Un día del año 1600, Jacob Böhme estaba sentado en su habitación cuando «posó la vista en un plato de estaño que reflejaba la luz del sol con un esplendor tan maravilloso que se sumió en un éxtasis interior, y le pareció que era capaz de ver los principios y fundamentos más profundos de las cosas. Lo creyó una simple fantasía y, a fin de ahuyentarlo de su mente, salió a pasear por el campo. Pero allí percibió que podía observar el corazón mismo de las cosas, de las hojas y la hierba, y que la verdadera naturaleza armonizaba con lo que había contemplado en su interior».[1]
Existen dos clases de experiencia mística: la visión del Creador y la visión de lo creado. La segunda, a su vez, se puede dividir en dos tipos: la visión del Amado y la visión de la Naturaleza. Böhme fue un gran místico protestante, una figura clave en el eslabón entre el pensamiento neoplatónico del Renacimiento y los románticos. A mi parecer, su experiencia es la primera que constituye lo que denomino la visión de la Naturaleza. Aún es bastante común en nuestros días. Por ejemplo, en 1969 Derek Gibson iba a su trabajo en su moto cuando advirtió que el ruido del motor se había reducido a un murmullo. «De repente, todo cambió. Podía ver claramente igual que antes la forma y sustancia de las cosas; pero, en vez de mirarlas a ellas, miraba en su interior. Veía bajo la corteza de los árboles y a través de los troncos. También miré dentro de la hierba, y todo estaba enormemente ampliado. ¡Hasta el punto de que veía moverse a los organismos microscópicos! Y luego no sólo estaba viendo todo eso, sino que estaba literalmente en su interior. Al mismo tiempo que miraba dentro de esa masa de vegetación, era consciente de cada brizna de hierba y cada pliegue de los árboles, como si los hubieran colocado ante mí de uno en uno para que me introdujera en ellos»[2]
En la visión de la Naturaleza, cada objeto está imbuido de significado e importancia. Todo es una presencia. Todo tiene alma. Empleando un lenguaje religioso, diríamos que todo es sagrado; unas veces inspira júbilo y otras pavor, pero siempre sobrecoge. El ego queda abolido, uno ni es auto-consciente ni se encuentra separado, sino consciente de uno mismo en íntima participación con todos los demás seres. No existe ningún deseo, salvo el de continuar en ese estado que el experto en arte Ber- nard Berenson llamaba el Ello (Itness):
«Era una mañana de principios de verano. Una neblina plateada titilaba y se estremecía sobre los tilos. Su fragancia colmaba el aire. La temperatura era como una caricia. Me acuerdo —no necesito rememorarlo— de que me subí a un tocón y de pronto me sentí inmerso en el Ello. No lo llamé por ese nombre. No necesitaba palabras. Ello y yo éramos uno».[3]
Gerard Manley Hopkins, sacerdote jesuita y poeta, denominó «Ello» (It) al carácter esencial de las cosas:
Cada ser mortal hace una sola cosa, siempre la misma: expresa que cada ser habita en lo interior;
marcha en sí mismo; y habla y anuncia
No parece que abunden los testimonios de la visión de la Naturaleza anteriores al inicio del siglo XVII. Esa época constituyó un hito histórico, ya que fue entonces cuando la antigua cosmovisión medieval comenzó a ser desbaratada por nuestra moderna visión científica del mundo. De pronto nos encontramos separados de la Naturaleza, observándola objetivamente, sin participar en ella como antaño. Así pues, deberíamos decir que la visión de la Naturaleza constituye tan sólo un retorno a la norma previa a la división de la consciencia respecto al mundo «exterior». ¿Acaso no llamamos hoy místico a lo que es convencional en las culturas tradicionales y lo fue una vez para nosotros?
En tal caso, puede que éste sea el motivo de que en nuestra cultura la visión de la Naturaleza suela producirse en la infancia y la adolescencia, antes de ser «instruidos»; o en personas que, como Wordsworth, nunca perdieron —según su amigo Coleridge— esa percepción de la naturaleza propia de la infancia, en la que
… con un ojo sosegado por el poder
de la armonía, y la honda potestad de la dicha, vemos el interior de la vida de las cosas.[5]
Tales visiones son el impulso que se encuentra no sólo detrás de las obras artísticas, sino también de la investigación científica, porque, tal como señaló Platón, el principio de toda filosofía es el Asombro.
