En 1938, el psicoanalista Bruno Bettelheim fue arrebatado de su confortable hogar para ser enviado a Dachau y luego a Buchenwald. Quedó atónito de lo frágil que era su mundo, y con qué facilidad era posible destruirlo. Bastó un solo día para que perdiera su fe en la firmeza del orden y la civilización. No fue a causa la brutal paliza que recibió en el tren que lo trasladó allí, sino por su arbitrariedad y ausencia de sentido. Al llegar descubrió que esas condiciones se prolongaban: al más leve incumplimiento de unas normas arbitrarias, era salvajemente castigado. De hecho, ni siquiera había que violar una norma; el «castigo» era aleatorio e indiscriminado. Llegó a pensar que el propósito de los campos no era castigar, ni crear mano de obra, ni siquiera exterminar; sino
destruir en los prisioneros su autodeterminación y su creencia en que eran seres humanos. Querían, podríamos decir, destruir su alma. Según el escritor y químico Primo Levi, que estuvo en los campos de la muerte, obligar a los prisioneros a que ellos mismos manejasen los crematorios «contenía un mensaje lleno de significación: “Nosotros, la raza de los señores, somos vuestros destructores, pero vosotros no sois mejores que nosotros; si queremos, y lo queremos, somos capaces de destruir no sólo vuestros cuerpos sino también vuestras almas, tal como hemos destruido las nuestras”».[11]
Para los nazis, lo importante era que cada prisionero viviera con el temor de morir en cualquier momento. Y era este terror lo que corroía el alma, haciendo que los presos se volvieran unos contra otros y hasta que se vigilaran entre sí, de modo que no hubiera gran necesidad de una fuerza externa. Su objetivo tácito era demostrar una cosa: que los judíos eran realmente Untermenschen, subhumanos, sin alma. Una vez demostrado este argumento, por así decirlo, se les podía quemar como si fueran basura. Si el objetivo de los nazis hubiera sido matar sin más, no habrían castigado tan brutalmente a quienes intentaban, y no lograban, suicidarse.[12]
Quienes no se mataban trataban de aferrarse a su humanidad. Unos pocos fueron capaces de utilizar la privación y la violencia como vías de iniciación, pero sólo los acostumbrados a la santidad podían hacerlo, dada la naturaleza extrema de la «iniciación». Para el resto quedó un miedo constante a verse reducidos a la condición de Müsselmanner, «musulmanes», así llamados porque habían sucumbido a una especie de fatalismo, como erróneamente suponían que habían hecho los musulmanes. Tales desdichados, reducidos a meros egos por el incesante miedo a la muerte, simples seres implorantes que se aferraban a la vida ardiendo de deseo, básicamente por comida, pronto se consumían y acababan deambulando como autómatas. Incluso dejaban de alimentarse. Pero los demás prisioneros eran reacios a ayudarlos porque su condición era altamente contagiosa. De manera que, rechazados, los «musulmanes» pronto morían.[13] Constituían «los cimientos del campo», escribe
Primo Levi; «la masa anónima, continuamente renovada y siempre idéntica, de no- hombres que marchan y trabajan en silencio, apagada en ellos la llama divina, demasiado vacíos ya para sufrir verdaderamente. Uno duda en llamarlos vivos; duda en llamar muerte a su muerte, que no temen porque están demasiado cansados para comprenderla».[14] Por lo visto, el alma puede extinguirse antes de que la vida corpórea
haya finalizado. No puede destruirse, pero puede quedar irrecuperable —en esta vida, al menos—. No hay prueba más clara de la vulnerabilidad del alma que el destino de esos «musulmanes»; aunque, paradójicamente, tampoco hay prueba más clara de la existencia del alma que mirar dentro de unos ojos vacíos y ver en ellos la cruda ansiedad de quien la ha perdido.
Bettelheim estaba interesado en lo que llamó psicología de situaciones extremas, como la que encontró en el campo de concentración. Pero todos somos susceptibles de ver mutilada nuestra alma en situaciones mucho menos extremas, siempre que nos enfrentamos a un acto de tiranía, ya sea por parte de un padre o un colega, un jefe o un cónyuge. Sólo es necesario que tengan poder sobre nosotros y que abusen de él, sobre todo imponiendo recompensas y castigos arbitrarios. Como hemos visto, la arbitrariedad es la clave para un buen lavado de cerebro. Forma parte de nuestra
naturaleza buscar orden y significado para intentar contentar a los poderosos prediciendo qué quieren y llevándolo a cabo. Pero nunca podemos contentarlos ni descubrir su plan. Justo cuando pensamos que estamos haciendo «lo correcto», somos reprendidos; pero también podemos encontrarnos con un elogio por algo que simplemente hemos adivinado. Mantenemos un interminable diálogo interno sobre si estamos haciendo o no «lo correcto», o si estamos haciéndolo bien o no. Acabamos fiscalizándonos a nosotros mismos e interiorizamos al poderoso, que reemplaza a nuestro yo.
Pensándolo bien, tal vez no fui tan desgraciado como me sentí en la época de adolescente, cuando fui aislado en la maleza con mis compañeros y privado por los mayores de alimento y sueño, cuando estuve sujeto a normas arbitrarias y complicadas y fui torturado y obligado a aprender cantidades ingentes de tradición religiosa, antes de que me juzgaran digno de entrar en la tribu. Era lo que se llamaba estudiar en la escuela pública británica, donde la «maleza» era un enclave rural y los «mayores» eran los estudiantes de los últimos cursos, que asumían la tradición de iniciar a los nuevos martirizándolos y enseñándoles la jerga de la escuela, como una lengua sagrada, así como sus misteriosas costumbres y ritos relacionados con corbatas, insignias, colores y demás. Todo el mundo convenía en que la escuela proporcionaba educación, pero de hecho la educación era pobre y secundaria. Lo que proporcionaba, sin saberlo, era una iniciación: «té hacía un hombre».
Es importante que el miedo y el dolor infligidos a los candidatos a la iniciación no sean personales. Un leve pellizco infligido con malicia duele más que un fuerte puñetazo asestado por accidente. En la vida tribal, quizá sean tu padre o tu tío quienes te circunciden o te hagan pasar hambre; pero, con sus pinturas y sus máscaras, se transforman en dáimones impersonales que te guían a la fuerza al Otro Mundo. Igual de importante es que el miedo y el dolor preludien el desvelamiento y revelación de la belleza y el misterio del mito y la religión tribal. Porque si el tormento es personal y se prolonga demasiado no servirá para espolear al alma, sino para endurecerla. En el colegio, hubo algunos chicos que no fueron admitidos en la «tribu» y a los que se siguió torturando a un nivel personal; es decir, que se les marginó y acosó. Para algunos, la consecuente pérdida de alma significó una crisis nerviosa o incluso el suicidio.