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Anhelo y deseo

Así pues, lo que parece un comportamiento destructivo entre los jóvenes es resultado de su confusión: no quieren morir de verdad, quieren una muerte iniciática y renacer a una realidad más amplia, a un mundo imaginativo más grande, que los libere de la atormentada conciencia recluida en sus cabezas. Muchos suicidios son un fracaso de la imaginación. Estamos atrapados en nosotros mismos, en una celda que se va empequeñeciendo, y no somos capaces de concebir cómo salir de ella. Desesperados, sabemos que la situación debe cambiar, pero no nos damos cuenta de que antes tenemos que hacerlo nosotros mismos. No podemos dar ese salto imaginativo, y damos uno literal, porque es el único cambio posible. Si hubiéramos podido afrontar un mínimo grado de iniciación, quizá habríamos podido vislumbrar el universo eterno de la imaginación, bajo cuya luz los problemas y las prisiones temporales se ven con perspectiva y, más que como callejones sin salida, aparecen como oportunidades para alcanzar una transformación más profunda.

A diferencia del niño tribal que experimenta esa plenitud imaginativa de primera mano, hemos llegado a creer que no existe ningún Otro Mundo. Los antiguos griegos lo conocían: los ciudadanos de Atenas se iniciaban en los Misterios de Eleusis, un rito tan secreto que nadie dio nunca más que vagos indicios sobre su contenido. Pero sabemos que los participantes recibían una gran revelación y que su vida no volvía a ser la misma. La imaginación florece en el misterio. Pero el misterio no está muy bien visto, por no ser lo bastante «accesible» (como la misa en latín); o bien es tratado como un «problema» que hay que resolver.

Los niños mantienen un verdadero deseo hacia el Otro Mundo misterioso. Disfrutan con la literatura fantástica, los cómics de superhéroes y las películas de miedo; les gustan los dáimones, desde los elfos y los orcos hasta los vampiros y los hombres lobo. Desgraciadamente, les damos dáimones de mentira en sucedáneos de Otros Mundos, a través de la «gente pequeña» que sale en la televisión haciendo cabriolas o de videojuegos o realidades virtuales de las que básicamente son espectadores pasivos.

La idea de imaginación implica participar profundamente y aprovechar los deseos reales para realizar la autotransformación. La fantasía pasiva no es regida por el deseo, sino por el anhelo. El mundo fantasioso del anhelo es el mundo impotente del niño, que puede crear cualquier anhelo porque todos son igual de imposibles. Podemos anhelar muchas cosas —dinero, poder, felicidad, glamour o fama—, pero todos los anhelos se reducen al mismo: transformarnos en otro por arte de magia, y sin esfuerzo. Por supuesto, podemos desear riqueza y fama, por ejemplo, y podemos conseguirlas si tenemos talento, aptitudes para trabajar duro y un poco de suerte. Que

nuestro deseo quede o no satisfecho ya es otra cuestión, pues el deseo de riqueza es en el fondo el de liberarse, sobre todo de la ansiedad; y tras el deseo de celebridad subyace el de gloria para el alma. El mundo del anhelo, sin embargo, no requiere talento ni esfuerzo: muchos han llegado a ser ricos y famosos ganando la lotería o saliendo en televisión. Los niños sin talento —las chicas aún más que los chicos, por lo visto— que aparecen en el programa Pop Idol no dicen: «Quiero ser un buen cantante», sino: «Quiero ser famoso. Que todo el mundo sepa quién soy». Detrás de este triste anhelo se esconde el miedo del no iniciado: no ser una persona como es debido; ser invisible. Ansían ser vistos, vistos como auténticos individuos.

Si perdemos el poder transformador de la iniciación, continuamos viviendo en el mundo de los anhelos infantiles, donde la autotransformación se simula débilmente con intentos literales de cambio, por ejemplo a través de un viaje del que esperamos volver renovados o comprando cosas que no necesitamos; y si la ropa y el maquillaje fallan, probamos con arreglos quirúrgicos. Dichas medidas pueden ser manifestaciones del impulso del alma de embellecerse, pero la mayoría de las veces son formas de desconectar de ella. Detrás del maquillaje puede haber un rostro o una máscara vacía.

El alma en general puede desear muchas cosas, y nuestra alma en particular puede necesitar cosas muy distintas. Pero si hay algo que requieren todas las almas es atención. Como los elfos y las hadas a los que solíamos dejar comida, o los muertos cuyo favor acostumbrábamos a propiciar en Halloween, o las hogueras que ofrecíamos a los dioses en sacrificio, el alma necesita alimentarse, y por alimentarse se entiende «ser tomada en cuenta». El alma no soporta el abandono. Si nos queremos ahorrar la túnica envenenada, debemos prestar mucha atención a todas las imágenes en que se nos aparece el alma, por muy inferiores, insignificantes, repulsivas o aterradoras que parezcan. Sólo hablando con el alma y escuchándola podremos conocernos a nosotros mismos. Si nuestros egos inflados la ignoran, la perderemos; aunque en el fondo no sea así, pues el alma no puede echarse a perder del todo. Ella es el Fundamento del Ser. Sin embargo, podemos apartarla temporalmente y andar con paso majestuoso por la Tierra, como desconectadas conchas vacías, o zombis.

Llevados

Esa «pérdida de alma» es una situación bien reconocida por todas las sociedades tradicionales, y considerada la causa principal de enfermedad. Como no puede perderse para siempre, simplemente se extravía en el Otro Mundo; y como éste es también el mundo de los muertos, corremos el peligro de tener que seguirla hasta allí, esto es, muriendo. En el folclore irlandés, era habitual encontrar a humanos que habían sido abducidos por seres feéricos y obligados a vivir en su reino durante siete, catorce o incluso veintiún años, antes de que les permitieran regresar a sus pueblos terrenales como viejos acabados —meros caparazones de humanidad— para morir.[4] A

la gente del país feérico, los Tuatha dé Danann, les gustaba llevarse a los muchachos por su fortaleza, para que los ayudaran en sus guerras y juegos; a las muchachas para casarse con ellas y a las madres jóvenes para amamantar a su prole. Y es que, pese a su brillo y encanto, pese a que cabalgan en alegres cortejos y sus ojos plateados emiten destellos, según cuentan los testimonios, los Tuatha dé Danann parecen

codiciar el vigor y la sustancia de los humanos, de la misma manera que nosotros codiciamos su belleza y sabiduría.[5]

De aquellos que son «llevados», como dicen los irlandeses, se cuenta que están «ausentes». Lo que queda —lo que los seres feéricos dejan tras de sí en las camas de los que han sido llevados— es un «leño», o bien «la apariencia de un cuerpo o un cuerpo en apariencia».[6] Es de suponer que antiguamente estos casos se daban en

toda Europa, pues los elfos, las huldras, los trols, las vilas, etcétera, de la Europa continental no eran menos codiciosos que la «buena gente» irlandesa. Es el equivalente de aquello que las culturas tribales modernas llaman pérdida de alma. Se trata de un estado tan grave que el afectado va consumiéndose hasta quedar reducido a un cascarón vacío y, a menos que recobre el alma, muere. Por eso la función principal de los chamanes es recuperar las almas que puedan haberse extraviado durante el sueño o la enfermedad; que hayan sido tentadas o incluso violentamente abducidas por dáimones, hechiceros o por los muertos.

En Irlanda, las personas eran especialmente vulnerables a las abducciones antes de que la Iglesia realizara sus ritos de paso para ellos. Recién nacidos antes del bautismo, muchachas en vísperas del matrimonio, jóvenes madres que aún no se habían casado tras haber tenido un hijo… Todos ellos eran más propensos al rapto debido a que se encontraban en un terreno intermedio.[7] La pérdida de alma es considerada en la

época moderna como un diagnóstico primitivo para bebés que no prosperan, muchachas anoréxicas o madres postradas como leños en la cama con una depresión posparto. Pero, ya que este tipo de desórdenes son más psicológicos que orgánicos, la explicación «primitiva» puede acercarse igualmente a la verdad; y seguramente que a los afectados les haría bien una cura chamánica, si todavía pudiéramos disponer de ella.

A veces el chamán no puede recuperar el alma; tal como señaló el chamán Willidjungo del norte de Australia: «Puedo mirar a través de un hombre y ver si está podrido por dentro […]. A veces, cuando a un hombre le roban el alma en la maleza viene aquí, a mi campamento. Le miro; está hueco por dentro, y le digo: “No te puedo arreglar. No hay nada. Tu corazón sigue aquí, pero está vacío. No te puedo arreglar”. Entonces le cuento a todo el mundo que se va a morir».[8] Supongo que todos hemos

conocido a alguien así. Willidjungo describe gráficamente un mal corriente entre los occidentales: esa sensación de vacío que deriva de haber perdido todo vínculo con nuestro ser más profundo. Vamos al psicoanalista como los pacientes de Willidjungo acudían a él. Y no nos devuelven el alma, como hacen los cha-manes; pero, si son buenos, nos ayudan a viajar al Otro Mundo del inconsciente y localizar nuestra alma, a menudo perdida en algún momento crucial del pasado.

Si no nos tumbamos para morir como en los casos extremos de Willidjungo o como los africanos embrujados, seguramente se debe a la fuerza de nuestro ego, que nos sigue guiando por una vida cada vez más vacía. No somos tan vulnerables como los miembros de las culturas tradicionales, cuyos egos están tan estrechamente conectados al alma que fácilmente se marchitan una vez que ésta se ha extraviado, como el hombre que muere cuando matan a su contraparte animal —su «alma-del arbusto»—. Pero, al mismo tiempo, los miembros de esas tribus son menos propensos al vacío que tan a menudo nos acosa y corre los múltiples y trémulos hilos que nos

conectan a otras almas, no sólo al alma colectiva de la tribu, sino a las almas de la tierra y el cielo, los animales, las piedras y los ríos. Incluso podemos padecer un trastorno desconocido para los africanos o los aborígenes australianos: ése que los psicólogos llaman «despersonalización».

No es una depresión, pero quienes lo padecen están deprimidos. Se sienten raros, cambiados, «como si no fueran ellos». Ya no se reconocen. Sus acciones parecen automáticas, como las de un robot. Esta falta de conexión consigo mismos —con su alma— también es, por supuesto, una alienación respecto al mundo, que a veces parece, literalmente, plano. Les parece, como le parecía a Hamlet, «cansado, viejo, aburrido e inútil». Todo resulta monótono, seco, vacío y muerto.[9] Eso basta para

acabar con cualquier miembro de una cultura tradicional. Pero nuestros egos indomables continúan guiándonos a través de nuestra rutina, como si fuéramos las máquinas que sentimos ser.

En efecto, uno empieza a sospechar que aquel materialismo que considera a los humanos poco más que máquinas asistidas por ordenador es el resultado de la despersonalización colectiva a la que, en buena parte, ha sucumbido nuestra cultura. Apartados del alma, nos hemos separado de esa vida imaginativa que, de forma natural, se nos muestra con brillantes personificaciones. De modo que ahora nuestras psiques se presentan como abismos oscuros y vacíos. Aún peor: dado que la pérdida de alma es también la pérdida de alma del mundo, nuestro cosmos refleja nuestras psiques individuales. Se convierte en el oscuro, vacío y «hostil» abismo del espacio exterior. Tal visión del universo no existía antes del siglo XVII. El matemático Blaise Pascal fue quizá el primer científico en considerar la visión moderna del espacio, y en estremecerse «ante la infinita inmensidad del espacio del que soy ignorante y que no me conoce […]. El eterno silencio de aquellos espacios infinitos me espanta».[10]

Resulta desconcertante sospechar que la «despersonalización» no es tan sólo una condición psicopatológica, sino que, en cierta medida, es nuestro estado mental común; es triste que hayamos transformado un cosmos vibrante y animado en un universo mecanizado y sin alma, como el invierno perpetuo en que gobierna el herido Rey Pescador de la leyenda artúrica. Únicamente el Santo Grial puede curarle la herida y restituir la fecundidad a la tierra baldía. ¿Y qué es el Santo Grial? Nada menos que el Alma del Mundo. Sólo un esfuerzo consciente de la imaginación para invocar de vuelta a sus dáimones puede salvarnos, sumado a un acto de fe psicológica en que vendrán.