Cuando yo tenía cinco años, un inspirado maestro de primaria acostumbraba a leernos relatos de la mitología griega. A todos los niños nos gustaban los héroes griegos. En ellos reconocíamos los prototipos de nuestros héroes de los libros de aventuras y superhéroes de los cómics: el poderoso Heracles venciendo en sus doce trabajos; Jasón y su banda de expertos apoderándose del vellocino de oro; Teseo sorteando el laberinto cretense con una madeja de hilo para matar al Minotauro; Belerofonte surcando las alturas con su caballo alado; Aquiles, veloz como una liebre, devastando a los ejércitos troyanos… Algunos admirábamos a héroes más sutiles, como Perseo, que supo someter a la gorgona Medusa; al artístico Orfeo, que usó la música en lugar de la fuerza bruta para dominar el inframundo; o al astuto y pelirrojo Ulises, que concibió el caballo de Troya. Más adelante comprendí que las distintas posturas heroicas con que nos enfrentamos al mundo hallan su patrón arquetípico en los mitos.
¿Vibraban también las niñas con estos cuentos? ¿Se identificaban con la desairada Deyanira, esposa de Heracles; con la desdichada Ariadna, que proporcionó a Teseo el hilo y a cambio se vio abandonada; o con la poderosa hechicera Medea, sin cuya ayuda Jasón no había conseguido el vellocino? 1-o ignoro. Pero recuerdo cómo a todos nos impactaba una historia que fue la que caló más hondo en mí, por encima de todas las demás.
Es la de una inocente joven llamada simplemente Core, «la doncella», que recogía indolentemente na relsos y margaritas en una pradera soleada cuando, de repente, la tierra se abrió y Hades, dios de los muertos, surgió en su cuadriga de bronce, se llevó a la muchacha por la fuerza y se sumergió con ella en el inframundo. Se trata de un rapto y hasta de una violación, aunque de niños esto no nos era dicho explícitamente, por supuesto, pero de todos modos percibíamos vivamente lo terrible de la escena. Yo tenía una visión cósmica de toda la tierra verde marchitándose cuando la madre de Core, Deméter, diosa de las cosechas y de todo lo que crece, abandonaba sus tareas con el corazón destrozado para buscar a su hija por el devastado mundo.
Todos habrían muerto de hambre si Zeus no hubiera enviado a Hermes al inframundo para traer de vuelta a Core. Hermes logró su cometido y Hades prometió que le permitiría reunirse con su madre. Sin embargo, ya fuera porque ella no pudo resistirse a comer unas semillas de granada, o porque Hades secretamente le introdujo una en la boca, Core comió en el infra-mundo; y tomar el alimento del Hades supone condenarse a permanecer allí para siempre. Esas exiguas semillas sentenciaron a Core, ya rebautizada como Perséfone, «portadora de destrucción», a pasar un tercio del año bajo tierra.
