El alma no puede conocerse objetivamente, sino sólo subjetivamente, mediante la reflexión y el discernimiento. Cuando hablamos del alma sólo estamos reproduciendo lo que ella nos cuenta de sí misma a través de nosotros. Una psicología, por ejemplo, que piense que es científica permanece ciega a la fantasía que está promulgando como verdad objetiva. No podemos salirnos del alma para estudiarla. El alma es una forma de observar todas las disciplinas, y por lo tanto está oculta en todos los campos de investigación.
Que veamos el alma como una o múltiple, mortal o inmortal, fuente de vida o portal de la muerte, etcétera, depende de la estructura, arquetipo o dios propio del alma que nos proporcione la perspectiva a través de la que estamos viendo. Cualquier intento de describir el alma, incluido este libro, está condenado al fracaso, si no va modificando su punto de vista.
Ésta es una actividad imaginativa, e intrínsecamente beneficiosa para el alma porque evita que nos identifiquemos literal mente con una perspectiva única en la que podamos vernos atrapados; debemos ser capaces de ver nuestra propia perspectiva, lo que significa ver a través de ella (que en sí mismo significa «ver a través»). Este esfuerzo imaginativo nos conduce a su vez a otros arquetipos, otros dioses y otras perspectivas del mundo, y al mundo como un conjunto de perspectivas. Pues los dioses nunca se encuentran aislados, sino relacionados entre sí, como atestiguan los complejos parentescos de la mitología. Cada cual cambia su significado en función de su relación con los demás. Como dijo Plotino acerca de las Formas platónicas, «todo está en todo». Cada Forma experimenta todas las demás Formas a partir de su propio enfoque. Esta idea es crucial, porque nos dice que el cosmos no es una entidad fija que podamos conocer empíricamente, sino una dinámica fluida que se moldea de acuerdo con la Forma, arquetipo o dios a través del cual es imaginada.[11]
La mayoría de nosotros estamos, la mayor parte del tiempo, ciegos respecto a los dioses que gobiernan nuestras vidas. Esto es especialmente aplicable al arquetipo que Jung denominaba la Sombra, nombre muy adecuado, ya que es proyectado por el inconsciente directamente sobre el mundo. De esta manera no nos damos cuenta de que nuestro sentimiento de inferioridad, debilidad y fracaso, que tanto odiamos y tememos, se proyecta sobre otras personas que no tienen culpa alguna. Es una labor psicológica y moral de nuestra incumbencia, pensaba Jung, abrir los ojos y traer nuestras sombras a la conciencia, para disipar nuestros ciegos fanatismos e ideologías.
Sólo entonces empezaremos a afrontar el desafío del arquetipo que más nos concierne aquí: el anima.
Anima
Jung era reacio a utilizar la palabra «alma» debido a sus connotaciones teológicas. En su lugar empleaba la palabra Psyché, que al ser griega sonaba más científica. Pero, para Jung, la psique se refería tanto a la conciencia como al inconsciente, es decir, a la totalidad de la personalidad. Su palabra anima, «alma» en latín, se refería al principal arquetipo del inconsciente. Jung identificaba el anima con aquello que se encuentra detrás de los humores repentinos que se apoderan de nosotros para bien o para mal; detrás de nuestros ensueños y anhelos no expresados. En sueños y fantasías aparece como una miríada de figuras femeninas: chica del autobús, amazona profesional, camarera, prostituta, profesora de francés, niña huérfana, virgen, sacerdotisa de vudú… Las imágenes del anima no tienen fin. A través de nuestra lujuria o amor, de nuestra compasión o terror, el anima nos mantiene emocionalmente conectados al inconsciente, al alma. Es el alma misma, como si fuese la Bella Durmiente, a la que hay que despertar con un beso para que cumpla su destino. Igual que a Cenicienta, a menudo la ignoramos, aunque las cenizas que la cubren ocultan en realidad a una princesa radiante. En los sueños puede mostrarse esquiva y hasta carecer de rostro, pero sin dejar de ser una seductora ninfa a la que perseguimos por calles desconocidas o entre la multitud, como caballeros artúricos perdidos en un bosque oscuro. No obstante, si nos perdemos persiguiendo al anima es para encontrarnos a nosotros mismos en un sentido más profundo, como un refulgente templo del Grial en un inesperado claro del bosque. Cuando nos quedamos sin habla ante la chica fascinante a la que hemos de poseer a toda costa, el anima está en funcionamiento. No es de extrañar que tantos matrimonios se vayan al traste cuando la fascinación se debilita y la diosa que vislumbrábamos al principio ya no concuerda con la mujer cotidiana que vive a nuestro lado.
