Todos los ritos de paso son «pequeñas muertes» como preparación para el rito último, de la muerte física y el renacer a la otra vida ancestral. Sin embargo, todas las culturas veneran a aquellas personas que acometen la muerte y el renacer finales, digamos, prematuramente. Estas personas son los curanderos, hechiceros o chamanes, que están a cargo de la vida sagrada de la tribu en oposición a la vida secular, que controla el jefe o los ancianos. Su iniciación, altamente especializada, proporciona el modelo de otras, más habituales, al estilo de los héroes míticos que marcan nuestro tipo de ego y su postura.
La vida del chamán puede ser muy solitaria. Está diferenciado y apartado dentro de la tribu. No suele casarse, a menos que lo haga con un daimon femenino, del mismo
modo que un poeta «se casa» con su musa. Así pues, no es raro que un chamán procure ignorar su vocación, que acostumbra a llegar en forma de súbita enfermedad o aparente locura, revelación violenta o «gran sueño». La enfermedad es esencial, porque todos los cha-manes son «sanadores heridos» que no pueden curar hasta que se curan a sí mismos. Para ello, abandonan su cuerpo y se adentran en el Otro Mundo.
La topografía del Otro Mundo muestra una sorprendente uniformidad en todo el planeta: una región superior y otra inferior, como un cielo y un inframundo; un árbol del mundo que los enlaza; peligrosos accesos, como puentes estrechos o brechas, verjas y rocas que caen y chocan.[15] Después del arriesgado viaje, extraños dáimones
-a menudo las almas de antiguos chamanes— matan, despellejan o desmiembran a los chamanes. Luego los restituyen, los ponen en pie y les enseñan los cantos sagrados que necesitarán para llamar a sus ayudantes o familiares daimónicos y someter a los dáimones del mal. Y es que su labor principal consiste en atender a las almas de la tribu cuando enferman y rescatarlas cuando se pierden. Combinan los papeles de médico, sacerdote y poeta, que nosotros, sabiamente o no, dividimos y privamos de una iniciación religiosa propiamente dicha; sobre todo en el caso de los sacerdotes, que, en lugar de ser masticados, escupidos y recompuestos por el espíritu de un enorme oso, como los chamanes inuits, se limitan a exponer argumentos teológicos y a cenar con obispos desdentados.
La llamada chamánica —quizá debería decir la vocación chamánica— es universal, pero sólo se da en unos pocos. Puesto que en nuestra cultura no hay un lugar oficial para los chamanes, me abruma pensar en la cantidad de ellos que habrá sin identificar o que no entenderán su llamada. ¿Cuántos de ellos son locos en un psiquiátrico, poetas suicidas o chicas anoréxicas que ayunan como los santos? Pues parece ser que la norma es que cuando un chamán recibe la llamada debe convertirse en chamán o morir.
En cierto modo, es la barca inestable en la que todos nos encontramos, pues cada uno de nosotros recibe la llamada de un daimon. Y si bien nuestro destino no es tan dramático como el de aquellos chamanes que no entienden su vocación, aun así somos susceptibles de extraviarnos o vivir sólo a medias si ignoramos su llamada.
Tal vez quepa preguntarse si el auge del moderno ego racional, con su fortaleza heraclea, su convencimiento de constituir la excepción heroica y su correspondiente obstinación, no significa que todos requerimos algo más riguroso que los habituales ritos de pasaje (que, en todo caso, nos son negados en su mayoría). Ya que todos, en mayor o menor grado, participamos de una visión del mundo que se distancia radicalmente de la realidad del alma, tal vez necesitemos el equivalente a la iniciación chamánica si queremos entablar buenas relaciones con el Otro Mundo; o, para decirlo en términos psicológicos, si queremos mantener el equilibrio entre nuestra consciencia y el inconsciente. En tal caso, deberíamos afrontar aquello que exige exactamente la vocación chamánica; y, aunque la iniciación chamánica pueda parecer a primera vista de una violencia espantosa, yo creo que no lo es más que el desgarro psicológico al que nos somete la psicoterapia o simplemente la vida, acuciada por las agonías amorosas, los abandonos o enfermedades con fuertes elementos de psicopatología.
En primer lugar, tenemos que viajar al Otro Mundo. Por supuesto, todos podemos hacerlo —y a veces lo hacemos— involuntaria o espontáneamente; pero sólo el
chamán puede ir y volver a voluntad. Y es así porque él mismo se ha convertido en morador del Otro Mundo, es decir, se ha daimonizado. Por eso es una figura tan ambigua, central para la tribu pero también marginada, bienvenida y temida al mismo tiempo. Es misterioso, y muda de forma adoptando la de los animales. Desde luego, no se trata de la serena figura espiritual tipo gurú que ciertos adeptos del New Age creen que es; el chamán es más bien turbulento y embaucador, y tiende más al alma psicopatológica a la que está tan apegado que a la calmada trascendencia de las disciplinas espirituales.