Al principio me quedé bastante satisfecho cuando, años después, me «explicaron» el mito como un relato primitivo acerca de cómo surgieron las estaciones. Core era la parte de la Madre naturaleza que «estaba bajo tierra» en invierno y volvía a emerger en primavera. El mito se transmutó en una alegoría con un único significado, lo que complacía mi deseo de hechos y datos. Sin embargo, también me daba cuenta que el mito perdía profundidad y complejidad, y que algo mucho más allá de aquella
explicación continuaba resonando en mi interior. Empecé a comprender que el mito trataba sobre la pérdida del Alma del Mundo, simbolizada por la yerma superficie de la tierra baldía, y al mismo tiempo sobre la continuidad de la existencia del alma en el «reino del sueño de la muerte».[1] También empecé a entender, por la manera en que
ese mito me había obsesionado, cómo había operado en mi vida, y cobrado profundidad con el tiempo en la medida de la imaginación que había puesto en él. Al igual que el arte, el mito es tan ilimitado como la propia alma, capaz de suscitar infinitas lecturas e interpretaciones. En suma, pude entender que los dioses y sus relatos continúan dando forma a las historias que nos contamos a nosotros mismos, incluidas nuestras teorías e hipótesis científicas. Y es que, tal como nos recuerda Karl Popper, «él descubrimiento científico es afín al relato explicativo, a la creación de mitos y a la imaginación poética».[2]
Todos somos presa de un mito. Todos habitamos una estructura imaginativa determinada por la perspectiva y conjunto de ideas que antes solíamos denominar un dios. Proclo nos enseñó que los mitos están constituidos de dáimones, y que los dáimones conforman nuestras vidas.[3] La idea de que los dáimones que habitan en los
mitos fueron también sus inventores es una notable metáfora del modo en que los mitos se crean a sí mismos a partir de la imaginación. «A menudo he fantaseado», escribió el poeta irlandés W. B. Yeats, «con que existe un mito para cada hombre y con que sólo hace falta saber cuál es para comprender todo cuanto hizo y pensó».[4]
Por eso, relatar mitos, sobre todo a los niños, es intrínsecamente saludable para el alma, y por esa razón seguimos escuchando o leyendo distintas versiones de los mismos mitos a lo largo de toda nuestra vida.
Dioses
Puesto que el alma está ocupada por los dioses —y preocupada por ellos—, es religiosa. Sólo que su religión no es confesional ni dogmática. Peor aún, tampoco es monoteísta. Ése es el motivo por el que la tradición judeocristiana en su conjunto se ha mostrado hostil al alma: rechaza su animismo y el politeísmo naturales e insiste en un único Dios. Desconfía de los iconos, las imágenes, el arte y la imaginación y tiende a tachar de falsos todos aquellos mitos que no sean el suyo.
El alma, en cambio, es tolerante con el monoteísmo. Reconoce nuestra necesidad de unidad, de ahí que acepte el monoteísmo como uno de sus muchos puntos de vista. Lo que procura rechazar es su excesiva tendencia a excluir a todos los demás dioses, y por lo tanto a todas las demás perspectivas. El monoteísmo se toma literalmente a su único Dios, y se acerca a Él mediante el ritual, la plegaria, la adoración y la fe. El alma, más que creer en sus dioses, los imagina.[5] Pueden ser poderosos, sobrenaturales,
deslumbrantes e imponentes, como Palas Atenea lo es para Ulises, pero no son seres literales. No exigen arrepentimiento ni ofrecen perdón, sino que requieren atención y dispensan penetración y sentido. El alma satisface nuestro deseo de un único dios haciendo que nos dirijamos cada vez a un dios distinto, pero sin dejar de reconocer a los demás.
Es como si, cada vez que un dios o arquetipo diera un paso al frente y se colocara bajo el foco en el centro del escenario, todos los demás estuvieran presentes en el
fondo o aguardaran entre bastidores, listos para entrar en escena e interactuar. Pero entretanto, no obstante, expresamos el punto de vista propio de la deidad predominante, a través de cuyos ojos vemos el mundo sin ser conscientes de ello; de hecho, el mundo que vemos es la creación del dios que nos gobierna en ese momento. Cada dios comporta una serie de ideas y un modo de imaginar que precede a nuestra percepción de las cosas. En resumen, cada dios entraña su propio cosmos. Su presencia en nuestras vidas es tan deslumbrante que a menudo nos volvemos ciegos al punto de vista de cualquier otro dios. Acabamos confundiendo el mundo con la perspectiva del mundo de nuestra deidad dominante; como se ha dicho a veces, acabamos confundiendo el mapa con el territorio. Como dijo Jung de los arquetipos: «Lo único que sabemos es que nos vemos incapaces de imaginar sin ellos […]. Si los inventamos, lo hacemos siguiendo los modelos trazados por ellos».[6]
El dios subyacente en la ciencia es Apolo, «el clarividente», «el despierto». Es el dios de la conciencia, la claridad, el orden, la pureza, la razón y el progreso. Cuando en el siglo XVI se hizo preponderante y trajo consigo la teoría de un cosmos heliocéntrico, trajo también la luz racional que allanaría el camino de la Ilustración. Sin embargo, la cosmovisión científica no sería completa hasta que el racionalismo de Apolo se apuntaló en el materialismo —la excéntrica doctrina que afirma que todo es tan sólo materia—, cuya creadora, sospechamos, es la gran Madre Fiera, esposa de Zeus —«madre» y «materia» están emparentadas, pues ambas provienen de la palabra latina mater—,[7] que nos mantiene enraizados y atentos a la materia.
