D estrucción - El m ás-real y la interrupción de lo repetible - Cura y reeducación - Dos asignaciones subjetivas de la fuerza: angustia y superyó.
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La destrucción es esta figura de arraigamiento del sujeto en que la pérdi da no hace solamente, de la falta, causa, sino consistencia de un exceso.
Por ella, el sujeto se engancha a lo que, de la falta [m anque] misma, sobrevive a la falta [m anquement], y que no es el cierre repetitivo del efecto a toda presencia de la causa.
Si, pues, el concepto estructural de la contradicción (el clivaje) indica justo por resorte la falta, y por horizonte la ley, su concepto histórico se
forja de la destrucción, cuyo espacio de ejercicio es la no-ley.
Está garantizado que un polo de la contradicción, el que hace ley del esplace, el genio maligno del lugar, se vale de su ausencia como de lo que, fundando lo repetible, garantiza la perennidad conservadora del mundo.
Tal es la definición de una clase dominante, que no es, pues, jamás presentificable de otro modo que en aquello que, del sujeto antagonista, está sometido a la repetición.
Conviene, por lo demás, denominar más bien esta ausencia «sociedad», la sociedad imperialista francesa, por ejemplo, a fin de evitar la trampa de su subjetivación.
En cuanto al sujeto «privado», es en efecto a la ley del deseo, y más específicamente a la pareja perversión/neurosis, que hay que asignar el efecto sin más de su identidad vacilante. Neurosis y perversión: tal es la sociedad que cada uno se hace a sí mismo, y que es el elemento subjetivo primordial.
Pero que otro polo de la contradicción de la cual se hace un sujeto pueda ser registrado como destructor, invita a no reducir la dialéctica subjetiva a la vertiente de lo repetible socializado (o neurótico).
Sigue siendo cierto, sin embargo, que lo social es la neurosis de la
política.
Es lo que encarna «en crudo» el sindicalismo, con su compulsión quejumbrosa, su obediencia plañidera al Estado, su atadura a todas las repeticiones imperialistas.
El sindicato hace lógica de la sola falta, luego, de la ley: su reivindica ción es por esencia «legítima».
La política, aunque idénticamente estructurada, se suprime en la au- todestrucción de su legitimidad.
Es para lo que sobre el suelo «esplaceado» de lo repetible no se inscri be, destructivo, sino en exceso sobre lo que lo compele, que es necesario reservar el nombre completo del sujeto.
El ser «metonimia de la falta de ser [manque a étre]» no lo identifica sino a medias, siendo la otra mitad aquello por lo cual hace ser la fa lta [étre la
m a n q u e], destrucción irreductible a todo acto de pura substitución.
Así el sujeto, producto emplazado de la ley de la falta, hace advenir en su campo un más-real [plus-de-réel] por el cual la falta, en los trazados de la destrucción, viene a faltar.
Es en verdad a este «más» [pius] que doy el nombre de fuerza. Es preciso que me rectifique sobre este punto. En mi fascículo «teoría de la contradicción», de hace dos años, la fuerza no está verdaderamente dialectizada. Complementa, incluso cumplimenta, la plaza, en cuanto «fuerza emplazada» [«forcé p lacee» ]. No es en el fondo sino lo cualitativo del proceso, del cual se espera que haga umbral, o período, para tal in versión [renversement] del sistema de las plazas.
Diría hoy que es aún vano, avinque bien orientado, y pedagógico, querer «llenar» la estructura de cualidad.
No es por el solo hecho de su heterogeneidad cualitativa que los dos términos de una contradicción constituyen «relación de fuerzas». Al ate nerse a ello, se regresa al duelo.
El término conservador es identificable a la ley de la falta, y se subordina al otro en lo repetible. La fuerza no es sino lo que, concentrando sobre sí mismo fuera-de-lugar [hors-lieu] un término asignado a repetición, atranca la repetición, poniendo en marcha así con qué destruir su ley.
Ahí donde la coherencia antigua prescribía un desplazamiento, advie ne, por una depuración que excede la plaza, una interrupción. Tal es la historia de la fuerza.
Desde este punto de vista, así como no hay sino un sujeto, no hay sino una fuerza, cuya existencia produce siempre el acontecimiento.
Este acontecimiento, huella del sujeto, cruza la falta y la destrucción. Lo mismo una revolución, que cruza la curva ascendente del precio del trigo, o de los muertos en la guerra, y la multitud insurrecta contra la Bastilla, o el orden político bolchevique.
El soporte-sujeto está ineluctablemente dividido en la parte de sí mismo que se repite (ya que está emplazado) y la que, interruptora, lleva a cabo el atrancamiento, y dispone de lo no-repetible.
