado”. A partir de 1950 comenzó a componer una serie de obras instrumentales, que marcaron una renovación en el tango, como Se armó, que por el motivo apuntado la gente lo consideraba raro. Lo grabó en un 78, que del otro lado tenía De mi bandoneón, un magnífico tango de Roberto Pérez Prechi. Después vinieron Para siempre, en 1951; Prepárense, en 1952; Contagio, en 1953; Triunfal, y en 1954, Lo que vendrá. Luego Contratiempo, y Para lucirse, y los dedicados a las cuatro estaciones, Invierno porteño, Otoño porteño, Primavera porteña y Verano porteño, de los cuales sólo tuvo éxito este último.

Confesó que un día decidí ser compositor porque nadie me tocaba los tangos que tenía. El único que me los tocaba era Troilo, y yo le hacía los arreglos gratis con tal que tocara mis tangos. Por eso tocó Prepárense, Para lucirse y Lo que vendrá. El otro que los tocaba era Fresedo, y un día me enojé y dije: no toco más un tango de nadie, y empecé a escribir. Casi todas las orquestas rehuían tocar sus tangos por el tipo de música que componía. Un historiador y amigo suyo contó que el día que le llevó a Osvaldo Fresedo a la casa la música de Para lucirse, salió como loco porque le había dicho que se lo iba a tocar.

De allí en adelante, su producción no se la puede encasillar dentro de la música de tango. Desde 1960 hasta 1975 escribió lo más grande de su creación, a razón de 10 o 15 obras por año, y fue en esa época cuando se decidió a no tocar música de otro compositor. Sostenía que en la Argentina se puede cambiar todo menos el tango. El corte del tango nuevo es totalmente distinto al corte de lo que fue el tango anterior, o sea que hay un cambio armónico, un cambio rítmico, es mucho más excitante. Capitalizaba las críticas. Decía: Abro el diario el lunes y dice Piazzolla está loco; abro el diario el martes y dice Piazzolla es un demente; abro el diario el miércoles y dice Piazzolla está matando el tango. Todo los días hablan de mí. Y eso es lo que él buscaba. Agitaba las aguas porque su propia personalidad era así, quería que hablaran de él.

Su orgullo era Adiós Nonino. Aseguró que fue el mejor tango que escribí en mi vida. Tiene un misterio especial: el ritmo, la melodía y ese glorioso final triste. Lo escribí en el exterior cuando murió mi padre. Es de tono intimista, parece casi fúnebre pero igual rompió todo. Hice alrededor de 20 arreglos para este tema. El que más me gustó fue el último, con el Quinteto. Me parece perfecto. Estaba radicado en Nueva York, y ocasionalmente viajaba a Puerto Rico para actuar en un espectáculo con los bailarines Juan Carlos Copes y María Nieves.

Copes tenía la costumbre de no entregarle un telegrama o una carta a nadie hasta el final del show. Así ocurrió ese día. Llegó el telegrama con la noticia del accidente del

padre de Piazzolla, pero Copes se lo guardó hasta que terminó el espectáculo. Cuando lo leyó, Astor llamó a Mar del Plata y supo que ya había muerto. Entonces les tomó las manos a Copes y a María Nieves, se las apretó con la fuerza colosal que tenía (era habitual que mostrara cómo rompía una nuez con los dedos) y así estuvo un rato, en silencio, y sin derramar una sola lágrima.

No pudo viajar a Buenos Aires porque su contrato no se lo permitía. Inmediatamente voló a Nueva York y allí, a diferencia de lo que hacía habitualmente cuando componía, pidió a su esposa y a su cuñada que lo dejaran solo. Siempre usaba el piano para componer, pero ese día se encerró en el living y, por primera vez con el bandoneón, entre sollozos desgarradores, en dos horas compuso Adiós Nonino.

Una vez confesó muy emocionado en Buenos Aires en un reportaje en televisión, que su padre sabe todo lo que está pasando conmigo, y creo que soy el hijo que él deseó, que luchó tanto por mí. Sin lugar a dudas, sentía una pasión por su padre, y fue todo para este genio.

El historiador y escritor Natalio Gorín sostiene que, para él, Adiós Nonino va a ser La cumparsita del siglo XXI. Llamativamente, Astor Piazzolla compuso algunos tangos excepcionales en sus comienzos en este género: Fugitiva, con versos de Juan Carlos La Madrid, que le grabó Osvaldo Fresedo con Héctor Pacheco, El cielo en las manos, con letra de Homero Cárpena, que llevaron al disco Osvaldo Pugliese, con Alberto Morán, y Edmundo Rivero en su etapa como solista, y Pigmalión, en cuyos versos Homero Expósito cuenta la historia mitológica del escultor que se enamoró de la estatua que había creado. Este tango lo grabó solamente él con su orquesta.

Retrocediendo a la segunda época de su infancia en Nueva York, el primer bandoneón que tuvo era usado y fue un regalo de su padre. Lo fue a buscar a una casa de compra-venta con un hermano suyo, y le costó 78 dólares. Nunca pudieron saber cómo había llegado hasta allí. Al abrir la caja y ver el instrumento, Astor sufrió una gran decepción, porque creyó que iba a encontrar los patines, que tantas veces le había pedido a su padre. Una vez confesó que, en lugar de los patines, se encontró con un aparato que nunca había visto en mi vida. Su padre lo hizo sentar, le colocó el bandoneón sobre las rodillas, y le dijo: Astor, éste es el instrumento del tango, y quiero que aprendas a tocarlo. Su padre y su tío, músicos aficionados, eran viejos tangueros, y en su casa se escuchaban discos de Carlos Gardel, Elvino Vardaro y Julio De Caro. A Astor no le gustaban, y con su armónica tocaba blues, jazz y todas las variantes que existían en aquella época. Era lo que a él lo subyugaba.

Los que le dieron las primeras nociones de tango fueron Terig Tucci, que dirigía la orquesta que acompañaba a Carlos Gardel, y Andrés D’Aquila. Su padre quería inculcarle el tango, pero Astor con el bandoneón no quería saber nada. Después contaría en Buenos Aires que era tan loco y rebelde que el padre le daba unas biabas bárbaras para que aprendiera a tocar. Muchas décadas después lo reconoció como muy positivo, y que se lo agradeció eternamente. Recordaba que si no hubiera sido por su padre nunca hubiera llegado a lo que llegó.

Finalmente aflojó con lo del bandoneón, pero como no quería saber nada con el tango empezó a estudiar música clásica. Interpretaba a Bach, Mozart, Mendelssohn, aunque lo primero que tocó con su bandoneón fue una ranchera, según recordaba siempre como cosa jocosa.

El tema de cómo conoció a Carlos Gardel tuvo aspectos curiosos y cómicos. El mismo contó que su padre, como distracción, los sábados y domingos se dedicaba a tallar figuras en madera, y que una mañana de 1934 puso en sus manos la de un gaucho tocando la guitarra y le dijo Tomá, llevale esto a Gardel, a quien no conocían, pero sí sabían que se encontraba filmando en Nueva York. Cuando llegó a la casa de

departamentos, en la calle 49, se encontró en el hall con un hombre alto, pelado, con una botella de leche en cada mano, al que en inglés le dijo que iba al piso 28°. No obtuvo respuesta alguna, a pesar de repetirlo dos o tres veces. El hombree alto y pelado resultó ser Alberto Castellanos, que no le contestaba porque no sabía inglés. Entonces, Astor en su pésimo español le dijo que era argentino, y que tenía que llevarle a Gardel ese regalo de parte de su padre. Subieron juntos, y al llegar al piso 28°, Alberto Castellanos se dio cuenta que no había llevado las llaves. Le dijo al pibe que estaba a su lado que por la escalera de incendio entrara por la ventana a la habitación, y le dijera a Gardel que les abriera la puerta.

Cuando entró, se encontró con dos personas durmiendo, uno en cada cama. Despertó al que tenía más cerca, que resultó ser Alfredo Le Pera. Con su habitual mal genio, Le Pera empezó a protestar porque lo había despertado, y le dijo que Gardel era el de la otra cama. Una vez despierto por Astor, se levantó y abrió la puerta. Piazzolla le explicó el motivo de su presencia y Gardel, muy amablemente agradeció el regalo y lo invitó a desayunar con ellos, y lo mandó a Alberto Castellanos a comprar un budín inglés. Y así tomamos todos juntos el café con leche.

De esa forma insólita, Astor Piazzolla conoció a Gardel, que se mostró muy contento al saber que no sólo era argentino sino que también tocaba el bandoneón. Le obsequió dos fotografías autografiadas, una para él y otra para su padre. Poco tiempo después lo hizo participar como extra en la película que estaban filmando, y lo invitó al asado que había organizado para los argentinos y uruguayos que allí se encontraban, para festejar el final de la filmación. Eran 11 en total, y decidieron que Alberto Castellanos tocara el piano y Astor el bandoneón. El piano estaba tan desafinado que era imposible tocar, y entonces decidieron que tocara él solo. Fue allí cuando Gardel le dijo: Pibe, vos tocás muy bien el bandoneón, pero el tango lo tocás como un gallego. Esa frase lo persiguió toda su vida. No la tomó como un elogio, sino como una crítica.

La escritora María Susana Azzi, que escribió un libro sobre su vida, dijo que Astor Piazzolla nunca sintió el tango, que lo que realmente sentía era el jazz, porque para él, el tango no quería decir mucho.

En 1937, su familia volvió de Nueva York y se instaló definitivamente en Mar del Plata. Entonces su padre le cambió aquel viejo bandoneón por un codiciado “Doble A”, comprado en Buenos Aires en la casa Emilio Pitzer, al precio de 300 pesos moneda nacional. Ese mismo año lo trajo a la Capital un amigo de su padre y se instalaron en una pensión, en la calle Sarmiento, cerca del actual Teatro San Martín. La llamaban la liebre, porque los que vivían alli realmente corrían la liebre.

Sentía una gran frustración al comprobar que los músicos debían vivir de esa manera. Por eso decidió escribirle una carta, en su pésimo castellano, a Elvino Vardaro, en la que le contó que aunque era bandoneonista era hincha de él, que tocaba el violín, y que lo iba a ver donde actuaba con su sexteto, en el café Germinal. Así empezó a mezclarse con la gente de tango.

Con el nuevo instrumento que le había comprado su padre se perfeccionó, gracias a las clases que tomó con el músico Líbero Pauloni. Según relató en un reportaje, con ese “Doble A”, al que le dedicó después Tristezas de un doble A, empezó a gozar el instrumento y el tango.

Siempre reconoció que hubo grandes bandoneonistas, unos con el estilo de Pedro Maffia y otros con el de Pedro Laurenz. El primero, más intimista, el segundo, más desbordante. Según él, el Gordo Troilo fue otra cosa, no era deslumbrante, pero sí un intérprete maravilloso, que me hacía caer las medias tocando dos notas incomparables. A su criterio, en materia de técnica predominaba Minoto, pero el más grande de todos nosotros, aunque desconocido por el gran público, se llama Roberto Di Filippo. Decía

que en la primera línea no podía faltar Leopoldo Federico, que para esa época era el mejor de todos, y que en la generación posterior se colocaban dos muy buenos: Dino Saluzzi y Néstor Marconi. Yo soy distinto a todos. No digo ni mejor ni peor que Troilo o Federico. No, lo que no tiene nadie es mi “touche”, esto quiere decir que alguno me puede superar, o no, de lo que estoy seguro es de que como Piazzolla no puede tocar ninguno.

Otra vez dijo: He sido discutido en mi país y elogiado en el exterior; no soy popular, no convoco multitudes. Al respecto, en un pasaje del libro “Piazzolla. A manera de memorias” de Natalio Gorín, confesó: En el Opera de Buenos Aires podría hacer dos conciertos seguidos a sala llena, quizá tres, pero nunca una semana completa. A no ser que venga un Mesías o una entidad oficial y se puedan hacer a precios muy rebajados. Quiere decir que soy un artista de minorías comparado a los conjuntos de rock que llenan la cancha de River. Pero también estoy viendo en estos últimos años que esa minoría creció mucho. Alguien dijo hace poco que yo era famoso pero no popular. Eso también es lindo. Ahora ando solo, me cansé de los músicos, de los problemas. Hay un desgaste. Pero sería muy injusto si no reconociera lo que significó el quinteto en los últimos años de mi vida, desde 1978 hasta que lo disolví. Lo que había sembrado el noneto en María de Buenos Aires lo recogió musicalmente ese quinteto, hice mejores arreglos, ganó sonoridad, todos empezamos a volar. Ahí crece el fenómeno Piazzolla en Europa.

En su larga etapa en el exterior, en una oportunidad actuó un sábado y un domingo en un importante teatro. Como en los dos días se agotaron las localidades, el

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