Dioniso es el dios del éxtasis comunitario. Sus devotas son las ménades, mujeres «enloquecidas» que celebran sus ritos a mediados de invierno con vino, consagrado a él, mientras agitan sus largos cabellos y descuartizan una cabra que representa al dios desmembrado. Es como el señor del desgobierno, al que se le permite reinar durante breves períodos para evitar que el orden ortodoxo y las reglas se vuelvan demasiado represivos. Siempre que sumergimos nuestro ser individual en una manifestación de efusividad colectiva —desde mítines políticos hasta fiestas desenfrenadas, como por ejemplo las raves, o vociferantes masas futbolísticas—, Dioniso está presente.
Jung identificaba al dios que estaba detrás del fascismo con la nórdica deidad germánica Wotan, cuya caza salvaje había asolado Europa masacrando todo a su paso. Sin embargo, la guerra permanecerá con nosotros mientras el rubicundo dios guerrero, Ares, deje su impronta en nuestra psique, que únicamente aplaca su amante, la Belleza: la atractiva, promiscua, adúltera, enloquecedora y adorada Afrodita, diosa del Amor, casada con el cojo y cornudo Hefesto. Este armero de los dioses, que trabaja con sus cíclopes en grandes fraguas bajo el monte Etna, es tal vez el dios que subyace en nuestra tecnología; y que, por contar con la aprobación divina, no es necesariamente hostil al alma y sólo se vuelve letal cuando la Guerra le arrebata el Amor.
Hay deidades tras los movimientos sociales. Hebe, la joven hija de Hera, que se encuentra bajo el ideal de la diosa maternal y doméstica, fue adorada en la década de 1950. Pero la gran rueda del alma del mundo no deja de girar, de modo que Hebe se retira a los bastidores y Afrodita ocupa su lugar en el escenario central para inaugurar los sensuales y promiscuos años sesenta. Sin embargo, tampoco debemos olvidar a las grandes diosas que nada tendrán que ver con el sexo o el matrimonio. La virginal Atenea surgió completamente armada de la cabeza de su padre, como el robusto brazo
derecho de sus pensamientos. Como una cultivada intelectual —que saca los dientes —, Atenea es la diosa del feminismo, la justicia social y el mérito cívico, y su Partenón («virgen») preside la ciudad de Atenas. La otra diosa virgen es Artemisa, deidad de la caza y los bosques, así como, curiosamente, de los partos. Tal vez no se trate de hijos literales, y más bien sean ideas e inspiraciones aquello que su belleza distante ayuda a alumbrar. Reconocemos a estas diosas en las mujeres modernas, aunque no debemos tomarnos con literalidad sus atributos, como los atuendos para guerrear y cazar o su carácter de parturientas o incluso de vírgenes. Sin embargo, el hombre que se case con una mujer auspiciada por Atenea o Artemisa hará bien en no interferir en su camino cuando se encuentre en pie de guerra o en una de sus cruzadas, ni tratar de prevenir su espíritu libre de adentrarse en lo salvaje.
Todos somos muy ingenuos respecto a nuestras ignotas vidas inconscientes y a los dioses, ya sean sabios o indómitos, que moran en él y conforman nuestro comportamiento en el mundo.