Tienen, pues, algo más preciso que la simple distinción plaza/fuerza. No tienen dos conceptos para un proceso, sino más bien dos procesos (repe tición/interrupción, falta/destrucción) para un concepto (el de sujeto).
La fuerza es lo que, sobre la base de lo repetible, y dividiéndose respecto de él, adviene como no-repetible.
Compararán con cuidado, para aclarar esta encrucijada, el fin de la cura psicoanalítica y el de la reeducación política, cualesquiera que sean los fracasos, patentes, universales, tanto de una como de otra. Es la in tención lo que cu en ta...
Ni siquiera escucharemos a los que arguyen que un diván es, de todas maneras, menos grave que un campo [camp]. Yo les digo, sin aflojar: está por verse. El axioma de los nuevos filósofos: «Un campo es un campo» es igual de falso que el que querían promover, mediante la excomunión de Lacan, los terapeutas de Chicago: «Un diván es un diván».
Lo cierto es que la cura no tiene otro objetivo real que reajustar el sujeto a su propia repetición. De ahí la extrema moderación de la que Lacan da prueba en cuanto a sus poderes: «Un análisis no tiene que ser llevado demasiado lejos. Cuando el analizante cree que está feliz de vivir ya es suficiente» (Scilicet, n° 6-7, 15).
La reeducación, ¿que se propone provocar? Un balanceo radical de la posición subjetiva, o sea. la interrupción de las repeticiones induci das por la posición (de clase) anterior. El «placer de vivir» le es, seguro, indiferente.
La cura no pretende exceder la ley de la falta. Más bien, el trabajo de la verdad apunta, por el pulimento de los síntomas, los cuales son, dice. Lacan, «lo que muchas personas tienen de más real» (Id.), a recrear en el olvido la dependencia de la causa. Pues «toda integración simbólica
lograda implica algo así como un olvido normal» (S I, 216), y: «La inte gración en la historia implica evidentemente el olvido de todo un universo de sombras que no llegan a la existencia simbólica. Y si esta existencia simbólica es lograda y plenamente asumida por el sujeto, no deja ningún peso detrás suyo» (Id.).
El fin de la cura es el ejercicio un poco más aceitado de la eficacia de la pérdida.
La reeducación - o revolucionarización- amerita por completo el pro ceso humanista que se le entabló de querer «transformar a las personas», «lavar las cabezas», «destruir la personalidad», o, como dice Mao, «trans formar al hombre en lo más profundo del mismo». Es el fin reconocido de la revolución cultural. Presupone la convicción de que el hombre viejo puede morir.
Observen el reverso de estas acusaciones: predican en realidad por la ignorancia eterna de la pérdida de donde yo me inicié. No defienden sino el derecho de repetición.
La paradoja de esta defensiva es flagrante. Lacan, a quien le pregunta lo que espera aquel que va a analizarse, responde que se trata para él de que lo liberen de un síntoma. «Un síntoma, es curable» (Scilicet, n° 6-7, 32). ¿Pero el síntoma? «Lo que se llama un síntoma neurótico es simplemente algo que les permite vivir» (Id., 15).
¿Hay, pues, que ser liberado de lo que se tiene de más real? ¿De lo que les permite vivir?
Vivir con su verdad produce el síntoma, pues lo que debería ser en menos es en más.
Respecto de lo cual la cura no apunta realmente a homologar el todo con lo verdadero. Este exceso de restitución en última instancia de lo verdadero abre el riesgo de la psicosis: «A Dios gracias, nosotros no los volvemos lo bastante normales (a los analizantes) como para que terminen psicóticos. En ese punto tenemos que ser muy prudentes» (Ibid.).
Se trata, más bien, de remitir lo real al olvido de su olvido, de donde su fuerza causal se depura en la falta: homologación de lo verdadero con el todo. Para este trabajo, se precisa moderación.
La revolucionarización convoca a la historia, en vano, como se debe, y a menudo la engaña, para «soltar prenda» de lo verdadero en lo integral de su esquizo. Es la ambición de hacer síntoma del Todo antiguo, y verdad total del síntoma, de la crisis.
Henos aquí en los parajes de la ética, y de la más severa. ¿Se puede dar sentido a cualquier resistencia que sea, si no es sino de lo repetible
y de los derechos oscuros de la carencia de ser que procede la identidad del sujeto?
¿Pero se puede, a la inversa, medir el precio de la destrucción con que se paga todo dominio de la pérdida [maUríse de la perte], y todo espacio de novedad?
La cura, la revolucionarización... Como siempre, los hechos no re suelven nada, fcntre los sobrevivientes de los divanes y los que la política a marcha forzada, estilo Izquierda Proletaria, dirigía hacia los mismos, el debate occidental de los años setenta no hizo brillar mucho oro.