El anima es la personificación del inconsciente, decía Jung. También es la mediadora entre la conciencia y el inconsciente. Es el lado «femenino» de la psique. Es, podríamos decir, la imagen de nuestras almas dentro del alma del mundo. Y por lo tanto es paradójica: como arquetipo, es la personificación del Alma del Mundo, pero como imagen arquetípica —el modo personal en que se nos aparece— es el alma individual.
Pensamos que el ego, nuestro sentido del «yo», nos proporciona nuestra identidad, cuando en realidad el ego la obtiene del anima. Es ésta la que nos confiere esa sensación de ser únicos y especiales. Pero en ese preciso instante —otra paradoja— estamos, de hecho, en nuestro punto menos singular y más colectivo. No hay más que fijarse en cómo se comportan los enamorados: justo cuando los amantes sienten que nadie ha experimentado semejante amor antes y que éste es exclusivo de ellos, es cuando muestran ante los demás el lenguaje y el comportamiento más estereotipado y común a los amantes de cualquier lugar.
El anima enseña al ego —nos enseña a nosotros— que somos humanos pero con profundidades inhumanas; que somos personas con pilares impersonales; y que
estamos compuestos por más de una personalidad pese a lo que digan nuestros egos, desesperados por la unidad.[12]
Mi experiencia del alma como «la mía propia» y como «interior» a mí se convierte ahora en algo diferente. Ya no se refiere exclusivamente a una entidad llamada «yo», puesto que el alma es más impersonal e inhumana que personal y humana. «Mi» alma se refiere más bien a la privacidad e interioridad propias del alma. No a una propiedad privada e interior en el sentido literal, sino a la «interioridad» (in-ness) metafórica del alma en toda circunstancia.[13] Se trata de un aspecto esencial del modo en que el alma
se imagina a sí misma, como si estuviera dentro de las cosas, incluidos nosotros, los humanos, porque desea ser contenida y atesorada como un secreto.
Según Jung, en un hombre el inconsciente es femenino y lo personifica el anima. En una mujer, es masculino y lo personifica el animus, que suele aparecer como múltiples figuras masculinas. Pero esta oposición se da para identificar la conciencia con el género biológico. De hecho, todos nosotros, hombres y mujeres, podemos tener una conciencia que sea «femenina» o «masculina». Del mismo modo, todos tenemos un anima y un animus. «La fenomenología del anima no se limita al género masculino. Las mujeres también sueñan con niñas y con putas; también son atraídas por desconocidas misteriosas […]. Cuando decimos de una mujer que “tiene alma”, significa lo mismo que cuando lo decimos de un hombre».[14] En otras palabras, el
anima no es una cuestión de género. Es lo femenino que hay en todos nosotros, siempre que no nos tomemos esta «feminidad» literalmente.[15] Al fin y al cabo, no
tiene por qué aparecérsenos como mujer. Como imagen que mejor representa al alma y su anhelo embrionario, puede aparecer como cualquier cosa, desde un poni o una locomotora añorados hasta un arroyo de montaña o un paisaje perdido. Todos somos una compleja interacción de anima y animus, los dos arquetipos complementarios que más adelante elaboraré como alma y espíritu.
Lo que, utilizando palabras de Keats, he expresado como «hacer alma», Jung lo llamó «individuación». En el transcurso de nuestras búsquedas y odiseas vitales, nos encontramos con los arquetipos del inconsciente y somos iniciados por éstos. Luchamos contra nuestras sombras, intentamos complacer al anima y el animus y entendernos con ellos, empezando a ver a través de ellos lo que podemos llegar a ser: un sí-mismo.
El sí-mismo es el arquetipo supremo de Jung. Lo prefigura el viejo Sabio, que Jung consideraba el arquetipo del significado. El sí-mismo es la totalidad de la psique, una especie de conjunción de anima y animus, masculino y femenino, conciencia e inconsciente. Es hacia lo que individuamos. Como todos los arquetipos, es incognoscible en sí, pero las imágenes mediante las que se representa muestran una cierta conformidad. Por ejemplo, aparece como árbol, sobre todo el Árbol del Mundo mítico que conecta el Cielo con la Tierra. Aparece de forma abstracta como una cuádruple entidad, semejante a un mandala, a un círculo dividido en cuatro cuartos. Jung también demostró detenidamente que, sea quien sea Cristo teológica o históricamente hablando, psicológicamente es un símbolo del sí-mismo.[16] El sí-mismo
es al microcosmos lo que el Uno al macrocosmos. Como mito, se describe a menudo como una unión del viejo Sabio y el anima, como la del anciano y ciego Edipo y su hija
Antígona. En términos alquímicos, el sí-mismo es simbolizado por un hermafrodita o un andrógino («mujer-hombre»), o bien una piedra.