La experiencia mística es también un ejemplo extremo de un tipo de conocimiento que todos poseemos, incluso aquellos científicos que niegan que se trate de conocimiento. No es cognición objetiva, sino reconocimiento subjetivo, en el sentido platónico del conocimiento como un recuerdo de la realidad que ya conocíamos antes de nacer. Es algo inmediato e intuitivo, lo que solía llamarse gnosis: conocemos una cosa al participar imaginativamente en su cualidad única, y no al medir objetivamente su naturaleza cuantitativa. La iluminación repentina a altas horas de la madrugada, el destello de un rayo en la oscuridad o el instante del tipo «manzana de Newton» proporcionan el germen de una teoría o de toda una visión del mundo que, posteriormente, es minuciosamente confirmada por métodos empíricos. Una sola experiencia mística, aunque dure apenas un minuto —ya sea de la Naturaleza, de otra persona o de Dios—, constituirá un momento determinante de nuestra vida, una piedra angular del conocimiento con la que mediremos todos los demás tipos de conocimiento por su proporción de verdad. Es una experiencia infrecuente, pero no sucede tan raramente como pensamos. El proyecto de investigación de sir Alistair Hardy desarrollado en Oxford durante los años setenta descubrió que el 36% de los británicos había tenido experiencias místicas.[6]
El encuentro de Wendy Rose-Neill con Dame Kind se produjo mientras cuidaba su jardín. De pronto fue intensamente consciente de cuanto la rodeaba: el olor a hierba, el sonido de los pájaros y el crujir de las hojas. «Dé repente sentí el impulso de tumbarme boca abajo en la hierba», dijo, «y al hacerlo, fue como si una especie de energía fluyera a través de mí, como si yo formara parte de la tierra que me sostenía. La frontera entre mi yo físico y lo que había a mi alrededor parecía disolverse, y mi sensación de separación se esfumó. De una forma extraña me sentí mezclada en total unidad con la tierra, como si yo estuviera hecha de ella y ella de mí […]. Me sentí como si de repente hubiera cobrado vida por primera vez, como si despertara de un sueño
largo y profundo al mundo real […]. Me di cuenta de que me rodeaba una increíble energía de amor, y de que todo, lo viviente y lo inerte, se encuentra inextricablemente ligado dentro de un tipo de consciencia que no puedo describir con palabras».[7]
Todos aquellos que atraviesan una experiencia mística coinciden en tres aspectos. Primero: resulta difícil de describir, no sólo porque es intensamente personal sino también porque la experiencia en sí trasciende el lenguaje. Segundo: siempre es concedida, es decir, no es posible inducirla mediante un acto de voluntad, aunque cierto grado de preparación o entrenamiento pueda ayudar. Lo que los cristianos llaman gracia, el don de Dios, parece ser clave. Tercero: para todos los beneficiarios de las experiencias místicas, éstas son más importantes, e infinitamente más significativas, que su estado normal. Son revelaciones de la realidad. Tras pasar por una experiencia de este tipo, nadie dice: «Ahora me doy cuenta de que fue un sueño, una alucinación o un delirio, pero ya he recobrado el juicio». Dicen más bien lo contrario: «La vida corriente parecía un sueño en comparación con la realidad que estaba viendo». A la vez, las cosas corrientes no están tergiversadas como pueden estarlo en los sueños. Todo es exactamente igual que de costumbre pero más vívido, colorido, y, sobre todo, pleno de significado.
Es imposible decir con certeza si las diferencias en los relatos de experiencias místicas entre, por ejemplo, cristianos e hindúes responden a vivencias distintas o bien a una misma pero filtrada por lenguajes, culturas y creencias diferentes. Lo único que cabe decir es que lo experimentado nunca es del todo independiente de la cultura a la cual pertenece el sujeto.