Para las culturas chamánicas de las regiones ártica y subártica, de Norteamérica a Siberia y, bajando a través de Asia, hasta Indonesia, la necesidad del desmembramiento es fundamental.[16] También es así entre los chamanes de
Sudamérica, que recurren a más de cien plantas alucinógenas para efectuar la iniciación. El chamán siberiano Dyukhade fue desmembrado por un herrero ultramundano, que lo sujetó con unas tenazas del tamaño de una tienda de campaña, le cercenó la cabeza, cortó su cuerpo en pedazos y lo hizo hervir todo durante tres años. Luego colocó la cabeza en su yunque y la golpeó con el martillo, mojándola con agua fría para templarla. Separó los músculos de los huesos y los volvió a juntar. Cubrió la calavera con carne y la unió otra vez al torso. Sacó los ojos y los reemplazó por otros nuevos. Por último, perforó las orejas de Dyukhade con su dedo de hierro y dijo que ahora podría escuchar «el lenguaje de las plantas». Después, Dyukhade se encontró en una montaña. Al poco, despertó en su tienda.[17]
Un chamán yakut describió cómo su cabeza incorpórea observaba la preparación de su cuerpo. En un procedimiento análogo al de la matanza del reno, «clavan un gancho de hierro en el cuerpo y distribuyen todas las articulaciones; limpian los huesos, raspan la carne y extraen los fluidos. Sacan los dos ojos de sus cuencas y los dejan aparte». A continuación, los pedazos de carne se esparcen por todos los senderos del inframundo, o bien son comidos por los nueve (o tres veces nueve) espíritus causantes de la enfermedad, cuyos caminos conocerá el chamán a partir de entonces.[18] Mientras el
chamán es sistemáticamente desmembrado y ensamblado, la sangre mana de su cuerpo inerte, que yace en su tienda rodeado de sus angustiados familiares.[19]
Aunque el desmembramiento no es universal, existen elementos similares tan extendidos que podrían considerarse arquetípicos. En las primeras fases de la iniciación al budismo tibetano, por ejemplo, el neófito ha de meditar en un cementerio y ser desmembrado por los espíritus de los muertos. Por toda Asia y América, los candidatos a la iniciación se ven a sí mismos como esqueletos,[20] es decir,
despellejados hasta los huesos antes de ser reconstituidos. Entre los arandas de Australia, mientras el iniciado duerme en la entrada de la cuerva iniciática, llega un «espíritu» que le clava una lanza en el cuello. Luego, el espíritu se lo lleva al interior de la cueva, le arranca los órganos internos y los sustituye por unos nuevos. En lugar de los «huesos de hierro» del chamán siberiano, al iniciado aranda se le insertan cristales de cuarzo en el cuerpo; se supone que son de origen celestial y sólo en parte materiales, como si fueran de «luz solidificada»; y confieren poderes, como la capacidad de volar.[21]
Por su parte, los chamanes de los angmagsaliks de Groenlandia son iniciados por un oso chamánico, mayor que uno normal pero tan flaco que pueden verse sus costillas.
Sanimuinak fue devorado por un oso semejante. Surgió del mar, lo rodeó un rato, le mordió en los riñones y se lo comió. Al principio fue doloroso, pero luego perdió toda sensación. Sin embargo, se mantuvo consciente hasta que le comió el corazón, momento en que perdió la conciencia y murió. Poco después, despertó en el mismo lugar. Caminó junto al mar y oyó que algo correteaba a su espalda: eran sus calzones, sus botas y demás ropa, que cayeron al suelo para que pudiera volver a ponérselas.[22]
Las iniciaciones no son siempre tan violentas. Cuanto más al sur de Norteamérica, el motivo del desmembramiento tiende a ser sustituido por el más familiar del ayuno y la plegaria de los pueblos de las grandes llanuras, por ejemplo. El curandero sioux Leonard Crow Dog describió una típica iniciación de los nativos americanos, que él pasó siendo un niño. Aunque el proceso ritual no implica desmembramiento, no faltan las pruebas, las tribulaciones y el horror. La experiencia en su conjunto es de transformación radical, empezando por la «cocción» simbólica de Leonard y su purificación en la cabaña de sudar. Después es llevado a su «Pozo de Visiones», cavado como una tumba en una colina cercana. Permanece allí durante dos días y tres noches sin agua ni alimentos, rezando por tener una visión hasta que las lágrimas le corren por las mejillas. Finalmente, una voz inhumana surgida de la oscuridad, le dice: «Esta noche te instruiremos». Se encuentra fuera del pozo, en otro mundo: una pradera cubierta de flores, con manadas de búfalos y alces. Conoce allí a seres sobrenaturales: un sabio ancestral; un águila que le otorga poderes; una criatura informe, de pelo claro contra la que debe luchar. Entonces, siente que alguien le sacude en el hombro. Es su padre. La Búsqueda de la Visión ha finalizado, y Leonard, re nacido, regresa al pueblo, donde inicia su vida como curandero.[23]