Apoderémonos, más bien, de un bifaz subjetivo, cuya articulación nos dará trabajo, para juntar en el mismo la destrucción fecundante, y la felicidad de carecer de ella [le bonheur d ’y manquer],
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Si Lacan es dialéctico, debe darse cuenta de lo que no se da cuenta. Quiero decir que, por lejos que impulse el primado estructural de la ley de la falta, no se le reconocerá ser nuestro Hegel a un costo menor que señalar la otra vertiente, la de la destrucción, del más-real, de la fuerza.
«Fuerza», es una palabra que le desagrada mucho, ocupado como está en derribar la morgue de los economistas americanos. La «energía psí quica», la cantidad, el flujo: ignorantiae asylum. Él no nos lo manda decir, del recelo epistémológico -« E n el curso de la historia, tanto la nocion de energía como la de fuerza ¡cuántas veces no han conocido reanudaciones de su temática sobre una realidad cada vez más englobada!» (S XI, 1 4 9 )- al veredicto significante: «La luerza sirve en general para designar un lugar de opacidad» (Id., 24).
No es por este lado que tendremos satisfacción.
Afirmamos que dos temas señalan en Lacan todo lo que, más allá o más acá de la falta y de la marca, como agujero del álgebra del sujeto, adviene como aquello más-de-real que equivale a destrucción.
Estos dos temas son la angustia y el superyó. Texto principal en cuanto al superyó.
El superyó tiene relación con la ley, pero es a la vez una ley insensata, que llega a ser el desconocim iento de la ley. Así es com o actúa siem pre el superyó en el neurótico. ¿No es debido acaso a que la m oral del neurótico es una moral insensata, destructiva, puramente opresora, casi siem pre antilegal, que fue necesario elaborar la función del superyó en el análisis?
El superyó es, sim ultáneam ente, la ley y su destrucción. En esto es la palabra m isma, el m andam iento de la ley, puesto que sólo queda su raíz. La totalidad de la ley se reduce a algo que ni siquiera puede expresarse, com o el Tú de
bes, que es una palabra privada de todo sentido. En este sentido, el superyó acaba por identificarse sólo a lo más devastador, con lo más fascinante de las primitivas experiencias del sujeto. Acaba por identificarse con lo que llamo la fig u ra fe r o z , co n las figuras que podem os vincular co n los traum atismos primitivos, sean cuales fueren, que el niño ha sufrido (S I, 119).
El superyó conduce a la raíz de fuerza de la ley misma, a lo que ya no es del orden del lenguaje, y que, sin embargo, detenta la esencia de mando de la ley.
Si la ley puede soportar que advenga la destrucción, exceso sobre la repetición que aquélla ordena, es que su orden, aprehendido como puro mando, es él mismo en su esencia exceso y destrucción.
Tenemos ahí la primera señal de lo que explicitaré como la eterna antecedencia del sujeto a sí mismo. La ley lo confirma, que el sujeto debe a la vez sufrir y romperse para advenir en su escisión específica.
A esta señal, Lacan nos dice que el superyó efectúa una apertura, cier tamente siniestra. La no-ley es lo que se da como lo afirmativo de la ley: de ahí que el superyó pueda ser índice simultáneo de la ley y de su destruc ción. El superyó se origina como instancia ahí donde hay un fuera-de-plaza
[hors-place] del mando de toda plaza, un irrepetible de la prescripción repetitiva.
Es ahí, por supuesto, que se esclarece la función paralizante (luego, en efecto, interruptora) del superyó, probada en el insensato neurótico, el de lo ejemplariamente obsesivo, probada, por desgracia, en todo lo que del sujeto político toma su comodidad del Estado.
El superyó sostiene en la neurosis y en el universo de la reglamentación irracional una moral destructora, un mando puesto al descubierto, que fuerza todo emplazamiento simbólico y lo pone en síncope.
Que todo esto sea registrado negativamente («insensato», etc.), lo ponemos en reserva. Se desbloquea la interrupción como tal.
Por lo que respecta, ahora, a la angustia, es del lado de lo real en exceso, más bien que de la ley en falta [défaut], que funciona como interruptora, y por ahí incluso como revelación.
La angustia es para el análisis un térm ino de referencia crucial ya que, en efecto, la angustia no engaña. Pero la angustia puede faltar.
En la experiencia es necesario canalizarla y, si se me perm ite la expresión, dosificarla, para que no nos abrum e. Esta dificultad es correlativa de la di-
ficultad que existe en conjugar el sujeto co n lo real, térm ino que intentaré deslindar la próxim a vez (5 X I, 4 0 -4 1 ).
