Por ejemplo, nuestra actitud ante la naturaleza, o Dame Kind, como se la conocía en la Edad Media, depende de la deidad cuyo punto de vista adoptemos sin darnos cuenta. A través de los ojos de Deméter, pongamos por caso, vemos la naturaleza como la morada del crecimiento y la fertilidad. Gala, o Gea, gobierna el reino justo debajo de la superficie de la tierra. Desde su perspectiva vemos el significado más profundo de los lugares, no como algo sometido simplemente a la biología pura y dura, sino como algo sagrado; lugares donde realizamos rituales o peregrinamos, ya sea para merendar junto a piedras erectas o rezar en pozos sagrados. No es la diosa de la fertilidad, pero sí de los ritos que la garantizan.[8]
Si Gaia es la diosa del movimiento ecológico, Artemisa lo es de la conservación; es la virgen cuya inviolabilidad debemos salvaguardar a toda costa. Preside la naturaleza salvaje en la que no se cultiva ni se realizan rituales, sino en la que, como mucho, cazamos, actividad peligrosa, ya que podríamos perdernos en la espesura mientras perseguimos un venado blanco y mágico o, peor aún, convertirnos en presa. El relato de Acteón debe servirnos de advertencia. Él vio lo que a nadie se le permite ver: a la diosa desnuda, bañándose. Podemos cazar animales que están bajo el cuidado de Artemisa o que, como los ciervos blancos, son manifestaciones o máscaras suyas — siempre que mostremos la debida reverencia—; pero no tenemos permiso para ver a la propia Artemisa, por así decirlo, en su desnudez. Al querer ver demasiado y desear a la diosa, Acteón se asemeja al naturalista cuya investigación no conoce límites y pretende ahondar hasta el corazón de la naturaleza. El mito nos dice que esto es indecente. Artemisa castiga a Acteón convirtiéndolo en ciervo, con lo que el cazador se transforma en presa; y no es la diosa, sino sus perros, emblemas de su propia lujuria, quienes lo despedazan. Vemos aquí que la visión de una naturaleza «cruel y despiadada» en donde sólo sobreviven los más fuertes, que los viejos científicos sostenían como la verdadera cara de la naturaleza, es en realidad un reflejo de la propia postura, lujuriosa y agresiva de éstos respecto a ella. Al concebirla como una
máquina desalmada que pueden saquear a voluntad, dan vía libre a la destrucción a través sus deseos impíos.
Como encarnación del alma del mundo, la naturaleza nos devuelve el reflejo del rostro que le mostramos. No es la entidad fija que tanto nos gusta creer que es, sino un mar de metáforas, una forma en constante cambio: la ninfa inmaculada a la que debemos preservar, el animal peligroso que destruye, la seductora a la que debemos penetrar o violar, la madre encinta que engendra a la abundancia, etcétera. Hasta puede ser dionisíaca, cuando las ménades salen a sus enclaves rocosos, en lo más crudo del invierno, para «intimar» con el dios. Cuando está más serena, dormitando bajo la canícula del mediodía, llega el terrible grito de Pan, y echamos a correr para salvar la vida.
Ideología
La religión triunfa cuando reconoce el alma y no excluye fervorosamente a unos dioses para favorecer sólo a uno. Hasta el monoteísmo cristiano fue subvertido por el alma: su único Dios se convirtió en Trinidad. La exigencia popular elevó a la Virgen María a la categoría de una diosa en la que subyacían todas las grandes diosas, de Astarté a Artemisa o de Isis a Sofía. Los dáimones volvían a infiltrarse como santos mediadores. El propio Cristo era múltiple en los primeros tiempos del cristianismo, pues se le identificaba sin problema con dioses paganos y héroes como Osiris, Apolo y Dioniso, Eros, Orfeo, Prometeo, Adonis y, sobre todo, Hércules.[9]
Como ya he dicho, cuanto más insistimos en el monoteísmo y excluimos a otros dioses, más gritan éstos desde la puerta trasera y más rígidos y puritanos nos tenemos que volver para mantenerlos a raya. Nuestra religión se restringe a una ideología. Nos aferramos a un credo único y literal y condenamos cualquier variante imaginativa como desviación o herejía. Nos volvemos fundamentalistas, ya seamos cristianos, musulmanes, marxistas o fascistas, racionalistas o materialistas.
Todos los ideólogos son monoteístas sin saberlo, pues han caído en manos de alguno de los dioses. Utilizan la perspectiva de un único dios para suprimir a todos los demás. Pero a los dioses no les gusta ser tratados de forma monoteísta. Todos están casados o relacionados entre sí, como evidencia la mitología. Si los aislamos, sus virtudes se vuelven en nuestra contra; y en su intento de conectar nuevamente con las otras deidades, se vuelven despiadados y posesivos, lo cual se refleja en nuestros fanatismos.
Por ejemplo, todos necesitamos una dosis de éxtasis dionisíaco de vez en cuando, para «salir de nosotros mismos». Pero ser sólo dionisíaco equivale a sufrir la degradación del éxtasis que bien conocen los alcohólicos y otros adictos. Si aislamos a Gala, dejamos de venerar al Alma del Mundo y de fomentar la santidad de determinados lugares. Gala se convierte en la diosa de una ideología ecológica que ha sustituido la enseñanza religiosa en muchas escuelas. Esto no es algo perjudicial, pero hay que tener en cuenta que de esta manera un mundo hermoso y sagrado puede ser convertido en un «hábitat» profano cuya expoliación combatimos con la misma actitud literal y cientificista que ocasionó en un principio los daños. De igual modo, perseguir solamente a Artemisa es hacer religión de la «conservación» y promover los
movimientos «verdes» puritanos, que, además de rechazar el consumismo, extienden la abstinencia a todas partes, refrenando nuestros placeres además de nuestros niveles de impacto ecológico. Pero las ideologías solamente pueden modificar nuestro estilo de vida; para cambiar nuestra vida se necesita el alma. La ingeniosa Atenea,[10]
que inspira nuestros deseos de justicia e igualdad dentro de la comunidad, se torna una bruja cuando se ve aislada. Y a nosotros nos convierte en unos contradictorios fanáticos liberales que detectan incorrecciones políticas sin parar, como los antiguos puritanos, que, en su condena de la sensualidad, veían indecencias en cualquier gesto inocente.
Muchos fervientes ateos piensan que han derrotado a la religión rechazando al Dios judeocristiano. No comprenden que están sometidos a sus propios dioses, como por ejemplo Apolo. Pues cuando éste se encuentra a solas, sin ser templado por su hermano Hermes o su congénere Dioniso, deja de ser la dulce y esclarecedora razón y asume una rigidez superracional, en violenta oposición a todo aquello que suene a alma, a daimónico o divino. Por otra parte, los materialistas están poseídos, sin ser conscientes de ello, por la Madre, probablemente Hera, que reduce todos los puntos de vista al suyo propio, así como los materialistas reducen todo a la materia; y, al igual que muchos de ellos, se muestra especialmente vengativa con las amantes de su esposo, es decir, con cualquier otra perspectiva con la que éste pueda llegar a aliarse.
Por desgracia, a los ideólogos jamás se les puede persuadir para que adopten alguna otra perspectiva. Es necesario convertirlos, como dirían los cristianos; o, como diríamos nosotros, hay que iniciarlos, es decir, transformarlos. ¿Pero cómo podría convencerse a un racionalista apolíneo, por ejemplo, para que deje de aprisionar al mundo con su puño de acero?
Una forma sería presentarle a Dioniso, al que Nietzsche, como es sabido, unió y contrapuso a Apolo. A Dioniso, dios del abandono colectivo, Apolo debe de resultarle peligrosamente frío, estirado, individualista, distante e intelectual. Desde el punto de vista de Apolo, Dioniso sólo puede parecer peligrosamente irracional, indiferenciado, descontrolado y proclive a la histeria contagiosa. Es evidente que necesitamos algo de ambos enfoques si no queremos acabar convertidos en mojigatos intolerantes o en disolutos tarambanas. Áunque Apolo y Dioniso comparten un mismo padre (Zeus), sus perspectivas constituyen polos opuestos. Así pues, ¿cómo hacer que se aproximen?
Como los racionalistas, Apolo por sí solo sobrevalora la conciencia; le conviene familiarizarse con el inconsciente «irracional». Por suerte, el dios al que Jung llamaba «dios del inconsciente» no está lejos de él: de hecho, se trata de su hermano menor, Hermes.
La vía hermética
Uno de los primeros actos que Hermes lleva a cabo tras su nacimiento es robar las reses de Apolo. Retuerce sus pezuñas para hacerse unas sandalias que calza al revés, para hacer creer a sus perseguidores que se ha marchado en la dirección opuesta. Desde el punto de vista de Apolo no es más que un embaucador, un ladrón y mentiroso: pero, cada vez que es acusado de robar, Hermes lo niega rotundamente. La
duplicidad es para él como el aire que respira, y nada tiene que ver con la unidad de Apolo.
Sin embargo, cuando no está relacionado con Apolo, Her-mes parece muy distinto. Además de ser el dios del robo, también lo es de la comunicación. Rige el comercio y el intercambio, los cruces y las fronteras, la magia y los oráculos… Es marginal, oscuro e incluso arcano —el más daimónico de los dioses—, pero también es famoso por su sabiduría y la profundidad de su hermenéutica. Como mensajero de los dioses, es el único capaz de viajar libremente entre su esfera celestial, el mundo humano y el inframundo. Actúa de mediador entre distintos planos de la existencia y niveles diferenciados de la psique. Es especialista en descarriar, pero también en guiar —sobre todo, a las almas de los muertos cuando entran en el Hades.
Hermes es extremadamente ambiguo: trasciende todas las fronteras porque él es el dios que las gobierna; cuesta ubicarlo porque su único hogar es el camino que recorre, de ahí que constantemente permita el intercambio entre este mundo y el Otro, el arriba y el abajo, la conciencia y el inconsciente —como ya he mencionado al identificarlo con el Mercurio de la alquimia—. El robo a Apolo no es sino el robo que el inconsciente practica siempre sobre la conciencia, arrebatando palabras, ideas, recuerdos y sueños justo cuando más los necesitamos. Si queremos rescatarlos o interpretarlos en profundidad, es preferible no seguir su rastro literal por el derecho y soleado sendero de Apolo. Debemos ser taimados y seguir el sendero sinuoso decretado por Hermes, incluso tomando la dirección contraria a la que señalan las huellas.
Si seguimos el camino de Hermes, con sus meandros que descienden o retroceden, no sólo conectarnos con la perspectiva más profunda del alma —la del Hades y la muerte—, sino también, y paradójicamente, con los dioses del elevado universo olímpico. Hermes conecta la conciencia con el inconsciente y la psyché con el mundo. Puede ser una espina que el recto, moralizante y presuntuoso Apolo tenga clavada, pero también da el primer paso para que ambos se reconcilien: ofrece a su hermano la lira que ha fabricado con un caparazón de tortuga. Apolo está tan encantado con el instrumento que da sus reses a Hermes y lo nombra Señor de los Rebaños. Hermes entiende que el trueque y el intercambio recíproco son tan importantes en la vida del alma como en el comercio. Permite salvar la distancia entre mundos diferentes y conciliar distintas perspectivas. Frotando palos, encendió el fuego primordial mucho antes de que Prometeo se lo robase a los dioses. Cocina un par de reses y sacrifica la carne a todas las deidades, incluido él mismo, y la divide en doce porciones. De este modo otorga a cada uno, a cada perspectiva sobre el mundo, lo que le corresponde. No sólo recupera la conexión con Apolo, sino que es el primero en encargarse del niño Dioniso —asumiendo la postura dionisíaca mientras éste madura, tal vez—, manteniendo así la conexión entre el dios del caos extático y el ordenado Apolo.
Eleusis
Hasta cierto punto todos somos Cores inocentes, hijos de la naturaleza, que recogen margaritas en las tranquilas praderas, felizmente ignorantes de la inminente irrupción del auriga de la Muerte, que nos llevará al inframundo para ser violados.
Dicho rapto es indispensable en la vida real porque nos arranca de nuestra existencia natural y humana para iniciarnos en la vida del alma. Todos somos Cores que han de convertirse en Perséfones. El mito de Deméter y Core era fundamental en los Misterios de Eleusis, que —tal y como cuenta el propio mito— Deméter fundó mientras buscaba a su hija. No sabemos demasiado sobre esos Misterios, salvo que los ciudadanos de la antigua Ate-nas los consideraban imprescindibles. Tenemos la certeza de que implicaban la muerte, es decir, «morir para nosotros mismos», sin lo cual seguimos siendo niños, «doncellas» psíquicas carentes de la profundidad y doble visión de quienes han despertado a la vida del alma. Lamentablemente la iniciación era, al parecer, muy repentina y brutal; pero lo cierto es que no hay una forma suave de encontrarse con la muerte. Al igual que Core, podemos aprender a amar el Hades. Su rapto y violación es un relato eternamente presente en nuestras almas. Nos dice que debemos ser penetrados por la muerte. Desde nuestro enfoque normal, consciente y luminoso en las verdes y fértiles praderas físicas, el frío del inframundo del Hades nos estremece, llenándonos de pavor. Pensamos que es un lugar tan gélido y sombrío, quizá incluso irreal, como las sombras que se dice que lo habitan, pero el Hades también es conocido como Plutón, «él rico». Y sus te soros no son de oro y plata, sino la riqueza ilimitada de la Imaginación, junto a la cual nuestras praderas —e incluso nosotros mismos— parecen meras sombras.