La angustia es la inundación de lo real, el exceso radical de lo real so bre la falta, la puesta en fallo [défaillance] de todo el aparato [appareillage] del sostén simbólico mediante lo que en él se revela, como corte, ocasión innombrable.
Ahí aún, hay que «canalizar» su efecto, pues la angustia destruye el ajustamiento a lo repetible. Corto-circuita en lo real el lampadario subjetivo.
La angustia, pues, vale como signo para aquello que, del sujeto, fuerza el esplace legal.
Como lo dice con soberbia Lacan, la angustia no es más que la falta de la falta.
Pero cuando la falta viene a faltar, su efecto metonímico se interrumpe, y comienza un dominio [m aítrise] de la pérdida real pagada con el estrago de toda toma simbólica.
De ahí que la angustia es lo que no engaña. Es preciso que la des trucción venga a la falta para que se borren el señuelo, el semblante y el olvido del olvido.
Angustia y superyó son así dos de los conceptos fundamentales del sujeío (hay otros dos), si por concepto fundamental se entiende la desig nación de lo que cruza la inerte y civilizada ley de la falta con la barbarie interruptora de la destrucción.
Estos dos conceptos, Lacan los reconoció, uno en el horror paralizante de la obsesión, el otro, en la verdad devastadora de los ahogamientos en real. Éste no era su hilo teórico, pero era la rectitud de su experiencia.
Torsión
De un uso dialéctico del texto m atem ático. - Torsión. - Fórm ulas subjetivas. - M en ciones primeras de la justicia y del coraje.
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Querría hablarles de un uso de la matemática que me es propio, y que no es muy propio para nadie, ni para ios matemáticos, que lo encuentran metafórico, ni para los otros, que se asustan de él.
Se trata, en resumen, de corto-circuitar el análisis dialéctico mediante el examen del tratamiento al cual los matemáticos someten una palabra, tratamiento tomado en su rigor, pero tenido desde el principio por una interpretación de esta palabra.
Interpretación, o más bien: realización, incluso representación, como en el teatro.
La postulación es que ningún significante viene al texto matemático por azar, y que si es justamente de la textura formal demostrativa, donde se encuentra atrapado, que procede su matematicidad, la mencionada textura vale también, sobredeterminada, como análisis retroactivo de este no-azar.
Es decir que se tiene aquí la palabra matemática por un síntoma, del cual el texto deductivo esboza, sin saberlo del Lodo, el auto-análisis.
Del texto matemático como en posición de analista para algunas de sus propias palabras. Sintomático de sí mismo.
Este análisis, se lo confronta ensegLiida con el que solicita otras voces, por ejemplo, las de la teoría dialéctica y materialista del sujeto, a fin de realizar la convergencia de lo necesario, o de examinar el aparente tope de un azar.
Siendo el segundo plano de todo esto que, a las agarradas con la len gua, el recorte matemático de los formalismos no la desubjetiva sino al
precio de hacer devolver lo quitado, a muerte, a los significantes en que el sujeto está suturado.
La fascinación que sienten Marx y Engels por el cálculo diferencial; su voluntad, un poco ingenua, de sacar del mismo la matriz de las «leyes dialécticas»; la conciencia falaz que tenía Marx, desplegada en sus vastos escritos matemáticos, de ser un matemático porque era dialéctico, tantos signos de que en los jeroglíficos del escrito se anuda el fantasma de una dialéctica formalizada, de la cual las matemáticas serían la restricción especializada, y de la cual se podría, escrutándolas, sacar el principio universal.
Vía de la que hay que desviarse por la que señalo, y que es que unas palabras resuenan en la demostración más allá de las inferencias, aunque no se pueda escuchar este eco, por otro lado, sino a partir de la comprensión efectiva de las razones encadenadas.
Voy a darles enseguida un ejemplo.
Vimos que «torsión» designaba el punto-sujeto de donde se arreglan a pérdida las otras tres determinaciones clásicas de la verdad, el todo, la coherencia y la repetición.
Puedo entonces acordarme de que, además de su uso topológico (se especifica la torsión de un nudo, es el procedimiento de Lacan), la palabra «torsión» funciona en álgebra de manera simple.
Sea un grupo, del cual les recuerdo que se trata de un conjunto dotado de una ley de composición entre elementos, indiquémosla como «+», que tiene las «buenas» propiedades canónicas de ser asociativa (x + (y + z)) = ((x + y) + z), de tener un elemento neutro, Ü, tal que (x + 0) = x, y de asociar a todo elemento un inverso (sea - x , con (x + (-x)) = 0). Se llama «torsión» de un elemento x de un grupo al más pequeño número entero n, si existe, tal que x sumado a sí mismo n veces dé cero: